El lenguaje del viento y la milpa
NE NEPƗ HƗKƗ
Ne nepɨrawiya tatei Yurienakatsie ne ɨkatekɨ,
Ne xikɨri nemutaweke nepɨyiane hɨritsie.
Ne Hikuri niawarieya maiwe nepɨyɨane.
SOY YO
Soy yo la tierra bajo mis pies,
el espejo que brota entre las montañas.
soy el canto de la jícara sagrada.
Kɨpaima Norma Robles Carrillo
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Eso que llamamos territorio
“Como decían los abuelos, para conocer el territorio hay que caminarlo”, me dice Francisco, comunero del pueblo de Capulalpam, en el último tramo de la madrugada. Una delgada línea se traza en la cumbre de las montañas del poniente, el sol aparece. Francisco me ha invitado a observar su pueblo desde el mirador, apreciamos el intenso verde que se extiende de un horizonte a otro. Francisco me afirma que pertenecer a una comunidad implica un compromiso con el territorio, porque en él se encuentra todo lo que se necesita para subsistir. “Es importante cuidar los bosques, el agua, porque eso nos da vida. Es importante cuidar la tierra porque ella es quien nos provee los alimentos”.
Francisco y yo descendemos por un sendero distinto al que subimos. Pasamos por un ojo de agua, donde un grupo de mujeres se encuentra reunido para realizar un ritual de sanación. Saludo a doña Elvia, una de las médicas tradicionales de la comunidad, me invita a observar la curación. Un joven está en la orilla del manantial, le colocan algunas flores aromáticas, le rocían un poco de aguardiente y las señoras le cantan para fortalecer su aliento, para liberarle las dolencias que han afectado su estabilidad anímica. “Así como nos enfermamos, el territorio nos da las medicinas, las plantas para curarnos. La tierra no nos enferma sin darnos nuestro remedio”, comparte doña Elvia. El territorio tiene vida y es recíproco con las personas mientras cuiden de él, nunca le haría daño a su gente. Las señoras agradecen a las cuatro esquinas del mundo y al centro, les piden a los seres sagrados que cuide la fuerza del joven y el agua donde es sanado.
El ritual termina, nos despedimos de las médicas tradicionales. Francisco me lleva a otro punto del pueblo, donde la gente dispone la tierra para el cultivo de maíz y otras semillas. Allí nos encontramos a Aldo, un compañero de la comunidad vecina, quien me cuenta de las técnicas milenarias que utilizan para producir los alimentos. “La tumba, roza y quema no es nociva, pues al limpiar el terreno, rozar y quemar para sembrar maíz, se garantiza que tenga vitalidad, ya que únicamente se usa un año y luego se deja descansar hasta después de varios años. Cuando el campesino vuelve al mismo lugar se encuentra con un bosque grande”. Dicha práctica, dice Aldo, es “la milpa que camina”, la que es itinerante, porque después de un año de trabajo se busca otra parte para dejar descansar la tierra: esa es la manera de cuidarla, de recuperar su fuerza.
El lenguaje del viento
Otro día, un nuevo amanecer.
El territorio tiene sus cantos y susurros propios, que son escuchados por la gente que lo habita. “La vida gira en torno al viento”, dice don Jerónimo, un campesino meño, mientras desgaja las hojas de su maíz diuxe (zapalote chico). Avanza con cadencia, en medio de un céfiro caudaloso. El sol está por irse y con él otro día. La vida en el Istmo sucede a través de los vientos y de éstos se teje un lenguaje que solo la gente zapoteca sabe descifrar. El campo sucede entre aires, entender su caudal y dirección mantiene el sostenimiento de prácticas anudadas con la milpa. “El viento del norte hace crecer rápido el maíz, pero el viento del sur no. El viento de en medio es el provinciano, pero eso no hace nada”, comenta don Jerónimo, quien aprendió a interpretar las corrientes por la sabiduría heredada de su padre. Corta algunas hojas y mazorcas que coloca en una yunta arrastrada por dos grandes toros. Caminamos hacia la casa de don Jerónimo.
La vida en el mundo de los pueblos originarios es siempre dual: no puede comprenderse el sol sin la luna, sin los ambientes cálidos y fríos, sin el sur y el norte. “La gente dice que el viento del sur es el hombre, si tienes una herida cuando viene te duele. Y el viento del norte es la mujer, allí no duele nada”, afirma doña Clarita, mujer zapoteca, esposa de don Jerónimo, mientras prepara unas tortillas en un fogón típico de su cultura. Pero los vientos también afectan lo que se produce, de allí la importancia de saber cuándo hacer el corte de maíz y de la madera. “Si cortas el maíz en el viento del sur sale gorgojo, lo mismo que si cortas madera se pica, las vigas de la casa rápido se desgajan”.
La fuerza de los vientos nace de la luna, según su fase implica un tipo de soplo. Las lunas llenas dan vitalidad y fortalecen las semillas que se siembran, así como la madera que se corta, haciéndola más resistente. Las noches sin luna son tenues; las menguantes calman los cantos inclementes del tiempo. “En el Istmo vive la gente viento”, asevera doña Clarita.
Otro día, un nuevo amanecer.
El viento mueve el agua. La fortalece y debilita dependiendo de la dirección que tome. “Cuando entra el sur baja el agua, por el calor. El norte mantiene el agua”, afirma don Claudio, campesino zapoteco, mientras camina sobre los riachuelos que descienden de la colina, donde inicia el suministro de agua del que se abastece la gente del campo. El agua de riego se da entre los meses de noviembre y marzo, tiempo en que la lluvia de temporal se ausenta, eso permite garantizar la primera cosecha del año, al abrirse las cortinas y los canales de riego.
Pero el viento no solo afecta el campo, sino a los mares. “Cuando hay norte no viene la gente, tampoco se va a trabajar por el peligro que eso implica. El norte se lleva los peces, pero el sur trae los mariscos. El viento cambia el paisaje. Hay que tenerle respeto al viento porque te puede aventar en el mar”, cuenta don Manuel, un hombre que toda su vida se ha dedicado a la pesca. A lo alto de las montañas frente a Ixtepec, se observan los parques eólicos que han sido colocados en las partes bajas, a un costado del mar, donde la gente campesina solía trabajar, pero ante el ruido y la contaminación producto de las eólicas, el campo ha sido abandonado. “Sabemos que el viento produce energía, pero eso es para las empresas, no para la gente del campo”, sentencia don Manuel. El viento reclama su libertad, viento que también ha sido extractivizado por el capitalismo.
El canto de la milpa
Otro ciclo, un nuevo amanecer.
“La modernidad ha ido cambiando todo”, afirma don Saúl, mientras vemos la tierra árida en las faldas de la montaña. Caminamos rumbo a su milpa, es septiembre y ha llegado el tiempo de cortar el maíz. El sentir de don Saúl no es fortuito, al indicar que la modernidad ha influido en los jóvenes, provocando que abandonen el campo, que la juventud migre hacia otras partes en búsqueda de oportunidades laborales, pues la tierra ya no la ven como una forma de vida. “La juventud ya no crece con amor al territorio, pero no es completamente su responsabilidad, también nosotros algo no estamos haciendo bien para que lo aprecien”. Escucho atento a don Saúl con cierta preocupación, por la forma en que salen sus palabras.
En el camino nos encontramos a doña Alicia, maestra y campesina, corta algunos elotes, nos regala un montón. Se suma a nuestra plática. Doña Alicia también comparte el mismo sentir, el desarraigo de la juventud hacia el campo. “No es que la juventud tenga que ser campesina, pero sí que sepa producir lo que consume. ¿Si no hay quien produzca lo que comemos, cómo vamos a sobrevivir, cómo van a sobrevivir nuestros nietos y nietas?”. La pregunta me genera desasosiego, y aunque yo no soy parte de su localidad, puedo percibir que sucede algo parecido en mi comunidad. “Hay mucho trabajo por hacer por el propio bienestar de nuestros hijos e hijas”, me dice doña Alicia, con una sonrisa que me devuelve la esperanza. “Sí”, le digo, con la convicción de que nos queda mucho por caminar.
Uno de los grandes desafíos que presenta el campo en México –además del abandono, la escasa repartición de tierras, el despojo territorial– es la endeble transición de la sabiduría sobre las semillas, el viento, el cuidado del agua y el reconocimiento del territorio a las nuevas generaciones. Sin esa transmisión se debilita el sentido de pertenencia; el afecto a la tierra, al pueblo y la comunidad. Las infancias crecen sin saber cómo se planta un árbol, cómo se germina una semilla, cómo se cosecha lo que comemos en casa. “Hace un tiempo di un taller de semillas en un preescolar y me sorprendió que los niños tenían miedo de tocar la tierra porque iban a ensuciarse las manos y que su mamá los fuera a regañar”, expresa Saúl, atónito, ante la incertidumbre de cómo hacer que las infancias y juventudes tengan la voluntad de conocer el territorio, el trabajo comunitario y levantar una milpa. “Para que las semillas sobrevivan hay que sembrarlas. ¿Quiénes la sembrarán? Pues las niñas, los niños; el trabajo debe empezar en casa, transmitirles el asombro de ver crecer un árbol, de ver brotar el maíz, de cortar el frijol. Nosotros, los adultos, debemos transmitirles ese cariño, heredarles el amor que las abuelas, que los abuelos nos dieron a nosotros”.
Cada milpa tiene su lenguaje, como si tuviera un canto que es reconocido por quien lo escucha. El canto está en los sonidos de la tierra surcada, en las aves que vuelan mientras se siembra, en los silbidos de los insectos que se pasean en las ranuras del suelo. El canto está en el tiempo de cada semilla hasta convertirse en milpa. “La milpa es sagrada porque sostiene la vida”, me dice don Saúl, mientras guarda los elotes en una morraleta. Cuánta sabiduría en una oración. “Caminar el territorio es también aprender a soñar. Todas las personas sueñan con que las generaciones que vienen también disfruten lo que hoy se goza, pero también de que se aprenda a vivir en tiempos desafiantes”.
Es de noche, hemos vuelto a la casa de don Saúl. Doña Martha, su esposa, ha encendido el fuego para asar los elotes que nos regalaron. Elotes que son la suma de un esfuerzo colectivo; de gente que sueña, resiste y lucha por un mundo digno, por el respeto al territorio, a la vida y al trabajo en el campo.




