Entre literatura erótica o feminista, elijo a Inés Arredondo
Hace unos días, durante la presentación de un libro, alguien me contaba que en una librería —cuyo nombre he preferido omitir deliberadamente— la sección de literatura erótica había sido substituida por una de literatura feminista. Es fácil suponer que la decisión obedece a las leyes siempre volubles del mercado. Y, en cierto modo, cabría celebrar el gesto para quienes nos reconocemos en la aspiración de poner fin a la subordinación política, social, sexual, económica, psicológica y física de los cuerpos femeninos y feminizados, pues podría leerse como un indicio de que el feminismo gana terreno. Si ese avance es verdaderamente productivo o no, es tema para otro momento. Sin embargo, en esa maniobra comercial, aparentemente trivial, percibo un desplazamiento que me interpela a pensar las implicaciones de esta peculiar forma de serendipia, una que une el discurso político feminista con lo erótico.
En mi experiencia, la sección de literatura erótica en las librerías mexicanas suele ser un territorio reducido, casi residual, donde se amontonan ejemplares en decoloración constante de la ya desaparecida colección La sonrisa vertical de Tusquets (1977-2014), junto con ediciones económicas del Marqués de Sade. De vez en cuando, se cuelan algunos libros de fotografía o manga erótico. Estas secciones suelen relegarse deliberadamente a rincones discretos, apartados de la circulación principal y en polos opuestos de la sección infantil. Además, me da la impresión de que funcionan como una suerte de pabellón de la muerte: los libros se acumulan, se desgatan bajo el roce constante de manos curiosas, pero rara vez abandonan ese espacio. Por ejemplo, en mis años de librera, clasificar un libro como literatura erótica equivalía, precisamente, a una sentencia de muerte. Recuerdo que Cincuenta sombras de Grey fue inicialmente ubicado y exhibido como bestseller y novela, antes que como literatura erótica, en un intento evidente por favorecer aún más su circulación y sus ventas. Cabe preguntarse, entonces, si esa librería no estaba, de manera deliberada o accidental, relegando la literatura feminista a su propia sección de condenados. Aunque creo que tampoco necesita mucha ayuda para ello.
Pero lo que hoy me interesa pensar no es la literatura feminista per se, sino las implicaciones de la posible desaparición de la categoría de literatura erótica, justamente en un momento histórico en que la sexualidad parece estar siendo atacada, tensada entre discursos que la regulan, la mercantilizan o la repliegan. Si aceptamos que el lenguaje es performativo, las clasificaciones no solo describen, sino que producen aquello que nombran: la categoría de literatura erótica no solo agrupa ciertos textos, sino que también establece expectativas sobre qué cuenta como erótico, qué queda fuera y cómo debe leerse. En otras palabras, el reordenamiento de la librería en cuestión no es simplemente práctico, sino que es un gesto cargado de implicaciones culturales y sociales: revela que nuestras ideas sobre lo erótico están cambiando y, de alguna manera, estos cambios parecen estar relacionados con el auge del feminismo, tal como se manifiesta en el desplazamiento de categorías que la propia librería realiza.
Sin embargo, esta no es la primera vez que se vive una reconfiguración del erotismo en México. En la década de los sesenta, por ejemplo, el moralismo sexual predominaba en la literatura mexicana hasta que la llamada “generación de medio siglo” decidió desafiar los tabúes sexuales, poco antes del inicio del movimiento de liberación sexual. Este desafío respondió al clima cultural de desencanto que permeaba el país: hacia finales de los años cincuenta, las promesas de la Revolución Mexicana no se habían cumplido y el socialismo había dejado de percibirse como una solución viable para la política nacional. En este contexto, dicho grupo propuso una reconceptualización del arte y una nueva manera de entender México y sus relaciones globales a través de lo erótico.
Durante esta época, el erotismo se concebía como un medio para liberarse de las limitaciones de los discursos nacionales, promoviendo una estética que rechazaba cualquier forma de coherencia política rígida. Escritores como Salvador Elizondo y Juan García Ponce lo entendían como una forma de transgresión capaz de propiciar el colapso de significados unívocos y de discursos absolutistas. Así, esta transgresión funcionó como una vía renovadora para comprender el mundo tras el desencanto político con el socialismo. En un periodo en el que predominaba la idea de que el arte debía asumir una postura política, el erotismo emergió como un medio posible para escapar de las supuestas limitaciones del compromiso político.
A esta generación pertenece Inés Arredondo, una de las escritoras más relevantes de la literatura erótica en México. Cuando hablo de literatura erótica parto de un rasgo fundamental para su categorización: la necesidad de que el texto trate la sexualidad de manera que el lector pueda intuir la posibilidad de goce. Ese goce puede o no concretarse, pero la literatura erótica es aquella que siempre lo contiene como una potencia latente. En el caso de Arredondo, gran parte de sus cuentos exploran sexualidades disidentes: prácticas que rehúyen la razón, la seguridad y la utilidad, y que, en cambio, se inscriben en el riesgo, el exceso, la perversidad, el peligro e incluso la tortura como formas de placer y juego; prácticas que hoy suelen agruparse bajo el acrónimo BDSM (Bondage/Disciplina, Dominación/Sumisión y Sadismo/Masoquismo).
Sin embargo, esta concepción del erotismo que vemos en Arredondo no puede desligarse del marco teórico que la rodea. En este caso, la noción de erotismo viene de autores como Georges Bataille que, al definirlo como una trasgresión violenta, reproduce estructuras patriarcales. Para Bataille, el erotismo es un intercambio ritualizado entre un victimario (masculino) y una víctima (femenina), donde lo femenino queda reducido a la pasividad y a su condición de objeto del deseo masculino. En esta lógica, la sexualidad de las mujeres aparece como algo que debe ser consumido y controlado, y su falta de subjetividad se convierte en un marcador de diferencia y en el espacio mismo de la transgresión. Así, la sexualidad femenina queda configurada en función del deseo masculino, reforzando estructuras heteropatriarcales presentes en buena parte de la narrativa mexicana de la época, como puede observarse en la obra de Juan García Ponce o en textos como Farabeuf de Elizondo.
En este contexto, la obra de Arredondo ocupa un lugar particularmente complejo. Aunque en muchos de sus relatos se advierte una complicidad con esta mirada masculina del erotismo, también emergen fisuras: espacios de agencia donde sus personajes femeninos adquieren una subjetividad encarnada. Más allá de esto, Arredondo ensaya una rearticulación del propio erotismo al sugerir que el masoquismo —y el estado de vulnerabilidad que implica— puede practicarse de maneras que desestabilizan y reconfiguran los roles de género. Leer su obra desde esta clave permite entender cómo una escritora negocia su posición de escritora “perversa” dentro de un orden heteropatriarcal, abriendo, desde dentro, otras posibilidades para pensar el deseo y lo erótico.
Desde esta perspectiva, considero que el cuento “Mariana” es el primero en el que Arredondo explora de manera explícita las relaciones de poder y las dinámicas de Dominación/Sumisión desde una mirada feminista y disidente. El hecho de que el relato lleve por título el nombre de su protagonista sugiere ya un desplazamiento respecto a otros de sus cuentos: aquí, la subjetividad femenina ocupa el centro. Mariana es una mujer bella y rebelde que encuentra placer en prácticas sexuales no normativas y consensuadas, entre ellas los juegos de poder, la asfixia erótica y los juegos de impacto. La trama es, en apariencia, sencilla: Mariana se enamora de Fernando, pero su padre —figura anclada en una concepción arcaica de la mujer como objeto— se opone a la relación. La pareja huye, luego regresa tiempo después para reconciliarse con la familia, se casa y forma una vida aparentemente convencional.
Sin embargo, esa normalidad se fractura cuando Fernando es internado en un manicomio, acusado de haber intentado matar a Mariana durante una de sus prácticas sexuales. El lector descubre entonces que ambos participaban en juegos de control de la respiración —como la asfixia y la inmersión en agua—, prácticas de alto riesgo en las que el placer se entrelaza con la posibilidad de muerte. La inexperiencia de Fernando lo lleva a perder el control, y, creyendo haberla asesinado, desencadena la intervención de la familia, que lo castiga mientras Mariana queda reducida a la imposibilidad de hacer inteligible el carácter consensuado de su deseo. No obstante, el relato comienza con el funeral de Mariana. Solo al final se revela que su muerte no ocurrió a manos de Fernando, sino de un desconocido con quien, tiempo después de su separación forzada, continuó practicando estos juegos eróticos hasta morir por asfixia en una habitación de hotel. Narrado en primera persona por una amiga, el cuento se construye como una investigación fragmentaria que obliga al lector a recomponer los hechos y, con ello, a confrontar los límites entre consentimiento, placer y violencia.
En el cuento de “Mariana”, Arredondo introduce una variación crucial: la relación entre los protagonistas se presenta como relativamente igualitaria, sin las asimetrías económicas, sociales o afectivas que atraviesan otros relatos de la autora. Ambos comparten edad, entorno y formación, y construyen un vínculo basado en la confianza, lo que sugiere —aunque no sea explícito— la existencia de consentimiento mutuo y de un proceso de negociación entre pares. Pero el gesto más significativo de Arredondo radica en la construcción de Mariana como un personaje femenino complejo, cuya subjetividad y placer no son accesorios, sino el motor mismo de la narración. Mariana no es representada como víctima pasiva ni como objeto vacío, sino como una mujer que elige ceder el control —suspender momentáneamente su agencia— como parte de una economía del deseo. En este sentido, su figura tensiona tanto la tradición patriarcal que naturaliza la sumisión femenina como las teorías del erotismo que la reducen a objeto. En lugar de reproducir una lógica en que la transgresión dependa de la negación de la autonomía femenina, Arredondo propone el masoquismo como una práctica capaz de reorganizar los cuerpos y las relaciones de poder, abriendo la posibilidad de imaginar formas de deseo que exceden la norma heteropatriarcal. Así, en “Mariana” no solo hay una fascinación por las prácticas sexuales consideradas perversas, sino también un intento por repensar el poder mismo: no el poder del erotismo, sino la erotización del poder. En este desplazamiento, Arredondo sugiere una inflexión teórica que permite leer su obra como una respuesta crítica a los límites de Bataille y al resto de la generación de medio siglo, al tiempo que propone nuevas formas de entender el erotismo desde la agencia, la vulnerabilidad y el cuerpo femenino.
Volver hoy a Arredondo no es un gesto nostálgico, sino una operación crítica. Si, como sugiere la escena inicial, nos encontramos ante un momento en el que lo erótico parece desdibujarse como categoría —desplazada por otras formas de nombrar— tal vez convenga tomar en serio la serendipia de esa librería que decide cambiar la etiqueta de “literatura erótica” por la de “literatura feminista” y pensar la relación entre ambas. Recuerdo, en este sentido, una escena reciente en un aula: un grupo de estudiantes de literatura leía “Mariana” y coincidía, casi sin fisuras, en interpretarlo exclusivamente como un caso de violencia de género y feminicidio. No sé si me atrevería a decir que la lectura es incorrecta, pero sí parcial y descontextualizada. Al insistir únicamente en ese marco, el relato se clausura: Mariana queda reducida a víctima, su deseo se vuelve ilegible y sus prácticas eróticas desaparecen bajo el peso de una interpretación que, paradójicamente, termina por negarle agencia. Lo que en el cuento se presenta como una zona ambigua —donde el placer, el riesgo y el consentimiento se entrelazan de manera incómoda— se resuelve rápidamente en una clave moral que restituye certezas.
Quizá lo inquietante no sea que esta lectura exista, sino que se vuelva la única posible porque entonces el gesto crítico corre el riesgo de reproducir, bajo otros signos, aquello que pretendía cuestionar: la imposibilidad de pensar la sexualidad fuera de marcos normativos, incluso cuando esos marcos se enuncian desde el feminismo. Tal vez, entonces, lo que ese desplazamiento en la librería pone en evidencia no es solo la desaparición de una categoría, sino la urgencia de revisar cómo leemos lo erótico en relación con los encantos y desencantos de los nuevos discursos políticos que prometen cambios sistemáticos en la nación. Volver a una tradición feminista de la literatura erótica en México —una que no niegue el conflicto, pero que tampoco borre el deseo— podría ser una forma de evitar dos riesgos: por un lado, la apolitización de lo erótico, reducido a mercancía o a consumo vacío; por otro, la instauración de un nuevo moralismo sexual que, en nombre de la crítica, termine por disciplinar el placer. Entre la desaparición y la normalización, entre el silencio y la regulación, el reto no es elegir entre lo erótico y lo feminista, sino sostener la tensión entre ambos. Ahí, en ese espacio incómodo, lo erótico todavía puede operar —como en Arredondo— no como un residuo del pasado, sino como una forma crítica de pensamiento que insiste en recordarnos que el deseo también es un campo de disputa.




