Tierra Adentro

Ya desde la infancia, Sunil Tripathi se había distinguido por la facilidad con la que lograba aprender todo tipo de temas. A su hermana mayor, Sangeeta, le gustaba presumir la natural desenvoltura con la que atravesó la escuela. No fue complicado para él entrar en la Universidad de Brown y dilatar en ella su brillante carrera. Como muchos otros jóvenes prometedores, se vio obligado a sortear la vida académica en medio de un complejo episodio de depresión que, hermético, no comunicó del todo a sus familiares. En marzo de 2013, su hermana mayor recibió la noticia de su desaparición. Al parecer, la mejor amiga de Sunil había perdido todo contacto con él durante un fin de semana. Sangeeta se apresuró a buscarlo en su departamento para toparse, horrorizada, con que los únicos rastros suyos que quedaban ahí dentro eran su billetera y su teléfono.

La familia Tripathi no tardó en movilizarse desde su residencia hasta Providence, lugar de la desaparición. Se acuartelaron en la casa de un amigo y, ahí, montaron una estrategia de búsqueda ininterrumpida. Convencidos de que su empeño individual no bastaría para dar con Sunil, decidieron crear una página de Facebook que les ayudara a divulgar su caso. Tuvieron éxito: la primera semana consiguieron más de 250,000 visualizaciones. La situación se convirtió en una tragedia doble de un modo que ninguno de ellos pudo anticipar. Nadie en su lugar, ciertamente, habría podido hacerlo.

Durante la búsqueda de Sunil ocurrió uno de los eventos más dolorosos en la historia reciente de Boston: hubo un atentado terrorista en el maratón de la ciudad. Miles de ciudadanos emprendieron esfuerzos por develar la identidad de los responsables de la detonación de una bomba que causó cuatro muertes y dejó heridas a casi trescientas personas. El FBI, tres días más tarde, hizo públicas fotos de los sospechosos.

Fue entonces cuando una excompañera de clases de Sunil escribió, en Twitter, que uno de los sospechosos lucía justo como él. Este comentario bastó para que una horda coordinada en Reddit y 4Chan comenzara una campaña masiva de doxeo y amenazas en contra de los Tripathi. Para el 19 de abril, la familia se vio obligada a bajar todas las fotos del hijo perdido, con el fin de aminorar las intimidaciones. Incluso medios de comunicación masivos acudían a la casa en busca de información. De forma igual de repentina, el FBI publicó los nombres de los verdaderos responsables. El clamor paró, pero Sunil seguía ausente. Su cuerpo fue encontrado una semana más tarde, en un río de Providence. Había cometido suicidio un mes atrás.

El caso de Sunil —notable por su alcance y alarmante por su trasfondo atroz — resulta un punto de partida idóneo para discutir las nuevas modalidades de justicia. Domesticada nuestra neurosis virtual, hemos banalizado las implicaciones de la funa y el escrache: un día sí y el otro también nos topamos con historias escandalosas (o ridículas, o sospechosas, o inverosímiles) sobre actos grotescos que ni siquiera precisan de una víctima para provocar ira generalizada. Performativa, esta persecución de la justicia es indiferente a la legalidad: le interesa, más que partir de una formulación legítima, alcanzar un público vasto.

Nuestra época premia la indignación moral. Alguien, con un libro de historia en la mano, podrá decir que todas las épocas lo han hecho, pero la actual se distingue por las posibilidades de su virulencia. Es una indignación masiva, de fácil propagación. En 2021, un equipo del Departamento de Psicología de Yale liderado por William J. Brady examinó de forma rigurosa cómo es que los usuarios de redes sociales moldean sus conductas condenatorias mediante dos mecanismos bastante conocidos: el aprendizaje por refuerzo (cuando los usuarios ajustan su comportamiento en función de la retroalimentación social encarnada en likes y retuits) y el aprendizaje de normas (cuando imitan las expresiones más frecuentes en su red).

La investigación de Brady se valió de dos estudios observacionales con más de 12 millones de tuits y dos experimentos en entornos simulados. En efecto, ambos tipos de aprendizaje mostraron influir de forma directa en la probabilidad de que los usuarios expresen indignación moral ante un acontecimiento, aunque en redes ideológicamente extremas el aprendizaje por normas supera al refuerzo. La proclividad a la polarización, pues, emergió como otro factor a considerar.

Hallazgos de esta naturaleza confirman formalmente lo que ya se intuía desde hace tiempo: las plataformas, en tanto a su manejo de la información, no son canales neutrales. Su diseño, presto a amplificar ciertos tipos de contenido mediante algoritmos de recomendación, puede moldear comportamientos colectivos encauzados al castigo y el rechazo. Un algoritmo no tiene discernimiento moral; incapaz de distinguir lo justo de lo injusto, se enfoca en lo que genera reacciones. La ira y la indignación son, desde luego, las reacciones más sencillas de conseguir.

Sería ingenuo asumir que las redes sociales solamente reflejan la moralidad de sus usuarios: también la transforman. Me atrevería a decir que buena parte de su diseño persigue hacerlo. Quienes las programan en Sillicon Valley y quienes las patrocinan desde Wall Street saben que las plataformas digitales tienen implicaciones profundas en la evolución de los discursos políticos y la cohesión social a gran escala. A pesar de esto, la responsabilidad ética en el diseño de estas tecnologías es deficiente o, a menudo, nula. En redes donde cada interacción se monetiza, un público enardecido representa visualizaciones, y éstas posicionamiento. Así, la exposición y el escrache pueden guardar motivaciones económicas. Mercantilizada la moral, la justicia solo se procura cuando es rentable.

Basta darse una vuelta por YouTube y TikTok. Cientos de canales dedican su contenido a la propagación de notas que consisten, casi siempre, en meras funas en formato audiovisual. En ellas no vale la información presentada, sino el procedimiento de denuncia. Convertido en una suerte de teatro moral, este fenómeno beneficia, por un lado, a quienes pueden monetizarlo, y por el otro, a quienes encuentran satisfacción (o tranquilidad, o placer) en unirse en agresión grupal hacia un enemigo en común.

Incluso las campañas de cancelación enraizadas en la búsqueda de la justicia terminan centrándose en desplegar una exhibición de virtud colectiva. La académica Gwen Bouvier (2020) se dedicó a estudiar cómo es que ciertas campañas de indignación grupal en redes tienden a simplificar, individualizar y despolitizar problemas estructurales, reduciéndolos a casos aislados de personas malas.

Buena parte de la conducta condenatoria habitual de los usuarios de redes puede entenderse desde la desconfianza a las vías formales de justicia. No son pocas las historias de crímenes aberrantes (especialmente en países como México) que, debido a ineficiencias burocráticas o a la corrupción más llana, jamás alcanzaron una reparación real del daño. Cámara en mano, los justicieros virtuales utilizan la funa y el doxeo como mecanismos para conseguir la rendición de cuentas. Olvidan, sin embargo, que las reprimendas extralegales han sido usadas históricamente de forma desproporcionada o, peor, injustificada.  

La lógica del linchamiento no es la justicia, sino el castigo. La configuración moral de nuestros días, amparada por el respaldo multitudinario de las redes, le ha enseñado al usuario de plataformas que no debe aparecer tibio ante la injusticia: le corresponde tomar partido. Integrado en un rito unificador, apunta hacia las llamas con el dedo, ignorante de que el fuego de la hoguera está muy cerca de sus propios pies.

Referencias:

  1. A Family’s Agony Intersects With A National Tragedy. (2013). NPR. https://www.npr.org/sections/codeswitch/2013/04/25/179025682/a-familys-agony-brushes-up-against-a-national-tragedy
  2. Brady, W. J., McLoughlin, K., Doan, T. N., & Crockett, M. J. (2021). How social learning amplifies moral outrage expression in online social networks. Science Advances, 7(33). https://doi.org/10.1126/sciadv.abe5641
  3. Bouvier, G. (2020). Racist call-outs and cancel culture on Twitter: The limitations of the platform’s ability to define issues of social justice. Discourse Context & Media, 38, 100431–100431. https://doi.org/10.1016/j.dcm.2020.100431