Voces de mujeres indígenas que escriben, traducen, editan y difunden: ¿estrategias necesarias para ingresar al mundo literario?
En la actualidad ya no sorprende cómo el mundo de la literatura —a través de becas, talleres, premios y editoriales— nos ha agrupado a las escritoras de algún pueblo indígena dentro de las llamadas literaturas indígenas. Lo que resulta novedoso es que cada vez más escritoras rechacemos esta categoría debido a que, sostenemos, desdibuja las particularidades de nuestras comunidades y la filosofía de nuestra cultura. Algunas incluso hemos apostado por que la escritura sea nombrada desde nuestras lenguas —nagua, ñuu savi, ayuuk, maya, entre otras— con el fin de reconocer la lucha histórica de nuestros pueblos. Ésta no es una simple cuestión semántica, sino un firme posicionamiento político cimentado desde la escritura.
En este tenor, me gustaría compartir algunas reflexiones que fui desarrollando durante la redacción de mi tesis doctoral. A lo largo de mi investigación y análisis, pude comprobar que muchas escritoras pertenecientes a pueblos indígenas hemos optado por participar en las literaturas indígenas como una estrategia para insertarnos en el mundo literario. Así, encontré que, si bien hay diferencias en nuestras trayectorias, también hay similitudes que no son casuales ni responden a cuestiones individuales, por el contrario, atienden claramente a las estructuras impuestas desde las mismas literaturas indígenas, que suelen estandarizar. Así, debemos seguir un patrón con ciertas características, claramente definido, y del cual no hay que salirse.
En repetidas ocasiones hemos escuchado a escritores y críticos literarios cuestionarse cómo y quiénes han establecido lo que supuestamente debe ser una escritora o escritor indígena, y han concluido, entre otras cosas, que las políticas del Estado mexicano, así como nuestro propio quehacer literario, han configurado patrones bien definidos. Por ejemplo, la participación en talleres, becas y premios dirigidos exclusiva o parcialmente a escritoras y escritores de alguna de las sesenta y ocho lenguas oficialmente reconocidas en México, para después escribir sólo en una de esas lenguas y autotraducirnos al español simultánea o inmediatamente después, con el fin de publicar, más por exigencia que por convicción, ediciones bilingües, en editoriales especializadas o institucionales.
En el caso de los talleres literarios, descubrí que autoras como Nadia López, Diana Domínguez, Cruz Alejandra y yo misma hemos participado en espacios promovidos por instituciones gubernamentales o particulares, como la Fundación para las Letras Mexicanas, el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, el Centro de Creación Literaria Xavier Villaurrutia o el Programa de Escritura Creativa de la Universidad de Iowa. Todos ellos forman parte de un contexto específico —el mundo mestizo, occidental e hispanohablante— en el que se siguen reproduciendo formas y estándares de escritura ajenos a nuestras culturas. Una paradoja de estas instituciones es que, para ingresar a sus talleres, se exige a los postulantes que hablen alguna lengua indígena, a pesar de que los contenidos se impartirán exclusivamente en español, lo que parece indicar que las lenguas indígenas son vistas como un simple requisito, una categoría de identidad, pero no como parte de la formación, con lo cual se posiciona al español como único idioma de creación literaria válido. Lo anterior me lleva a preguntarme: ¿están las lenguas indígenas frente a un reconocimiento únicamente simbólico o de cuotas lingüísticas?, ¿realmente ocupan un lugar en el que sean reconocidas y validadas?
Al mismo tiempo, descubrí que algunas de nosotras nos hemos formado en espacios independientes y autónomos, como el colectivo mixe COLMIX y la Unidad de Escritores Mayas Zoques. Ahí recibimos talleres impartidos en nuestras lenguas, pues las conciben como el eje central de la formación; allí, la lengua no es un requisito: es necesaria para el proceso literario. En este punto entramos en tensión: ¿estos espacios autónomos son reconocidos y legitimados dentro del mundo literario? Lo cierto es que no. A pesar de los esfuerzos, casi siempre son relegados de los círculos del canon literario. Mientras unos espacios son totalmente reconocidos, otros son excluidos, evidenciando una desigualdad en términos de legitimidad y validación.
En lo que respecta a las becas del Sistema de Apoyos a la Creación y Proyectos Culturales (antes FONCA), Nadia López, Diana Domínguez, Sasil Sánchez, Cruz Alejandra y yo hemos obtenido dicha beca en más de una ocasión, y todas en la disciplina de Letras en Lenguas Indígenas. Ésta no es una cuestión individual, responde a las estructuras y patrones ya mencionados, y que hemos seguido como escritoras pertenecientes a pueblos indígenas, para poder acceder al mundo literario. Cabe señalar que dichas becas obedecen a políticas públicas del Estado mexicano, el cual, mediante acciones afirmativas, intenta resarcir la desigualdad histórica vivida por los pueblos indígenas. Sin embargo, no podemos negar que a través de estas acciones se reproducen categorías y clasificaciones que, lejos de contribuir, separan la literatura que se hace en los pueblos indígenas del resto de la literatura mexicana, lo cual reproduce lógicas racistas y clasistas.
Por otra parte, para cumplir con esta beca debe presentarse obligatoriamente un manuscrito en formato bilingüe —originalmente escrito en una lengua indígena y con su respectiva traducción al español—. No se trata, pues, de una elección libre de las escritoras, sino de una imposición institucional que nos dice que la obra únicamente tendrá reconocimiento y será validada dentro del canon literario si está traducida al español.
Otra paradoja es que los tutores de estas becas, si bien hablan una lengua indígena, frecuentemente no coincide con la lengua o variante dialectal de las becarias y becarios, por lo que recurren a evaluar en español. Por consiguiente, nos encontramos frente a instituciones con políticas de inclusión simbólica, más no reales, lo cual desmantela la posibilidad de que las lenguas indígenas sean el eje central de la formación y ocupen espacios legítimos. Hay un esfuerzo, sí, pero no un compromiso real. Además, al exigirle a las y los becarios que se autotraduzcan, se produce una carga de trabajo adicional que no es remunerada, lo que no sucede con los becarios de otras especialidades literarias. Vemos y escuchamos discursos a favor de las lenguas indígenas, pero con una sobrecarga laboral para las y los escritores de dichas lenguas. Estamos, pues, frente a una inclusión, pero que demanda más trabajo con respecto a quienes escriben en español, volviéndolo un ingreso condicionado y una práctica naturalizada para acceder a estos espacios, lo que nos lleva a concluir que autotraducirnos no es una decisión propia, sino una imposición institucional que, de cierto modo, puede verse como una estrategia para ingresar a la literatura mexicana.
Lo mismo sucede con quienes han ganado premios dirigidos exclusivamente a escritoras y escritores en lenguas indígenas: estos espacios y reconocimientos dentro del mundo de la literatura, si bien coadyuvan a visibilizar nuestras obras, también segregan. El Premio a la Creación Literaria en Lenguas Originarias Cenzontle, el Premio CaSa de Literatura para Niños, el Premio Internacional de Poesía del Mundo Maya Waldemar Noh Tzec, entre otros, están destinados a obras escritas en alguna de las sesenta y ocho lenguas indígenas reconocidas oficialmente y asumen la finalidad de difundir y reconocer la diversidad cultural y lingüística del país. En consecuencia, forman parte de una política pública cultural, con lógicas específicas y características similares, que, aunque pretende reconocer y premiar a escritores indígenas, nos cierra la puerta al diálogo con el resto de la literatura mexicana. En este sentido, es necesario cuestionar por qué las y los escritores en lenguas indígenas no concursan en premios de literatura que no estén dirigidos exclusivamente a ellas y ellos, un patrón que se repite constantemente.
Otro tema crucial es el de la difusión: ¿en qué editoriales publican a las escritoras?, ¿quién las está leyendo y quién legitima lo que escriben? Algo que pude observar en el análisis de mi tesis doctoral es que, al igual que en los talleres y becas, existe una separación respecto a dónde deben y pueden publicar. En este sentido, las escritoras en las que centré mi investigación y yo misma hemos publicado principalmente en doce editoriales: Pluralia, Almadía, El Ala del Tigre, Joldhi, Fondo de Cultura Económica, Edelvives, LibrObjeto, Heredad, Originaria, Secretaría de Cultura de Yucatán, Avión de papel y Universidad de las Américas Puebla. Existe, pues una gran variedad de editoriales, tanto independientes como gubernamentales, que están publicando nuestros trabajos, no obstante, no todas gozan del mismo estatus y prestigio ni tienen la misma visibilidad y alcance en el mundo literario.
Los casos de Pluralia, El Ala del Tigre, Avión de Papel, Originaria, Secretaría de Cultura de Yucatán y la Universidad de las Américas Puebla, editan únicamente libros bilingües en lenguas indígenas, lo cual demuestra que existen espacios exclusivos para la difusión de la literatura en lenguas indígenas. Asimismo, editoriales como el Fondo de Cultura Económica, Edelvives, LibrObjeto o Heredad, si bien no tienen como objetivo la publicación de libros en lenguas indígenas ni los excluyen, mayormente publican en español, al ser la lengua predominante en el mercado editorial. Por consiguiente, aunque tengan publicaciones en lenguas indígenas, se trata de una inclusión más bien minoritaria dentro del mercado editorial mexicano. Así, escritoras como Nadia López y yo misma hemos optado por insertarnos en editoriales de prestigio como el Fondo de Cultura Económica —no como una decisión personal, sino como una estrategia frente a un espacio y condiciones desiguales—, para que así nuestra literatura sea reconocida y obtenga mayor visibilidad. Más que casos individuales, son actos colectivos de resistencia que nos empujan a cuestionar constantemente lo establecido, lo dominante, y desafiar los cánones literarios frente a sistemas de jerarquización y de legitimidad, aunque implique o un doble o triple esfuerzo por demostrar que nuestra escritura también puede ocupar estos escenarios. Con esto, buscamos desmantelar las relaciones desiguales y de poder que existen en la literatura, ya que estos espacios ganados no son gratuitos, sino que, a diferencia de quienes escriben sólo en español, han estado marcados y atravesados por condiciones desiguales e injustas.
Un ejemplo sumamente revelador de lo dicho antes lo encontramos en la propia Nadia López, quien, con el sello del Fondo de Cultura Económica, en 2022 publicó Dorsal, libro monolingüe en español con el que, además, se hizo acreedora al XVI Premio Mesoamericano de Poesía Luis Cardoza y Aragón 2021. Con esto, Nadia López, además de establecer un parámetro para el ingreso a estos espacios y contribuir al desmantelamiento de los criterios de las editoriales hegemónicas, rompió con varios prejuicios asociados a la literatura indígena: libros en formato bilingüe —redactados primero en su lengua y traducidos después al español por el propio autor o autora— y comúnmente relacionados con la cultura de nuestros pueblos. Sin embargo, cabe señalar que, aunque la editorial no se fijó en la identidad de la autora, sino en la calidad de su obra, ella sólo pudo insertarse en este espacio a través del español, una lengua válida en el canon literario.
Ese mismo año, el Fondo de Cultura Económica también publicó Tenbilal Antsetik/Mujeres olvidadas, libro de mi autoría y primero de su colección en formato bilingüe tsotsil-español. Con esto se confirma que, cada vez más, se incluyen a las lenguas indígenas en las editoriales de alto prestigio, un reconocimiento, vaya, totalmente tardío, siendo que la literatura contemporánea en lenguas indígenas existe por lo menos desde los años setenta y tuvo su auge en los noventa. A título personal, me pregunto cuáles fueron los motivos que tuvieron para apostar a una escritora que está asociada a la literatura indígena. Mi cuestionamiento no es menor, ya que nos obliga a preguntarnos y reflexionar sobre los criterios de selección con que estas editoriales eligen a quién publicar. ¿Estos criterios premian la calidad literaria o se reducen a políticas públicas para cumplir con cuotas afirmativas? Dicho sea de paso, ese mismo año (2022) fue proclamado como el de los pueblos indígenas y afromexicanos, lo que nos hace imposible no preguntarnos si hubo relación entre la decisión de la editorial y los contextos políticos de México. En este tenor, es necesario cuestionarse acerca de qué llevó al escritor y editor Víctor Santana a optar por esta obra en vez de otra, cuando él mismo ha mencionado que, dentro del mundo editorial, se tiene la idea de que la poesía en lenguas indígenas no se vende.
Lo anterior revela que, más allá de publicar la obra, hubo una apuesta editorial que implicaba un riesgo comercial, ya que no se sabía si el libro se vendería o no. Lo sorprendente es que este libro se agotó en menos de seis meses, y al año siguiente se reimprimió, lo que puso en tensión a las editoriales de alto prestigio, que, mediante sus criterios y lógicas, deciden qué debe leer el público y han evitado apostar a lo largo de su historia por libros en lenguas indígenas.
Ahora bien, en el caso de las universidades, sólo la Universidad Nacional Autónoma de México (a través de Alas de Tigre) y la Universidad de las Américas Puebla (con su serie en lenguas originarias) han incursionado en la creación de sellos dedicados exclusivamente a la publicación de literatura en lenguas indígenas, con la edición de Cruz Alejandra (UDLAP) y Nadia López (UNAM) en 2021 y 2025, respectivamente. No cabe duda de que estos esfuerzos están encaminados a difundir y visibilizar la poesía en lenguas indígenas, sin embargo, también nos obligan a reflexionar sobre por qué se abren series exclusivas para este tipo de producción, aislándolas del resto de la literatura, ya que, si bien se generan mayores espacios de publicación, también se reproducen las diferencias en el mundo literario o mercado editorial de las que ya hemos hablado. A los dos casos anteriores, se suma la editorial Pluralia, la cual, aunque sostiene que su objetivo es revitalizar las lenguas indígenas, únicamente publica a escritores indígenas en formato bilingüe.
Por otro lado, también es crucial y necesario cuestionar cuál es el alcance de dichas obras en términos lingüísticos. ¿A qué personas están llegando?, ¿a las correctas? En este sentido, es preciso mencionar que no basta con tener series en lenguas indígenas o editoriales exclusivamente para escritores de los pueblos indígenas, ya que el problema radica también en la difusión y distribución, pues publicar un libro no asegura que vaya a tener el alcance o reconocimiento en la literatura mexicana —o, por lo menos, compita en condiciones de igualdad respecto a otras obras.
Sobre este punto, llama a la reflexión el hecho de que estas editoriales realicen invariablemente el proceso de edición en español, aunque las obras estén en lenguas originarias, lo que denota una carencia, una limitante en este campo, imposible de pasar por alto: no hay editores en lenguas indígenas. Una vez más, esto nos recuerda que a pesar de insertarse en espacios que reconocen las lenguas indígenas, el español es el eje central que desplaza a las lenguas indígenas a un plano de subordinación. Vemos, pues, que el español siempre es el punto de partida para revisar y dictaminar todo lo escrito en lenguas originarias.
Como resultado, corre a cargo de nosotras como escritoras la edición de los textos en nuestra lengua: somos nosotras quienes realizamos este trabajo sin contar siquiera con un especialista dentro de las editoriales que nos acompañe o asesore durante el proceso. Esto, además de evidenciar una notoria carencia dentro de estos espacios, revela las desigualdades laborales en los que se producen nuestros libros: hay una carga extra para nosotras, quienes, además de escribir, revisar y corregir nuestros textos en español, debemos hacerlo también en nuestra lengua indígena sin remuneración extra ni reconocimiento institucional. Esto implica que, si bien no editamos en español —esa es una tarea única y exclusiva de las editoriales—, sí asumimos la edición de nuestros textos en lenguas indígenas, lo que se convierte en una distribución desigual en el proceso de la edición: nos dan y asumimos toda la responsabilidad en la edición del texto en nuestras lenguas, pero no es pensable que suceda lo mismo en el español. Esto parte de lógicas y prejuicios que se tienen sobre nuestro dominio del español, lo cual es otra forma de reproducir estereotipos sobre nosotras y las personas indígenas en general. No obstante, casos concretos como los de Nadia López y Diana Domínguez ponen en jaque estos prejuicios y desafían los mandatos de lo que se ha dictado dentro de las literaturas indígenas. Nadia, por ejemplo, al desempeñarse como editora de una revista en Noruega, además de posicionar su voz en la escena literaria internacional, rompe con la lógica de que las escritoras indígenas sólo deben escribir en sus idiomas y no editar en español. Su trabajo, pues, nos dice que ella está cuestionando constantemente los límites y fronteras impuestas por los prejuicios y la desigualdad.
Por su parte, Diana se ha opuesto a ese sistema que nos exige a las escritoras en lenguas indígenas autotraducirnos, ya que ella escribe sus poemas directamente en mixe, pero delega su traducción a una lingüista que domina esa lengua. Este acto no es banal. Por el contrario, es sumamente crucial debido a que cuestiona lo hasta ahora normalizado y nos abre a considerar otras formas o posibilidades de traducción. Nos empuja, pues, a pensar esta faceta como algo que no necesariamente forma parte de nuestro trabajo como escritoras, algo especializado que requiere de la participación de un profesional externo y que no debe recaer forzosamente en nosotras.
Sin duda, estos actos son necesarios para poco a poco transformar y desestructurar lo establecido dentro del mundo literario, sin embargo, al mismo tiempo nos plantean nuevas cuestiones, campos de análisis. Por ejemplo, ¿quién traduce estos poemas? En este caso específico, la traducción recae en una persona lingüista mixe y no en una poeta, lo cual nos obliga a cuestionarnos sobre quién es esa persona que interviene en estos procesos de traducción, cuáles son sus implicaciones y si los criterios que emplea parten de un enfoque más lingüístico que poético. En conclusión, si bien estamos frente a una ruptura frente a lo normalizado hasta ahora en el tema de la autotraducción, con ella se abren otros cuestionamientos y tensiones que nos invitan a reflexionar sobre la complejidad de este fenómeno y los contextos en que se produce.
Por otra parte, este tipo de acciones se presentan también como opciones para superar algunos problemas inherentes al tema de la autotraducción, como la doble presión hacia nosotras como escritoras. Por ejemplo, si escribimos primero en nuestro idioma, hay por parte de los pioneros de la literatura en lenguas indígenas contemporánea una exigencia muy fuerte por que sigamos las reglas y normas gramaticales del idioma, convirtiendo a la escritura en una tarea ardua y rigurosa. Del mismo modo, al traducirnos al español, son las editoriales quienes nos exigen un alto dominio del español y los recursos literarios. Ambos escenarios nos exponen como escritoras a un ambiente de exigencia sumamente alto. Esto no es completamente negativo, al contrario, forma parte de la rigurosidad que implica la creación literaria y que debemos asumir todas las escritoras y escritores. No obstante, suele pasarse por alto que no por ser hablantes de una lengua indígenas somos especialistas en ella, además de que pocas disponemos de una formación lingüística apropiada. Al mismo tiempo, al exigirnos que manejemos con soltura los recursos literarios del español, se olvida que, si bien algunas de nosotros hemos asistido a talleres en español, otras crean primero en su idioma —como Diana en ayuuj, o Sasil en maya yucateco— y hay pocos estudios sobre los recursos literarios en lenguas indígenas. Así pues, como escritoras nos enfrentamos a dos sistemas de exigencia a los que tenemos que contestar constantemente y de manera simultánea.
Finalmente, me resta decir que estos son sólo algunos apuntes de lo mucho que se puede reflexionar en torno a las trayectorias literarias de las escritoras indígenas contemporáneas. A través de ellas podemos darnos cuenta de que, efectivamente, es posible deconstruir lo establecido y proponer nuevas formas de relacionarnos y participar en el mundo literario y el mercado editorial. De este modo, y tal como hemos visto, en cada una de nosotras se observan rupturas distintas pero muy significativas para las literaturas en lenguas indígenas: Nadia López y yo, por ejemplo, contamos con obras publicadas en el Fondo de Cultura Económica, con lo cual hemos conseguido adentrarnos en una casa editorial de alto prestigio y legitimidad. Asimismo, su trabajo como editora en español de una revista Noruega desmonta el prejuicio de que sólo podemos editar en nuestras lenguas. Diana Dominguez, por su parte, ha cuestionado y nos está empujando a cuestionarnos también el tema de la obligatoriedad de la autotraducción. De manera similar, Sasil Sánchez, al publicar su primer libro en una edición monolingüe de maya yucateco (es decir, sin traducir al español), ha desafiado fuertemente la idea de ceñirnos forzosamente a un formato bilingüe. En cuanto a Cruz Alejandra, cabe mencionar que no se ha restringido a la poesía, ya que también ha incursionado en el cómic, rebatiendo así la idea que dentro de la literatura indígena únicamente hay poetas. Así, cada una de estas rupturas, entendidas como actos colectivos y no como prácticas individuales, constituyen en conjunto una serie de esfuerzos que buscan tensionar lo establecido y, de paso, recordarnos que no somos sólo escritoras indígenas, sino también agentes que transformamos constantemente los múltiples espacios en los que habitamos.




