A los asistentes al Taller de Poesía Emily Dickinson
Una de las perplejidades que me producen las obras que me gustan es entender la razón por la que siento afinidad hacia ellas, porque lo escrito por sus autores resuena en mí —aquí empieza lo espinoso del asunto, la elección de un verbo u otro, interpelar, seducir, impactar, emocionar, etc.
Enrique Servín contaba que su abuela materna, Julia Sánchez Pareja, dijo cuando vio las imágenes que el Viking 1 envió de la superficie de Marte en el verano de 1976: “Estos gringos, ¿para qué gastan en tanto telebrejo? Y todo para que resulte que es igualito a Fresnillo, Zacatecas”.
Erguido es el hombre, él solo, pero se tumba a descansar para el sueño, el amor, la muerte…
también en esta triple propiedad de su yacer se distingue de todos los otros seres.
En el ensayo Why I Write (¿Por qué escribo?), publicado por primera vez en 1976 en The New York Times Magazine y que aparece en el último libro que publicó en vida (Let Me Tell You What I Mean, 2021), Joan Didion ensaya la respuesta a esa pregunta —una pregunta que antes de ella se hizo George Orwell en un ensayo bajo el mismo título—: Escribo precisamente para entender qué es lo que estoy pensando, qué es lo que veo y qué significa, qué es lo que quiero y qué es a lo que temo.
Por la mayor parte de mi vida he vivido en un lugar llamado Cuauhtémoc —nací y crecí en el municipio con ese nombre del estado de Chihuahua; cuando estuve en la Ciudad de México radiqué en esa delegación—.