Tierra Adentro
Grabado por François Morellon de La Cave

En 1725 el compositor veneciano Antonio Vivalidi (1678-1741) publicó una serie de doce conciertos para violín y otros instrumentos bajo el título de Il cimento dell’armonia e dell’inventione. Los primeros cuatro, dedicados a cada una de las estaciones del año, han sido tremendamente populares desde ese entonces. Le quattro stagioni o Las cuatro estaciones, pueden fácilmente ser ubicadas en el conjunto de piezas de “música clásica” que por su constante repetición tanto en cine como en televisión, se han consagrado como clichés, envueltas en un superficial halo de “elegancia” y “sofisticación”.

Más allá de su fama transhistórica, esta serie de conciertos para violín tienen características musicales, estilísticas y conceptuales, de gran valor histórico, que han quedado ciertamente enterradas a costa de su popularidad.

En primera instancia, la obra de Vivaldi -sacerdote de formación-, contribuyó con la consolidación de ciertos géneros y formas de la música clásica como parte del complejo desarrollo musical de los siglos XVII y XVIII. Por ejemplo, la forma músical del concierto (concerto), que es una pieza escrita para un instrumento solista (o grupos de dos o tres) acompañados de una orquesta; en el caso de Las cuatro estaciones, el instrumento solista es el violín. 

Cada concierto, es decir, cada estación, está acompañada de un soneto que evoca los paisajes y sensaciones de cada una de ellas. El alegre canto de las aves al llegar la primavera, las violentas tormentas del verano, el gozo de los campesinos en otoño y el crudo frío del invierno, son representados con el lenguaje musical. Se trata de un acto de traducción de imágenes verbales o no verbales al plano de la música. Las obras que parten de tal principio, han recibido diversos nombres a través del tiempo: música programática, música descriptiva o poema sinfónico. Por ejemplo, la música encargada para acompañar una obra de teatro o un filme, se le llama música programática. Lo que es claro es que no se sabe si Il prete rosso -“el cura rojo”, como le apodaban a Vivaldi por ser pelirrojo-, escribió los sonetos. 

La descripción de las estaciones del año se presenta desde un punto de vista de las personas que habitan el campo. Los ciclos agrícolas, las lluvias, el clima y las festividades asociadas a estos fenómenos ambientales son representados no solamente en los poemas, sino en la música. Esta recuperación dramática de tópicos mundanos contrasta con ciertas grandes piezas del periodo barroco que florecieron en la propia devoción de la fe católica. 

Esto se podría describir en los términos del filósofo ecuatoriano-mexicano Bolívar Echeverría. En su libro La modernidad de lo barroco, menciona que una de las características del ethos barroco, es la estetización de la vida cotidiana. Esto quiere decir que, ante la ruptura entre el tiempo productivo y el tiempo cotidiano que trajo consigo la modernidad capitalista en el siglo XVI, la cultura barroca optó estratégicamente por evadir dicha ruptura buscando que la vida cotidiana también fuese una fuente nutricia de inspiración y receptáculo de la belleza, más allá del ámbito festivo propio de la iglesia y la fe. 

Estos sonetos promueven imágenes agrícolas, un repertorio de cantos de aves, paisajes rurales, narrando a su vez las adversidades de las personas que trabajan en las campiñas. Todo ello es trasladado a un universo de evocación musical. Por ejemplo, El Verano, está compuesto en una tonalidad menor, que culturalmente en occidente, suele identificarse con una emocionalidad melancólica, triste y pesarosa. Ello imprime un carácter de adversidad al paisaje y clima veraniego en el agro. 

Aquí se reproduce el poema: 

Bajo dura estación por el Sol encendida

Languidece el hombre, languidece el rebaño, y arde el pino;

Suelta el cuco la voz, y cuando la entienden

Cantan la torcaz y el jilguero.

El Céfiro dulce sopla, pero en disputa

Se mueve Bóreas de improviso a su lado;

Y llora el zagal, porque suspendida

Teme a la fiera borrasca, y su destino.

Roba a sus miembros laxos el reposo

El miedo al relámpago, y los fieros truenos

¡y de las moscas, y moscones, el tropel furioso!

¡Ah, que son sus temores verdaderos!

Truena y fulmina el cielo y granizoso

Trunca las cabezas de las espigas y los granos altera.

Resulta interesante la aparición de Céfiro y Bóreas, alegorías de los vientos. El primero era, en el panteón griego, dios del viento del oeste, de “aliento dulce” y personalidad parsimoniosa; y el segundo, el dios de los helados vientos del norte que bajaban durante el invierno, de carácter fuerte y violento. Compás 78-89.

Céfiro es representado por unos suaves violines oscilantes, que aparecen en tranquilidad, agudos y ligeros, y cuando irrumpe Bóreas con vigor, las cuerdas irradian mayor potencia y presentan figuras melódicas descendentes. 

De esta forma se pueden hallar decenas de alegorías y traducciones musicales del universo que albergan los sonetos de Las Cuatro Estaciones. Un importante ejemplo del proceso de estetización de la vida cotidiana rural en una época en la que el sol de la modernidad comenzaba a deslumbrar las miradas de Europa

En todo caso, no sobra manifestar que la invitación a escarbar en tumbas de los “grandes” compositores es necesario para comprender mejor sus piezas y visualizarlas en el complejo entramado simbólico en el que se crearon, es también un llamado a no dejar de mirar piezas artísticas que viven prisioneras de su estatus “clásico” y que no distan mucho de los lugares comunes, pues, aunque pareciera que no es así, nos siguen hablando en el presente.

Tal vez la consigna es de corte actitudinal: para que las cosas que aún vociferan esas piezas sean significativas, es importante aproximarse con preguntas diferentes y agudamente formuladas.