Tierra Adentro

Los perpetuos problemas de humedad en el techo de mi departamento y la ineficiencia, perpetua también, de la administración en turno que, teóricamente al menos, vela por el bienestar de la unidad habitacional en la que vivo han producido tres cambios considerables en mi vida. El primero es el desarrollo de un preocupante fervor religioso por diferentes marcas de deshumidificadores. El segundo es que ahora tengo un odio visceral por cualquier lluvia y me atemoriza como si se tratara del diluvio bíblico. El tercero es que, por primera vez en los ocho años que llevo viviendo aquí, asistí a una asamblea vecinal.

Entre los motivos para mi falta de civismo está la brecha generacional con los vecinos, que han envejecido a la par de los edificios y consideran a cualquier persona menor de 40 años un niño. También se debe a que las asambleas se celebran en horarios que atentan contra el sentido común de los sábados en la mañana. Pero, sin duda, el principal motivo era que, hasta este momento, no había tenido un problema que me obligara a depender de la poco apreciada, pero siempre socorrida, participación comunitaria.

9:00 am

Llegué a la cita y comprobé que la mayoría de mis vecinos piensa lo mismo que yo, y maldije su buena suerte de no vivir en el último piso. Con una asistencia que probablemente alcanzó el 0.05% de la población condominal, se repartieron papeles de colores para ejercer el voto popular a mano alzada y nos invitaron a regresar una hora después, cuando el quórum fuera más numeroso.

10:00 am

Procedimos a elegir tres escrutadores, un secretario y un presidente de la asamblea. Mientras los asistentes recurrentes vetaban a una serie de vecinos problemáticos para no presidir ninguna asamblea en el futuro cercano, me sorprendí por la cantidad de personas bañadas a esa hora y me avergoncé por haber llegado en pants. El presidente fue electo por una mayoría de doce votos contra nueve y leyó un discurso sobre su breve mandato. Alguien gritó que el micrófono no servía. Me pregunté si los problemas de sonido se debían a una cuestión técnica de las bocinas o a una cuestión anatómica de los asistentes, quienes superaban, casi todos, los setenta años. 

Frente a mí, una señora probaba con un cojín todas las sillas de la fila y un perro, con moñitos y dermatitis aguda, descansaba junto a su dueño. 

11:00 am

Después de que el presidente de la asamblea terminara su discurso, leyó los doce puntos que conformaban  la orden del día. Mientras la señora del cojín escogía por fin una silla óptima, oí con horror que la impermeabilización estaba en el penúltimo punto de los asuntos por discutir.

El administrador del condominio, diferente del recién electo presidente de la asamblea, dio pie al primer punto de la lista: una larga perorata sobre la dura vida de los administradores condominales. Ahí aprendí que hay quien, por voluntad propia, elige administrar un lugar en el que no vive. 

La candidata perdedora para presidir la asamblea interrumpió la lectura del punto número uno y conminó al de por sí nada elocuente orador a certificarse como administrador competente en la PROSOC. Al resto, nos invitó a sumarnos a COPACO y a eso le siguió una lista de otras siglas que sonaban como SEGAP, LEDEC y FICUM.

12:00 pm

Me distraje, pero creo que en algún momento avanzamos al quinto punto de la orden del día: repavimentar el andador principal porque alguien se cayó.

Para discutir el séptimo punto, la candidata perdedora citó el artículo 43, fracción 12, inciso E del reglamento general de condóminos, que consistía en las infracciones por pasear perros sin correa. Esto evolucionó en el problema eterno de las heces fecales perrunas y los orines de borracho, que se amontonan todos en la misma desafortunada esquina.

Mientras pensaba en la dificultad de decir en voz alta caca de perro, un representante de mi grupo etario habló sobre la falta de participación de los inquilinos sin voto ni propiedades. Lo felicitaron por su juventud y abandonó la asamblea.

1:00 pm

Movieron a la sombra al perro con moñitos y dermatitis aguda. La candidata perdedora intervino para pedir que las intervenciones no fueran de más de dos minutos y preguntó si los miembros de la mesa directiva estaban registrados ante la SECUM.

Alguien se quejó por el ruido que generan las podadoras de combustión interna y advirtió sobre el peligro de atentar contra los olivos. Hace tiempo, el encargado de podar los árboles de la unidad pasó la noche en la delegación por una denuncia anónima que lo acusaba de atentar contra los individuos arbóreos.

Noto que el amante de los olivos conjuga perfectamente el verbo satisfacer. 

Alguien más, con una voz que sugiere una vida dedicada al tabaquismo y un grado avanzado de enfisema, nos recomendó tomar un curso de contabilidad.

Vamos en el punto nueve, ojalá me hubiera bañado antes de venir

2:00 pm 

Hace tiempo que la señora del cojín, el perro con moñitos y el amante de los olivos abandonaron la asamblea. 

Perdí todo el día y los puntos 10, 11 y 12 se pospusieron para una asamblea extraordinaria. Me voy, pero una de las vecinas de la mesa directiva me detiene para prometerme que van a impermeabilizar. Me felicita por ser joven y muy alta, y me pide tener paciencia. Agradezco su amabilidad y me pregunto si mi altura estará dentro del rango normal.

Se levanta la asamblea.