Hace unos días, durante la presentación de un libro, alguien me contaba que en una librería —cuyo nombre he preferido omitir deliberadamente— la sección de literatura erótica había sido substituida por una de literatura feminista.
Entre los siete y trece años mis padres y yo solíamos visitar a mi tía que era monja en el convento de clausura de las Carmelitas Descalzas en mi pueblo.