Tierra Adentro
Portada de "Pedro Páramo", Juan Rulfo. Ediciones Cátedra, 2023.
Portada de “Pedro Páramo”, Juan Rulfo. Ediciones Cátedra, 2023.

“Y se disolvieron como sombras” dice el narrador de la novela de un grupo de arrieros que conversan sobre los acontecimientos en Comala —se están llevando a cabo los funerales de Miguel Páramo—, una conversación que termina con una disolución. Ese episodio y esa frase cifran para mí Pedro Páramo —al menos algunos de sus aspectos de lo que se estima de la novela rulfiana—: unas voces casi incorpóreas que se desvanecen apenas enuncian lo que ven de Comala.  

“Y se disolvieron como sombras” puede describir no solo a los arrieros cuyas voces no se vuelven a escuchar, sino a todos los habitantes de Comala y al conjunto de personajes de Pedro Páramo. En un sentido más llano, ¿no es acaso lo que pasa con todos los personajes de una novela al cerrar el libro —la obra de Rulfo, por supuesto, pero también cualquier obra—? ¿No vuelven a las sombras los habitantes del mundo narrado una vez que se termina con la lectura? La respuesta fácil, rápida, es sí. Pero no es, ni por pienso, la única respuesta. Porque sí, los personajes se disuelven, pero no desaparecen, sus voces, sus acciones siguen reverberando en la mente de quien ha leído —y aquí lo que se puede decir de toda obra que ha alcanzado el grado de arte en la novela se ha de decir también de Pedro Páramo—.

Ese cifrado se da porque en esa frase-párrafo están expresadas muchas de las características del estilo rulfiano, el estilo con el que se labran sus cuentos, pero sobre todo la novela. La anfibología sobre los sujetos de la frase, el acto con el que dejan la narración, el símil evocador y poético, solo por mencionar algunas de esas características. Los arrieros conversan y su voz se torna la voz narradora y una vez que callan no solo dejan el espacio narrativo, que observa Comala, sino que lo hacen disolviéndose como sombras. Así, se muestra la forma en la que el resto de los personajes de Pedro Páramo actúan: a veces son meras voces que siguen rumiando su existencia, que vuelven a pronunciarse con el rumor de la lluvia, los murmullos a los que aludía uno de los primeros títulos que poseyó la novela. 

Son las voces de los personajes la clave con la que se construye Pedro Páramo. Primero la de Juan Preciado que en primera persona nos lleva a Comala, a quien acompañamos en la búsqueda del padre ordenada por su madre; en uno de los arranques de novela más memorables de la literatura mexicana —y me atrevo a aseverar que de la literatura en lengua española—. Después las voces de los demás habitantes de Comala y la Media Luna se van entretejiendo para hablar de sus vidas, para mostrar el rencor vivo que es Pedro Páramo. 

Juan Rulfo declaró, en una entrevista de 1979 —hecha por Ernesto González Bermejo y Juan E. González, y que se publicó en dos versiones firmadas por cada uno de ellos—, que a través de la escritura de los cuentos de El Llano en llamas encontró la llave que le permitió abrir la puerta de la escritura de la novela. Bermejo González lo consignó así: “Empecé con El Llano en llamas: un cuento —“Luvina”— me dio la clave”. Mientras que Juan E. González ofrece las palabras de Rulfo de la siguiente manera: 

Sí, “Luvina” creo que es el vínculo, el nexo… “Luvina” es aquel profesor que va a un pueblo desértico, abandonado… Y, concretamente, el monólogo en donde cuenta a otro profesor, que va en su sustitución, qué es Luvina. De pronto aquél cae borracho… y esa atmósfera me dio, poco a poco, casi con exactitud, el ambiente en que se iba a desarrollar la novela.

Un hombre habla de un pueblo, el pueblo al que va otro hombre, que es a quien el primero dirige sus palabras. Se entiende porque Rulfo dice haber encontrado con ese cuento la clave para escribir la novela. Ciertamente la atmosfera de Luvina ya es una anticipación de la opresiva atmósfera de Comala. Al leer la novela se tiene la tentación de emular la pregunta que el profesor que habla de Luvina le hace a su esposa cuando llegan a ella: “¿Qué país es este, Agripina?”. ¿Qué lugar es este, Juan Rulfo?

Comala es un pueblo en el que solo quedan los muertos, abandonado, árido. Caben ciertos paralelismos con Nagy-Mihaly de El barón Bagge, pero mientras el narrador de Lernet-Holenia, el barón que da título a la obra, es el único superviviente después de descender al pueblo de los muertos y regresar y contar lo que allá vio, en Pedro Páramo Juan Preciado también muere y, aunque es la voz que introduce a la novela, no es el único narrador —además divergen en sus atmósferas, casi opuestas de los dos pueblos: mientras en Nagy-Mihaly la cualidad de espacio de los muertos se da por medio de referencias hacia el frío y el clima invernal, en Comala se construye por el calor y la sequedad —“Aquello está sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del infierno. Con decirle que muchos de los que allí se mueren, al llegar al infierno regresan por su cobija—”. Lo ultraterreno se construye a través de la atmósfera, pero, como he apuntado, de signo opuesto entre Rulfo y Lernet-Holenia; aunque coinciden en que en ambas el título es un nombre propio —en Rulfo los nombres propios pesan y significan, el apellido del protagonista ya apunta a la condición del lugar en que acontece la novela, condición de la que él mismo es responsable, mientras que su nombre es la piedra sobre la que se asienta todo el pueblo, la novela toda; el mandato cristiano al apóstol invertido (Mateo 16:18)—. 

Sin su atmósfera opresiva, de aire muerto, Comala no sería para nosotros Comala. Pero, antes de la atmósfera están los personajes. Así se lo dijo a Juan E. González en la conversación mencionada arriba:

Al personaje, primero, tengo que imaginarlo, luego gestar sus características; después vendrá la búsqueda de cómo habrá de expresarse. Cuando todo esto haya concluido y no existan contradicciones, lo ubico en una determinada región… y lo dejo en libertad. A partir de ese momento sólo me dedico a observarlo, a seguirlo. Tiene vida propia, y mi tarea se simplifica a ese extremo de no tener otra cosa que hacer más que seguirlo. 

Contrario a lo que muchos han argumentado, los personajes no hablan con la voz del pueblo —Heriberto Yépez lo dice, por ejemplo, en el prólogo a la edición de bilingüe náhuatl-español: “Supo capturar formas de contar historias que escuchó desde su infancia”—. El mismo Rulfo en diversas ocasiones se opuso a ese juicio, no era el mero compilador de la variante lingüística del español mexicano hablada en el sur de Jalisco de principios del siglo XX; de haber sido así cualquiera con una grabadora hubiera podido hacer lo que Rulfo hizo con el lenguaje. Fue tal su trabajo con la lengua que logró dar a sus personajes voces tan poderosas que se tiene la sensación de que se trata de personas reales —ahí radica el seguimiento del que habla, seguimiento que, sin duda, aprendió a hacer con la construcción de los cuentos de El Llano en llamas—. Su maestría consistió, justamente, en lograr que se tuviera la sensación de que es un habla real, de los pueblos, de que debió haber un sitio donde la gente hablaba como los personajes de su novela. Pero, como cualquiera que haya escuchado el habla de las regiones rurales mexicanas, los campesinos no hablan así —de hecho, en la novela, pocos son los campesinos que aparecen—, no hay muletillas o apócopes que en el habla urbana se prefiere evitar; no, la sensación de habla real Rulfo la construye a través de su fraseo, de su concisión, del medido y preciso uso de adjetivos.

En Pedro Páramo la voz es el personaje, seguimos a un personaje porque seguimos su voz. Así queda claro desde que Juan Preciado comienza a narrar. Y cada vez que uno de los muertos de Comala irrumpe en la narración, haciéndola propia, contando su parte de ese mundo. Damiana Cisneros lo plantea así cuando ejerce de Virgilio a Juan Preciado —la comparación no es gratuita, Comala es el inframundo y el primer narrador hace las veces de Dante descendiendo a los infiernos con varios guías mientras lo hace: Abundio Martínez, Eduviges Dyada y Damiana Cisneros, cada uno revelándole un aspecto del universo al que se adentra, revelación tanto para él como para quien lee. “Vine a Comala porque me dijeron que aquí vive mi padre, un tal Pedro Páramo” hace las veces de la advertencia en la entrada infernal: Lasciate ogni speranza, voi ch’entrate; Dejen toda esperanza quienes entran—: 

Este pueblo está lleno de ecos. Tal parece que estuvieran encerrados en el hueco de las paredes o debajo de las piedras. Cuando caminas, sientes que te van pisando los pasos. Oyes crujidos. Risas. Unas risas ya muy viejas, como cansadas de reír. Y voces ya desgastadas por el uso. Todo eso oyes. Pienso que llegará el día en que estos sonidos se apaguen.

Esas voces vienen del pasado, algunas de cuando Comala era otro pueblo, estaba vivo y era verde. Así, la primera vez que se ve a Pedro Páramo es cuando él era niño, un niño que observa la lluvia que acaba de caer —Rulfo, en los fragmentos narrativos, asienta a través de los contrastes los saltos temporales; la narración que inicia con Juan Preciado comienza a ser narrada por otros y a cambiar si no de espacio sí de tiempos: desde el presente del hijo que vino a buscar a su padre hasta la infancia de ese padre y la forma en la que se hizo del pueblo y después lo condenó—. 

Una vez que ese primer narrador muere y termina en el panteón las voces se imponen, irrumpen casi desarticuladas, removiendo la memoria de cuando estuvieron vivas, cuando esas voces procedían de un cuerpo.  

—Cuando vuelvas a oírla me avisas, me gustaría saber lo que dice.

—¿Oyes? Parece que va a decir algo. Se oye un murmullo. 

—No, no es ella. Eso viene de más lejos, de por este otro rumbo. Y es voz de hombre. Lo que pasa con los muertos viejos es que en cuanto les llega la humedad comienzan a removerse. Y despiertan.

—No creas. Él la quería. Estoy por decir que nunca quiso a ninguna mujer como a ésa. Ya se la entregaron sufrida y quizá loca. Tan la quiso, que pasó el resto de sus años aplastado en un equipal, mirando el camino por donde se la habían llevado al camposanto. Le perdió interés a todo. Desalojó sus tierras y mando quemar los enseres. Unos dicen que porque ya estaba cansado, otros que porque le agarró la desilusión; lo cierto es que echó fuera a la gente y se sentó en su equipal, cara al camino.

Las voces construyen la novela, pero también se hacen presentes sin siquiera decir nada. Juan Preciado las escucha desde su tumba y sabe en qué sitio ha llegado, que es parte ya de Comala y la herencia de Pedro Páramo. 

—No se le entiende. Parece que no habla, solo se queja.

—¿Y de qué se queja?

—Debe ser por algo. Nadie se queja de nada. Para bien la oreja. 

—Se queja y nada más. Tal vez Pedro Páramo la hizo sufrir. 

Rulfo logra construir la novela a través de pequeños fragmentos, algunos los han llamado capítulos. Esos fragmentos van construyendo Comala y su gente, el destino de Juan Rulfo y de todas las personas que tuvieron el infortunio de encontrárselo. La lectura es la que los va hilando, la que construye el tapiz de ese mundo, ese inframundo que es Comala con la resonancia de las voces de los muertos. 

Pedro Páramo es un rencor vivo porque nunca pudo poseer a Susana Sanjuan, aunque tuvo su cuerpo, porque la perdió y el pueblo en lugar de condolerse con él celebraba sus fiestas. “Me cruzaré de brazos y Comala se morirá de hambre”. Y el único momento en el que acepta ser vulnerable es ante su deseo por la única mujer que amo. 

El sudor y el polvo; el temblor de la tierra. Cuando vio los cocuyos cruzando otra vez sus luces, se dio cuenta de que todos los hombres se habían ido. Quedaba él, solo, como un tronco duro comenzando a desgajarse por dentro. Pensó en Susana Sanjuan. Pensó en la muchachita con la que acababa de dormir apenas un rato. Aquel pequeño cuerpo azorado y tembloroso que parecía iba echar fuera su corazón por la boca. “Puñadito de carne”, le dijo. Y se había abrazado a ella tratando de convertirla en la carne de Susana San Juan. “Una mujer que no era de este mundo”.

Pedro Páramo desde su equipal a la entrada de la casa en la Media Luna rumió su rencor, el abandono en el que dejó no solo a Dolores Preciado y a su hijo Juan, sino a toda Comala —cabe aquí recordar “La herencia de Matilde Arcángel”, uno de los cuentos de El Llano en llamas en el que Euremio Cedillo guarda un profundo rencor a su hijo homónimo por haber sido la causa de la muerte su madre, aunque el rencor de Pedro Páramo es más profundo y su huella más profunda—. El rencor del hombre poderoso condena no solo a sus hijos, que son todos o casi en Comala, sino al pueblo mismo, y lo hace tanto en el plano carnal, al cruzarse de brazos, como espiritual al enfrentarse al padre Rentería. Es él el responsable de que Comala se convierta en un pueblo de fantasmas. 

El padre Rentería que se enfrenta al poder y luego se doblega a él por dinero, pero que, aun así, se niega a perdonar. García Márquez encontró en una de las apariciones del sacerdote la frase para abrir Cien años de soledad:

El padre Rentería recordaría muchos años después de la noche en la que la dureza de su cama lo tuvo despierto y después lo obligó a salir. Fue la noche que murió Miguel Páramo.

Así se muestran las posibilidades de lectura de Pedro Páramo, que entre sus muertos es posible encontrar ecos no solo de la vida en Comala de muchos años antes, sino de otras obras y sus voces que se dejan escuchar, de una u otra manera, en obras posteriores.

¿Qué es la literatura si no las voces de los muertos? Pedro Páramo es una continuación de esas voces, no solo porque las reafirma con los murmullos de los muertos de Comala, sino porque tiene resonancias de múltiples tradiciones —desde el Gilgamesh que desciende al inframundo en busca de la eternidad y para salvar la vida de Enkidu hasta el Baron Bagge, pasando por la Odisea, la mitología griega y el Dante de la Divina Comedia, por mencionar solo a algunas de las obras cuyos ecos resuenan en las páginas de Pedro Páramo para ofrecer un nuevo descenso a los infiernos, un descenso al infierno particular y mexicano.