El imaginario folclórico del vampiro, originado en mitos y supersticiones ancestrales, puede rastrearse desde la mitología griega, específicamente en la figura femenina y monstruosa de Lamia, mitad mujer y mitad serpiente que bebía sangre humana.
Mientras el escalofriante sonido de la fresa tallaba los dientes de su padre, Ara, una niña de ocho años, permanecía pegada al ventanal del consultorio de la calle Indiana en la colonia Nápoles, de la Ciudad de México.