Tierra Adentro
Marcha del #8M durante el 2020
Fotografía de María Teresa Pérez Gómez

[La escritura es siempre un trabajo colectivo. Este texto es una reflexión que parte de las conversaciones por WhatsApp que he sostenido a lo largo de los años con Selma Rodal Linares y Lola Horner.]

Poner etiquetas a la literatura siempre ha sido algo que se percibe con desconfianza. María Luisa Puga se horrorizaba ante la idea de que existiera un curso especializado en literatura femenina, y no hace mucho tiempo, María Fernanda Ampuero insistía en que ser categorizada por su género “pone el foco en algo equivocado”. 

Por su parte, Carmen Boullosa no cree que el texto literario deba tener una consigna, aunque asegura que su escritura está plagada de obsesiones feministas. 

A veces, el problema de adjetivar la escritura desde el género es que se corre el riesgo de promover la homogenización de la escritura de mujeres y, además, el fenómeno puede entenderse como algo efímero. Luego vienen otros problemas como el de la definición y a quiénes excluye.

Lo que me parece sugerente de la etiqueta feminista es su dimensión afectiva como herramienta para mapear y archivar un momento histórico. Para mí, los feminismos son zonas de contacto colectivo que parten de un mínimo en común: la importancia vital y política del cuerpo. Así que cuando hablo de escritura feminista me refiero a la posibilidad de pensar un archivo –movible y pegajoso- a través del efecto de múltiples formas de contacto y las dimensiones afectivas que estas formas suponen a través del cuerpo. 

Si bien el proceso de politización de los feminismos en México no es un fenómeno exclusivo del siglo XXI, en estos últimos diez años la presencia pública y masiva de las mujeres como figuras centrales de la protesta social ha sido algo sin precedentes en el país. Por un lado, el carácter público y masivo de los feminismos dificulta la invisibilización de las prácticas literarias con las que algunas escritoras han navegado lo que significa escribir dentro de un sistema heteropatriarcal. Por el otro, abre el espacio para reconocer y enfatizar el impacto y la acción que los feminismos han tenido en la concepción de la escritura literaria en México, ya no como una esfera autónoma, sino como un espacio social que contiene múltiples afectos, entre ellos, los feministas. 

Uno de los primeros ejemplos de esto es la discusión generada en Twitter en el 2015 por Paula Abramo, Maricela Guerrero y Xitlalitl Rodríguez Mendoza sobre el sexismo y la misoginia que permea en la esfera cultural mexicana. Más de 15 mil tweets fueron recopilados bajo la etiqueta de #RopaSucia. Posteriormente, las autoras transformaron estos tweets en una exhibición de arte que incluía un tendedero con ropa interior colgada y prendas manchadas con vino, café y tinta, bordadas con las frases recopiladas en Twitter. Barras de jabón Zote acompañaban el tendedero, representando las estadísticas sobre desigualdad de género relacionadas con algunos de los principales reconocimientos nacionales para escritoras y artistas.

Las estrategias movilizadas por #RopaSucia no son nuevas. Para entender la importancia de lo público y lo masivo en los últimos diez años de los feminismos es importante recurrir a la memoria histórica. En 1978, la artista feminista Mónica Mayer expuso El tendedero en el Museo de Arte Moderno en la ciudad de México, obra viva donde se invitaba a mujeres de distintas clases, edades y profesiones a que respondieran a la pregunta de “Como mujer, lo que más detesto de la ciudad es:” en pequeños papeles color rosa que después se colocarían en el museo en la forma de un tendedero. Si el tendedero como espacio colectivo para orear las pedagogías de la crueldad no es una herramienta nueva tampoco es la primera vez que se utiliza el espacio digital para movilizar la protesta.

Un ejemplo de ello son los performances difundidos a través del blog de Cristina Rivera Garza como “La inquietante (e Internacional) Semana de las Mujeres Barbudas” (2005) y “La semana de las mujeres invisibles” (2006) que también buscaban generar una conversación sobre el sexismo y la misoginia en la esfera cultural. Lo que hace de #RopaSucia una de las primeras consigas para mapear la escritura feminista de los últimos diez años es que esta etiqueta no nace desde la institución (el museo o la ciudad letrada) sino desde los afectos generados por la presencia pública y masiva de mujeres en el imaginario social de la protesta. 

La escritura feminista, como zona de contacto colectivo, se consolida durante la llamada primavera violeta. El 24 de abril del 2016 ocurrió la primera movilización masiva fuera de los días institucionalizados de la lucha por los derechos de las mujeres. Más de 40 ciudades, convocadas de manera espontánea por distintas colectivas a través de los hashtags #VivasNosQueremos y #MiPrimerAcoso, salieron a marchar en contra de la violencia de género. 

Un año antes, las escritoras Ave Barrera y Lola Horner estaban trabajando en el libro de artista titulado 21,000 princesas. El tropo de la princesa, en yuxtaposición con recortes de la prensa amarillista, se utiliza en el libro para hablar sobre la crisis de los feminicidios. Si bien el libro precede a la primavera violeta, Barrera y Horner reparten ejemplares gratuitos por primera vez en la marcha del #24A, lo que también terminó por resignificar el proyecto. Hasta el punto de que, hoy en día, ambas autoras se cuestionan si la manera explícita de representar la violencia feminicida en el libro es una forma de escritura feminista ética o no.

Durante los primeros años de la primavera violeta, la necesidad de visibilizar la violencia feminicida se convirtió en una prioridad apremiante, una urgencia que, en ocasiones, desplazaba a un segundo plano las consideraciones éticas sobre la representación de esa violencia.

 A riesgo de simplificar la propuesta de un libro como Temporada de huracanes de Fernanda Melchor, me parece que esta novela, publicada en abril del 2017, es otro ejemplo de esto. El libro muestra sin tapujos la violencia sistémica que sufren los cuerpos feminizidados. La popularidad de Temporada de huracanes (alrededor de once reimpresiones), deja ver que hay una curiosidad por el tema mas no necesariamente una preocupación sobre el cómo se representa dicha violencia. Es quizá con las movilizaciones de #SiMeMatan por el asesinato de Lesvy Berlín Osorio en mayo del 2017 y, posteriormente, el feminicidio de Mara Castilla en septiembre, quien habría participado de la misma campaña meses antes de su feminicidio, que el discurso antifeminicida comienza a reflexionar sobre las limitaciones de la denuncia y la representación, en parte, por la revictimización que la prensa hizo de Lesvy Berlín Osorio y Mara Castilla. 

De cierta manera, el 2018 fue un momento de regreso a la trinchera y de repensar desde allí. Por ejemplo, en ese año, las movilizaciones más importantes ocurrieron dentro de los centros universitarios y fueron encabezadas por estudiantes. También en el 2018 se publica la antología Tsunami, en la que doce autoras se reúnen en torno a la escritura para hablar “de formas distintas de cosas que nos competen a todas”. En esta antología se percibe una preocupación constante por una institución literaria misógina, así como la importancia de habitar las diferencias bajo el común de la escritura. Tanto la antología como las movilizaciones universitarias dejan entrever que el 2018 fue un año relativamente más tranquilo: un momento para recuperar fuerzas a través de los afectos contenidos en los espacios que habitamos en común, y no necesariamente en la toma del espacio público. 

Sin embargo, esta sensación de falsa tranquilidad se interrumpe con los diferentes estallidos del 2019, año de Un violador en tu camino, la diamantina rosa, las pintas, las restauradoras con glitter y el #MeTooEscritores. También es el año en que la SEDENA comienza a monitorear las marchas feministas. 

El 6 de agosto de 2019, una joven menor de edad denunció haber sido violada por cuatro policías, denuncia a la que luego se sumó otro caso similar, lo que desencadenó el hashtag #NoMeCuidanMeViolan. El 12 de agosto, mujeres se manifestaron frente a Secretaría de Seguridad Pública, y mientras el entonces jefe de policía se presentaba a los medios, una joven le lanzó un puñado de diamantina. Tanto el funcionario como los medios de comunicación criminalizaron el acto, insistiendo en que la diamantina rosa fue una forma de violencia. 

Las pintas en diferentes edificios y monumentos patrimoniales, incluidos el de “la Ángela” de la Independencia, se convirtieron en una de las formas más visibles de protesta. Desde entonces, ha existido un discurso de criminalización de las marchas feministas, pero también han surgido colectivas que, desde su autoridad intelectual, buscan contrarrestar estos discursos. Tal es el caso de la colectiva Restauradoras con Glitter, integrada por mujeres especialistas en el patrimonio cultural material, quienes sugieren que las pintas deben ser documentadas y que los monumentos no deben ser limpiados hasta que las demandas sean atendidas. 

A mí me gusta pensar que el 2019 fue el año del hartazgo: un parteaguas que transformó radicalmente al movimiento feminista mexicano. No solo las estrategias de protesta más incómodas se volvieron centrales, sino que la poca fe que quedaba en las instituciones se perdió (casi) por completo. 

También fue un año muy productivo para las escrituras feministas. Por un lado, continúa la preocupación por denunciar la violencia feminicida desde una posición mucho más compleja. Por ejemplo, en Agua de Lourdes (2019) de Karen Villeda se utilizan diferentes registros como periódicos, teoría, historia, ficción, WhatsApps, tweets para argumentar que en México a las mujeres nos están matando. 

También es el año en que se vuelca la energía hacia prácticas restaurativas. Se publica la reedición de El lugar donde crece la hierba de Luisa Josefina Hernández, inaugurando la Colección Vindictas, proyecto de recuperación de escritoras invisibilizadas por el canon que sigue creciendo hoy en día. Aparecen libros como Restauración (2019) de Ave Barrera donde se explora precisamente qué hacer con el canon y sus violencias. También se publican libros como Perras de reserva (2019) de Dahlia de la Cerda que abordan sin tapujos temas como el aborto y dibujan heroínas que están preparadas para hacerle frente a la violencia patriarcal. O ensayos como Su cuerpo dejarán (2019) de Alejandra Eme Vázquez que habla sobre el trabajo de cuidados y las economías feministas.

Resulta curioso ver que, mientras en 2019 los feminismos intentan sacudir a las instituciones, éstas comienzan a prestarles mucha más atención. No solo el Estado monitorea las marchas, sino que surgen espacios con perspectiva de género auspiciados por el mismo. Por ejemplo, mientras las escrituras feministas trabajan para restaurar el daño y la memoria histórica de las mujeres, la Suprema Corte de Justicia de la Nación lanza un círculo de lectura con perspectiva de género, que hoy en día incluye libros como el de Alejandra Eme Vázquez, los Tsunamis y El invencible verano de Liliana.  

Si el 2019 fue un año de hartazgo, el 2020 nos sacudimos el miedo y de igual manera nos desilusionamos con el movimiento. El 8 de marzo fue una marcha histórica, con más de 80,000 participantes en la Ciudad de México y con presencia en 20 estados de la República Mexicana bajo hashtags como #UnDíaSinNosotras. Fue el año de “Canción sin miedo” de Vivir Quintana y la toma de la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) el 3 de septiembre. También fue una etapa de fuerte transfobia, clasismo y discriminación: un recordatorio de que el movimiento no es tan interseccional como se suponía que debería ser. 

En el caso de las escrituras feministas, en este año, me parece que surgen tres líneas de aproximación a los afectos producidos por las marchas. El primero es bastante simple: comienzan a aparecer las marchas en el trasfondo de diferentes novelas como Linea nigra (2020) de Jazmina Barrera y La hija única (2020) de Guadalupe Nettel, mostrando de manera implícita cómo éstas han cambiado nuestra relación con el espacio público. También hay un vuelco al tema de las maternidades que inicia un poco antes con Casas vacías (2019) de Brenda Navarro, pero cobra fuerza con Linea nigra y antologías posteriores como Maneras de escribir y ser/no ser madre (2021), coordinada por las ya mencionadas Ave Barrera y Lola Horner. 

[Aquí abro un paréntesis: si bien hay que reconocer que la centralidad que cobran las maternidades como tópico literario en esta época sí está íntimamente relacionado con los afectos de la protesta feminista, me parece que esta lectura puede resultar reduccionista. Me explico. De entrada, el tema de las maternidades feministas se moviliza mucho antes en la poesía con libros como Se llaman nebulosas (2010) de Maricela Guerrero, Atardecer en los suburbios (2011) de Minerva Reynosa y Caja negra que se llame como a mí (2015) de Diana Garza Islas. Así que hay que tomar con pincitas el argumento de que el tema surge en la narrativa y justo durante el epicentro de las movilizaciones feministas. Por otro lado, el tema de las maternidades siempre ha sido central en la obra de las escritoras mexicanas. Es cierto que se le ha ninguneado, pero no recurrir a la memoria histórica contribuye a la invisibilización del trabajo de otras. Dos ejemplos: Tierra seca (1945) de Indiana E. Nájera y Cena de cenizas (1975) de Asunción Izquierdo Albiñana. Además, en ambos libros, se habla de temas tan vigentes como el aborto, la violencia obstétrica y maternidades no normativas].

 El último giro que comienza a notarse en este año es una reflexión mucho más crítica de la diferencia y de los diferentes privilegios que supone habitar un cuerpo femenino y feminizado. Un ejemplo es el segundo volumen de la antología Tsunami, en el cual la institución literaria ya no importa y los textos están marcados explícitamente por la protesta feminista y se escribe con el cuerpo en la línea “para generar imaginaciones de otros presentes que construyan un futuro de vida y no de muerte. Para pensar cómo respondemos”. 

Otro ejemplo es Serie de circunstancias posibles en torno a una mujer mexicana de clase trabajadora (2021) de Yolanda Segura. A partir de la historia familiar, la poeta recupera la experiencia de una mujer de la clase trabajadora del siglo XX. Desde entonces, el cuerpo como zona de contacto con otros cuerpos, territorios y temporalidades se vuelve una forma de escritura feminista que construye un futuro de vida desde la diferencia y la búsqueda de un mínimo en común. 

Así llegamos a las protestas del 2021 que, aunque se vieron mermadas por la pandemia también se vieron impulsadas por el giro interseccional. 

Por ejemplo, el 8 de marzo se ondea por primera vez la bandera feminista interseccional, cuyos colores representan el feminismo (violeta), el aborto legal (verde) y el apoyo a las mujeres trans (rosa). En septiembre, se toma la Glorieta a Colón, hoy conocida como la Glorieta de las Mujeres que Luchan como un acto decolonial y feminista. Las escrituras feministas de este año se distinguen por buscar lugares seguros, fomentar el acompañamiento y reafirmar que la escritura es siempre un acto comunal y no una actividad individual. Por ejemplo, se publica Lucrecias (2021) de Diana del Ángel, Alejandra Arévalo, Gabriela Damián Miravete, Brenda Navarro y Alejandra Eme Vázquez, un ensayo especulativo a cinco manos donde el cuidado colectivo y el acuerpamiento se afirman como estrategias literarias feministas. 

También se publica El invencible verano de Liliana (2021), una obra donde Cristina Rivera Garza aborda el feminicidio de su hermana Liliana Rivera Garza en 1990. Tanto Lucrecias como El invencible… comparten el estilo de lo que Rivera Garza ha llamado escrituras desapropiativas, una forma de escritura que, a diferencia de la concepción tradicional de autoría como ejercicio individual, resalta la comunalidad y pluralidad en la práctica escritural a través de la reapropiación, reescritura y las referencias a otros textos y voces.

Ese mismo año, el libro de Rivera Garza gana el Premio Xavier Villaurrutia. Al darle el premio, se revaloriza la escritura feminista al mismo tiempo que se busca institucionalizarla. Lo curioso es que se intenta institucionalizar una perspectiva específica del feminismo, esa que está conectada con la lucha contra el feminicidio y que todavía no corta del todo sus lazos con la institución, un feminismo con una relación ambigua con la calle y que todavía no está seguro de que la incomodidad es una fuerza política que no podemos abandonar. 

Esta tensión de la escritura feminista con lo institucional seguirá en los siguientes años como con el premio Bellas Artes de Narrativa 2023 para la novela Feral (2022) de Gabriela Jauregui o el fenómeno editorial de Dahlia de la Cerda, que justamente funciona por su habilidad performática de habitar simultáneamente los zulos y la institución.

 En fin, creo que todavía es muy pronto para mapear los afectos y las escrituras que han surgido en los últimos dos años. Pero si noto un claro desplazamiento hacia la ternura y la importancia de los cuidados con libros como Fruto (2023) de Daniela Rea y Periferia (2023) de Diana del Ángel. También un feminismo —para quienes deciden seguir escribiendo desde esa etiqueta— inmerso en la pluralidad de cuerpos-territorios como queda plasmado en el tercer volumen de Tsunami (2024). Un Tsunami escrito por migrantes, profesoras, cuidadoras de abejas, ensayistas, antropólogas, defensoras del territorio que no busca la cohesión homogénea “sino la fricción, el conocimiento y el desconocimiento que vienen de la diferencia”. 

Los libros que aquí se citan como puntos afectivos en el mapa de la marea feminista son el resultado de su pegajosidad. Quiero decir, son libros que casi cualquier lectora citaría como pilares de los feminismos y que han ganado capital cultural justamente por su capacidad para mantenerse en la mira de las lectoras. Pero ya sabemos que las etiquetas siempre importan por aquello que no pueden aprehender. De entrada, no hay mención de la escritura de mujeres de pueblos originarios en este mapeo porque muchas de ellas rechazan la etiqueta feminista, y me parece un desacierto no hacerles caso. Pero, sin duda, escritorxs como Yásnaya Aguilar Gil, Susi Bentzulul, Ruperta Bautista, Elvis Guerra, Cruz Alejandra Lucas Juárez, Araceli Vázquez González, Nadia Ñuu Savi, entre muchxs más, están movilizando afectos que sacuden y desterritorializan a los feminismos. 

También cabe recordar que, sin las enseñanzas y resistencias del zapatismo, la primavera violeta no sería la misma. De manera similar, hay una relación ambigua entre la escritura feminista y trans* que subraya la importancia de seguir trabajando en espacios seguros para todas. Porque la literatura trans* mexicana existe y merece estar en el núcleo de la discusión: Alexandra R. DeRuiz, Frida Cartas, Lia García y Elisa de Gortari son algunos de los nombres indispensables para entendernos como mujeres que luchan por un futuro diferente. 

De igual manera, el mapeo privilegia la narrativa y una idea de la Literatura con mayúscula, cuando quizá lo más interesante está en el trabajo de escritoras y artistas que utilizan la palabra de otras maneras, como los cómics de Kareninja o las narrativas móviles de Irasema Fernández.

 Ojalá que los siguientes diez años de feminismos se mapeen a través de estas voces; que, si es necesario, se abandone la etiqueta feminista sin perder la memoria histórica y que la incomodidad nunca se institucionalice, para que el movimiento siga siendo un espacio de zonas de contacto colectivo que parten de un mínimo en común: la importancia vital y política del cuerpo para imaginar otros futuros posibles desde el presente.