De la cruz a la pluma
Figura multifacética del panorama cultural mexicano, Pablo Soler Frost se cuenta dentro de esa escuela de escritores —de Sergio Pitol a Juan José Arreola, de José Emilio Pacheco a Salvador Elizondo, su amigo y mentor— que acrisola sus páginas en la prolija labor de traducir a otros. Sus traducciones comprenden autores tan variados como Joseph Conrad, Jean Cocteau, Rainer Maria Rilke y el cardenal Newman. También es jardinero, y más recientemente conocimos su obra plástica. Su experiencia como traductor allanó el terreno para su trabajo como dibujante: ¿qué es dibujar sino traducir el mundo a trazos?
En su obra literaria, que consta de poemas, cuentos y novelas, resalta al instante una prosa muy cuidada y un conocimiento profundísimo del ser humano, herencia de esa gigante de la filosofía en México que fue su madre, doña Elsa Cecilia Frost. Su formación se nutrió tanto de las letras como de las artes visuales, lo que hizo crecer en él una sensibilidad particular para la imagen y el lenguaje —herencia esto último de su padre, el poeta catalán Martí Soler—. La mezcla de estos elementos ha hecho de su obra literaria y plástica un ejercicio de refinamiento intelectual y estético en el que la historia, la fe cristiana y la identidad homosexual se entretejen.
Tiene una fascinación por los relatos épicos y las complejidades humanas. Sus novelas históricas reflejan una rigurosa documentación y una narrativa envolvente. Legión (1991) es en realidad una meditación sobre la naturaleza humana y la moralidad de los impulsos bélicos. 1767 es una novela que hace las veces de cortejo fúnebre al acompañar a los jesuitas desterrados de Nueva España por orden de Carlos III. La soldadesca ebria del emperador (2010) —que en 2024 reeditó la editorial Aliosventos como Inmóvil, yerto, destrozado— está a medio camino entre el diario espiritual y el espejo de príncipes: se trata del diario novelado del emperador Miguel III, figura clave en la consolidación del Imperio bizantino en tiempos del Cisma de Focio.
Con notable influencia de la literatura clásica de aventuras y una prosa que recuerda a los autores que ha traducido, como Joseph Conrad, novelas como La mano derecha (1993) y Malebolge (2001) se presentan como una exploración de la condición humana a partir de escenarios morales complejos, pero es hasta Europa y los faunos (2018) que la complejidad moral de su obra toca expresamente las fibras íntimas de la lucha interior: ahí el protagonista se debate entre el deseo y la culpa, entre la fe y la libertad personal. Pablo Soler Frost se inscribe así en esa larga lista de escritores católicos de quienes lo abrevó todo, desde el consuelo en tiempos de crisis hasta la culpa en momentos de gozo: de la condesa de Pardo Bazán al jesuita Gerard Manley Hopkins; del padre Alfredo Placencia a Gertrud von Le Fort.
Hace pocos años presentó en la Galería kurimanzutto dibujos de desnudos masculinos, de los que conservo en mi casa un cuadro del doliente san Sebastián. Echando mano de la iconografía cristiana más tradicional, la figura del mártir romano la presenta como un espacio de sacralización del deseo; un espacio donde el cuerpo, lejos de ser una fuente de culpa, se erige como un testimonio de lo divino. Eso es un martyr: un testigo de la fe, que es también belleza; de la verdad, que es también palabra; de la Palabra, que es también vida. Es en esta convergencia entre la estética sacra y la experiencia queer que su obra plástica produce piezas de gran intensidad simbólica, donde la devoción y el erotismo no se presentan como realidades excluyentes, sino como manifestaciones distintas de un mismo anhelo trascendente.
Pablo Soler Frost es testigo de que la palabra escrita y aun la palabra expresada en el desconocido lenguaje de la plástica no son sino reflejos de la misma Palabra que vivifica. Atrapado en una suerte de teología poética involuntaria, encuentra en su obra la posibilidad de una síntesis que la doctrina nos niega a tantos. Pienso en él como un artista que ofrenda, en el papel que es su altar, el deseo y el consuelo de una realidad que ama con la intensidad de quien se sabe hijo de la Iglesia. Pienso en él como alguien que va de la cruz a la pluma: es verdad que la cruz ha sido históricamente el símbolo del sufrimiento, pero también lo ha sido de la transformación, del tránsito de la muerte a la vida, de la finitud a la eternidad; y la pluma —ya la del escritor que modela su lenguaje con fervor lírico, ya la del dibujante que da forma al deseo sobre el papel, ya la pluma de quien entiende bien las canciones de Juan Gabriel— se convierte en una herramienta de transfiguración, una vía para reformular su relación con lo divino. Entre la cruz y la pluma, su obra hace más que cuestionar los límites impuestos por la tradición sobre los géneros artísticos y sexuales: se inscribe en una genealogía de artistas que han encontrado en la paradoja su mayor fuente de inspiración. Decía san Pablo que la cruz es a un tiempo escándalo para unos y estulticia para otros.
Hoy cumple sesenta años. Pretexto ideal para homenajear a uno de los grandes de la cultura mexicana contemporánea.




