One Piece: la historia que cambia al mundo
All of us, Dream, save us
Hiroshi Kitadani,
Opening 26, One Piece
Para Mildreth
Luego de dedicarme a pasear entre los mecanismos ocultos y la escenografía de las narraciones, de aprender sus formas y formatos asumí con tristeza que, aunque no lo sé todo y nadie podrá abarcar o agotar cuanto hay al respecto, sería difícil que una historia me sorprendiera de nuevo, tanto como para transformarme por completo.
Pero a quién engaño, lo que más me gusta al entrar a una narración es suspender todo ese expertise para acercarme con generosa apertura y absoluta credulidad a las historias, confiar en la guía de quien narra aunque, con frecuencia, salga decepcionado por la falta de pericia o profundidad y complejidad de su visión.
A mediados del año pasado mi estado de ánimo no era el mejor y me atravesaba un proceso bastante severo: soledad, confusión, silencio, desconfianza. ¿Cómo es que pasé de ese momento tan difícil y desesperanzador a recuperar el ímpetu vital? La respuesta es muy simple, bella y compleja: One Piece.
Un colega me la había recomendado quizá un año antes, incluso me habían regalado el primer tomo del manga pero no hice mucho caso. Me decía: ¿más de mil capítulos, con tanto que ver, escuchar, hacer o conocer? ¿Quién tiene tiempo para enfrascarse en una historia que demanda prestar tanta atención?
No podría haber estado más equivocado y hoy me agradezco enormemente haber tomado la decisión de verla. Entré a la historia con las expectativas muy abajo pero me cautivó desde el principio, capítulo tras capítulo, verla pasó de un mero entretenimiento a una necesidad de comprensión profunda sobre sus significados.
Ni en la más atrevida de mis deducciones habría pensado que ese manga, cuyos dibujos me parecían copiados del estilo de Akira Toriyama en Dragon Ball, fuera a regresarme con tanta fuerza las ganas de vivir, la esperanza y la necesidad de darle sentido y dirección a mi vida a pesar de las cosas difíciles que he atravesado, de las tragedias cotidianas que compartimos y del desolador estado del mundo.
Para decirlo sencillamente: jamás pensé que me volvería a sorprender tanto como si tuviera 8 años y estuviera leyendo a Michel Ende por primera vez o descubriendo a Hitchcock como protocinéfilo mamador adolescente. Hay historias que entretienen, que preguntan o reordenan al mundo, algunas cuantas dan sentidos nuevos a los sucesos, a las cosas y a quienes las oyen pero sólo unas pocas, a lo largo de mucho tiempo, logran todo lo anterior mientras descubren algo que, de tan viejo parece que nunca había sido dicho.

¿Qué se puede decir (que no se haya dicho ya) sobre el manga (cómic) que, desde 1997, dibuja y escribe semanalmente Eiichiro Oda en las páginas de la revista Shonnen Jump? ¿O qué puedo añadir sobre la entrañable adaptación al anime (caricatura o serie animada), a cargo del estudio TOEI, que lleva poco menos de treinta años conquistando audiencias en todo el mundo (y cuyo fin no se sabe muy bien cuándo será), ni qué agregar sobre la increíble adaptación producida recientemente por Netflix y protagonizada por seres de carne, hueso y CGI. ¿Qué más se puede decir? Pues todo, absolutamente todo. Ahí radica gran parte de su magia, que siempre queda un nuevo aspecto, ángulo, tema o universo por descubrir dentro de ella.


Decir que lloré viéndola es poco. Decir que reí viéndola es poco. Entre llanto profundo y alegres carcajadas, entre emocionantes peleas e indignantes circunstancias, entre grotescos chistes y poderosas reflexiones, descubrí combinaciones emocionales que ni siquiera sabía que son posibles.
Los personajes de este legendario manga son verdaderamente entrañables, no me refiero a su treintena de protagonistas solamente, me refiero a sus más de 300 personajes, cada cual con pasado, motivaciones, contradicciones, creencias y sueños. Abominables, esperanzadores, repugnantes, conmovedores, contradictorios y sorprendentes, una verdadera cátedra sobre creación, presentación y desarrollo de personajes (aprende algo Hollywood), hilación de tramas, construcción de alegorías y coherencia y consistencia temáticas.
Por si fuera insuficiente, cualquier reseña de la anécdota que narra One Piece hace poca justicia a su contenido: “un joven con el sueño de ser el rey de los piratas recorre el mundo junto a los amigos que hace en el camino” o “un grupo de amigos navega entre peligros constantes luchando por sus sueños”, hasta suena cursi ¿verdad? Quizá… “en un mundo complejo y diverso, diferentes clases de poderes en constante pugna luchan por el control del destino humano”, no, no, muy abstracto. Qué tal… “el sueño cíclico y eterno de la humanidad por alcanzar la libertad y dominar su poder”, quizá demasiado grandilocuente… o no. Con todo, se trata de una historia que abarca cada una de las anteriores y mucho más.
One Piece es la clase de obra que trasciende fronteras, religiones, visiones políticas, edades, es la clase de historia que se seguirá discutiendo por décadas y, sin exagerar, es la clase de historia que hace Historia.
Debo confesar que en esta vida lo que más me gusta es experimentar, conocer, entender y que eso me ha llevado a saltar de asunto en asunto, de medio en medio, vaya, me gusta vivir de forma ecléctica. Un poco de rock, un poco de jazz, un poco de punk… igual no creo ser el único, me parece que es una tendencia generacional y que vivimos en la mejor época posible para ser así. Apasionarse por la variedad, la vastedad de lo que el mundo tiene para ofrecernos es un deleite constante.
Por esto mismo, jamás pensé que me volvería fan, fansísimo de algo. Estacionarse obsesivamente en un estilo o forma por mucho tiempo, dejar que defina quien soy o qué pienso o cómo veo al mundo por completo es algo que no me había sucedido nunca con tanta intensidad. Aprecio las obras por lo que son, trato de entender cuándo se hicieron, de dónde vienen, qué pretenden, qué necesidad les dio origen, cómo y desde dónde hablan y a quién, para qué sirven, a quién sirven. Aprendo, asimilo, agradezco y me muevo a lo siguiente. Soy la clase de persona que prefiere conocer lo mejor de esto y aquello a profundizar en rarezas, lados-b y envivos de un mismo, único, monolítico asunto. La super-hiper-mega-especialización me da tanta urticaria que jamás pensé que me volvería fan de nada.
No sólo fan, verdaderamente fanático de algo en el sentido más amplio. Una persona que voluntariamente se uniría a un club alrededor de x o y, que consideraría adquirir mercancía basada en, que se querría tatuar alguna referencia de o que escribiría textos evangelizando sobre (¿Tiene un minuto para hablar de la palabra de nuestro señor, Monkey D. Luffy?).
Jamás pensé que me autodenominaría nakama, compañero en japonés, palabra con la que el fandom de One Piece reconoce a sus miembros.
Pero aquí estoy, casi un año después escribo estas palabras bajo la bandera que he puesto en el techo de mi sala, el símbolo de los mugiwara (sombreros de paja): en ella aparece la clásica calavera pirata: dos tibias cruzadas bajo un cráneo pero, a diferencia del símbolo clásico de otros piratas, ésta parece menos seria, los trazos son redondos, de tan amigables hasta bobos, y encima, porta un sombrero de paja. Este símbolo me recuerda tantos momentos, tantas ideas pero, sobre todo, me da empuje y reaviva mi esperanza. No soy el único, mientras escribo esto, en Indonesia esta misma bandera está a punto de ser prohibida por el gobierno debido a que su población la ha retomado como un símbolo de protesta y esperanza contra el posible regreso de un control militar y oligárquico en el país; por si fuera poco también saltó a la vista siendo ondeada durante las marchas pacíficas en Nepal cuya violencia escaló hasta derrocar a su gobierno; encima, las manifestaciones recientes en Francia por la pretensión de recortar jubilaciones también han marchado con algunas de estas banderas. Combaten poderes diferentes por distintas causas pero bajo ideales similares: libertad, resistencia y lucha. ¡Fuerza, nakamas!.


¿Que no es relevante esta historia? Veamos:
Mientras que sus símbolos aparecen en movimientos de insurrección actuales, al mismo tiempo algunos de sus fans desean una colaboración con Nike para una línea de tenis basados en algunos de sus personajes. No es un grupo muy homogéneo que digamos.
En este punto, son numerosos los deportistas y futbolistas (de Grecia, Colombia, Italia, USA, Senegal, etc.) que han celebrado sus triunfos haciendo algún gesto o postura alusiva a la serie, y que la reconocen como fuente de inspiración infranqueable para sus logros; equipos y clubes enteros han incluido de manera oficial a sus personajes en su vestimenta.

Algunos de sus fanáticos más visibles son Dua Lipa, Samuel L. Jackson, Avril Lavigne, Jamie Lee Curtis, BTS, Emmanuel Macron, presidente de Francia, y hasta Belinda.
Para finales de la década de los 2000, con más de 100 tomos del manga publicados, una serie animada, 15 películas y especiales, y cientos de miles de fans en el mundo, se reconoció como el manga más popular en Japón (cosa nada sencilla de lograr).
Ha roto varios récords mundiales del libro Guinness: mayor número de copias publicadas de una serie de cómics por un mismo autor (516,000,000 de copias en todo el mundo), mayor número de DVD lanzados de una serie de anime, mayor cantidad de personas con sombreros de paja en un mismo lugar.

Lo sé, lo sé: hay muchos adultos y adultas con “intelecto superior” dentro y fuera del mundo de las letras, y las artes en general, en las ciencias exactas y las profesiones administrativo-económicas o las pasarelas de la popularidad y el poder que no se permitirían perder el tiempo en nimiedades banales como un anime “para niños”.
Los Junkies del “realismo” panfletario en la ficción (desde cualquier grupo de ideas) son incapaces de imaginar o aceptar realidades imposibles a pesar de venir envueltas en la certeza de ser una historia imaginada, un mero artificio para dar orden a lo que existe en el terreno de lo que no. Historias como One Piece, que desarrollan un mundo imposible y no realista, hablan de este, nuestro mundo, de manera más profunda de lo que nos permite la ingenua pretensión de “representar la verdad tal cual es” (¿La verdad de quién? ¿Cuál de todas las verdades?).
Pero que con su pan se lo coman, no tienen remedio. Me dan tristeza y les aconsejo nunca ser así a quienes no se han visto poseídos o cegados por el adultocentrismo vengativo. Es petulante, infértil y verdaderamente infantil juzgar una historia por el medio que la contiene. Esta gente se está perdiendo de una experiencia única, del viaje de sus vidas, de una obra bellísima y profundamente humana. Me dan lástima. Sus prejuicios les impiden acceder a una excelente pieza trági-cómico-melodramática-fársica de aventuras terrorí-fantásticas retrofuturistas político-espiritual transcultural o, en palabras más breves y simples: la épica de nuestra era.
Vaya, que es casi como vivir en la antigua Roma y negarse a escuchar una declamación de la Eneida por superficial o mandar a callar al juglar que está por contar la historia de un loquito imbécil que quiere enderezar tuertos combatiendo molinos de viento en una historietucha irrelevante. No, no, a mí dame Horacio y Góngora, eso sí es alta cultura trascendente y de buen gusto.
Y para su infinita decepción y más INRI: podemos identificar intertextualidad entre One Piece y diferentes obras literarias, musicales, cinematográficas, leyendas, tradiciones filosóficas, religiosas y políticas, orientales y occidentales: Twain, Shelley, Defoe, Akutagawa, Lee, Cervantes, Dostoievski, Lao Tse, Sun Wukong, Sergio Leone, Kurosawa, Swift, Goethe, Poe, Las mil y una noches y un largo, enmarañado y remixeado etcétera. No funciona como un inevitable fenómeno de genética cultural si no como un generoso ejercicio de apropiación de la voluntad, temas, tópicos y preguntas de las narrativas que nos anteceden y que han dado forma al mundo.
One Piece es una historia para cualquier persona, dirigida a todo el mundo. En muchas ocasiones, la ficción que con mayor justicia, entereza, profundidad y complejidad retrata, piensa y transforma al mundo es aquella que renuncia a la representación “objetiva” de la “realidad”.
Criaturas míticas, seres de ultratumba, animales antropomorfizados, cyborgs, espías, magos, dinosaurios, ninjas y leyendas, toda clase de ficción y realidad está invitada a sumarse a este colorido entramado. Pocas veces he visto retratada, sin más, la compleja interconexión e interdependencia que como especie(s) experimentamos en esta universo.
Algo muy bello de este canto épico, de esta historia de la historia y de las historias es la comprensión profunda de que cada uno de nosotros, cada persona, con su temperamento, inclinaciones, manías y preferencias, tiene motivaciones e historias, un pasado por el cuál o contra el cual luchar. Cada persona tiene poder independientemente de la percepción y prejuicios de otros, un poder personal, intransferible y único que puede elegir ignorar o ejercer. En ocasiones limitado o absoluto, circunstancial, condicionado, aún desconocido, potencial… cada cual es también sus posibilidades y elecciones.
Si no pueden darle crédito a mis palabras, dénselo a este estudio (inexistente y apócrifo) de la universidad de Harvard:
“87% de Gen Z y Millennials dicen que One Piece les enseñó más sobre amistad, libertad y resiliencia que cualquier otro anime.
La Voluntad de la D. ya es la ideología ficticia más poderosa para los jóvenes, por encima del Código Jedi y hasta el lema de Spider-Man”
Y aunque este es sólo un anhelo materializado en la escritura de ociosos soñadores, pone de relieve lo más importante: la trascendencia de esta obra en la vida de tantas personas.
No sólo se trata de un “nicho de mercado” o un “fandom” si no de una comunidad de sentido que ha encontrado en este espacio de ficción la inspiración para luchar por sus sueños, resistir la injusticia, combatir la tristeza, enfrentar la incertidumbre, aceptar lo irremediable, abrazar la contradicción y autodefinirse en un mundo que desea imponernos identidades, normas, ideologías, hábitos y sí, también sueños.
One Piece inspira y mucho. Baste ver la ingente cantidad de materiales, obras, contenidos que derivan de la serie: cantautores produciendo coplas sobre sus personajes, testimonios de cambios de vida, análisis políticos, filosóficos y religiosos (muchas veces encontrados entre sí: “por qué One Piece es Anarcocapitalista”, “por qué One Piece es Comunista”), convenciones de cosplay, eventos deportivos, en fin, un largo etcétera que cualquiera puede constatar asomándose a la plataforma de su preferencia.
Para mí no se trató solamente de un consuelo, se trató de una confrontación total que me transformó por completo y por la que siempre estaré profundamente agradecido. A mí también me salvó esta serie y quisiera que más personas la vean porque creo que hace un gran bien al mundo a nivel personal y colectivo.
¿Que tiene más de mil capítulos? Sí. Y si tuviera mil más los vería todos. Luego de atestiguar este tamaño de belleza me pregunto por qué perdí el tiempo viendo cualquier otra cosa.
Ya no me dio tiempo de contarles una sola anécdota de la serie pero ni falta que hace. Hay muchísimo que no mencioné. Es increíble que queden tantas preguntas y misterios aún por resolver en esta saga. En ocasiones provoca una sensación de nostalgia saber que lo más probable es que, llegado el final de esta historia, no alcancemos a asomarnos por todo lo que aún podría ser contado. Un mundo vasto, complejo, hermoso al que su autor ha dedicado su vida (por momentos, poniendo neciamente su salud en riesgo al negarse a descansar). Un viajero curioso, amante de la vida e incansable narrador. Oda es, a todas luces, un genio. Uno a la altura y entre las mejores plumas en el mundo.
Vaya, si quedara inconclusa esta obra es, desde ya, un clásico contemporáneo. Es la historia que salvó a la revista Shonen Jump de la extinción, la que inspiro Naruto, Demon Slayer y tantos otros mangas, la que le ha dado sentido a las luchas de personas tan diferentes entre sí alrededor de todo el mundo. Es ,quizá, una gran pregunta hecha de preguntas y, sin duda, una de las afirmaciones más importantes para nuestros tiempos.
Sólo queda hacer la atenta invitación a disfrutar de la inofensiva historia de un joven con un sueño: convertirse en el rey de los piratas.




