Tierra Adentro
Portada de “Carne fósil”, Jorge Martínez. Colección Tierra Adentro, FCE, 2025.

ANINA Y LA TORMENTA

La fascinación de Anina por la tolvanera nos llevó a vivir una temporada en los confines de la comarca. Instalamos una casa de acampar y dormimos cobijados por el silencio de la estepa. No brillaron las estrellas por la tormenta de polvo que opacó el cielo semanas atrás. Las nubes sostenían el desierto para que no se nos cayera encima. Ella se había enamorado de una ráfaga que le levantó la falda aquel verano. Yo la veía acariciar el viento con los dedos todas las noches. Entre ambos se abrió una zanja con las dimensiones de un gran cañón. Ninguno de los dos caminaba con arnés o tomando de la mano al otro. Cuando por fin apareció el torbellino anhelado, Anina no lo dudó. Se fue montando al polvo.

La vi elevarse como un copo de algodón. Las puntas de sus botas de exploradora apuntaban al suelo. Tenía los ojos en trance. Volaba divina. Se despegó del piso como una planta sagrada. Yo no pude hacer nada con mis manos. Batallé con los brazos contra el viento, pero la ráfaga me volteó la cara y no supe adónde se la llevó. Anina desapareció con el vendaval. Me quedé con la casa de acampar patas arriba. El terreno escupió las estacas y yo mordía el polvo con mis puños buscando el mazo. En la mirada, una brisa me velaba el horizonte. Finalmente, el torbellino me venció. Lo último que pude ver fueron sus botitas pataleando entre las nubes.

Dejé el campamento abandonado y busqué el rostro de Anina en el paisaje, pero sólo encontré desolación. Manejé todavía con la mirada turbia. Por el camino de vuelta confirmé la manera en la que la ciudad fue devorada por la corrosión. El polvo ya lo había derruido todo. Se acumularon montañas de arena en las banquetas de la colonia. Los vecinos me observaron llegar solo. Todos estaban encerrados. Yo esperaba que ella reconociera la clave en el toctoctoc y me abriera la puerta, pero eso no sucedió. Tuve que desenterrar la llave de emergencia. Rompí mis uñas rascando la tierra. Una vez que abrí la cerradura, Anina no estaba dentro de la casa. El viento no la había devuelto a nuestro verdadero hogar.

Hurgué entre sus cosas en busca de alguna pista. Revolví todos los cajones, desarmé cada gabinete del baño, hasta rompí el forro del sofá. El ombligo de la casa estaba en el aire cuando encontré una nota que decía “Cachiripa”. Su último deseo encarnaba una antigua profecía. Yo me quedé parado frente a nuestra cama y recordé todas las veces que hicimos el amor. Anina siempre supo cómo funcionaba la magia. Puse su pijama en el otro lado del colchón y me dormí pensando en las palabras que inventamos juntos.

Por la mañana me despertó un toctoctoc inigualable. En la presión de los golpes sentí la anatomía de Anina. La cama me expulsó como una resortera y me estampé en la pared con la frente. Su nombre palíndromo me escaldaba la lengua. Mi mente repetía la secuencia como si no supiera de memoria el exacto paralelo de cada letra. Me temblaba el paladar en el remate de la boca. Era la puntual precisión del espejo. Tenía que ser Anina y nadie más. Sólo ella y yo conocemos el lenguaje secreto. Lo construimos junto con esta casa.

En el momento que abrí la puerta, no llevaba los pantalones puestos. Me oriné sobre la pijama prestada de Anina. Ella estaba frente a mí con el cabello alborotado. Yo limpié el charco de sus lágrimas con mis besos. La mitad de su cara se había quedado reseca.

Anina entró en la casa como una exploradora. No reconocía el tamaño de sus pasos ni la distancia precisa hasta nuestra recámara. Yo pensaba en la partición de su rostro. En cómo la tormenta le marcó la cara. Jamás me contó qué fue lo que pasó. Sólo se dedicó a guardar silencio para siempre. La observé vivir su esencia vegetal. Ella se plantó en medio de la sala y ya no se volvió a mover. Se pudrió con la tierra de su propia maceta. La mitad de mi amor se esfumó casi de inmediato; la otra permaneció conmigo hasta que Anina se comenzó a secar.

Ninguno de los dos tenía saliva suficiente para remojar las grietas

y con eso empapar el barro
y luego masajear el lodo
y entonces construir adobes
y así erigir de nuevo nuestra casa.

El fragmento marchito carcomía poco a poco la otra porción. Su cuerpo dejó de comunicarse con el mío. Empezó a desprenderse de sí misma y se arrancó retazos de piel como corteza rancia. El cabello le caía como hojas resecas en las raíces de los pies. Tenía ramas puntiagudas en las costillas. El polvo momificó su lengua. Yo guardaba la última palabra de Anina en un frasco al fondo del refrigerador. Cuando logró articular sonidos, su voz de árbol me sobresaltó:

—Cachiripa —dijo.

Afuera, el remolino de tierra se estrellaba en las ventanas como si conociera la clave secreta. Escuchaba en el toctoctoc la incomparable voz del viento. Me susurraba la combinación correcta. Así es como funcionamos la mayoría de los seres humanos. Otros habitantes de la Tierra poseen aldabas meramente decorativas. Anina pertenecía a una especie distinta. Ella hablaba el idioma de las nubes. Yo la observé por la mirilla, pero su cerradura no estaba hecha de palabras. La tormenta entró hasta el último rincón. Nos comprimió entre el polvo y levantó nuestros cuerpos del piso. Anina flotaba en el fondo de la estancia, erecta como un tallo. A mí la tierra no me quería.

Yo no asimilaba ese lenguaje, pero sí aquel polvo. Era prácticamente lo único que conocía. Polvo. Me había carcomido la retina desde el día en que nací. Todo a mi alrededor siempre fue del mismo tono pardusco. Mi cara y los colores del campo. En medio del torbellino, entre los copos de tierra se formó el rostro de Anina con los músculos faciales relajados y el pelo negro y liso. Sus ojos me traspasaron. Incluso se parecía a la Anina que yo recordaba o a la que quería cerca de mí.

Estiró uno de sus brazos y me tocó la boca. Sentí en los labios el desmoronamiento de su piel. Percibí el crujido de la arena cuando apreté mis muelas. Nunca antes había sabido con tanta exactitud qué era lo que tenía que decir.

La tormenta había raído todas las fotografías en las que aparecíamos juntos. El polvo caía sin parar y se apoltronó a mi alrededor. Me engulló como una pira de tierra. Sentía la cosquilla mineral rascarme la tripa. Anina estaba ceñida a la borrasca. En las ráfagas de viento planeaban pelos, cutícula y otras células muertas. Las escamas de nuestros cuerpos nos envolvían como serpentinas.

En el instante que pronuncié la palabra sagrada, la tolvanera se desvaneció y chorreó en finos espirales hacia el suelo. Me convertí en mito. Deambulé por lo que quedaba de la casa y reconocí los muebles por el tacto. Aspiré el aire caliente y suspiré en la bruma.

El polvo me palpaba la cara y te nombraba y se reía y se reía y se reía mientras yo me carcajeaba…

 

 

AMIGO PIEDRA

Tenías la maña de pasearte en la noche por la casa sin decir palabra, sólo para crispar los nervios de tu madre. Arrastrabas los pies deliberadamente. Bisbiseabas. Le escondiste los cigarros, intercambiaste todas las pastillas y, desde hace algún tiempo, comenzaste a frotar en la pared una moneda a la altura de la cenefa. Ya hasta habías abierto un surco que iba de tu cuarto al de las gemelas. Cuando viste que el cobre descascaraba la primera capa de pintura y luego el yeso, y finalmente tocaba el concreto, decidiste agujerear también el muro de tu habitación, pues era la única que no tenía ventanas.

Querías sentir el viento del que todos hablaban, experimentar en carne propia el escozor del cielo. Pero aquello nada tuvo que ver con el polvo ni la densa bruma.

Nunca lograste excavar por completo las paredes de tu cuarto. Antes achataste cada cubierto de la alacena. Chupaste las miasmas que exudaban los ladrillos. Te encerraste en la habitación para no escuchar todas las voces de tu madre y la respiración artificial de un par de niñas repetidas. La familia pasó noches enteras apartando escombro para encontrar tu cara. Yo tampoco mencionaba tu nombre cuando acudieron a mí para que les recordara un rostro.

Sin embargo, escarbé y escarbé y escarbé… hasta que vi la punta de tu nariz en medio de las vigas del techo derrumbado, Piedra.

Era la noche de cualquier día. No te hubiera reconocido sin el grito agudo de las niñas. Te encontramos incrustado entre las ruinas. Ellas intentaron cerrar tus ojos, pero tenías los párpados marchitos y acartonados. No llevábamos morralla para cubrirte las pupilas. Parte a parte fuimos exhumando tu cadáver fracturado, el cuerpo roto por la intemperie y la ventisca. Se atoraba la carne entre el metal, la tierra y el concreto. Nosotros no te cortamos, pero tuvimos que sacarte cercenado por todos lados.

Cuando por fin descubrimos tu torso, Piedra, en el pecho había una concavidad ocupada únicamente con un cubierto de plata.

Te habías extirpado el corazón a cucharadas.

A la mañana siguiente, encontré a las niñas restregándose las frentes mutuamente con un risco. Tu mamá friccionaba entre sus manos dos rocas buscando el fuego. Yo pateaba guijarros como cuando éramos niños. Todos nos sentíamos culpables. Ellas me exigieron que les contara historias en las que fuiste feliz, sólo para recordar cómo sonreías. Les describí la sensación del moho sobre la acequia, tus pies atascados junto a los míos cuando nos metíamos a bañar en la corriente. Todo esto antes de que el barrio se apelmazara de lodo y de que la canícula se extendiera hasta el día de mi santo. Nunca volvimos a escuchar tu voz.

El fondo de la tierra te había reclamado para sí desde mucho antes.

No les conté mis hipótesis al respecto:

a) que, sencillamente, el techo no soportó el tamaño de tus sueños y se derrumbó a sí mismo —sin pensarlo tanto como tú—, y entonces el cemento te invadió el cerebro;

b) que tú no tenías enemigos, pero que tu mirada se perdió en la nada caliza, en tu yo rocoso, en tu inamovible disposición de piedra;

c) que ya no querías platicar conmigo, porque yo siempre hablo del pasado, y eso pesa más que cualquier loza de concreto.

¿Estás ahí, amigo Piedra?

Lamento informarte que todos te dieron la espalda en tu funeral. Cuando me asomé al esqueleto de mármol que te contenía, intenté no mostrarme efusivo. Hablé con rimas y ecuaciones. Procuré ocultar todo mi encono, apretado dentro de mi garganta como un grueso nudo de cáñamo. No íbamos a envejecer juntos. Por fin habías cumplido tu cometido. Nos habías abandonado en la catástrofe. Justo cuando necesitábamos más manos para rascar la entraña del planeta. No soportaste la picazón del éter. Aprendiste a cavar y te agujereaste el pecho. Yo ya tenía los labios rotos por la nicotina cuando comencé a contar esta historia en la que el mundo se había abierto y te tragó incompleto,

y cómo jamás te escupió en el rostro,

y luego la ciudad se anegó de tierra, y

las plantas que sembraste se pudrieron en cuestión de horas,

se llenaron de peste y epidemia, y

nosotros nunca supimos

dónde enterraste tu corazón.

 

 

UN VAQUERO DE VERDAD

El cuerpo me apesta todavía a tabaco y cerveza caliente. Estoy desnudo. Amanecí vivo, empapado de sangre cuajada y reseco de semen que no sabe ni huele como el mío. Un desconocido está acostado junto a mí. Se durmió con los ojos abiertos antes de rajarse el cuello. No me di cuenta de nada. Lo único que lleva puesto son sus botas vaqueras. Fue por eso que pude acordarme de todo, hasta de los detalles más insignificantes:

Uno. Era un vaquero como todos los demás: muy, muy hombre; muy, muy macho. Llevaba toda la vida en la monta, adorando a Dios, a su santa madre y a su difunta esposa. Hasta que me conoció a mí. Aunque —según él— yo tuve la culpa de todo y él nada tuvo que ver; sólo estaba ahí, con el culo babeando en una esquina del salón. Vi que me miraba. Lo único que él tuvo que hacer fue dejarse arrastrar por mí hasta no dejar en su cuerpo un rastro de cincuenta y cuatro años de devoción ranchera.

Dos. Fui yo quien lo invitó a bailar, por mucho que él jure y perjure lo contrario. Fui yo quien se acercó a él en un salón atarrascado de gente y con el piso pegajoso de gargajos y charcos de cheve barata. La polvareda era tan espesa que las parejas en medio de la pista se deslizaban lentísimas, algunas muy enamoradas. Muchos se frotaban las barbas por debajo de sus texanas de cuero, llevaban los pantalones ajustadísimos, embarrados en las piernas, y todos usaban botas picudas. Puros hombres. Cuando yo llegué a la barra, él ya estaba arremangado en la cantina. No tengo idea de cuánto tiempo llevaba ahí ni de cuántos otros vaqueros habían intentado seducirlo antes que yo, ni con qué artimañas. Nada más de ver el caminito de ceniza que subía desde sus dedos, era más que evidente que yo no era el primero.

Tres. Me llevó en su camioneta a un motel en la orilla de la carretera. El cuarto tenía lo estrictamente necesario para pasar la noche (una cama, un baño, agua caliente), pero de todos modos no podíamos quedarnos mucho tiempo. Supongo que cada uno tenía algo importante que hacer en la mañana. En el espejo, lustroso y manchado de granos, se acicaló el bigote recién perfilado, que él consideraba su gran atractivo frente a los demás vaqueros. Para mí no era más que una cosquilla en el labio inferior. Al pasar sus dedos por los pelos que le salían encima de la boca, dejaba a la vista una fila de dientes un poco manchados, pero grandes y derechitos. Lo más llamativo era que con la otra mano se acariciaba la verga, y que el caballo de su hebilla parecía relinchar enfurecido con cada palpitación de su cuerpo campesino.

Cuatro. Entre empuje y empuje, él lloraba con la cabeza sumida en la almohada, creyendo que yo no lo veía. Pero, en una habitación de motel de carretera como la nuestra, cada fluido se ve, se siente en la piel y, casi siempre, se huele escondido en el aromatizante. Tras varias horas pujando en silencio quedamos agotados; sobre todo yo, estrangulado por sábanas mojadas con sudor de hombre. Su aliento me picaba en la parte rugosa del paladar, sentía cómo palpitaba su miembro al contacto con el mío. Y entonces el humor que exhalaba su cuerpo me convenció para animarlo, y me puse a hacerle rollitos con los pelos que le crecían en el pecho. Hasta le limpié discretamente las lágrimas. Acaricié su bigote con mis dedos y luego lo besé con ternura. Creo que incluso conseguí hacerlo reír.

Cinco. Claro que nos prometimos cosas de lo nuestro y el futuro. Que despertaríamos juntos por la mañana y yo cuidaría de él. Que él me elegiría a mí y renunciaría a todos los demás vaqueros. Que no era cierto que se había enamorado de su esposa muerta. Que juntos tendríamos el rancho más bonito de todo el pueblo, y que viviríamos rodeados de vacas y olor a establo. Que esto era el comienzo de algo maravilloso, el amor que nunca sintió y, sobre todo, el deseo. Que él quería que yo fuera su vaquerita. Que la historia del salón de baile y esta anécdota de cómo nos conocimos nos harían reír durante años, y que las recordaríamos para siempre. Moriríamos de felicidad, porque al fin nos habíamos encontrado, nosotros que no éramos más que dos llaneros solitarios en la vereda. Por primera vez, aquella noche me preguntó cómo estaba y quién era. Me pidió que le contara algo de mí, lo que fuera, que él de todos modos me creería. Y entonces yo por fin comencé a hablar, pero en voz muy baja para que él se tuviera que acercar mucho a mí:

—Ya no recuerdo hace cuánto, pero yo todavía era muy joven el día que encontré tirado en el llano un cuaderno ruñido y amarillento, sus hojas como las del periódico. El color desdibujado en unas viñetas que de inmediato captaron mi atención. Lo hojeé mientras mi padre pateaba un balón en una cancha de tierra punteada por crestas de zacate reseco. El libro vaquero, ‘Los gemidos del pistolero’, año XXVIII, número 1214. En la portada dos hombres, dos hombres de verdad, con barbas y bigotes y sombreros, coloreados en tonos pasteles, el uno besuqueándole el cuello al otro, montados en el mismo caballo. Y este deseo que nació en mí justo ese día y que me instó a escabullirme temprano de la carne asada del domingo para encerrarme en mi cuarto, jarioso, cautivado por el nuevo mundo que acababa de descubrir, aquel donde los vaqueros montan y se montan, con barbas y bigotes y sombreros, hombres de verdad. Esa tarde que mi padre me llevó a comprar mis primeras botas vaqueras, pensé que en el granero de la botería cabían todas las botas del mundo. Y yo, en medio de todos aquellos anaqueles de ropa western y música country, escogí las botas que me hacían sentir más hombre, más macho y más vaquero, más parecido a mi papá. Y mi viejo que sacó un fajo de billetes arrequintándose el pantalón al estilo ranchero, espulgó la morralla en la palma de su mano y pagó con feria. Después, la escuela de jinetes, la silla de montar, la carne del caballo por debajo de la mía y el roce del galope en la mezclilla. Cuánto me apretó los muslos con sus manos el vaquero que me enseñó a ser un buen jinete, cómo sentí al cuaco de la escuelita embestirme el cuerpo con furia, por eso nunca quise que se terminara la clase de monta. Luego aquella tarde en el rodeo, la plaza llena, las miradas de la gente en la polvareda de la arena, los jinetes y sus montas, música norteña con bajo sexto y tarola. Las correas de la montura que se me encarnaron en las piernas, el caballo manso, manso; y yo, casi a punto de salir a la faena, pensé en los vaqueros que montan y se montan, y cabalgué, cabalgué como un hombre de verdad, y así ha sido desde entonces.

Último. Cuando llegó la policía, yo todavía no me lavaba los dientes. Él llevaba ya varias horas desangrado. Antes de rajarse el cuello, había dejado en el espejo del baño frases escritas con mi colorete rojo y sin faltas de ortografía. Lo tenía todo planeado. Luego vino a la cama conmigo y se me metió muy adentro. Cabalgamos juntos, como hombres de verdad. Y todo con el único objetivo de ensuciarme la consciencia para siempre, aun sabiendo que nunca podría borrar de mi cuerpo el misterio que representaba un vaquero como él.

Un vaquero de verdad.

Portada de “Carne fósil”, Jorge Martínez. Colección Tierra Adentro, FCE, 2025.