Sabíamos que el mundo no sería el mismo
A Mauricio Cisneros
La madrugada del sábado 16 de junio de 1945, como todas las madrugadas, Rosario C. (1903-1979), hombre de cuarenta y dos años, se levantó antes de las cinco. Ni siquiera encendió ni una vela ni una lámpara, se alistó, como todos los días, en la oscuridad y salió a la labor cuando todavía no clareaba. Mientras recorría el kilómetro y medio entre su casa y la labor —que estaba al norte del ejido— vio un resplandor muy fuerte en la dirección en la que iba caminando. Podría ser un relámpago, pensó, pero aquella intensa luz en el horizonte no era la de los relámpagos y, en esa misma dirección, estaba seguro, no había nube alguna, vio antes de ese resplandor las estrellas.
Rosario C. siguió con sus rutinas, preparando el terreno para la siembra puesto que la temporada de lluvias estaba por comenzar. Ese día no lo supo, pero acababa de ser testigo de una prueba secreta, una prueba que se llevó a cabo cientos de kilómetros al norte de su ejido en el estado de Chihuahua. La detonación de la primera bomba atómica: Gadget, la prueba Trinity, el resultado del esfuerzo de miles de personas en el Proyecto Manhattan.
Por primera vez el ser humano fue capaz de producir en la Tierra temperaturas semejantes a las del sol. El descubrimiento de la fisión nuclear no tenía ni siquiera siete años y era ya aplicado para producir la explosión más poderosa que jamás se hubiese visto. Una explosión equivalente a veinte kilotones —o veinte mil toneladas de trinitrotolueno en el método de cuantificación de la energía en su equivalencia en TNT.
Para nosotros, a la vuelta de ocho décadas de aquella prueba, la idea de un arma que utiliza la fisión de núcleos pesados como su combustible es algo que —a pesar de los horrores que sabemos significa— damos por hecho. Sin embargo, en 1945, esa idea, fuera de los científicos que laboraban en el Proyecto Manhattan, era algo de ciencia ficción; H. G. Wells en 1914 en The World Set Free imaginó un arma a la que dio el nombre de bomba atómica:
Nunca antes en la historia bélica hubo un explosivo continuo, en efecto, hasta la mitad del siglo XX los únicos explosivos conocidos eran combustibles cuya explosividad era debida por entero a su instantaneidad, y aquellas bombas atómicas que la ciencia arrojó sobre el mundo aquella noche eran extraños hasta para los hombres que las utilizaban.
Aunque el arma imaginada por Wells no se corresponde punto por punto con lo que la bomba atómica terminó siendo —el arma de la ficción era una granada cuyo poder destructivo radicaba en una explosión continua—, no deja de asombrar su capacidad premonitoria. Hacia 1914, cuando publicó la novela, la radioactividad apenas tenía dos décadas de haber sido descubierta y, para ese momento, el escritor tuvo la claridad de entender de que podría, un día, utilizarse como un arma. A sus planteamientos se le podían hacer críticas, como que el elemento que propone como combustible no exista; Charles Baskerville dijo haber aislado el elemento Carolinium, con el símbolo atómico de Cn, en los primeros años del siglo XX a partir del Torio, sin embargo, después se demostró que el Torio no era un compuesto si no un elemento. La novela pudo haber influenciado el desarrollo de la misma bomba, ya que el físico Leó Szilárd (1898-1964) la leyó en 1932 y propuso la reacción nuclear en cadena —la cual patentó—, a partir del descubrimiento del neutrón, una partícula que, junto al protón, formaba parte del núcleo de los átomos.
Entre el descubrimiento de la radioactividad, por Marie Sklodowska-Curie (1867-1934), Pierre Curie (1859-1906) y Antoine Henri Becquerel (1852-1908) en 1896 —por el cual fueron galardonados con el premio Nobel de Física en 1903—, y la explosión de la primera bomba atómica no pasaron ni siquiera cincuenta años. En los últimos años del siglo XIX y en los primeros del XX se hicieron una serie de descubrimientos que cambiaron el modo de entender los átomos —con la radioactividad, por ejemplo, quedó de manifiesto, junto con el de los electrones, que los átomos no eran indivisibles, como su etimología establecía—.
Para que fuera posible la construcción de la bomba atómica muchos descubrimientos fueron necesarios, desde la radioactividad hasta el proceso de fisión, pasando por la equivalencia entre masa y energía de la teoría de la relatividad —la famosa fórmula de Albert Einstein (1879-1955) E=mc², la energía es igual a la masa por la velocidad de la luz al cuadrado, presentada en 1905 en el trabajo ¿Depende la inercia de un cuerpo de su contenido de energía?—, así como por las teorías de la estructura del átomo, el desarrollo de la teoría cuántica y el señalado descubrimiento del neutrón —en 1932 por James Shadwick (1891-1974)—, solo por mencionar algunos. Sin embargo, el catalizador que impulsó el desarrollo de la bomba atómica fue el descubrimiento de la fisión nuclear en 1938 y la explicación de ese proceso en 1939.
En diciembre de 1939 Otto Hahn (1879-1968) y su ayudante de laboratorio Fritz Strassmann (1902-1980) reportaron haber descubierto berilio en una muestra de uranio bombardeado por neutrones. El experimento fue propuesto a Hahn por Lise Meitner (1878-1968), quien, en 1939, junto a Otto Robert Frisch (1904-1979), su sobrino, describió el fenómeno como fisión nuclear —Frisch propuso ese término en analogía a la fisión binaria de las células—. La fisión se da cuando un átomo con un gran número de nucleones (protones y neutrones) pierde al menos uno de sus neutrones y decae en otro elemento —aunque otros tipos de decaimientos son posibles en elementos de isótopos radioactivos, el núcleo atómico puede emitir partículas alfa, beta o gamma—. Se pensó en el decaimiento como el disparador de una reacción en cadena, un núcleo atómico radioactivo emite al menos dos neutrones y esos dos neutrones golpean otros dos núcleos radiactivos y esos dos a otros dos, el proceso en cadena, liberando en el proceso una gran energía.
Varios científicos vieron en ese descubrimiento el camino para la construcción de un arma, entre ellos, nada menos que Albert Einstein, quien firmó una carta —escrita por Szilárd— dirigida al presidente de los Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt (1882-1945). La preocupación no solo era porque se pudiera construir un arma con la fisión nuclear como la fuente de energía, sino que esa arma pudiera ser construida por la Alemania nazi —que el 1 de septiembre de 1939 inició la Segunda Guerra Mundial con la invasión de Polonia; en el conflicto los Estados Unidos se mantuvieron neutrales, hasta diciembre de 1941—.
Este nuevo fenómeno también llevaría a la construcción de bombas, y es posible, aunque mucho menos cierto, que así se podrían construir bombas extremadamente poderosas de un nuevo tipo. Una sola bomba de este tipo, transportada en barco y explotada en un puerto, podría destruir todo el puerto junto con parte del territorio circundante[…]. Entiendo que Alemania realmente detuvo la venta de uranio de las minas checoslovacas que controla. Que se tomase una acción tan rápida, tal vez podría entenderse sobre la base de que el hijo del Subsecretario de Estado alemán, von Weizsäcker, está vinculado al Instituto Kaiser-Wilhelm de Berlín, donde se está repitiendo parte del trabajo estadounidense sobre el uranio.
Roosevelt no echó en saco roto las preocupaciones de los científicos y creó en 1940 el Comité Asesor del Uranio, antecedente del Proyecto Manhattan. El Proyecto quedó a cargo del coronel Leslie Groves (1896-1970), quien designó a Robert Oppenheimer (1904-1967) como jefe del área científica y, eventualmente, director del Laboratorio Nacional de Los Álamos.
El esfuerzo por construir la bomba nuclear antes que ninguna de las Potencias del Eje llevó a los Estados Unidos, a través del Proyecto Manhattan, a invertir 2 000 millones de dólares de la época. En tan solo tres años, y con más de ciento treinta mil personas empleadas en el proyecto, se logró construir el Gadget, Little Boy, el arma que fue detonada sobre Hiroshima, y Fat Man, la bomba que se detonó sobre Nagasaki.
Nunca en la historia se habían dedicado tantos recursos para el desarrollo de un arma. Desarrollo que se estaba llevando a cabo a contra reloj, del otro lado de ambos océanos los Estados Unidos se enfrentaban a las potencias el Eje —y se temía que cualquiera de ellas, sobre todo la Alemania nazi, lograra construir también su bomba atómica, con el agravante de que estaban construyendo cohetes capaces de recorrer cientos de kilómetros, los V2—. Los avances en el proyecto Manhattan eran tan importantes como los avances de los ejércitos aliados, aunque el desarrollo de la bomba era conocido de unos pocos y no fue descubierto al mundo hasta el 6 de agosto de 1945 con la explosión sobre Hiroshima.
Harry S. Truman (1884-1972) fue el presidente de los Estados Unidos que autorizó el uso de la bomba atómica sobre ciudades japonesas con el argumento de preservar vidas de soldados estadounidenses y de que, de no utilizarlas, la guerra en el escenario del Pacífico podría prolongarse innecesariamente. Aunque esto último ya en su tiempo se cuestionó y se ha planteado que jugó un papel determinante en la posible entrada en el frente japonés de la URSS —así como la demostración de la capacidad bélica de los Estados Unidos hacia la potencia soviética—. Era un arma de persuasión por su capacidad destructiva, como lo dejó claro Truman en su discurso dieciséis horas después de la detonación sobre Hiroshima: “Si ellos no aceptan nuestros términos les espera una lluvia de ruina desde el aire, como nunca ha sido vista sobre la tierra”.
La Conferencia Potsdam, donde se tomaron los términos a los que Truman hizo referencia en su discurso, comenzó el 17 de julio de 1945, un día después de que la prueba Trinity hubiese sido realizada. Ahí fue donde el presidente de los Estados Unidos recibió los detalles sobre la nueva bomba que estaba en su poder, aunque de ella y su desarrollo no había tenido noticia hasta después que se convirtió en presidente de los Estados Unidos, a la muerte de Roosevelt el 12 de abril —a diferencia de Iósif Stalin (1878-1945), líder de la URSS, quien, por sus espías, ya sabía del desarrollo del arma y de la prueba—. La conferencia terminó el 26 de julio —en ella se refrendaron los acuerdos de la Conferencia de Yalta (4 a 11 de febrero de 1945) realizados entre los líderes de Inglaterra, la URSS y los Estados Unidos—, veinte días después se detonó la bomba atómica sobre Hiroshima y Truman dio a conocer su existencia al mundo.
Hace dieciséis horas un avión estadounidense lanzó una bomba sobre Hiroshima, una importante base del ejército japonés. Esa bomba tenía el poder de más d 20,000 toneladas de T.N.T. […] Los japoneses empezaron la guerra desde el aire en Pearl Harbor. Se les ha hecho pagar muchas veces. Y este no es el final. Con esta bomba hemos añadido un incremento revolucionario en la capacidad destructiva de nuestras fuerzas armadas. En su forma actual se están produciendo más bombas e incluso formas más poderosas se están desarrollando. […] Es una bomba atómica. Se aprovecha de poder básico del universo.
En el discurso Truman hizo hincapié en el poder destructivo de la bomba y que su uso era una respuesta a las agresiones niponas. Ninguna mención a las numerosas muertes que causó ni a las miles de vidas afectadas por su uso —se estima que al menos 166 000 personas murieron en Hiroshima, a las que se sumaron otros 80 000 fallecimientos en Nagasaki, en la explosión del 9 de agosto—. John Hersey (1914-1993) publicó en 1946, un año después, un reportaje en The New Yorker donde contó cómo seis personas sobrevivieron a la bomba atómica bajo el título de Hiroshima, el reportaje ayudó a crear consciencia sobre las consecuencias del uso de las bombas atómicas y su terrible poder de destrucción.
Truman a lo largo de su vida nunca mostró arrepentimiento por el uso de la bomba. Por su parte, Oppenheimer, una vez dejó el Proyecto Manhattan, abogó por un control sobre la proliferación de las armas atómicas. Su arrepentimiento quedó de manifiesto en muchas de las declaraciones que ofreció después de 1945, pero sobre todo en la entrevista de 1965 para la televisión donde declaró cómo se sintió con la prueba Trinity: “Sabíamos que el mundo no sería el mismo […]. Recordé una línea del Bhagavad Gita […]: Me he vuelto muerte, el destructor de mundos”.
La prueba Trinity marcó el comienzo de la era atómica. La posibilidad de la destrucción del mundo por voluntad del ser humano comenzó ese 16 de julio de 1945. La hegemonía que Estados Unidos se garantizó como el país con capacidad nuclear se mantuvo hasta 1949, cuando la Unión Soviética detonó su primera bomba—RDS-1, detonada el 29 de agosto—, una carrera armamentística que no concluyó con la disolución de la URSS.
Hay al menos ocho estados armados nuclearmente, este es un concepto del Tratado de No Proliferación Nuclear. De esos ocho, solo cinco países han firmado el tratado: Estados Unidos, Rusia, Reino Unido, Francia y China, y tres estados que poseen armas nucleares no lo han hecho: India, Pakistán y Corea del Norte. Se cree que Israel también posee armas nucleares. Los Estados Unidos y Rusia poseen al menos cinco mil ojivas nucleares cada uno, China los sigue con seiscientas y Francia con doscientos noventa y Reino Unido con doscientos veinticinco, la India con ciento setenta y dos, Pakistán con ciento setenta, Israel se sospecha que posee noventa y Corea del Norte, cincuenta.
Rosario C. no supo que ese resplandor que vio hacia el norte era la primera bomba atómica que se detonaba, lo sabría más tarde, cuando la amenaza atómica se convirtió en un temor que compartían millones de personas. Esa madrugada solo le asombró aquella inusitada luz, el resplandor de una nueva era.
Referencias
Discurso de Harry S. Truman 6 de agosto de 1945: https://millercenter.org/the-presidency/presidential-speeches/august-6-1945-statement-president-announcing-use-bomb
Hersey, John, Hiroshima, trad. Juan Gabriel Vásquez, Debolsillo, 2020.
Siracusa, Joseph M., Nuclear Weapons: A very Short Introduction, Oxford University Press, 2020.
Wells, Orson G., The World Set Free, Zenith Blue Ridge Books, 2025.




