Lluvia negra
El agua, cristal lábil, es el primer indicador de la salud de un ecosistema: a su composición acudimos para constatar qué microorganismos acechan nuestras vísceras y con qué clase de metales o carbonatos habrán de lidiar nuestras arterias. Basta diluir en ella apenas un poco de mercurio —o de algún pariente igual de funesto, vecino suyo en la tabla periódica— para arruinar la carne de quien la bebe: lacerar su piel, degradar sus riñones, atrofiar sus nervios. El cuerpo humano no tolera variaciones en el agua más extremas que las de unos cuantos electrolitos; colmado ante la contaminación del líquido, heredará toda clase de malformaciones e impedimentos. Es, la del agua corrompida, una afrenta que persiste durante generaciones.
Para cuando entré a la adolescencia, ya se conocían los efectos nefrotóxicos que el agua contaminada de ciertas regiones de Jalisco había causado en centenas de pobladores. Con los ojos bien puestos en su propio ombligo, los habitantes de la Zona Metropolitana de Guadalajara se habían limitado a mirar los reportajes del desastre ambiental como quien escucha una historia que, aunque lacrimosa, es lo suficientemente lejana para no ponerle demasiada atención. Esto cambió cuando el problema se acercó a la ciudad. Desde hace un mes, son comunes los reportes de alteraciones en la corriente que sale de los ductos domésticos: copioso, el líquido mana de las tripas de metal con un color a medio camino entre el café y el negro. Dos días atrás me encontraba en el centro de investigación donde trabajo —¡centro en el que se investigan, por cierto, problemas ambientales y sanitarios!— cuando me topé por primera vez con uno de los chorros infames. Lleno de ironía incómoda ante el caudal turbio, me di cuenta de que lavarme las manos era un ejercicio contraproducente. Un trabajador de limpieza escuchaba la radio al fondo del pasillo contiguo. De la pequeña bocina alcancé a escuchar, en la sección de noticias internacionales de algún programa, el recuento de daños que había dejado la lluvia negra en Irán. Me enfrenté al recordatorio de que del otro lado del mundo había más personas víctimas del agua opaca (y la de ellos era más preocupante aún).
El ocho de marzo, Teherán despertó con una nube negra asentada sobre sus edificios. Múltiples bombardeos habían tenido lugar la noche anterior; en esa ocasión, la alianza militar israelí-estadounidense atacó depósitos de combustible a lo largo de la capital y de Karaj. Importa poco debatir qué tan lícita fue la embestida: sus efectos, más allá del impacto en la logística industrial y militar iraní, se pasean por el perímetro del crimen de guerra.
Los hidrocarburos arden hasta producir dióxido de carbono y agua. Cuando el petróleo pasa por una combustión incompleta —en condiciones turbulentas y con mezcla deficiente de oxígeno— una fracción termina convertida en hollín, capa de finas partículas carbonosas. Escasamente compatible con el agua, el tizne tóxico transita la atmósfera mientras se recubre de compuestos que sí atraen humedad: sulfatos, nitratos y aerosoles orgánicos. Asfixiante, el aire no tarda en volverse un matraz gigante que produce ácido sulfúrico y ácido nítrico a borbotones. Adheridas al agua disponible en el medio, filtradas al interior de la sombra negra de las nubes, las partículas de la combustión caen de vuelta a la tierra en chorros espesos. Llega pulverizada la muerte, parduzca y aceitosa.
La mañana posterior al ataque, los habitantes de Teherán se encontraron con una plasta tóxica que tapaba las superficies de sus calles. El líquido pegajoso era el resultado de la lluvia negra cuyo origen químico recién describí. Los niños y los ancianos, poseedores de bronquios especialmente sensibles a la irritación, pasaron largas horas de tos y ahogo. Mareados, los pobladores evitaron salir de casa con tal de no respirar los gases (varios de ellos cancerígenos, como el benceno y el formaldehído) que harían contraerse sus vasos sanguíneos hasta provocar, en el mejor de los escenarios, agudos dolores de cabeza. Quienes recorrieron las calles se toparon con un detalle apocalíptico adicional: bajo el asfalto, los oleoductos ardían y exhalaban llamaradas a través de las alcantarillas. Fueron frecuentes las comparaciones con ciertos pasajes de la Guerra del Golfo.
Nuevos conflictos han traído consigo nuevos recursos bélicos. En cada época, la implementación de armas inéditas y de técnicas de ataque modernas ha fungido como el eje central de la estrategia militar. Es así como las guerras contemporáneas, masivas con relación a los insumos explosivos que precisan, han extendido su escala de daños con tanta facilidad. En pocas décadas pasamos de tener batallas en las que solo se intercambiaban balas a desplegar operativos exprés orientados al uso de dispositivos de destrucción masiva o, incluso peor, de armas químicas y biológicas. El agente naranja y el gas mostaza, lo hemos visto, les sobreviven a sus primeras víctimas: causan estragos en quienes ni siquiera habían nacido cuando estaban en curso las guerras en que fueron empleados.
La contaminación derivada de los ataques a infraestructuras industriales y civiles debe tomarse con plena seriedad. Previo a las agresiones recientes, Irán ya se encontraba en una situación complicada respecto a su abastecimiento de agua potable; con lo ocurrido, el panorama no ha hecho más que agravarse. Conforme se acumulen más ofensivas contra recursos químicos inestables se volverá más difícil estimar sus repercusiones ambientales.
En lo que va del año, Donald Trump y sus aliados se han dedicado a intimidar al mundo. Poco menos de cuatro meses bastaron para que el presidente de los Estados Unidos lanzara advertencias (algunas cumplidas, algunas no) contra Venezuela, Dinamarca, Colombia, México, Irán y Cuba. La actual guerra contra el país persa, estúpida e innecesaria por donde se le mire, ha vuelto más clara la amenaza que compartimos. Es ingenuo pensar que una intervención norteamericana —promovida cada tanto por sus propios políticos, quienes toman la lucha contra el crimen organizado como la excusa perfecta para sus operaciones— no tendría la misma repercusión en nuestro acceso a insumos básicos para la supervivencia. Los retos climáticos a los que nos enfrentamos sólo nos vuelven más vulnerables ante escenarios de conflictos armados. Si los Estados Unidos han convertido la diplomacia en un ejercicio de intimidación permanente, nos queda apenas preguntarnos: ¿quién sigue?




