Cirilo y Francisco ecuménicos
El 12 de febrero de 2016 en el Aeropuerto Internacional José Martí de La Habana dos hombres mayores se encontraron. Ninguno conocía la lengua del otro (y con su edad, 69 años uno, 79 el otro, tampoco es que estuvieran en condiciones de aprenderlas), sin embargo, eso no les impidió hacer una declaración conjunta. Su reunión, por supuesto, no fue fortuita, al contrario, a pesar de la secrecía con la que se organizó, llevó años de preparación —la prueba es la declaración misma, redactada antes de que el encuentro tuviera lugar.
¿Quiénes son estos hombres y por qué su encuentro fue tan importante como para hacer declaración conjunta? Uno, el más joven, nació el 20 de noviembre de 1946 en Leningrado, hoy San Petersburgo, en una Unión Soviética que acababa de salir triunfante de la Segunda Guerra Mundial, a pesar de los millones de muertos, pero no del estalinismo. El otro nació una década antes del otro lado del globo, en Buenos Aires, Argentina, hijo de inmigrantes piamonteses, el 17 de diciembre de 1936. Ambos hombres dedicaron sus vidas a sus respectivas iglesias, uno a la Iglesia Ortodoxa Rusa y el otro a la Iglesia Católica, y ambos, para el momento en el que se encontraron, habían sido dirigentes de ambas instituciones, uno con el nombre de Cirilo, Kirill, y el otro con el de Francisco (sus nombres seculares: Vladimir Mikhailovich Gundyayev y Jorge Mario Bergoglio Sivori). El primero tenía siete años como obispo de Moscú y todas las Rusias, el segundo todavía no cumplía tres años como obispo de Roma.
Su encuentro en La Habana la tarde de ese viernes 12 de febrero fue el primero que tuvieron un patriarca de la Iglesia Ortodoxa Rusa y un pontífice. Según la misma declaración, eligieron el país caribeño por considerarlo un sitio neutro y por el dinamismo que muestra el cristianismo en América Latina.
Con alegría, nos hemos reunido como hermanos en la fe cristiana, que se encuentran para “hablar de viva voz” (2 Jn, 12), de corazón a corazón, y discutir acerca de las relaciones mutuas entre las Iglesias, de los problemas esenciales de nuestros fieles y de las perspectivas de desarrollo de la civilización humana.
Del Primer punto de la Declaración Conjunta del papa Francisco y el patriarca Kirill de Moscú y todas las Rusias.
Múltiples son las razones por las que se consideró histórica la reunión entre el patriarca y el pontífice. La primera es que, como dijimos, nunca habían tenido una reunión de este tipo, desde el establecimiento del patriarcado moscovita en 1589. La Iglesia Ortodoxa Rusa forma parte de la comunión de iglesias ortodoxas, de las cuales se estima que tiene la mitad de fieles, unos 110 millones de los 220 millones que siguen alguna forma de cristianismo ortodoxo, lo que la hace la segunda denominación cristiana en cuanto a número de seguidores, después de la Iglesia Católica, con más de 1 400 millones de feligreses.
Fue histórico también porque en ese encuentro se salvaban muchas distancias. Por principio, el de la distancia física que separa a Roma y Rusia —y que por siglos tuvo al Imperio Otomano en medio—, y la del tiempo —desde medio milenio antes de la elevación patriarcal de Moscú se dio el conflicto que separó el cristianismo católico y el ortodoxo con el Cisma de Oriente.
Al reunirnos a distancia de las antiguas disputas del “Viejo Mundo”, sentimos con especial fuerza la necesidad de una colaboración entre católicos y ortodoxos, llamados, con dulzura y respeto, a dar al mundo razón de nuestra esperanza.
Del tercer punto de la Declaración Conjunta del papa Francisco y el patriarca Kirill de Moscú y todas las Rusias.
La reunión de apenas dos horas, un alto en el viaje que el papa Francisco estaba haciendo en su gira a México, permitió que ambos hombres se conocieran y establecieran un diálogo a través de traductores, porque ni Kirill hablaba español ni Francisco, ruso. Como testigo estuvo el presidente de Cuba, Raúl Castro. ¿Qué se dijeron? Se ignora puesto que fue a puertas cerradas y ninguno de los presentes habló después de lo que se trató en esa reunión.
Hay diferencias entre los dos hombres, pero también muchos puntos de coincidencia. Los sectores más conservadores de sus respectivas religiones tuvieron objeciones en su elección; de Kirill, por ejemplo, señalaron su ecumenismo —del cual esta reunión es una prueba—. El patriarcado de Kirill, sin embargo, ha sido señalado por su cercanía a Vladimir Putin (a quien se dice que el padre del patriarca bautizó), tanto así que llegó a justificar la invasión a Ucrania —de ahí que la que la Iglesia grecocatólica ucraniana protestara ante la reunión del papa Francisco y el patriarca Kirill.
Por parte del pontífice, la reunión es la primera de una serie de hitos que fue adquiriendo desde antes de que fuera electo papa. El primer pontífice nacido en el hemisferio sur, el primer latinoamericano, el primer jesuita, el primero cuya lengua materna era el español —los Borja o Borgia, en su versión italiana, eran aragoneses y no castellanos, otro tanto se puede decir del así llamado papa Luna, el antipapa Benedicto XIII—. Aunque estos hitos se difundieron una y otra vez en los medios a partir del 13 de marzo de 2013 cuando se le elevó al sitial de Pedro, la impresión que había dado en sus primeros años de pontificado no pasaba de las continuas declaraciones que daba y que enfurecían a los sectores más conservadores del catolicismo, pero que no cambiaban a grandes rasgos el quehacer de la institución que encabezaba. Sin embargo, el encuentro que tuvo con Kirill luego de descender del avión a las dos de la tarde, hora de La Habana, ese viernes 12 de febrero, era más que una declaración, era la muestra de la labor que estaba construyendo, de su pontificado.
A la vuelta de una década y una vez que el reinado del papa Francisco ha terminado puede entenderse más claramente en qué consistieron muchos de sus actos. Hijo de inmigrantes, sacerdote que le tocó ver perecer amigos durante la dictadura de su país, se atuvo al sentido original de la función que le fue encomendada en el Conclave de 2013: el de pontífice, el hacedor de puentes. Se dedicó a tender puentes desde su ascensión hasta su muerte en abril de 2025. Uno de esos puentes fue la Declaración de La Habana.
A pesar de tener la Tradición común de los diez primeros siglos, los católicos y los ortodoxos, desde hace casi mil años, están privados de la comunión en la Eucaristía. Permanecemos divididos por unas heridas causadas por los conflictos del pasado lejano o reciente, por las diferencias heredadas de nuestros antepasados acerca de la comprensión y la explicación de nuestra fe en Dios, uno en tres Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Lamentamos la pérdida de la unidad, fruto de la debilidad humana y del pecado, que se produjo a pesar de la oración sacerdotal de Cristo Salvador: “Que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros”.
Del quinto punto de la Declaración Conjunta del papa Francisco y el patriarca Kirill de Moscú y todas las Rusias.
No se discutieron asuntos teológicos, aunque se trató de un acercamiento, las causas del distanciamiento no fueron abordadas. El Cisma de Oriente, como se le conoce en el ámbito latino, fue el rompimiento de la comunión entre las iglesias católica y la ortodoxa el 16 de julio de 1054. El cisma se dio por diferentes motivos, no todos teológicos. Entre los políticos, se encuentra la cuestión sobre la preminencia de las sedes episcopales —el papa proclama a Roma como la Santa Sede con autoridad sobre el resto; en oposición a Constantinopla como parte de la pentarquía, con autonomía de sus sedes—. Mientras que, en cuanto a la liturgia, se discutió si la eucaristía se debía realizar con pan ácimo o fermentado —la católica promovía al primero y la ortodoxa el segundo—. En cuanto a lo teológico, fue la versión del Credo y en la procedencia del Espíritu Santo —una de las tres personas de la divinidad en el cristianismo trinitario—, si sólo procede del Padre, como en la versión griega, o también procede del Hijo —filioque en la versión latina—. En 1053 el papa exigió a las iglesias del sur de Italia que abandonaran el rito griego y tomaran el latino, ante la respuesta negativa la orden pontifica fue el cierre. En respuesta, el patriarca de Constantinopla cerró las iglesias de rito latino en su ciudad. Fueron enviados legados papales a Constantinopla, pero el conflicto sólo se amplió y terminó en la separación de ambas iglesias.
Para el momento del cisma la Iglesia ortodoxa rusa ya tenía más de seis décadas de existencia desde 988 con el bautizó de Vladimir de Kiev. La Rus de Kiev fue una sede metropolitana del Patriarcado de Constantinopla, sus primeros metropolitanos fueron griegos y hasta el siglo XV fueron consagrados en Santa Sofía. En 1488 un consejo de obispos eligió al obispo Jonás de Moscú Metropolita de Kiev y toda Rus, con lo que se consiguió la autocefalía de la Iglesia Ortodoxa Rusa. A la muerte de Jonás el título de la cabeza de la iglesia se cambió al de Metropolita de Moscú y toda Rus. En 1589, el patriarca Jeremías II de Constantinopla otorgó la bendición y consagró al metropolita Job como patriarca.
Hacemos un llamamiento a la comunidad internacional para que actúe urgentemente y se evite la expulsión de más cristianos en Oriente Medio. Levantamos la voz en defensa de los cristianos perseguidos, y expresamos nuestra compasión por los sufrimientos padecidos por los fieles de otras tradiciones religiosas, también ellos víctimas de la guerra civil, el caos y la violencia terrorista.
Del noveno punto de la Declaración Conjunta del papa Francisco y el patriarca Kirill de Moscú y todas las Rusias.
Los líderes religiosos expresaron sus preocupaciones conjuntas y las esperanzas que abrigaban porque su reunión fuera una oportunidad de unión no sólo para sus feligreses, sino para el mundo. Para muchos, me incluyo, no pasó de un mero acto simbólico como los que hizo de continuo Francisco en sus primeros años de pontificado. En México esa reunión casi pasó inadvertida por la visita misma del papa que hizo después —en lo personal recuerdo aquella respuesta fúrica a una feligresa que no dejaba de tocarlo: “¡No seas egoísta!”—. Dada su edad, cuando fue electo se le tuvo por un papa de transición que habría de tener un pontificado corto —él mismo así lo confiesa en su autobiografía, donde cuenta que un grupo de cardenales europeos le preguntaron si era verdad que sólo tenía un pulmón durante el cónclave—, pero reinó por más de doce años, a través de los cuales se dedicó a tender puentes —a partir del 7 de octubre de 2023 se comunicaba diario con Pierbattista Pizzaballa, el patriarca latino de Jerusalén, para seguir de cerca el desarrollo del conflicto en Gaza—, tanto así que uno de los hombres elevado al cardenalato por él fue quien resultó electo papa en el Cónclave de 2025.
La intención de acercamiento quedó hecha, tanto el papa Francisco como el patriarca Kirill dieron muestras de su ecumenismo reconociéndose cristianos y con historia compartida. ¿Qué deparará a las dos denominaciones cristianas con mayor número de fieles en un mundo al que, a pesar de las declaraciones, poco se preocupa por la fe y menos por las enseñanzas cristianas de perdón y amor al prójimo?




