Tierra Adentro

Erguido es el hombre, él solo, pero se tumba a descansar para el sueño, el amor, la muerte…

también en esta triple propiedad de su yacer se distingue de todos los otros seres.

La carencia de sentido de la existencia ha sido una preocupación constante de nuestra especie desde que tenemos registro; toda vida, sea cual sea su desarrollo, ha de terminar. La muerte está asegurada y después nada. Este hecho nos ha dejado perplejos desde antes incluso de ser seres humanos —la primera evidencia de enterramiento deliberado corresponde a Homo naledi, una especie homínida que vivió en el sur de África hace trescientos a doscientos cincuenta mil años; entre los neandertales también se han observado prácticas funerarias—. En los primeros textos literarios, escritos en el tercer milenio antes de nuestra era, esa preocupación ya está presente, es uno de los motivos de la épica de Gilgamesh. Esta preocupación ha sido constante no sólo en las literaturas, y oraliteraturas del mundo a lo largo de la historia, de ahí que sea una de las preocupaciones a partir de las cuales Hermann Broch (1886-1951) escribe La muerte de Virgilio (1945).

Publio Virgilio Marón (70 a. e. c. – 21 a. e. c.) fue un poeta que vivió en los turbulentos años finales de la República romana y durante el inicio del principado —fue, nada menos, amigo de César Augusto (63 a. e. c. – 14), el fundador del Imperio— y cuya obra es considerada el culmen de la poesía latina. Su periodo es considerado el siglo de oro de las letras latinas. Su obra no ha dejado de ser leída durante más de dos mil años, sobre todo el poema épico La Eneida, en el que se cuenta del héroe troyano Eneas desde su natal y destruida Troya hasta el Lacio, la región donde se fundó Roma. Un poeta cuya sombra se ha proyectado por siglos; tanto así que Dante Alighieri (1265-1321), en la Divina Comedia, lo hizo su guía; en el medievo se le consideraba, asimismo, uno de los pocos paganos que anticipó el nacimiento de Cristo.

Hermann Broch, a partir de una biografía de Virgilio escrita en latín medieval —que evidencia su tardía composición—, decidió recrear el último día de vida del poeta. La novela se divide en cuatro capítulos: “Agua-El arribo”, “Fuego-La espera”, “Tierra-La espera” y “Éter-El regreso”. Una narración que indaga en la creación, el quehacer del creador y su relación con su obra y legado. Comienza con un ritmo marino, un oleaje construido por frases profundas —algunas de ellas, a lo largo de la obra, se dilatan a través de múltiples subordinadas, algo que Broch aprendió en sus lecturas de Marcel Proust (1871-1922).

Azules como acero y ligeras, movidas por un viento contrario suave y apenas perceptible, las ondas del mar Adriático habían corrido al encuentro de la escuadra imperial, mientras esta se dirigía hacia el puerto de Brindis, dejando a la izquierda las chatas colinas de la costa de Calabria que se acercaban poco a poco.

Seguimos a Virgilio a través del narrador. La prosa se escapa de la convencional ficción histórica, pues Broch hace evidente que su protagonista es un poeta y hace que su prosa adquiera vuelos poéticos, además de la ya señalada longitud de las frases que contribuye a la inmersión en el mundo de ese poeta moribundo. Sería tentador decir que como Robert Graves (1895-1985), Marguerite Yourcenar (1903-1987) o Gore Vidal (1925-2012), Broch logra transportarnos a la Antigüedad romana a través de uno de sus personajes —Graves al imperio del siglo I a través de Claudio, Yourcenar a la Roma de la dinastía antonina con Adriano, Vidal a la del siglo IV con Juliano—, pero ese no es el objetivo que Broch persigue. La novela no busca mostrar el mundo de los primeros años del principado, su interés es el mundo de Virgilio, el hombre que está muriendo y tiene que enfrentarse a sí mismo, a su obra y a su existencia. Es innegable que Broch investigó a fondo la época y que pudo, si hubiese querido, mostrar ese mundo —varios episodios de la novela así lo demuestran, como el desembarco de la comitiva imperial en Brindisi—. Y es que lo importante es el poeta, de ahí que la prosa adquiera vuelos poéticos y llegue, en no pocos momentos, a abandonar la narración realista para narrar espacios oníricos y fantásticos que reflejan el momentáneo, y eventualmente definitivo, abandono del mundo de los vivos que sufre el moribundo.

El Virgilio de Broch es un hombre al final de sus días consciente de la muerte definitiva. Un hombre que se plantea, en ese trance, la destrucción de su obra puesto que no la ha podido terminar como deseaba: perfecta. Es quien, habiendo vivido, decide hacer balance de la propia existencia.

Él se había dejado llevar por el destino y el destino lo llevaba al final. ¿No había sido siempre esta la forma de su vida? ¿Había vivido él alguna vez de otro modo? ¿Habían significado para él otra cosa, tal vez, la nacarada concha del cielo, el mar primaveral, el cantar de las montañas y ese cantar doloroso en su pecho, la voz de la flauta del dios, otra cosa distinta de un lance que, como un vaso de las esferas, le acogería pronto para llevarle al infinito? Campesino era por su nacimiento; un campesino que ama la paz del ser terrenal; un campesino a quien hubiera convenido una vida simple y afincada en la comunidad del terruño; un campesino a quien, de acuerdo con su origen, hubiera correspondido poder quedarse, deber quedarse y que, de acuerdo con un destino más alto, no había abandonado la patria, pero tampoco había sido dejado en ella; había sido expulsado, fuera de la comunidad, e impelido en la más desnuda, perversa y bárbara soledad del torbellino de los hombres; había sido echado de la sencillez de su origen, expulsado al ancho mundo hacia una multiplicidad siempre creciente, y cuando, por ello, algo se había tornado más grande o más amplio, era solamente la distancia de la verdadera vida la que única y realmente había aumentado: solo al borde de sus campos había caminado, solo al borde de su vida había vivido; se había convertido en un hombre sin paz, que huye de la muerte y busca la muerte, que busca la obra y huye de la obra, uno que ama y sin embargo perseguido, un vagabundo a través de las pasiones internas y externas, un huésped de su propia vida.

Broch confronta al moribundo con sus amigos, con el joven que le sirve de guía por la ciudad y que hará de psicopompo, con Augusto y el poder. Virgilio sabe que ha alcanzado la poesía y que la gente lo admira por ello, que esa habilidad le ganó la amistad del emperador. Es el artista que es, todavía, dueño de la propia obra y, por ello, capaz de decidir sobre ella. La cuestión sobre la propiedad de la obra artística se manifiesta: una vez creada la obra a quién pertenece, ¿al artista?, ¿a quién la lee, contempla o escucha?, ¿a la persona a la que fue dedicada, quien la inspiró? Broch no da una respuesta unívoca a estas preguntas, al contrario, ofrece aproximaciones, contestaciones que se pueden contradecir y cuya tensión contribuye a la tensión narrativa de la novela, hasta que interviene el poder, representado por César Augusto, y dictamina la preservación de la obra, sin escuchar las objeciones del artista que desea acabar con ella.

El narrador, de la mano de Virgilio, reflexiona en torno al arte y su valor, en una doble aproximación.

y así sabía también que en tal verdad reside el deber de todo artista, el deber del hallazgo de la verdad y de la manifestación de la verdad en uno mismo, tarea impuesta al artista, para que el alma, consciente del gran equilibrio entre el yo y el todo, vuelva a hallarse en el todo, de modo que lo que el yo se ha ampliado por el conocimiento de sí, vuelva a ser reconocido como incremento del ser en el todo, en el mundo, más aún, simplemente en la humanidad, y si esta doble ampliación no puede ser nunca más que simbólica, de antemano ligada al simbolismo de lo bello, al simbolismo del bello límite, si por tanto nunca pasa de mero conocimiento simbólico, justamente por ese carácter de símbolo es, pese a todo, capaz de extender los más íntimos y más extremos límites del ser a nuevas realidades, no solamente a nuevas formas, no, a nuevos contenidos de la realidad: precisamente en esto se revela el más profundo secreto de la realidad, el secreto de la correspondencia, la recíproca correspondencia entre la realidad del yo y la realidad del mundo, aquella correspondencia que presta al símbolo su veraz precisión y lo eleva a símbolo de la verdad, la correspondencia preñada de verdad, de la que emana toda creación de realidad, penetrando capa a capa, tanteando, presintiendo hasta las inalcanzables regiones de la oscuridad del comienzo y del fin, penetrando hasta lo inescrutablemente divino en el todo, en el mundo, en el alma del prójimo, penetrando hasta ese último arcano de dios que, pronto a la revelación y al despertar, está presente por doquier, aun en el alma más pervertida… esto, la revelación de lo divino por el saber acerca del alma propia, que se conoce a sí mismo, es la misión humana del arte, su misión de humanidad, su misión de conocimiento y por eso mismo la justificación de su existencia, demostrada en su cercanía a la muerte oscura, que le ha sido impuesta, porque solo en esa cercanía puede tornarse arte genuino, porque solo por eso es el alma humana desarrollada en el símbolo[…]

Y frente al momento del fin, el hombre se encuentra en la balanza, la búsqueda de sentido de la propia existencia. Cada encuentro participa de ese juicio porque cada encuentro forma parte de ese momento, la conversación con Augusto es una de las más significativas en la novela, además de ser su voluntad el instrumento por el que se preserva La Eneida. Poeta y emperador discuten sobre su accionar, sus obras y el legado que, a través de ellas, van a dejar. El emperador ve al Estado como su obra y la considera al nivel de la poesía, aunque intuye que se engaña; el poeta considera que nunca o pocas veces alcanzó la verdadera poesía y que, por ello, sus esfuerzos fueron vanos.

—Óyeme, Virgilio, óyeme, pues soy tu amigo y además conozco tu obra: tu poema rebosa del más noble conocimiento; en él se halla desplegada Roma y tú la abarcas tanto en sus dioses como en sus guerreros, como en sus campesinos; abarcas su gloria y su piedad, abarcas el espacio romano en su totalidad, como abrazaste la edad romana, que alcanza hasta el poderoso antepasado troyano, pues todo lo has retenido… ¿No te basta este conocimiento?

—¿Retenido? Retener…, oh, retener…, sí, quise retenerlo todo, todo lo que ocurrió, todo lo que ocurre… Y así no podía lograrlo.

—Lo has logrado, mi Virgilio.

—Estaba ansioso de conocimiento… Por eso quise escribirlo todo…, esto es poesía; ay, es impaciencia por conocer, tal es su deseo y más allá no puede pasar…

—Estoy de acuerdo contigo, Virgilio, esto es poesía; abarca toda la vida y por esta razón es divina.

Y es en la consideración dividida de la poesía ante la cual el poeta se siente impotente, de su juicio sobre ella y la imposibilidad de haberla alcanzado es que nace su deseo de destruir su obra, de no agregarla al devenir del mundo —en sus reflexiones con sus amigos y con las sombras aspira al aniquilamiento de sí mismo, a su unión con el todo—. Quisiera que Augusto lo comprendiera y la conversación avanza, revela al poeta y al señor del mundo.

—¡Ay, Augusto, también yo creí un día que esta, justamente esta era la misión que tiene el poeta de conocer!… Por eso mi obra fue una búsqueda del conocimiento, sin convertirse en conocimiento, sin ser conocimiento…

—Entonces debo preguntarte una vez más, Virgilio, qué fin perseguías con tu poesía, si no debía ser el conocimiento de la vida.

—El conocimiento de la muerte.

Broch nos lleva por este camino del conocimiento, la vía en la que nos hace acompañar al poeta moribundo y adentrarnos en el conocimiento de la muerte —si el poeta acompaña a Dante en la Comedia, nosotros, lectores, lo acompañamos a él—. Que la muerte sea infranqueable y no haya quien relate qué aguarda, si es que algo aguarda, después del último suspiro carece de importancia en La muerte de Virgilio, porque en el desarrollo de la obra Broch sabe de esa imposibilidad y la utiliza a su favor, la hace coincidir con los contornos del mundo poético en el que Virgilio ha indagado toda su vida. La muerte se torna una liberación presentida, el universo de lo ignoto es el espacio del que se ha extraído la obra, de esa nada plana que tan profusamente es narrada en el último capítulo donde, se nos da a entender, se interna Virgilio y la inmortalidad que consigue con sus versos.