Tierra Adentro

A las ciudades las distinguen sus espacios de convivencia. Incluso si dos urbes contasen con arquitecturas semejantes y una industria capaz de gestar las mismas condiciones económicas, sería posible individualizarlas —quiero decir, dotarlas de una identidad propia— echándole un vistazo a los insospechados recovecos donde converge el ocio de personas y animales.

Es en los pliegues del concreto, en el incansable serpentear de las avenidas, donde la realidad encuentra rincones inéditos: dimensiones adicionales a las del trabajo y la supervivencia. La recreación es indispensable porque estimula la cadencia de las ciudades y les insufla un aliento inventivo. Los parques y las plazas, las explanadas y los jardines, son sitios donde se despliegan los artificios más entrañables de cualquier civilización. En ellos nace nueva música, se crean palabras y expresiones, se practican bailes, se intercambian productos. Se conocen las personas entre sí.

Tres metrópolis mexicanas —Guadalajara, Monterrey y Ciudad de México— han pasado, a propósito de los preparativos para el próximo Mundial de Futbol, por incontables adecuaciones que, en más de una ocasión, resultaron en decididas injurias contra su identidad. Aunque se presumen como actos de progreso que habrán de proyectar al país como una sede deportiva de primer nivel, muchas de estas intervenciones han puesto en riesgo la permanencia de miles de personas en sus respectivos barrios y han perjudicado el sustento económico de otras más.

Opto por un ejemplo cercano. El 28 de febrero de 1935 se inauguró en Guadalajara, dentro de la zona que siglos atrás le correspondió a un convento y luego a una penitenciaría, el Parque Revolución. El gobierno de Jalisco buscaba un espacio que permitiera la convivencia urbana en un momento decisivo para el desarrollo de áreas residenciales en la Colonia Americana (un siglo más tarde, el barrio atraería hordas de nómadas digitales tras ser considerado el más cool del mundo por la revista Time Out). Los hermanos Juan José y Luis Barragán hicieron del parque un espacio funcionalista dividido en dos secciones, a los lados de la calle Juárez. Administración tras administración y con varias remodelaciones de por medio, el parque se convirtió en un oasis de precariedad en medio de varias cuadras que terminaron gentrificadas por un halo hípster. Las pocas luces y el mobiliario descuidado permitieron que el lugar deviniera en un sitio idóneo para los asaltos y el narcomenudeo.

El Parque Rojo (apodado así por el color que decora sus bancas) fue reapropiado por los jóvenes de Guadalajara. Hace unos años, en él se alzó uno de los tianguis culturales más grandes de la ciudad. La entrada a la estación Juárez del tren ligero, anexa a los jardines, comenzó a ser intervenida con murales que denunciaban la violencia feminicida lo mismo que el genocidio palestino. Como parte de las obras de preparación para el Mundial, la alcaldía clausuró el parque durante varios meses para remodelarlo. Una vez reabierto, no fue posible montar el tianguis nuevamente: el gobierno se aseguró de llenar la zona de policías. Los elementos de seguridad, además de garantizar que no se levantara un solo puesto, han evitado que colectivos de búsqueda peguen fichas de personas desaparecidas. Los murales de protesta fueron sustituidos por un mosaico insulso pensado, desde luego, como una superficie de cerámica a la que se le pudiese lavar fácilmente la pintura en aerosol. Un espacio inocuo.

El FIFA Fan Festival de Guadalajara busca reunir a más de 40 mil asistentes simultáneos a la transmisión en vivo de todos los partidos del Mundial. Para que su experiencia ocurra sin mayores contratiempos —sin críticas incómodas ni expresiones de descontento por parte de los pobladores— hará falta darles una apariencia vacua a los escaparates de la ciudad. Censurar la protesta ante la barbarie, desde la narcoviolencia hasta la categórica desigualdad que cifra la forma en la que habitamos nuestras ciudades, tiene la intención de despolitizar los espacios en común. Vaciado de signos, cada lugar se diluye para resultar agradable ante la superflua y escueta mirada del turista. Se sabe que el consumo no tiene cupo para disgusto alguno.

La experiencia es paralela en las otras sedes mundialistas. Buena parte de los habitantes de Santa Úrsula Coapa ha moldeado su estilo de vida alrededor del más prominente de sus vecinos: el Estadio Azteca. No sólo se ha desalojado a los comerciantes que solían vender mercancía deportiva y montar tianguis alrededor del estadio, sino que también ha ido en aumento la presión por actividades inmobiliarias: mayor cobro de rentas, reconversión de viviendas hacia Airbnb y, en general, desplazamiento de residentes de la zona. Un evento de poco más de un mes supondrá la devastación de vidas enteras de trabajo.

La Ciudad de México se ha convertido en un delirio morado. Bancas, postes, tótems, estaciones de transporte público y puentes peatonales han sido uniformizados con el mismo color. De paso, la figura del ajolote —anfibio neoténico que no ha terminado de salvarse de la amenaza de extinción— se ha colado hasta el hartazgo en todos los terrenos posibles. Pareciera que los espacios turísticos sólo sirven cuando están estereotipados. Omnipresente, la caricatura eclipsa las expresiones genuinas de la identidad local y desdeña el hecho de que también es legítima la pertenencia que se forja en las orillas, fuera del foco panfletario.

Se jugarán menos de quince partidos (de un total de ciento cuatro) en nuestro país. No más de cinco por ciudad. ¿Hasta qué punto vale la pena una alteración permanente en la calidad de vida de miles de personas a cambio de las migajas de un evento más publicitario que deportivo? La penosa condición del Mundial es su inaccesibilidad: los boletos del partido que nuestro país disputará contra Corea del Sur alcanzaron precios de más de 43 mil pesos, es decir, alrededor de cuatro meses y medio de salario mínimo. Un Mundial en México que no disfrutarán los mexicanos.

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