Lejos estaba de pensar
Para cuando llegué al Rancho Santa Lucía a trabajar en los huertos, ya había cambiado el teatro por las ferias de libro y los libros por la incertidumbre de no saber qué pasaría la quincena siguiente. En mis días de escritorio en instituciones de cultura y educación ya había fantaseado con dejar todo aquello. Quería dejar de sentir esa sensación de que mi vida le pertenece a alguien más e indagar si era capaz de hacer algo que no estuviera en función del capital político de algún funcionario. Me fui a la selva baja deforestada entre Campeche y Tabasco, cerca de un pueblo llamado Palizada.
El nombre del pueblo alude a los tiempos en que se explotaba el árbol palo de tinte. Como un árbol que sangraba, la tinta se extraía y llevaba a Europa entre los siglos XVI y XIX. Algunos le llaman a eso exportación. Después, con la industrialización, el pueblito quedó en el olvido de la geografía turística y productiva de la península de Yucatán.
Me dicen los del rancho que vengo a ayudar a las mujeres a poner sus huertos en Campo Nuevo, una población en el municipio que es oficialmente el más pobre de Tabasco, frente a los ranchos más grandes de Campeche, donde el Río Usumacinta divide las dos realidades: la de los grandes ranchos de producción forestal venidos a menos y la de la vida rural en uno de los municipios más pobres del país.
Aquí soy una aprendiz, el espejismo de la intelectualidad de la ciudad no me sirve para hacer las curvas de nivel en la tierra ni para manejar el cayuco de un extremo a otro del río Usumacinta, ni siquiera me serviría para bajar un coco de la palmera si padeciera de sed. Aquí aprendo un poco de las cosas más elementales como mantener un fuego, manejar el baño seco o sobrevivir a las picaduras de insectos.
Helga y Pedro, los dueños de Santa Lucía, me dicen que las mujeres de la comunidad de Campo Nuevo son analfabetas, que queman la basura y que eso está muy mal, que sus maridos no las dejan hacer porque predomina el machismo y, lo de siempre, que el gobierno les trae promesas, programas y despensas cada seis años. Pero, en realidad, la analfabeta soy yo, la que recibe ayuda soy yo. Aquí la vida no se resuelve desde las pantallas y eso es un gran descanso para mí.
En mis días calurosos de treinta y ocho grados y húmedos al ochenta por ciento, aprendo a convivir con los sapos, los murciélagos, los olores fétidos de la selva y las serpientes de río. Entre la deforestación, los monocultivos de palma de aceite y los pastizales para ganado, aprendo a cuidar huertos en una tierra en la que todo crece a gran velocidad, casi la misma con la que se riega el pesticida por los ranchos aledaños. El territorio parece una constante carrera entre la selva y el tractor.
Helga me explica cómo funciona el rancho y qué tengo que hacer con el proyecto, luego se va a su natal Alemania, probablemente para vivir en un clima más amable, lo cual ya es mucho decir. Me deja ahí con su esposo Pedro, un ex empleado de una petrolera que decidió convertir su patrimonio en un proyecto ecológico, o eso me dicen.
Eugenia, Ana, Lorena y Mayra van por mí en el cayuco y atravesamos el río hasta Campo Nuevo. Nos sentamos en sillas de madera junto al río, entre las casas de tablones y techo de lámina, ellas van por cocos y hacen un agua que sabe a oasis en medio de un desierto. Quieren reírse de todo y me contagian. Así pasamos las tardes escuchando nuestras fantasías: ellas quieren una casa por donde no se cuelen los mosquitos ni la lluvia. Yo quiero vivir sin asfalto, pero no sé si pueda quedarme aquí con esta humedad del ochenta por ciento. Mientras dibujamos un mapa de Campo Nuevo y el río, los hijos de Eugenia se ríen como en cualquier otra parte, nadie les ha hablado de todo lo que les hace falta, así que no les falta nada, al menos mientras no enfermen.
Hay tanta vida abriéndose camino por donde puede, que no me sorprendería que pudieran brotar plantas de tabaco de las colillas. Y en un par de meses, las semillas que siembran estas mujeres se convierten en plantas de treinta o cuarenta centímetros.
Cuando no voy a Campo Nuevo, mis días en el rancho son solitarios, solamente vivimos unas cinco personas en varias hectáreas. Despierto a las seis am porque a esa hora el calor de treinta y dos grados aún es soportable antes de que al mediodía llegue a los treinta y ocho. Camino por los viveros, me voy en bicicleta por la carretera, regreso, me preparo alguna cosa de cenar, aprendo a usar la estufa de leña, aunque nunca me sale del todo bien, después duermo. Mi piel se va cansando cada vez más con el calor y la humedad que nunca se detiene. Hay días que tengo fiebre y otros en los que me siento bien y me voy a hablar por teléfono cerca de un árbol samán, el único lugar en donde hay un poco de señal.
Un día, Eugenia, siempre la más entusiasta de las mujeres de Campo Nuevo, la que hizo crecer hasta berenjenas, no llega a la cita. Dicen por ahí que se fue del pueblo.
–Ya no vas a reportarle a Helga, ahora yo voy a tomar el proyecto. Necesito que repongas todas las horas que no estuviste por irte al curso de Palenque al que te mandamos y que llenes las tablas de Excel que te di. Tienes que cumplir los objetivos que te especifiqué en cada cuadro e informar diariamente de los progresos. Lo del Excel me lo entregas para hoy, aunque sea sábado.
–¿Cuándo va a regresar Helga de Alemania? Teníamos otros planes sobre el proyecto.
–No tiene fecha de regreso. ¿Por qué no habías ido a buscar a Eugenia?
–Porque no sé manejar yo sola un cayuco tan grande.
–Eso se aprende fácil, Sandrine iba sola y eso que ella es francesa, no teníamos que estarla llevando –pienso que Sandrine seguramente sabía nadar. A mí me prohibieron las clases de natación porque padecí una artritis reumatoide inventada por el IMSS.
–Sí, como sea, ya fui a buscarlas con ayuda de Juan. Y, pues para ellas es difícil establecer horarios, tienen que ir caminando varios kilómetros para llevar a sus hijos a la escuela y esperarlos afuera hasta que salgan. Entonces creo que quizás deba ir con ellas en el camino de la escuela durante esas horas, pero no podríamos estar en los huertos. También me comentaron que los niños andan enfermos, dos han tenido fiebre.
–Entonces los fines de semana.
–Los fines de semana no quieren trabajar más. El sábado pasado tenían globos y música porque estaban festejando un cumpleaños. Están los maridos y a ellos no les gusta mucho la idea del huerto. Yo creo que debe…
–¿Y qué pasó con Eugenia?
–No está, no saben cuándo regresa. Su suegra me contó lo que le pasó. El papá de Eugenia se suicidó… se ahorcó y fue ella quien lo encontró… es muy triste porque ella estaba muy entusiasmada con su huerto. Su hijita mayor, Ariadna, también estaba contenta y ayudaba a regar los cultivos… creo que habría que pensar en alguna manera de ayudarla cuando regrese.
–Bueno, pero puedes trabajar con las demás. No es necesario tanto retraso.
–El otro día estaba platicando con tu amigo Luis y me contó que el plan de reforestar las cien hectáreas es para producir carbón. Yo ya no entiendo tu proyecto.
En resumen, para Pedro es más importante el archivo de Excel que esas mujeres. Una vez más, las mujeres no importan mucho aquí y lo ambiental menos. Y no quiero irme en buenos términos, me dan ganas de romperlo todo. Que la selva se trague su rancho. Que el Usumacinta lo inunde todo. Renuncio por sexta vez y me dejo la rabia adentro un rato, luego la pongo a bailar, que para eso nació la cumbia y esta noche toca Grupo Cañaveral-al-al-al en la Feria de Palizada, el evento más esperado del año y a sólo cuarenta minutos en camión del rancho del que me estoy largando. cuarenta minutos en un camión que puede pasar a la una y seis de la tarde o quizás antes o quizás después o tal vez simplemente no pase hoy.
Me quedan solamente doscientos pesos y los uso para detener un taxi que me lleva por el atardecer más rojizo de mi existencia. A través de la carretera se siente una especie de furia, algo distinto de la rabia o el enojo, es un tipo de ímpetu, como el que necesita la semilla para romper la cáscara, el jaguar para perseguir a su presa o el árbol para crecer hacia arriba. Así se siente la selva moribunda, como una furia que crece al lado del rancho ganadero, entre los resquicios del “progreso”, en los intersticios del monocultivo de las palmas de aceite o los palos de tinte. La selva calla por las tardes, pero vibra como una corriente eléctrica que fuera a explotar para expulsar lo que le sea ajeno. Mientras veo el sol más poderoso de mi historia tengo flashbacks de toda mi vida laboral: Don Silvio que duerme en el piso del teatro y los técnicos que trabajan de lunes a domingo por seis mil pesos, la edición de libros de texto y su irrelevante calidad, las ferias del libro para que se luzca el Señor Premio Nacional de Sabe Qué, el ridículo de un Ingeniero de Toluca dirigiendo un programa editorial federal que lleva libros de SEDENA a la feria de Frankfurt. ¿Qué quieres ser de grande? Más allá de la selva aparece el pueblo con sus tejas holandesas que encajan perfectamente entre sí y con las leyendas de los piratas que se llevaron el palo de tinte de este lugar.
La carpa en el centro de Palizada chorrea sudor de todo el pueblo, incluyendo el honorable sudor del Señor Presidente Municipal y de la Señorita Palizada de este año. Aquí nadie saca a bailar a nadie, todos están casados y vienen de dos en dos, y no bailan, están sentados tomando su respectiva caguama. Porque tiene espinas el rosal, bailo sola. Me siento como en cualquier otro lugar, de esos mugrosos, sudorosos y gozosos que hay en cualquier lugar respetable del mundo. Y no sé dónde dormiré esta noche.
Lejos estaba de pensar que amanecería en una hamaca con una fiebre a la que le calculo, a falta de termómetro, unos cuarenta grados. Sueño con hojas secas sobre troncos en degradación, estos a su vez sostienen hongos que se comunican entre sí, y todos están conectados a las raíces de los palos mulatos, los plátanos o las ceibas. Una sinfonía de mil orquestas. Un solo gran organismo. La selva volverá una y otra vez como volvió sobre los templos mayas, sin importar lo que tenga que cubrir, sin importar cuánto trenes intenten pasar sobre ella.
Pero ya no estoy en ninguna selva sino en el sofá de mis papás: desempleada, treintona y con dengue. El sudor me envuelve por completo con una sensación de frío y calor simultáneos, el olor de mi cuerpo me da náuseas. El olor del virus está en todos mis fluidos. La cabeza me punza como si quisiera recordarme de todas las veces que no paré en el esfuerzo inútil de querer entender mi vida pensando y analizando desde una mente desconectada del cuerpo y el corazón. Con certeza puedo decir que no sé nada. No sé cómo no sentirme mal de haber dado todo por sentado: cagar en el agua, comer bien cada día, respirar buen aire. No sé cómo dar la vuelta, no sé cómo explicar, no sé si deba. Tal vez simplemente soy una niña herida que no supo decir lo que sentía. El sargazo en la orilla del mar, el humo en el pantano, el pastizal en la selva, la inundación en el asfalto… pero ese asfalto también ha sido mi casa. ¿Cómo caminar en la paradoja? Todo me grita al unísono. Un silencio corto. La piel de ese otro, el granizo en bicicleta, una salsa vieja en un cabaret, un solo de la guitarra de Gilmore, la sonrisa de una niña corriendo hacia mí, un círculo de personas alrededor del fuego, un trago de café por la mañana. Quizás estoy recuperado el asombro. Sí, eso.




