Tierra Adentro
Portada de "La Policía de la Memoria", de Yoko Ogawa. Tusquets Editores, 2025.
Portada de “La Policía de la Memoria”, de Yoko Ogawa. Tusquets Editores, 2025.

I. “Pero aún podía ver el árbol de mirto por la ventana”

Me gusta imaginar que Yoko Ogawa podría ser la primera mujer japonesa en ganar el Nobel de Literatura. Si bien Haruki Murakami lleva bastante tiempo con su nombre asomándose por la puerta —y constantemente apareciendo en la mayoría de las listas de “apuestas”—, sólo Yukio Mishima y Kenzaburo Oe han llevado el premio a su país. Desde antes de que Han Kang ganara el Nobel en 2024, la literatura asiática se alzaba ya, literal y metafóricamente, hasta el frente de las mesas de novedades en librerías, pero fue este premio lo que consolidó la presencia de autoras surcoreanas y japonesas en espacios mainstream del mundo latinoamericano del libro.

Hay un cierto instinto, o simplemente algo que no logro nombrar, que me deja con esa esperanza de que la obra y el trabajo de Ogawa sean reconocidos con el Nobel. No porque su obra sea esperanzadora, sino porque sin dudas para mí la carrera literaria de la autora lo amerita. En ese sentido, Kang recibió muchas críticas por haber ganado joven y sin tantos libros traducidos el Nobel; Yoko Ogawa alcanza una “mayoría de edad” y muchos libros con un culto de lectores, como pasa con La policía de la memoria.

En su momento, me habría gustado que más personas en Latinoamérica hubieran leído La vegetariana o Actos humanos antes del anuncio del Nobel para defender a Kang de las sospechas que surgieron. O, al menos, contraatacar esas críticas. Así, considero un servicio a la comunidad lectora escribir esta guía mínima con la esperanza, nuevamente, de acercar a otras personas que quizá tengan ganas de leer a Ogawa, pero que no sepan por dónde empezar, o que conozcan una novela en particular y ahora no sepan hacia cuál otro libro avanzar.

Hay muchos arrepentimientos que considero insoportables, sin embargo, aunque llegar tarde a una autora no sea uno de ellos, sí que representa cierta desesperación reconocer que se ha pasado tanto o determinado tiempo sin descubrir la obra de quien sabes que ha cambiado tu vida o, al menos, tu perspectiva de la literatura o gustos editoriales. Esto me ha pasado con esta escritora japonesa: sus libros son de los pocos que me he visto forzada, casi diría que involuntariamente convencida, por un poder externo, probablemente el de su prosa magnética, a empezar de nuevo inmediatamente después de haberlos terminado —suceso que sólo se ha repetido con contados autores, como Jeffrey Eugenides, Lee-Young Li, Eugenia Ladra, Elena Ferrante, Bae Suah y Donna Tartt. Las primeras y últimas líneas de sus libros están tatuadas en mi cerebro, como el inicio de La policía de la memoria: “En ocasiones, vuelvo a preguntarme qué fue lo que desapareció de nuestra isla en primer lugar.” O el final de su novela recientemente traducida al inglés, Mina’s Matchbox, que da título a este apartado inicial: “Pero aún podía ver el árbol de mirto por la ventana”.

II. “Un lugar para los corazones que no están vacíos”

Yoko Ogawa nació el 30 de marzo de 1962 en Okayama, Japón —una década antes que Han Kang—. Comparte también cumpleaños con la reconocida escritora Yuko Tsushima, hija de Osamu Dazai, quien al morir a los 68 años en 2016 dejó un amplio legado explotando la soledad, el estigma contra las mujeres, la memoria, la maternidad y las distintas costumbres y los prejuicios de la sociedad patriarcal, muy de su época. Otras autoras japonesas que en décadas anteriores siguen los temas en los que profundiza Ogawa son Fumiko Enchi, Mieko Kawakami, Hiromi Kawakami, Mieko Kanai, Izumi Suzuki, Yoko Tawada, Asako Otani, Saou Ichikawa y Asako Yuzuki. Si algo tienen en común estas escritoras contemporáneas es justo una perspectiva desafiante de los estigmas y tabús que deben romper las mujeres para abrirse camino en el mundo, así como reflexiones acerca de lo que construye nuestra identidad y lo que se forma alrededor del significado de ser mujer, o por lo menos, sobre las ideas preconcebidas que los hombres tienen del universo femenino desde su otredad —considerando las dualidades del género y la identidad que, aunque hoy en día no entendemos del todo o presentemos como binarios, categorizó cierta escuela de pensamiento, para bien y para mal.

La policía de la memoria (密やかな結晶 / Hisoyaka na Kesshō) se publicó por primera vez en invierno de 1994. En 2019 fue traducido al inglés por Stephen Snyder y nominado en 2020 para el International Booker Prize. Aunque no con esta novela, Yoko Ogawa es ganadora de los más prestigiosos premios literarios de su país: con su primera novela Cuando la mariposa se descompone, obtuvo el Premio Kaien en 1988; con el libro El embarazo de mi hermana le es concedido el Premio Akutaga en 1991, convirtiéndose inmediatamente en un best seller. A partir de la traducción de La policía de la memoria, , las personas de habla inglesa hicieron lo esperado: elogiar el libro y volverlo tendencia en el espacio de bookstagram, a la par de que rechazaron su proeza literaria. Fue un libro polarizante: o lo amas o lo odias. Desde el momento en que lo descubrí , el último invierno antes de la pandemia, aquel rostro ya aparecía en todas las publicaciones de los mejores libros del año. Esa distintiva ilustración fotográfica, como de pasaporte antiguo, en tonos azul marino y trazos de garabatos anaranjados, junto con la estampa policial que engloba el título y el nombre de la autora en una insignia circular color amarillo mantequilla, lo convierte en un libro que desde su paleta de colores y portada transmite una identidad misteriosa pero magnética. Basta con leer las primeras páginas de la novela para entender que esa misma cualidad posee la prosa de Ogawa: un lenguaje simple, directo, desafiante e inyectado de intriga.

En repetidas ocasiones he visto a la crítica y a los lectores dotarlo de una cualidad nostálgica, aunque no comparto esa opinión. Para mí, su lectura desafía a quien se adentra en ella precisamente por la falta de referencias a una sensación similar a la nostalgia. En una isla sin nombre, los objetos comienzan a desaparecer sin aparente razón. En realidad: continúan desapareciendo desde muchos años atrás, quizá desde la historia entera de esa isla, sin que nadie pueda rastrear motivo ni inicio del fenómeno. Hay sólo un antes y un después. Un momento cuando la memoria de los habitantes de la isla podía contener sus recuerdos enteros y un momento cuando La Policía de la Memoria se asegura de que lo que ha desaparecido permanezca olvidado. Ahí, una escritora joven descubre que, de la misma forma que su madre, su editor es capaz de mantener sus recuerdos de los objetos que ya se han borrado de la mente de todos en la isla, incluso de la suya.

De una manera que en este texto no alcanzaríamos a ahondar, pues el libro raya en la filosofía del lenguaje y en una pedagogía semiótica sobre la forma en la que percibimos los conceptos intangibles, la novela interroga los métodos con los que valoramos un recuerdo sobre otro, utilizando ejemplos brillantes como el trauma de la pérdida bajo el totalitarismo, la distopía del control cultural y el aislamiento de los regímenes dictatoriales. No es casual que se le compare con George Orwell, Samuel Beckett o Franz Kafka. Sin embargo, mirarla desde el lente de la ciencia ficción únicamente también se convierte en una postura reduccionista en tanto que hoy —como en los noventa— estamos más cerca de lo que entendemos como universos distópicos, y más y más cerca, también, de la noticia de la explosión de la Tercera Guerra Mundial cada vez que damos refrescar a nuestro feed.

El sentimiento que transmite podría parecerse al de la nostalgia, pero es más bien el de un duelo congelado, una sensación de algo que se ha perdido, donde los personajes intentan sobreponerse al dolor, mientras atraviesan un proceso de pérdida que termina desensibilizándolos. ¿Cómo recuperarte de un luto si ni siquiera sabes por qué estás padeciéndolo? Procesar el luto no es lo mismo que atravesarlo. Para la narradora de La policía de la memoria, una pequeña cosa brillante está del otro lado de la isla, del otro lado del recuerdo de su madre con el que inicia la novela, llamémosle esperanza, que es también un estado paralizado de desilusión. La novela no se permea de nostalgia, sino de las ganas de mantener la ilusión que ya se ha perdido, pero brilla ante los ojos de algunos. Esa contradicción existe y es un “estira y afloja” constante de la trama, un lugar seguro para quien quiera leer una historia ante la que no puedes permanecer indiferente.

III. Desde el editor y el profesor de matemáticas hasta el hipopótamo de Mina

Antes de que La policía de la memoria fuera traducida al español y publicada por Tusquets, muchos de los libros de Ogawa habían aparecido en Funambulista, una editorial española, con sede en Madrid, fundada en 2004. Actualmente cuentan con más de una docena de libros de Ogawa, muchos de ellos ya descontinuados o muy difíciles de conseguir fuera de España.

Actualmente, los títulos más famosos de la autora fueron rediseñados en Estados Unidos: la propuesta es una colección nueva, y bastante atractiva, con colores pastel y los títulos escritos en japonés en la portada. Forman parte de la reimpresión La policía de la memoria, Hotel Iris, Venganza, La fórmula preferida del profesor y La piscina.

Su última novela fue escrita en 2005, publicándose por entregas, y editada como un libro entero en 2006: se cumplen veinte años de Mina’s Matchbook, una historia diametralmente opuesta a la de la isla de objetos y palabras desaparecidas. En aquella novela, centrada en los años setenta, se narra la historia de Tomoko, una niña de doce años que aborda un tren para ir a vivir en un pueblo cerca de la playa con su tía. Ésta es una narración realista, centrada en la amistad de Tomoko y Mina, su prima asmática con una capacidad para inventar historias y decir mentiras que, inmediatamente, hipnotiza a Tomoko. Aquí, el universo del Japón industrializado de 1972 es espacio de apariencias y efervescencia, de costumbres y secretos de infancia. Una familia adinerada que lidia todavía con las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial y el contraste entre la tradición y la modernidad de ese Japón de la posguerra y, en el centro, un zoológico que forma parte de la enorme mansión donde las niñas pasan los días y observan al hipopótamo que habita a tan sólo unos pasos de su residencia. La vida de Tomoko no será la misma después de haber dejado a su madre en busca de mejores oportunidades con su tía. Puede ser el libro para ti si disfrutas historias con un ritmo más lento sobre familia y amistad.

En La fórmula preferida del profesor la narradora es una madre soltera que trabaja en una agencia de empleadas domésticas. La hermana de un profesor brillante, pero retirado, contrata a la protagonista de esta novela buscando a alguien que pueda hacerse cargo de un matemático que, desde que un sufrió un accidente con un severo daño en la cabeza, es capaz de recordar solamente ochenta minutos de su vida. Como si fuera una grabadora que tiene que resetearse exactamente cada ochenta minutos. De esta forma se desarrolla una amistad, en la que el profesor y la empleada doméstica construyen una relación presentándose una y otra vez, y sorprendentemente, descubren tener más en común entre ellos que con sus respectivas familias. El profesor tiene un cariño por el hijo de la narradora, quien constantemente la acompaña al estudio, y juntos comienzan a hacer planes a futuro como si dicha condición neurológica no eclipsara toda posibilidad de llevar una vida normal. Dicha cercanía comienza a crear tensiones entre la hermana del profesor y a causarle problemas a la narradora. Este es un libro para lectores de Mieko Kawakami, Han Kang o Yuko Tsushima, una reflexión sobre la maternidad y la enfermedad, con una atmósfera conmovedora y un monólogo interno que invita a reflexionar las verdades que damos por sentado y la percepción que tenemos sobre las personas que pasan de ser desconocidos a una parte fundamental de nuestra rutina diaria, quizás incluso de nuestra personalidad entera.

Por último, uno de los libros que incluiré en esta lista para acercarse a la obra de Yoko Ogawa sin duda tiene que ser Hotel Iris. Cada una de las novelas mencionadas en esta guía mínima tienen el estilo claro e hipnotizante de la prosa que caracteriza a la autora, sin embargo, son lo suficientemente distintos en sus personajes, su trama y su atmósfera, como para sentir cada vez que descubres a una autora desconocida. Puedes confiar en la calidad de la obra y, al mismo tiempo, dejarte sorprender.

En este último libro, Mari, de diecisiete años, trabaja en la recepción de un hotel en la costa de Japón. Contrario a los ejemplos anteriores, Yoko Ogawa hace una exploración de la intimidad y el deseo de la adolescente cuando su madre, administradora del hotel, se ve forzada a expulsar del recinto a un hombre mayor y una trabajadora sexual. Mari desarrolla una obsesión por el hombre, un traductor del ruso que más adelante se revelará viudo, y que despierta en Mari sentimientos de deseo y resistencia ante su autoridad, invitándola a explorar un oscuro espacio de placer sexual que termina por descolocar o repeler a los lectores. Es quizá la novela más difícil de Ogawa en el sentido de que pide comprometerse con un pacto de ficción para no dejarnos llevar por la moralidad sino por las intenciones de los personajes y las consecuencias de llevarlos al límite como víctimas de sus determinadas circunstancias. En la ternura que podíamos encontrar en la amistad entre el editor y la escritora, o entre las primas habitando el Japón de los setentas, aquí encontramos una relación inquietante y una soledad como respuesta de la misma alienación adolescente.

Por su parte, aunque los lectores podrían considerar La policía de la memoria como un libro enteramente político y una crítica social, la maestría de Ogawa radica en que, al final, la historia también funciona como una alegoría de la muerte, un texto que plantea preguntas sin respuesta y que nos obliga a observar la naturaleza y los riesgos hacer de las cosas que importan sólo cosas reemplazables que ocurren en los márgenes. ¿Cómo amar, cómo existir, cómo encontrar un sentido de permanencia, cuando sabemos que no sobreviviremos la catástrofe de ser olvidados y de olvidar todas las historias que nos contamos sobre nosotros mismos?

IV. En defensa del consumo y traducción de más literatura asiática

Hace poco, en una conversación entre varios creadores de contenido y librerxs de la Ciudad de Mexico, alguien me preguntó que por qué nos gustaba tanto la literatura surcoreana o japonesa. Y cuando digo nos era particularmente un te individualizado. ¿De dónde viene tu obsesión?

Me detuve un poco antes de responder.

No es que no pudiera responder: era más bien la primera vez que alguien me hacía esa pregunta de una forma tan directa, con genuina sorpresa por un universo no desconocido, sino tal vez demasiado hypeado. Y quizá fue una pregunta, aunque me pese admitirlo, que ni siquiera yo me la había planteado críticamente: somaticé y di por hecho lo que desde hace una década se popularizó en el espacio de creación de contenido y tribus lectoras a la par del movimiento por la lectura de más mujeres: que el hashtag #ReadWomen y las consignas que surgieron de él, y que tanto enojan a los onvres del internet, fueron la respuesta a la insatisfacción que encontrábamos por leer siempre a los mismos escritores y siempre desde una perspectiva masculina que no nos hablaba directamente, no problematizaba las inquietudes que podíamos tener ni tuvo respuestas hasta después de descubrir activamente escritoras mujeres, ya sea para rescatarlas de siglos anteriores o darles su debido reconocimiento en mesas de novedades.

Para decirlo clara y concisamente: me obsesioné con leer sólo mujeres y leer sólo literatura asiática.

V. ¿Y qué pasará si las palabras desaparecen?

No tengo una respuesta para eso, y sé bien que leer la novela de Yoko Ogawa es más un ejercicio de hacerse preguntas constantemente que un ejercicio de obtener respuestas, pero quizás por lo mismo la única certeza que tengo ante esta pregunta que se hace la protagonista de La policía de la memoria sea la convicción de que Ogawa se hizo la misma pregunta y decidió escribir un libro para imaginarlo. Uno que regaló al mundo, consciente de que es urgente y necesario tanto en el presente clima político como desde el momento en que se publicó en los noventa. Quizá si las palabras desaparecieran, perderíamos también los libros y, como lo dice la autora, perderíamos también toda capacidad de darle sentido al mundo y a nuestro ser. Ogawa acorta la brecha entre la memoria histórica y la memoria personal y nos recuerda que aunque desaparezca la memoria, los cuerpos retienen algo: el silencio de un corazón sin forma, pero también sin límites.