Tierra Adentro
"Miguel de Cervantes imaginando El Quijote", pintura de Mariano de la Roca y Delgado, 1858. Obra de dominio público.
“Miguel de Cervantes imaginando El Quijote”, pintura de Mariano de la Roca y Delgado, 1858. Obra de dominio público.

Todas las novedades son combustible para la caldera de nuestro indecible aburrimiento.

César Aira

I

En un lugar de las redes de cuyo hashtag no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un viejo de los de pulgar sensible a la hora de reenviar videos conspirativos, memes misóginos, stickers de Buenos días y postales sonoras con difuntos resucitados por la IA.

Es, pues, de saber que este sobredicho anciano, los ratos que estaba ocioso —que eran los más del año—, se daba a scrollear incesantamente reels hipnóticos con tanta afición y gusto que ya no podía hablar con las nuevas generaciones sin insultarlas o sentirse insultado, así se olvidó de sus antiguos ideales para convertirse en un tío panista de los que creen que el pobre es pobre porque quiere, y que todo mal que aqueja al mundo es culpa del feminismo, los chairos, la migración o las nuevas generaciones.

Tengámosle piedad a este quijote enajenado, que intercambió su nombre por el de una guerra, entendiendo, junto con Borges, que, así como “Alonso Quijano tomó la decisión de ser Don Quijote y salió de su biblioteca”, este viejo hidalgo de la era digital también podría tener el arrojo, el ímpetu, la valentía de abandonar su rutina para deshacer entuertos y combatir las fake news como un caballero inamovible, twitteando añejos rencores en defensa de la vieja moral.

En vez de quemarle su biblioteca, sus familiares intentarían esconderle el teléfono para que este Quijote whatsappero dejara de ponerlos en ridículo en lo chats grupales, pero de poco serviría la censura, pues los videos conspirativos, las teorías illuminati reptileanas ya habitarían los claroscuros de su memoria, y este viejo hidalgo buscaría a toda costa un cafecito con wifi para armarse influencer, exigiéndole al gerente (al que él confunde con Luisito Comunica), que lo deje pasar la noche junto al módem (que él cree que son las oficinas de Google) para velar sus armas indispensables: un selfie stick, aros de luz led, un micrófono inalámbrico y la dogmática confianza que caracteriza a los youtubers.   

No tardaría este Quijote en encontrar a un escudero, más simpático e ignorante, para consolidar la brillante idea de hacer un podcast juntos. A este Sancho lo motivaría la promesa de su amo de que al alcanzar el millón de likes le regalaría una ínsula privada que pudiera gobernar a su antojo. ¿Quién pensaría que la ilusa ambición de Sancho Epstein reencarnaría en este siglo en una isla pedófila? Los licenciados vidriera del nuevo milenio, cínicos pero hastiados, amenazarían con cancelar los valores decrépitos de esta parejita belicosa y organizarían, en resistencia, el Coloquio de los Therians para soportar la asfixia de un mundo en el que no pueden respirar.

Las energías limpias sopladas por el viento serían grotescas fake news en la mente conspiranoica de nuestro Quijote, que en vez de molinos vería gigantes mentiras que reproducen las ideologías woke para exterminar el “democrático” mundo gestionado por el hombre “civilizado”. Nuestro Quijote, en su guerra infinita contra las aberraciones inmorales, citaría las hazañas de otros caballeros como Amadís Shapiro, Galamusk, Rogan Furioso y Esplandián Peterson, encomendándose de todo corazón a su amada Dulcichat del GPT (esa ausencia que a todos nos acompaña) para fracasar constantemente en su intento de encontrar la verdad de Montesinos en su cueva digital.

Montado en Trendelmame, su enjuto caballo algorítmico, nuestro Quijote se enfrentaría al Ayatolá de los Espejos o al Chapo Vizcaíno en confusas batallas traducidas a conveniencia por Cide Hamete Benengeli News, el teatrillo de Ginés de Pasamonte, y los duques opinólogos de la intelectualidad parasitaria. No tardaría, por la fama que da el embuste, en sentirse primero ofendido, después halagado, por precarios imitadores como el Milei de Avellaneda, que multiplicarían su gloria. Si bien Nabokov proponía que un final más espectacular para la novela de Cervantes hubiera sido que el Quijote verdadero se terminara enfrentando con el Quijote apócrifo de Avellaneda, y el primero cayera derrotado frente a su doppelganger espurio, lo cual no sería una mala actualización para la historia de nuestro Quijote conspiranoico, que después de soltar tanta rabia desinformada, morirá, como en el libro de Cervantes, cómodamente en su cama pidiéndole disculpas a Sancho por creer equivocadamente que el mundo podía ser salvado por caballeros estáticos.

 

 

II

Pero tengámosle piedad a este Quijote agónico. Después de todo, el siglo XXI odia la vejez. De eso se trata esta era cibernéticamente adicta a la novedad, las pieles tersas y el dogma del morbo. Sólo en este siglo palabras tan respetables como señor (piénsese en la frase: “no hagas chistes de señor”) o señora (piénsese en la frase: “ya siéntese, señora”) son insultos velados, acaso sinónimos de la palabra imbécil.

Nadie quiere caducar, nadie quiere representar una moral ajena a la moda, nadie quiere verdaderamente ser un Quijote. ¿Qué le importa a este mundo un demente chocho que busca deshacer entuertos por mano propia sin filantropías telescópicas, superioridad moral o banderitas convenencieras? Yo pensaba que nada, o casi nada. Y luego leí la novela de Cervantes con mis estudiantes, pertenecientes a la llamada generación Z, y cambié de opinión.

A razón de sesenta por grupo y seis grupos a lo largo de cinco años, calculo que han pasado por mis aulas casi dos mil estudiantes; una muestra nada desdeñable que me da ínfulas de creer que entiendo algunos rasgos distintivos de estos supuestos nativos digitales.

Aclararé primero dos asuntos categóricos:

1) No creo que la llamada generación Z difiera mucho de mi generación millenial ni de los boomers ni de la primera generación cavernícola, y considero que aquello de segmentarnos en temporalidades es un constructo mercadotécnico para dividirnos como sociedad. Dicho lo anterior, sí creo completamente en las marcadas diferencias entre un espíritu joven, sin importar su edad, y un espíritu envejecido; creo que son bandos antagónicos que llevan librando una guerra tácita desde que el mundo es mundo. Hay un diálogo en la serie True Detective que, me parece, lo resume a la perfección. El suegro del detective Woody Harrelson externa esa redomada patraña de que las cosas ya no son como antes y que el mundo está cambiando para peor, porque ahora todo es sexo y los hombres se maquillan, y Woody Harrelson le contesta: “¿Sabes qué? Apuesto que, a lo largo de la historia, cada viejo probablemente ha dicho lo mismo. Y los viejos se mueren. Y el mundo sigue girando”.

2) Leo con mis estudiantes El Quijote en la versión actualizada por Andrés Trapiello. Mis eruditos colegas cervantistas se llevan una mano al pecho, pero es claro para mí que El Quijote, más allá de emblemas, clichés y parques temáticos en Alcalá de Henares, es una obra muerta en nuestro idioma. A diferencia de Shakespeare, que revive cada día al ser representado en todos los teatros del mundo, a Cervantes ya sólo lo leen en su lengua original los académicos; sin embargo, es mucho más leído y reivindicado en otras lenguas porque la traducción lo actualiza. Por otro lado, Trapiello no modifica ningún aspecto crucial del texto, tan sólo clarifica en su mayoría sustantivos, verbos y preposiciones que lo hacen supuestamente más accesible. ¿Sería ideal leer a nuestro más grande clásico en su versión original? Por supuesto, pero no vivimos en un mundo ideal, y, cuando el primer año lo intenté, no pudimos, entre dudas y distracciones, rebasar siquiera los primeros prólogos.

Con la de Traipello el texto fluyó de maravilla.

¡Es como Deadpool! ¡Es como Shrek! ¡Es como Kick-Ass!, comentaron enloquecidos mis estudiantes tras comprobar que ese tabique solemne del año del caldo es un desquiciado juego paródico que se burla de todo. Cinco años más tarde, actualizaron los comparativos: ¡Es como One piece! ¡Es como las cazadoras del k-Pop! Le pedí a mi camarada Kin Navarro, quien escribió hace poco un brillante ensayo sobre One Piece (esa serie icónica que abanderó las marchas evaporadas de la Generación Z) preguntándole qué tenía que ver ese ánime con El Quijote, y su respuesta me dejó boquiabierto:

Las referencias al Quijote en One Piece son numerosas. Donquixote es el apellido de un personaje que es un noble de la cúpula mundial, llamados tenryubitos, es un mercenario pirata que dio un golpe de Estado en una de las islas llamada Dressrosa que está inspirada en Europa, principalmente España-Italia-Francia. Él es uno de los Shikibukkai que son piratas licenciados para trabajar bajo las órdenes de la Marina que es el brazo armado del Orden Mundial. Su historia es brutal y cruel, pero no te la voy a espoilear. Un par de sus frases más famosas son: “¡Los niños que nunca han visto la paz y los niños que nunca han visto la guerra tienen valores diferentes!”. Y: “La justicia prevalecerá, dices, por supuesto que sí. Quienes ganan la guerra, se convierten en Justicia”. Por otro lado, en el arco de Skypeia, que es una alegoría de la Latinoamérica colonial y la tensión entre indígenas, mestízos católicos y gringos fanáticos, aparece un personaje que sí es mucho más referencial al Quijote llamado Gen Fall, o el caballero del cielo. Su similaridad es aparente porque él es el antiguo mandatario de las islas del cielo y era tratado con el mote de Dios hasta que aparece Enel, un budista-narcisista que quiere extraer todo el oro de unas antiguas ruinas Shandías que desaparecieron misteriosamente del mar 400 años antes. Te podrás dar cuenta que la trama es mucho más compleja de lo que el estilo de dibujo sugiere en el manga/ánime. En resumidas cuentas, Luffy mismo, el protagonista, es un personaje quijotesco (ojo, aquí respeta a los héroes pero ya ha dicho más de una vez que no le interesa ser uno) porque persigue ideales que parecen locura pero suelen ser más cuerdos que lo que es la gente adaptada a las estructuras de poder.

Fascinado, comencé a ver el ánime y debo reconocer que existen múltiples vasos comunicantes. Quizás El Quijote esté más vivo en el imaginario de Oriente que en el occidental. Y eso que siempre recuerdo, gracias a Vila-Matas, que El Quijote llegó a China con el título Historia del caballero encantado a través de un traductor que nunca tuvo acceso al manuscrito, pero lo parafraseó a partir del argumento que le había contado el amigo de un amigo:

La falta de conocimiento del idioma español —así como de cualquier otra lengua occidental— no fue un impedimento para que el reconocido letrado chino Lin Shu se abocara a la monumental tarea de traducir El ingenioso hildago don Quijote de la Mancha a la lengua china. Con la ayuda de su amigo Chen Jialin, quien había leído un ya distorsionado texto en inglés y se lo relataba pacientemente en baihua, el mandarín coloquial, Lin Shu se puso manos a la obra.Y así, en 1922, nació la primera traducción al chino de la obra de Miguel de Cervantes Saavedra. (Plitt, BBC News, 2021).

Esa versión se popularizó por décadas y la mayoría la prefirió incluso cuando aparecieron nuevas traducciones milimétricamente cotejadas. Otra razón por la que podría estar más vivo el espíritu de El Quijote en Oriente es porque allá, al menos en las series que veo, todavía se practica el respeto a los ancianos, y parece que aún creen relevante lo que puedan decir aquellas personas con más de medio siglo de vida; un respeto que siento que se ha perdido entre las clases medias mexicanas. Basta ver a un anciano preguntar cómo se pide un Uber, cómo se manda un audio, cómo se hace una foto al revés, para que cualquier adolescente pele unos ojos de fastidio que Lin Shu traduciría como: “¡Por qué no te mueres de una vez!”.

Lo mismo si no estás al corriente con los memes o videos virales, inmediatamente resultas caduco, anticuado y, por ende, incómodo. Es por eso que mi espíritu, prematuramente envejecido, pasó la tarde del domingo poniéndose al corriente con las Cazadoras del k-pop y, ¿qué puedo decir? Just delightful (Jason Seagel dixit). La premisa general de la película es: “No puedes arreglar al mundo si no te puedes arreglar a ti mismo”, algo que parece calcado del Tolstoi más cervantino: “Todos piensan en cambiar a la humanidad, pero nadie piensa en cambiarse a sí mismo”. Lo más importante para las cazadoras del k-pop son los fans, como para Don Quijote los menesterosos; los demonios son almas en pena, avergonzados por sus vidas pasadas, que se disfrazan de una boy band para robarles la audiencia. “Si a ti te parece que ese demonio que dices huele a ámbar”, le dice Don Quijote a Sancho, “o tú te engañas o él quiere engañarte con hacer que no le tengas por demonio”. El peor de los crímenes del k-pop es tomarse un descanso, no exigirse lo suficiente para ganarse el corazón de los fans, al igual que Don Quijote, cuyo único descanso es el pelear. Y la única forma de sanar al mundo en el k-pop es encontrando la voz propia: “¿Cómo se supone que sanaré al mundo si no tengo mi propia voz?”, declara la protagonista poco antes de descubrir que ella, la más célebre cazadora de demonios, también tiene marcas demoniacas en la piel. Y yo escuchaba la canción del suicida Grisóstomo en El Quijote:

Y a la par de mi deseo que se esfuerza

a decir mi dolor y tus hazañas,

de la espantable voz irá el acento,

y en él mezcladas, por mayor tormento,

pedazos de las míseras entrañas.

Y ya no pude más: ¿Hibridación de géneros? ¿Enemigos imaginarios de la lírica? ¿Demonios encantadores que se hacen pasar por apócrifos poetas? ¿Humor enternecido entre camaradas desesperanzados? ¿Salvar al mundo enajenado en tu propio narcisimo? A mis ojos era evidente la herencia cervantina de estas cantantes-pop/cazadoras que fusionaron a la perfección el célebre discurso de las armas y las letras de El Quijote, en el que Cervantes, afincado en su propia biografía, se decanta por la preeminencia de las armas sobre la inútil poesía, que jamás cambiará al mundo. Cervantes, como las cazadoras del k-pop, elige las armas porque, diría Bolaño, “…escoger era escoger la juventud y escoger a los derrotados y escoger a los que ya nada tenían. Y eso hace Cervantes, escoge la juventud”. Porque yo estuve ahí cuando el más cervantino de los escritores mexicanos, David Toscana, dio un precioso discurso al recibir el Premio José Emilio Pacheco a la Excelencia; yo escuché el rugido de las máquinas (había a la par un evento de Fórmula 1), cuando David Toscana, frente a quinientos jóvenes envejecidos que lo ignoraban deslizando contenido en sus teléfonos, se atrevió a hablar del verdadero inicio de El Quijote, cuando en el prólogo Cervantes se disculpa por su novela imperfecta: “Desocupado lector: sin juramento me podrás creer que quisiera que este libro, como hijo del entendimiento, fuera el más hermoso, el más gallardo, el más discreto que pudiera imaginarse”. Y Toscana, aunque miope, seguro veía esa marea robótica que lo ignoraba con descaro, pero aun así les dijo que “mientras sea hermosa, gallarda y discreta, bienvenida sea toda esa literatura”. ¡Bienvenidas sean las cazadoras del k-pop! Aunque eso último creo que no lo dijo.

Me siento como Geppetto.


Autores
(Ciudad de México, 1991) Narrador, poeta, editor, traductor y ensayista. Estudió la carrera de Letras Hispánicas en la UNAM, la maestría en la Universidad Complutense de Madrid y el doctorado en la Universidad Autónoma de Madrid. Ha publicado los libros Los designios del imaginero (2012) y Agenbite of inwit (2018). Ganador del Premio Nacional de Novela “José Revueltas” por Nuestro mismo idioma (FETA, 2015) y el Premio Nacional de Cuento “Julio Torri” 2019 por Sonámbulos. En 2023 publicó su tercera novela Mundo anclado (NitroPress, prólogo de Enrique Vila-Matas). Ha colaborado en diversas antologías como Covid: Narrativa mexicana joven, desde y contra la pandemia (FCE, 2021) y La lectura al centro: 55 autobiografías lectoras (UNAM, 2022), así como en la revista Quimera, Barcarola, El Universal, Excélsior,Tierra Adentro y Luvina. Como editor ha elaborado las antologías narrativas Lo fantástico no existe (Ediciones Periféricas, 2020), De narcos a luchadores (Contrabando, 2019) y El misterio de los seres espaciales (Deliria, 2023). Es profesor de literatura en la UNAM y en Literaria: Centro Mexicano de escritores.