Ciberguerra líquida
El pasado 18 de julio, el gobierno de Javier Milei anunció el inicio del proceso de privatización de la empresa que ofrece el servicio de agua y saneamiento en la ciudad de Buenos Aires. Entre las compañías favoritas para ganar la licitación pública se encuentra la estatal israelí Mekorot, responsable a su vez de restringir el acceso al agua a los habitantes de la Franja de Gaza.
La gestión, distribución y control del agua no se limitan a las lógicas estatales o municipales; se insertan en una cartografía global donde compañías trasnacionales, fondos de inversión y alianzas geopolíticas compiten por hacerse con el control de este derecho básico.
Mekorot ha sido exportadora de tecnología hídrica a varios países, incluido México, pero también ha promocionado un modelo de gestión donde la infraestructura y el acceso al agua se entrelazan con lógicas de vigilancia, control poblacional y seguridad nacional. La intención del gobierno argentino de entregarle parte del sistema de agua a Mekorot no puede leerse sino como un gesto político. No es agua lo que se privatiza: es soberanía, es privacidad, es ciudadanía.
Ciberguerra
Lejos de los tanques y los misiles, fuera de la tierra, el mar, el aire y el espacio, el nuevo dominio de la guerra tiene como escenario redes, servidores y sistemas de control industrial. En este dominio, conocido como ciberespacio, Irán e Israel llevan años enfrentándose en un conflicto encubierto que va desde la infiltración de sistemas bancarios hasta sabotajes digitales a plantas de agua.
Israel ha desarrollado grupos como Predatory Sparrow, un colectivo de ciberoperaciones que ha atacado infraestructuras críticas en Irán. En 2023, el grupo llevó a cabo ataques que paralizaron 70% de la red de estaciones de gasolina iraníes. Más recientemente, estos ataques se han dirigido hacia bancos e instituciones financieras, buscando no solo el caos, sino la desestabilización psicológica de la población.
Irán, por su parte, ha intensificado su presencia en el ciberespacio, al crear redes complejas de espionaje y contraataque digital. Los ataques iraníes han impactado incluso a empresas tecnológicas en Estados Unidos, aliadas de Israel, y han comprometido la seguridad de sistemas de identificación digital.
Estas acciones no se limitan a sabotajes ocasionales. Forman parte de una estrategia continua para desgastar al enemigo desde dentro, al generar desconfianza, caos económico y vulnerabilidad en sectores clave. La ciberguerra no busca conquistas territoriales, sino debilitar la infraestructura que sostiene la vida cotidiana.
Agua
Los sistemas de agua potable no están exentos de esta ciberguerra. Israel ha acusado a Irán de intentar sabotear su suministro de agua, mientras que Irán ha denunciado ataques que afectan el abastecimiento a sus principales ciudades.
Estas acciones inauguran un nuevo tipo de conflicto. Uno donde, a distancia y sin riesgo, se ataca lo vital, lo elemental, lo invisible. No se bombardean ciudades; se envenenan silenciosamente sus reservas de agua, se colapsan sus bancos, se oscurecen sus redes.
Los sistemas SCADA (Supervisory Control and Data Acquisition), encargados de controlar procesos industriales como plantas de agua y electricidad, se han convertido en blancos prioritarios. Un ataque exitoso a estos sistemas podría paralizar ciudades enteras sin la necesidad de un solo disparo.
El riesgo en Buenos Aires
La privatización del agua en Buenos Aires no puede interpretarse sino como una apertura a esa guerra silenciosa. Al delegar el control del sistema hídrico a una empresa extranjera, el Estado argentino se vuelve vulnerable a lógicas que no están guiadas por el interés público, sino por agendas de poder.
La experiencia internacional demuestra que las empresas hídricas privadas, incluso cuando son estatales en su país de origen, operan en el extranjero como brazos de influencia. Mekorot no solo trae tecnología, trae también protocolos de ciberseguridad alineados con las prioridades de Israel, lo cual puede generar conflictos de soberanía informática.
Además, la infraestructura crítica está entrelazada con sistemas digitales que pueden ser hackeados, manipulados o utilizados como armas. La empresa que administre el agua en Buenos Aires también tendrá acceso a datos sensibles de millones de personas: direcciones, consumos, patrones.
La relación entre Mekorot e Israel no es simplemente comercial. Forma parte de un ecosistema tecnológico-militar que ha exportado software espía como Pegasus y ha entrenado a generaciones de soldados en ciberdefensa ofensiva. Esta relación vuelve a la empresa en cuestión una pieza geoestratégica.
Frente a este panorama, es urgente repensar la gestión del agua no solo como un servicio público sino como un bien común con soberanía digital. Si los sistemas de abastecimiento pueden ser hackeados, si los patrones de consumo pueden ser vendidos, si las plantas pueden ser saboteadas a distancia, entonces el acceso al agua también es un problema de seguridad informática.
La privatización propuesta por Milei podría ser el primer paso hacia una vulnerabilidad estructural. En lugar de fortalecer la seguridad nacional, podría convertir a Buenos Aires en un blanco fácil dentro de un conflicto que, por ahora, parece lejano, pero que cada vez se filtra más en nuestras redes y nuestros grifos.




