Tierra Adentro

Buenas tardes a todos los medios de comunicación, a todas, todos y todes gracias por asistir, unidos en la defensa de lo que nos pertenece: la historia, la tierra, los barrios, los afectos. Hoy no sólo marchamos por nuestras calles mexicanas, hoy caminamos con la memoria viva del pueblo cubano que un 26 de julio de 1953 se atrevió a imaginar una nación y un mundo distinto, aquel día hombres y mujeres jóvenes decidieron que la dignidad no podía esperar, que ni el miedo, ni el poder, ni el hambre la iba a callar.  

Hoy nosotros también tuvimos que alzar la voz porque la gentrificación en la Ciudad de México, como en muchas otras partes del país, no es sólo una transformación urbana sino una forma de despojo disfrazada de progreso; es ver cómo nuestras panaderías de siempre, nuestras tiendas, nuestras vecindades son arrastradas por proyectos que no piensan en nosotros sino en quienes pueden pagar más. 

Es ver cómo el sentido de comunidad se diluye en cafés gourmet y alquileres impagables, pero no estamos en contra del cambio sino de un cambio que se hace sin nosotros, un cambio que nos excluye, nos borra, nos silencia. El pueblo cubano, en medio de apagones, de escasez y dificultades que parecen interminables, sigue demostrando que la resistencia no se mide en resultados inmediatos sino en el coraje de seguir soñando. Ellos, como nosotros, entienden que la lucha es colectiva, cotidiana, que no hay victoria sin comunidad. 

Por eso hoy convocamos a todos los sectores: estudiantiles, trabajadores,  académicos, artistas, amas de casa, vecinos, migrantes, jóvenes, adultos mayores, comunidad LGBT+ y trabajadores sexuales. No queremos ser espectadores de nuestra propia historia, queremos ser partícipes de una transformación que incluya e integre a todos. A nuestros hermanos cubanos les decimos que aquí, en esta tierra, también aprendimos a resistir. Y al pueblo mexicano, le recordamos que la memoria en nuestros barrios también es memoria de lucha, que por cada casa con graffitis que desaparece, por cada renta que nos expulsa, por cada convenio establecido, nace también una nueva conciencia colectiva. 

Hagamos del derecho a la ciudad un canto popular: que nuestra diversidad sea nuestro escudo, que la historia de Cuba y la nuestra dialoguen, se abracen y que juntas nos enseñen a resistir y también a construir. Vamos a defender a nuestros barrios, nuestras historias y nuestras formas de vivir porque lo que nos une no es solo la indignación sino nuestra esperanza por un mejor mañana: hasta que vivir en dignidad no sea un privilegio sino un derecho. ¡Hasta la victoria siempre, compañeros!”

Frente por la Vivienda Joven

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La cita de la 3ª Marcha anti-gentrificación fue a las 2 de la tarde en el Hemiciclo a Juárez. Yo salí de Ayuntamiento solo un poco antes de esa hora. Pasé al cajero y en la fila observe a dos gringas, una con rasgos asiáticos, la otra pelirroja, llevaba una cámara pequeña con micrófono. Pensé por un segundo que quizá irían a la marcha, pero ese prejuicio cambió por otro: las faldas floreadas, las sandalias y el sombrero contra el sol dictaban que para ellas era un fin de semana más de turismo en el centro de la ciudad. 

Caminé sobre Balderas con dirección a Juárez hasta Independencia. En la acera del Teatro Metropólitan ya se anunciaba lo que vendría: una cohorte de autobuses azules policiacos ocupaba una larga fila. 

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Son 2:15, estoy a pocos metros del punto de reunión y no se ve mucho movimiento ni ambiente de marcha: el Metrobús funciona con regularidad, el sol brilla, hay familias que pasean y novios que caminan con su helado en las manos. Me parece un sábado normal, excepto porque en la Plaza de la Solidaridad hay un grupo de unos 50 policías con chaleco naranja y escudos. No hacen nada, esperan en fila. Más adelante, un grupo de geeks alrededor del José Martí juega Pokémon GO. Cuando llego al Hemiciclo, siento el sol durísimo, busco contingentes, pancartas, grupos de manifestantes, pero nada. En su lugar hay una pequeña multitud de camarógrafos, fotorreporteros y periodistas esperando, platicando, viendo. 

Hay otro grupo nutrido de personas, que según leo son personal de gobierno. Traen chaleco naranja (mismo tono de los polis, pero diferente) y lo descubriré más tarde: son una unidad de enlace y protección entre dos bandos claramente opuestos y en constante tensión: ellos serán los encargados de mediar entre los cuerpos policiacos y los marchantes.

Y como se va haciendo costumbre, banderas de Palestina ondean aquí y allá. 

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El primer choque vino antes de empezar la ruta. Un enjambre de periodistas corrió y se arremolinó, parecía una represión policial en la barda metálica del Hemiciclo. O al menos eso era lo que algunos de los manifestantes gritaban. Todo fue caos, gritos y empujones hasta que un azul, como alada victoria salida de la muchedumbre, mostró en lo alto el trofeo y posible causa del desmadre: un bat de beisbol arrancado de las manos de uno de los asistentes. Un bat de madera bastante cuidado y brilloso, por cierto. La policía cumplía su deber: prevenir el crimen y la maldad. Quedaba registrado. 

Eso fue lo que permeó la breve marcha: el centro de la ira, los insultos y los brevísimos ataques fueron contra los policías. “¡Hay que estudiar, hay que estudiar… el que no estudie a policía llegará!” “¡Policía consiente, se da un tiro en la frente!” “¡Qué feo, qué feo, qué ha de ser reprimir al pueblo para poder comer!” Fueron las consignas que se repetían una y otra vez. 

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A la prensa queremos comunicarles, expresarles que hace unos instantes sufrimos un despliegue policiaco de represión en contra de las juventudes, en contra de la comunidad sexodiversa, en contra de las mujeres que el día de hoy venían a manifestarse de forma pacífica: en contra de la gentrificación, en contra del desplazamiento de miles y miles en las periferias; en ese sentido, llamamos a una movilización pacífica que dialogue con distintos sectores. ¡Hasta la victoria siempre, compañeros!”

Dijo uno de los dirigentes de la marcha.

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Para evitar mayores confrontaciones hubo un repliegue de policías. La marcha comenzó y la ruta que estaba prevista no se enfiló hasta la embajada de Estados Unidos, sino que cambió hacia el zócalo. Y me parece que ahí, en ese cambio repentino de dirección, se destanteó el cuerpo policiaco: improvisaron, corregían acomodos, corrían para adelantarse a los marchantes, redefinían agrupaciones, cambiaban las tácticas: de ida sólo ocupaban las aceras, pero de vuelta, estaban a ras de piso, cosa que encendía los ánimos. 

Los marchantes por su parte apenas llegaron al medio centenar de personas, quizá pocas más, pero se sentía un desinfle en la asistencia: esperaba contingentes, diferentes sectores, vecinos indignados contra la gentrificación, pero en esta marcha solo hubo un grupo de personas universitarias, lo digo por la edad, los modos, los cuerpos, la energía y cierta inexperiencia tanto para tomar el megáfono, encausar la marcha, como para negociar la disolución y fin de la caminata. 

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En esos bandos cada uno vivió su propia narrativa y ficción. Los policías hicieron su papel de policías: malencararse, mostrar, aunque solo en gesto, cierta ira, cierto resentimiento, cierto desprecio; exhibir el poder de la superioridad numérica, controlar, bloquear, reencauzar la ruta de la marcha… y una gran tozudez para leer y anticiparse a las acciones. Ateneas, Zorros, Guerreros eran los nombres de los diferentes sectores presentes.

Del lado de los manifestantes, también se construía una ficción que me parecía muy particular: emular al arquetipo del revolucionario. Sentí por varios momentos que sobredimensionaron hechos aislados y particulares, como los choques; el actuar dos policías: ambos se atrevieron a grabar y eso detonó breves incendios que fueron apagados por los cuerpos naranjas del gobierno; o elevar a rango de represión los forcejeos esporádicos, el encapsulamiento y el último encontronazo a las afueras del metro Juárez. Tampoco le lavaré la cara a una institución que históricamente ha sido el brazo oficial de represión y que ha actuado con criminalidad e impunidad en no pocas ocasiones, pero aquí, hoy, no hubo sangre, toletazos, detenciones ni órdenes directas para reprimir a la vieja usanza. También tampoco. Hubo dos bandos que difícilmente se podían comunicar con un árbitro naranja de por medio.  

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La represión como marca y señal de experiencia, como cicatriz, como trofeo de guerra, como viaje iniciático, como la prueba de veracidad de su queja, como la cercanía al héroe histórico anti-imperialista.  

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Hubo tres intervenciones de parte de los dirigentes. Al inicio, en el supuesto final, cerca de Monte de Piedad y casi al último, cuando se tapó la marcha y se decidió hacer una protesta, pero sentados en medio de la calle “hasta que la policía dejara de cercarlos”: la parte más floja del recorrido, incluso pidieron llenar esa espera con micrófono abierto y poemas revolucionarios. El discurso transcrito al principio resume el sentido de la marcha y la filiación ideológica e histórica. Fuera de ello, la queja era simple e incluso propia y vieja: los recorridos largos y extenuantes desde la periferia hasta los centros laborales y educativos, la crecida de los precios debido a la gentrificación y el poco dinero para navegar esa contracorriente por parte de un sector poblacional que sufre desde siempre la desigualdad de clases. 

¡Vivienda primero, a la hija de la obrera!” “¡Vivienda después, a la hija del burgués!”

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Por otro lado, el recorrido de la marcha fue corto y reiterativo: Hemiciclo, Av. Juárez, Eje Central, 5 de Mayo y esquina con calle Monte de Piedad. Luego en reversa por la misma ruta hasta parar otra vez en el Hemiciclo: avanzar y detenerse en Juárez y Balderas, intentar llegar al metro Hidalgo, recular e ir hasta el metro Juárez de nuevo, donde, tras un último choque que se vivió como una estampida de policías, marchantes y árbitros naranjas por doquier, intentando frenar la violencia que escaló, pero no incendió ni se propagó más allá, la marcha se disolvió y apagó tras las puertas del metro.

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La marcha terminó como empezó: con más periodistas que marchantes, más policías que vecinos, más consignas recicladas que demandas concretas. Se gritaron muchas cosas, se alzaron pocas manos, se caminaron unas cuantas calles y se retrocedieron las mismas. Al final, entre escudos, micrófonos y versos revolucionarios, no quedó claro si marchábamos contra la gentrificación… o solo hacíamos una performance de la indignación. Tal vez, en esta ciudad donde todo sube —menos la participación—, el verdadero desplazamiento no sea territorial, sino simbólico: protestar se ha vuelto un gesto más del paisaje urbano, como los cafés de especialidad que tanto odiamos. ¿Y si el problema no es que nos desplacen, sino que ya no sabemos desde dónde resistir?

Mientras tanto, al final, el sol siguió cayendo sobre el Centro como si nada hubiera pasado. Los policías volvieron a sus camiones, los manifestantes a sus rutinas, y los barrios, esos que dicen defenderse, quedaron donde siempre: a la espera.

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