Expediciones amazónicas, Inc.
Aterrizaron en el aeropuerto de Iquitos un mediodía de diciembre que sintieron extremadamente caluroso, sobre todo porque el aeropuerto era pequeño y tuvieron que caminar del avión al andén. Luego de recoger sus maletas en la banda, notaron que los guías ya los esperaban atentos y serviciales con uniformes y tags con los logos de la compañía para enlazarlos en sus maletas. Una vez que cada quien tuvo en sus manos su equipaje etiquetado, los guías acompañaron al grupo, todavía difuso –no se reconocían aún entre ellos–, a unas camionetas negras, tres en total, también con el logo de la compañía. Después de recorrer un trayecto de treinta y cinco minutos, llegaron al centro de Iquitos donde todos, incluyendo los guías, comieron en La casa de hierro. El restaurante estaba a una cuadra de la plaza principal, y era notable por estar alojado en un edificio construido en el siglo XIX por Gustave Eiffel. Según el sitio web del restaurante, la casa había sido construida y desensamblada en Bruselas para luego ser transportada en barco hasta el Amazonas peruano. Extravagancias o despliegues civilizatorios así no eran raros en el Perú. Está también el Yavarí, el barco de hierro construido en Inglaterra en 1862 que se transportó desarmado hasta Puno y que todavía flota sin propósito visible en el lago Titicaca. La casa de hierro fue concebida en ese metal con techos de zinc para resistir al clima. Sin embargo, la estructura no resultó ser lo ideal para el calor húmedo de la selva tropical, y a pesar de la más de una docena de ventiladores girando en sus techos, los comensales sintieron que el calor ahí dentro era menos tolerable que afuera.
Después de degustar un menú en tres tiempos que incluía opciones veganas y gluten free, los guías les dieron a los turistas un paseo por Iquitos en las camionetas. Llegaron hasta el moderno Puente Nanay que se había terminado de construir a finales de la pandemia. Esta obra maestra de ingeniería (como La casa de hierro de un siglo antes), conectó a Iquitos cruzando el río con San Antonio del Estrecho en la frontera con Colombia. Los turistas se bajaron en el poco transitado puente a tomar fotos, y después de unos diez minutos, los guías los invitaron a volverse a subir para conducirlos a la Terminal Fluvial. Ahí ya los esperaban las lanchas que los llevarían a su Molly-Aida.
Los quince viajeros se embarcaron rápido y emocionados. Gabriel fue el último en subirse, porque el joven había descubierto los murales de la entrada de la Terminal y no podía dejar de mirarlos. Las imágenes conmemoran ambiguamente el cuadringentésimo octogésimo aniversario del descubrimiento del Amazonas y combinan etnografía de la Amazonía con misticismo selvático. En el primer muro, Gabriel vio a Francisco de Orellana con un bergantín a modo de sombrero y, frente a él, creaturas místicas cuya simbología evadió al joven: un colibrí, una serpiente, una mano sosteniendo un tipo de diamante girando, un monje sosteniendo un cazo humeante. En otro de los muros, está representada una familia de indígenas con vestimenta contemporánea, con una anaconda a sus pies y el río de trasfondo, con una barca llevando a bordo una iglesia. En un tercer muro, Gabriel reconoció a españoles navegando hacia la orilla del Amazonas acompañados por esclavos e indígenas; en tierra firme ya los esperan los pueblos amazónicos armados, listos para resistir. La parte de más sensibilidad amazónica de la composición está pintada en tonos verdes y rosados; las plantas de la selva brillan fluorescentes, como visiones de lo que Gabriel se imaginaba que genera la ingesta de ayahuasca. El muchacho se fijó que los murales estaban firmados por “Iker, Nebur, Candiño”, y supuso que se trataba de artistas amazónicos. De todo el conjunto, una figura en particular le llamó mucho la atención: en la parte central de la composición del tercer muro, Gabriel descubrió un indígena con un tocado de flores rojas y amarillas y un manto rojo cubriéndole la cadera. Se quedó observando largamente la figura hasta que sintió que le devolvió la mirada durante una fracción de segundo; se le aceleró el corazón. Por fin oyó el llamado de Rosario que ya se había cansado de gritarle y se apresuró a embarcar.
El Molly-Aida esperaba a sus viajeros junto con los miembros de la tripulación alineados e impecables en la popa, sonriendo a los viajeros. Ya estaba todo listo para partir. Si bien el barco tenía capacidad para treinta viajeros, sólo iba a la mitad de su capacidad. Con ellos viajarían seis guías bilingües formados en primeros auxilios y bien sazonados en introducir a extranjeros a la selva, dos capitanes con conocimientos técnicos en caso de improbables fallas mecánicas del barco, un administrador, un chef con cuatro cocineros y un pastelero, además de cuatro señoras encargadas de hacer la limpieza. Para asegurar la experiencia de lujo del viaje, la compañía optaba siempre por contratar para cada viaje más empleados que los turistas.
El barco de cuatro pisos tenía camarotes como suites en el primer piso. El comedor se encontraba en la popa del segundo piso y en el tercero, había una sala de juegos, bar y jacuzzi al aire libre. Lo más importante era que por la nave circulara constantemente aire acondicionado. Pocos extranjeros toleraban la fuerte humedad de la selva, y la empresa se había dado a la ardua tarea de comisionar a los fabricantes del Molly-Aida una perfecta burbuja modernista con instalaciones de primera en la que se respirara aire seco a una temperatura constante de 20 grados. El barco llevaba, además, seis lanchas en las cuales los viajeros harían paseos de un promedio de seis horas durante los cuatro días del viaje, conociendo la flora, fauna y algunos habitantes locales y sus comunidades.
Los viajeros estaban citados para cenar una hora y media más tarde. Gabriel y Rosario estaban alojados en un camarote de ocupación doble al fondo del primer piso. Ahí ya los esperaban unas trufas de cacao amazónico espolvoreadas con polvo de hibiscus, botellas de agua mineral y rebanadas frescas de maracuyá, cortesía de la compañía. Gabriel, emocionado e impaciente, aventó su maleta sobre la cama y corrió a recorrer al barco de proa a popa y sus tres pisos. No encontró la manera de acceder al piso -1, que estaba reservado para la tripulación. Acudió a presentarse con el capitán.
Tenía muchísima ilusión de hacer este viaje, desde pequeño soñaba con el río y su selva, leía sobre su flora y fauna, conocía la importancia del Amazonas como la aorta del planeta. A la hora de planear el viaje, había urdido un plan secreto para manifestar de alguna manera la unión de las luchas de los pueblos amazónicos con la del pueblo palestino. En ese momento, los palestinos de la Franja de Gaza llevaban varios meses asediados por Israel. Después de un ataque contra ciudadanos israelíes sin precedentes por parte de los milicianos de Hamas, Israel se había ensañado contra los gazatíes a una escala sin precedentes e inimaginable para muchos. Gabriel no estaba seguro de cómo expresaría la unión de la lucha Palestina-Amazonía, pero entre sus cosas, llevaba una kufiya y otras parafernalias palestinas que se había comprado en la última marcha a la que había asistido en la Ciudad de México. Estaba muy consciente de que el Amazonas está atrapado en una espiral de muerte que podría terminar en su transformación en una sabana sin árboles. A Gabriel le daba vértigo pensar que, si el Amazonas perdiera para siempre su vegetación, sería un tipo de Nakba, porque las víctimas – unas 40 millones de personas – vivirían una vez más el fin de sus mundos. Pueblos originarios, sus descendientes y los afrodescendientes, son vulnerables a incendios que pueden transformar todo su ecosistema en cenizas, de igual manera en que el bombardeo de Israel contra Gaza está también reduciéndolo todo a cenizas. Gabriel llevaba un tiempo dándole vueltas a la idea de que el presente está hecho de dos emergencias: una planteada por el supremacismo blanco y su imperialismo neofascista entrecruzada con la de la emergencia climática. Todavía no había expresado estas ideas a su mamá porque temía preocuparla.
Rosario, a su vez, se sentía satisfecha de poder ofrecerle a Gabriel ese viaje que tanta ilusión le hacía. Ella también estaba encantada, y los intercambios con Gabriel de sus primeras impresiones del barco estaban impregnados de referencias compartidas a Werner Herzog, Horacio de Quiroga, César Calvo, Ciro Guerra, Mario Vargas Llosa y los reportajes de Eliane Brum.
“Nuestro Molly-Aida es mucho más pequeño que el de Fitzcarraldo”.
O,
“¿Te fijaste que las casas de pilotes debajo del puente moderno que eran la forma principal de vivienda en el Iquitos de Fitzcarraldo parecen estar ya la mayoría en ruinas? ¿Seguirán habitadas?”
Durante la comida en La casa de hierro, Gabriel le había leído a su mamá pausadamente las cinco primeras páginas de Las tres mitades de Ino Moxo donde César Calvo nombra plantas y animales del Amazonas. Sin decirle nada a su mamá, Gabriel hizo lentamente la lectura con la conciencia de nombrar para honrar las ausencias, ya que la lista de César Calvo era de los ochenta y, en casi cincuenta años, la biodiversidad había mermado considerablemente. Eso también preocupaba mucho a Gabriel.
Durante la primera cena a bordo, Rosario tuvo la oportunidad de fijarse en cómo estaba conformado el grupo de viajeros. En la esquina derecha del fondo, llegó a sentarse una típica familia de americanos –de Grand Rapids Michigan, le anunciarían más tarde— con tres hijos adolescentes un poco más grandes que Gabriel, quien celebraría su cumpleaños número dieciséis durante el viaje. En la mesa de al lado de los gringos y atrás de Rosario y Gabriel, se extendía una ruidosa familia conformada por Lily, la matriarca de unos ochenta años. Por el tipo de interacciones que llegó a tener con ella durante la travesía, Rosario llegó a suponer que padecía Alzheimer. Eran vecinas de camarote y cada vez que se encontraban en los pasillos, Lily la abrazaba cariñosa, le ponía la mano sobre la mejilla y la llamaba “Raquel” y le preguntaba por su Nichi. Rosario nunca la corrigió. A pesar de su enfermedad, Lily aparecía siempre impecablemente vestida, peinada y maquillada, bellísima y arreglada a la moda juvenil de un par de décadas atrás. Con ella iban sus dos hijos: Moisés, un artista visual que viajaba con su esposa, la guapa actriz Ilse Cosío –Rosario la había reconocido por las películas independientes que había protagonizado – y su hijo de ocho años Pascual. Los acompañaban la hermana de Moisés, Nathalie, con su esposo israelí Boaz, y sus dos hijas de nueve y cuatro años, Galit y Alma. El grupo se completaba con la familia conformada por Karen, Daniel y su hijo Alberto que estudiaba economía en una universidad privada en la Ciudad de México.
Durante la primera cena, Rosario no pudo dejar de observar a las cuatro atractivas mujeres del grupo y hacer notas mentales sobre su apariencia. Ya que Gabriel estaba absorto devorando Ino Moxo mientras comía lentamente los platos que le iba trayendo el mesero, Rosario aprovechó para ensimismarse en sus reflexiones. Mientras que Karen lucía ropa deportiva ceñida, exhibía una esbelta silueta, un bronceado de quien vive permanentemente de vacaciones; pestañas infinitas, labios carnosos y pómulos angulosos. Rosario no lo sabría, pero Karen también se había hecho un aumento de pecho y rinoplastia. Aunque no eran familia, Rosario veía un parecido interesante entre Karen y Nathalie: ambas tenían los labios gordos y los pómulos prominentes, el reborde mandibular muy bien definido. Notó que la figura de Nathalie no era muy esbelta y vestía con ropa holgada y crocs –su hija más joven tenía cuatro años- y Rosario pensó que una se tarda en recuperar la figura y al yo. Cada vez que la veía sonreír, a Nathalie le fruncía la respingada nariz, creando unos pequeños pliegues cerca de los ojos. A Rosario le intrigó que la frente de ambas mujeres no tuviera movilidad y que sus rostros carecieran de líneas de expresión.
Al estarlas observando, no pudo evitar sentir una conciencia poco usual para ella de su propio cuerpo. Se dedicaba a la academia y la preocupación por la apariencia física le parecía una nimiedad. Sin embargo, al mirar a estas mujeres y encontrarse fascinada, se sintió hinchada, arrugada, con el rostro cansado, el cuerpo adolorido. No lo sabía, pero, por su edad, sus niveles de colágeno habían comenzado a disminuir haciendo que se hiciera flácida y se descolgara su piel, dándole la apariencia de estar crónicamente cansada o triste. La falta de colágeno también le causaba dolor de cuerpo, una sensación de artritis que no se le quitaba con aspirinas.
Rosario siguió comiendo y observando a las mujeres con toda la discreción de la que era capaz. Le pareció que Ilse, la más joven, aparentaba una naturalidad anómala. Notaba que su rostro exhibía tratamientos y cierta homogeneidad en su rostro, como si ya la hubiera conocido antes. Algo que no podía poner en palabras. Su aspecto era fantástico, tenía muy buena cara, se le veía cuidada y saludable. Rosario tampoco lo sabría, pero Ilse había comenzado a hacerse tratamientos de belleza desde sus veintipocos y con un enfoque preventivo. Esperaba no perder naturalidad en su apariencia y frenar los signos futuros de cansancio y flacidez. Para no cambiar su expresión, desde hace años se dejaba inyectar regularmente estimuladores de colágeno y aplicar técnicas sutiles de armonización facial.
Rosario dedujo que Lily se había hecho procedimientos estando en sus cuarentas, unos treinta y algo años atrás, y supuso que la medicina estética de entonces se enfocaba en reponer volumen y rellenar arrugas de manera directa y sin haber tomado en cuenta la estructura del rostro. Aunque Lily le pareció muy atractiva, con unos ojos enormes y azules, su rostro no se veía muy natural porque sus facciones se veían alteradas.
Cuando llegó el plato principal a sus mesas, Ilse descubrió a Rosario observando con detenimiento a Karen. La interpeló y le recomendó hacerse tratamientos para estimular el colágeno y frenar el envejecimiento. Le sugirió la radiofrecuencia Thermage, el láser fraccional o microneedling, también que pidiera que la infiltraran con bioestimuladores y ácido poliláctico. “No quieres quedar con Instagram Face como mi cuñada. Háblale a mi doctora, vas a quedar di-vi-na”, le dijo con discreción y complicidad. Mientras continuó con una micro disertación sobre los trends en cirugía estética, tomó su celular, lo puso frente al suyo para atrapar su contacto y en dos segundos le mandó los datos de su esteticista. “Búscala de mi parte, Ilse Cosío”. Rosario le sonrió con una amabilidad pudorosa y pensó en la paradoja de una belleza con el sospechoso referente del canon caucásico como horizonte normativo. Y la diferenciación estética como perteneciendo al mismo régimen de significado que las bolsas y zapatos de diseñador (pero más, las bolsas): como signo de pertenencia a cierta clase social y tribu.
Al terminar la cena, aparecieron los dos capitanes para darles la bienvenida a sus huéspedes. Les leyeron las reglas del barco, les anunciaron que al día siguiente amanecerían en la Reserva comunal de Ayacucho, les describieron el itinerario y los invitaron a subir a la sala de juegos-bar de cubierta para pasar el resto de la velada. Luego les presentaron al chef, Nampa, quien les expresó que era un placer cocinar para sus invitados. Nampa venía de una tribu waorani de la amazonía ecuatoriana, de la legendaria tribu que fue la última en haber sido contactada por la cultura occidental. Había trabajado unos años en un restaurante de cinco estrellas Michelin en Francia, y estaba ahorrando para abrir su propio restaurante en el Perú.
Una vez que los invitados agradecieron y aplaudieron los maravillosos platillos de Nampa, los capitanes les advirtieron que tenían que estar listos a las cinco a.m. del día siguiente vestidos con pantalón y manga larga, botas de trekking, gorras, mucho bloqueador y repelente de insectos, y llevando los termos que les regalaba la compañía llenos de agua. Harían su primera excursión en las lanchas para mirar la fauna y, si tenían suerte, pescar pirañas.
El primer día, Gabriel y su mamá estuvieron felices. Les tocó compartir guía y lancha con Karen, Daniel y Alberto. Daniel les contó que tenía un próspero negocio de textiles quirúrgicos desechables. Gabriel susurró discretamente a su mamá que seguramente se había llenado los bolsillos en la pandemia. Durante el paseo vieron a seis osos perezosos colgados de los árboles. Se acercaron a la orilla de un poblado pequeño, en realidad un conjunto de casas, donde un niño les mostró una anaconda bebé. Luego de que los turistas tomaron fotografías del niño y la serpiente, Juan le dio una propina al chico y siguieron su camino. Vieron monos araña, aves, más perezosos. Entre todos, lograron atrapar once pirañas pequeñas y las regresaron enseguida al río. Durante el paseo, Juan les contaba acerca de las costumbres de los animales, datos sobre las comunidades que habitaban la zona, les daba información sobre los productos que se cultivaban o cosechaban allí, como la yuca y el camucamu. También les contó de un triste caso reciente que ejemplifica cómo entre las tribus siguen vivas las supersticiones. Resulta que un habitante de un pueblo por el que pasarían al día siguiente había perdido a su madre por una tuberculosis. Entonces, acudió al curandero para preguntarle quién lo había matado y le respondió que había sido una obra maligna de su sobrino, el hijo de su hermano de once años. Furioso, el hombre le pidió a su sobrino que lo acompañara a sepultar a su abuela paterna. Encontraron un lugar en un cementerio improvisado a la orilla de su pueblo, y se pusieron a cavar. Después de depositar los restos de la anciana, el hombre ató de pies y manos al niño y lo puso dentro de una bolsa negra de rafia. Lo sepultó vivo porque estaba convencido de que el niño había matado a su abuela. Al no aparecer el niño, y por las explicaciones confusas que el hombre dio en casa, sus familiares decidieron buscar al niño y lo encontraron enterrado semivivo. Los viajeros se sorprendieron, indignaron y entristecieron con la historia. El guía cambió de tema y les contó del aocaro, el ave del Amazonas que pone varios nidos por cría. De sus huevos, sale una larva de la cual se alimentan los abejorros. A Gabriel ya le había empezado a interesar la simbiosis como fenómeno que explica la interdependencia planetaria, y tomó nota sobre el aocaro en su celular para buscar después más información en internet.
Rosario alternaba admirar el paisaje con espiarlo a través de la pantalla de Daniel, quien iba sentado delante de ella. Tenía la sensación de ver el paisaje más nítido y mejor iluminado en la pantalla del iPhone de su vecino que con sus propios ojos. “¿Serán mis ojos o es que el celular mejora la imagen? ¿Qué la pantalla es superior a mis ojos y mi miopía me impide ver la total nitidez y perfecta iluminación del paisaje?”, pensó.
Cuando Gabriel oyó la descripción del guía sobre la vida y costumbre de los perezosos, pensó que los humanos contemporáneos vivimos igual que los perezosos. Estos animales siempre están intoxicados por la hoja del manglar rojo de la que se alimentan y que les hace efecto como si fuera Valium. Es así que pasan todo el día atontados en la copa de su árbol favorito. Gabriel anotó en su celular: “Humanos = perezosos: Intoxicados de azúcar, videojuegos, Rivotril, Tafil, sedentarios y desconectados del entorno y de los demás”.
Esa noche era la nochebuena y los pasajeros estaban convocados a cenar a las siete en punto vestidos de gala. No importaba que la mitad de los viajeros, conformada por las otras dos familias mexicanas no festejaran la navidad. No obstante, el chef había preparado un gran festín con pavo, bacalao y viandas amazónicas: paiche en hoja de plátano, pan de yuca, crema de copoazú, un pastel de chocolate gigante y galletas navideñas de cinco tipos diferentes recién horneadas. A Gabriel le pareció importante conmemorar la masacre de Gaza durante la celebración; el barco daba una hora al día gratis de internet y había leído en su celular que un bombardeo aéreo israelí sobre el campo de refugiados Al-Maghazi en el centro de Gaza había matado a por lo menos setenta ciudadanos enterrando a decenas entre las ruinas de concreto. Después de dos meses y medio de asedio, los hospitales de la Franja estaban rebasados, y las enfermedades infecciosas se habían empezado a esparcir por toda la población gazatí. Mirando a los habitantes de las comunidades del Amazonas, desde su barco, Gabriel pensaba en las petroleras y sus construcciones de ciudades en los campos petroleros, en las miles de hectáreas de bosque despejado para construir carreteras; en las epidemias de cáncer entre los pobladores del Amazonas. Pensaba también en la destrucción masiva de las ciudades y campos de la Franja de Gaza.
Rosario y Gabriel se dirigieron al comedor unos minutos después de las siete por haber estado en una llamada con los abuelos de Gabriel para desearles una feliz navidad. Gabriel había decidido ponerse su playera de sandía y portar en el cuello una kufiya, símbolos de apoyo a la resistencia palestina y de denuncia del genocidio en Gaza. Entraron al comedor tomados del brazo, sonriendo, con el día de paseo en lancha por los recovecos del Amazonas aprendiendo nombres de pájaros, plantas e insectos impregnado en sus seres. Aunque los guías no les habían hablado de sequía, extinción, hambruna, enfermedades en la zona, las vistas prístinas que les había brindado el paseo les habían funcionado como un bálsamo a su angustia perenne por los efectos del cambio climático y el extractivismo. Entraron al comedor con ánimo festivo y se dirigieron a su mesa donde un mesero estaba a punto de colocar sus entradas y otro se disponía a servirles las bebidas. De pronto, sintieron las miradas del resto de los comensales clavarse en ellos. Se sentaron incómodos, sobre todo Rosario, y empezaron a comer sintiendo tensión alrededor suyo. Cuando los meseros retiraron sus platos y los invitaron a servirse el postre de la generosa mesa del buffet, nadie en la sala se levantaba excepto los americanos que, mirando de reojo a Gabriel, pasaron a servirse generosas porciones de pastel de frutas y galletas. Rosario se volteó hacia la mesa de Daniel y su familia, le tocó el brazo a Karen y le ofreció una mirada conciliadora buscando entendimiento de mamá de adolescentes. Karen le devolvió una sonrisa penosa y rechazó la conciliación con su lenguaje corporal. Gabriel hervía de furia e indignación por dentro, pero otra mirada de su mamá detuvo su ímpetu de levantarse a dar un discurso sobre la situación de genocidio de los pueblos del Amazonas y de la Franja de Gaza. Lily se levantó por el postre ajena a lo que estaba ocurriendo, no sin antes pasar a todas las mesas a desearles a los viajeros una feliz navidad. En ese momento, el capitán de meseros se plantó delante del buffet con una botella de champán que abrió de golpe con un sable a la francesa y empezó a servirla en las copas de los viajeros. Propuso un brindis navideño y todos levantaron sus copas. Gabriel se fue a tomar un trozo de pastel y unas galletas que puso torpemente en una servilleta de papel y salió intempestivamente del comedor. El pequeño Pascual agarró también un puño de galletas y salió corriendo detrás de Gabriel. Rosario suspiró entre aliviada y consternada. En ese momento, entró el segundo capitán a anunciarles que estaban llegando a la Reserva Nacional de Pacaya-Samiria y que durante la noche arribarían al río Yanayacú, donde se localiza la comunidad 20 de enero. Allí, al día siguiente, la tripulación y los viajeros llevarían a los habitantes de la comunidad regalos de navidad. La compañía ya tenía los regalos, pero les aconsejó a los viajeros llevar efectivo, de preferencia en dólares, como regalo sugerido.
Tímida y perturbada, Rosario deseó buenas noches a quien la quisiera escuchar en el comedor, y subió a la administración para que le cambiaran un billete de cien dólares en unidades para repartirlas entre los niños de la comunidad que visitarían al día siguiente, y se regresó a su camarote. Se lamentó de que se hubiera generado un cisma entre los viajeros, en que ella y Gabriel habían pasado a ser, a ojos de los otros, personas que no eran de su tipo. Si en las relaciones sociales contemporáneas se imita al sistema burgués con el que la gente clasifica el trato entre unos y otros, pensó, puede ser que el otro sea mi tipo pero yo no el suyo, o yo el suyo, pero él no el mío, o que somos el uno para el otro, o en el que uno no puede ver al otro ni en pintura. En este sistema, todas las formas de trato están concebidas ya como reglas obligatorias y preestablecidas, y que cualquier conducta particular distinta a la habitual entre los similares, tenía que acomodarse un poco al otro. Sin embargo, había claros límites preestablecidos entre esa diferencia. Y ahora, al pasar delante de “los otros”, ella y Gabriel se habían convertido en personas que habían dejado de ser “de su tipo”. O peor. Mientras tanto, Gabriel y Pascual se habían encontrado en el cuarto de juegos en la cubierta, y pasaron un rato jugando backgammon. El barista les servía refrescos de toronja y cacahuates salados y cuando se hartaron, corrieron por sus trajes de baño y se tiraron un rato en el jacuzzi. Al encontrar vacío el camarote, Rosario se puso la piyama y se acostó con un libro cuyas páginas iluminó con la luz de su celular. Al pasar unas cuantas páginas, cayó profundamente dormida. A eso de las diez de la noche, subió Ilse a buscar a Pascual, Gabriel los siguió y se fueron todos a dormir.
A la mañana siguiente, Gabriel no se levantaba todavía cuando Rosario salió a desayunar. En el camino fue interceptada discretamente por el segundo capitán, quien la invitó a pasar a su oficina. Con toda la diplomacia de la que era capaz, acumulada después de años de trabajar en la industria peruana de turismo, el capitán le explicó que algunos de los otros viajeros le habían expresado la noche anterior su extrema mortificación por los símbolos terroristas y antisemitas que había portado Gabriel durante la cena navideña. Le expresaron haberse sentido ofendidos, pero sobre todo, que su seguridad física y moral estaba amenazada por la actitud subversiva de Gabriel. El capitán le suplicó a Rosario pedirle a su hijo que dejara su playera y pañoleta guardadas. Ella escuchó en silencio y asintió lentamente con la cabeza. Se levantó y volvió apresurada al camarote en donde se encontró a Gabriel todavía dormido. Regresó a la oficina del capitán y le pidió con urgencia si era posible que les llevaran los desayunos al camarote. El capitán sopesó las opciones y accedió, recordándole que el paseo de ese día comenzaba a las diez de la mañana y que culminaría con el festejo navideño con la gente de la comunidad 20 de enero. Rosario volvió inquieta a su habitación con la sensación de estar apestada.
Luego de un forcejeo típico de mamás y adolescentes para lograr que el chico se aseara y vistiera, y durante el que Rosario prefirió no mencionarle a Gabriel lo que había hablado con el capitán, los dos se formaron para subirse a las lanchas a las diez en punto. No sin haber sido antes generosamente rociados por uno de los guías con repelente de insectos. Ese día no pasearon con Juan ni Marcos, el capitán de su lancha del día anterior, ni con Daniel, Karen y Alberto. Ellos ya habían partido con Lily y su familia en dos lanchas. Rosario y Gabriel se embarcaron junto con la familia de Michigan. Al cabo de dos horas pobladas de visiones de manadas juguetonas de delfines rosas, un par de águilas y algunos perezosos agazapados en copas de árboles, llegaron a la comunidad donde sus compañeros de viaje ya estaban montados en canoas rentadas por los locales o nadando a las orillas de la comunidad. El guía les dio luz verde para echarse al agua y, gozosos, saltaron a chapotear no sin ponerse antes unos sofisticados chalecos flotadores que el capitán les repartió sacándolos de unas cajas colocadas en la parte trasera de la lancha. Después de un rato, los llamaron a subirse y a secarse. Los capitanes de cada lancha las estacionaron y alinearon para amarrarlas y hacer un picnic. La de Gabriel y Rosario quedó justo en medio, y durante la comida, todos fueron cordiales al pasarse las bolsas de papel que venían en cajas y donde venían empacados unos exquisitos sándwiches de jamón de paiche, ensaladas, pudines de chocolate con lácteos o veganos, jugos cold pressed de camucamu y maracuyá.
Al cabo de un rato, todos los viajeros fueron invitados a la comunidad para repartir los regalos de navidad. Desembarcaron donde ya los esperaban parados en un círculo unas cuatro docenas de niños y de niñas cantando villancicos. Cuando ya estaban todos reunidos, los guías pidieron hacer dos filas dividiendo a los niños y niñas. Juan apareció vestido de Santa Claus con una despeinada barba postiza cuyos mechones de hilos de nylon parecían derretirse con el calor fusionándose con su piel y la humedad. Otro de los guías acercó dos bolsas enormes de plástico con los regalos. Rosario y Gabriel repartieron sus billetes de a dólar mientras que Santa Claus sacaba alternadamente juguetes para niñas (kits de cepillo-peine-espejo; muñecas tiesas; kits de sartén-cacerola-cucharones y cajitas de cereal) o para niños (pelotas de fútbol; kits de bates de béisbol con sus pelotas; cochecitos; figuras de plástico mal pintadas de luchadores musculosos).
Por el rabillo del ojo, Gabriel detectó a unas mujeres en el camino de tierra que llevaba a la plaza principal del pueblo: de pelo suelto y largo, iban vestidas de rojo y llevaban unos cinturones hechos de flecos con algo colgando –no lograba distinguir qué exactamente. Llevaban un tocado de flores amarillas, también desconocidas para Gabriel. A pesar del calor húmedo que hacía, esa visión le dio escalofríos. Una vez que los miembros de la tripulación y los turistas repartieron los juguetes y los billetes, los guías le acercaron al acalorado Santa Claus una caja con tetrabriks de leche de chocolate y otra con pastelitos de fresa empaquetados. Santa invitó a los viajeros a regalar una vianda de cada caja a los niños, no sin antes abrir y dar también a repartir una caja con kits de pequeños cepillos de dientes junto con sus igualmente pequeños tubos de dentífrico.
Luego de recibir instrucciones de dónde colocar la basura, los niños bebieron y comieron felices. Después, alguien trató de improvisar una cascarita de fútbol entre los viajeros, guías y los chicos, pero la timidez de los locales disolvió la energía. Al cabo de un rato, los viajeros fueron convocados a embarcar, y volvieron cansados al Molly-Aida.
Gabriel estaba de mejor humor, pero Rosario no lograba adivinar en qué estaría pensando su hijo, y sentía preocupación. Durante la visita a la comunidad, la mitad de sus compañeros de viaje apenas y habían reconocido su presencia entre ellos. Aprovechando ser una isla de lenguaje en el trayecto de la lancha de regreso al barco entre los gringos, Rosario aprovechó para explicarle a Gabriel la actitud de los viajeros judíos hacia su parafernalia militante palestina.
Rosario temía algún tipo de reacción violenta, pero el chico no dijo nada, se quedó pensativo, asintiendo con la cabeza. Al llegar al barco, todos los viajeros cayeron rendidos y se echaron sendas siestas. A la hora de la cena Rosario fue incapaz de despertar a Gabriel, y se animó a lanzarse al comedor sola y digna. Para esa noche, el chef les tenía preparados cócteles de guanábana, choricitos caseros al pebre chileno, patacones de cochinita pibil, risotto de quinoa y mariscos, lubina al espeto y de guarnición boniatos, verduras rostizadas y ensalada de jitomates cherry. De postre les sirvieron piña asada con quimbolito lojano y helado de coco servido sobre bizcocho suave y chocolate Moctezuma. Rosario quiso comentar con sus vecinos de al lado, Karen y Daniel, las maravillas del menú, que hasta entonces había sido el mejor que les había preparado el chef durante el viaje. Le contestaron amables, y Rosario sintió que se había roto el hielo y erigido un tentativo puente, pero su conversación fue interrumpida por Moisés quien, visiblemente alcoholizado, se levantó y se sentó tambaleante junto a Rosario y le dijo: —“Señora, necesitamos que le explique bien a su hijo lo que en realidad está pasando en Israel. Los de Hamas son unos terroristas, los que los esconden en sus casas y debajo de los hospitales, escuelas y universidades son terroristas. Son unos asesinos y violadores de gente inocente. La realidad es que la seguridad del pueblo judío está amenazada y, por favor, estamos de vacaciones, aquí no se habla de esas cosas”–. Ilse lo jaló del brazo tratándolo de callar, mientras que Boaz le pidió a Nathalie con un tono agresivo que le tradujera lo que estaba diciendo Moisés. Lily no se enteraba de nada, los gringos tampoco. Daniel, Karen y Alberto se quedaron atónitos escuchando a Moisés. Rosario asintió con la cabeza apretando los labios y abriendo mucho los ojos. No quería antagonizar, no soportaba la condescendencia del tono de Moisés, no hacía falta que después de la plática que había tenido con el capitán, y de que Gabriel había guardado su parafernalia palestina, sus compañeros de viaje siguieran con el tema, y tampoco estaba de acuerdo con su postura sionista. Respiró profundamente y con toda la compostura de la que fue capaz, le contestó: “Moshe, no te preocupes, yo ya hablé con Gabriel, estate tranquilo”. Enseguida se quitó la servilleta de tela del regazo, la puso sobre la mesa, se levantó, repartió una sonrisa a todos los comensales, dio las buenas noches, y salió.
A la mañana siguiente, partieron de madrugada. Era el cumpleaños de Gabriel. Visitaron a una familia que tenía una granja de paiche, el pez más grande de la amazonía. Boaz y sus dos hijas, Galit y Alma, subieron a su lancha. Para llegar a Pucayagro, la granja, navegaron unos cuarenta minutos hasta un pequeño muelle. De ahí caminaron en la selva otros cincuenta minutos, donde se encontraron con una anaconda descansando en un remanso de riachuelo sumergida en lodo. También vieron un árbol muy especial conocido como “palma caminante”, cuyas raíces se despliegan sobre la superficie de la tierra en forma de zancos, dando la ilusión de que el árbol se mueve o se desplaza. Tomaron fotos de todo. Cuando llegaron a Pucayagro, los recibió el dueño sonriente con platos de frutas y agua de maracuyá. Les dio un recorrido por la granja, y ahí vieron unos paiches enormes, de tres metros de largo y doscientos kilos. Uno de los hermanos del granjero era dueño de otra compañía en la que procesan el paiche y lo transforman en jamón ahumado, salchicha y chorizo. El paiche, aprendieron, de color grisáceo, a veces es confundido con lagartos y no es muy popular. Los turistas estuvieron encantados de visitar negocios que respetaran la ecología. Alberto, que estudiaba administración en la Universidad Anáhuac, pensó que podría emprender algo parecido para el río Grijalva en Tabasco. Lo comentó durante la visita, y su papá, entusiasmado, le aseguró que lo financiaría, siempre y cuando invitara a México a sus anfitriones del Amazonas para asesorarlo. “¡Ponme el proyecto por escrito, hijo! Haz números y platicamos”, le dijo, dándole palmaditas entusiasmado en la espalda.
Al regreso, pasaron por ellos las camionetas de la compañía para llevarlos directamente al barco. Era la última noche, durante la que el barco recorrería trescientos kilómetros de regreso para devolverlos a Iquitos. En la cena, todos estaban relajados y contentos. Parecía que las tensiones entre los viajeros habían quedado atrás. Gabriel desapareció unos minutos después de que sirvieron el plato fuerte, y justo cuando los meseros empezaron a servir el postre y el café, apareció con un vestuario improvisado con una tela roja y un tocado con flores amarillas emulando la vestimenta etnográfica del personaje que le había llamado la atención en el mural de la Terminal Fluvial de Iquitos y de las mujeres que había visto aparecerse en la comunidad 20 de enero. Todos en el comedor lo trataron de ignorar y siguieron comiendo. Para esa noche, el primer capitán les había organizado un juego de charadas para el que los viajeros se dividirían en tres equipos armados por el mismo capitán, quien trataba que el viaje tuviera un final convivial y feliz.
“Quisiéramos cambiar al mundo, pero no en nuestras propias casas, de manera que al final, con nuestras prácticas, ratificamos la reproducción del orden establecido, la reproducción de las desigualdades y de las injusticias sociales”.
Leyó Gabriel, de un cuaderno de notas que encontró en el buró de la recámara que había llenado con tachones y un discurso. Leyó esta primera frase con timidez, casi murmurando, por lo que nadie le puso atención, además de que estaban tratando de ignorar su atuendo, incluyendo a su mamá.
“¿Qué hacer, sin embargo, ante la impotencia vergonzosa de la complicidad de cara a la crueldad extrema?”,ijo con más seguridad, y llamando la atención de los que estaban más cerca de él.
“En Gaza, las víctimas predicen sus propias muertes en plataformas digitales horas antes de que las asesinen, mientras que sus asesinos transmiten casualmente sus acciones en TikTok. Sin embargo, la transmisión en vivo de la liquidación de Gaza a diario encubierta por la hegemonía cultural occidental, que persigue periodistas, artistas, escritores, profesores y estudiantes, ocurre a través de las plataformas que prohíben los términos campos de refugiados’, ‘territorio ocupado’, ‘genocidio’ o ‘limpieza étnica’”.
En ese momento, Gabriel había agarrado más confianza en sí, e ignoró la tensión que lo rodeaba y la estupefacción de su mamá, que en el fondo se sentía orgullosa de él. Continuó con más seguridad:
“La disputa de cómo interpretar la violencia israelí como en legítima autodefensa, como una guerra urbana en terreno complejo, o como limpieza étnica y crímenes en contra de la humanidad, no se va a resolver”.
Ahora tenía la atención completa de todos los comensales. Los meseros también estaban paralizados escuchando:
“Sin embargo, no es difícil reconocer en la totalidad de las violaciones morales y legales de Israel, los signos del crimen más grande: la determinación de los líderes israelíes de aniquilar a Gaza; la aprobación de estas acciones por su sociedad; la escala de la destrucción”.
En esos momentos, gritó Moisés:
“¡Callen al niño, por favor!” “¡Capitán, capitán! ¡Pascual, ve a buscar al capitán!”
Rosario le dijo a Gabriel:
“Sigue, hijo”.
Gabriel carraspeó, y continuó:
“El hecho de que la mayoría de las víctimas sean gente completamente inocente, muchas mujeres y niños; el estar negando acceso a medicamentos y comidas, las barras de acero calientes insertadas en los rectos de los prisioneros desnudos; la destrucción de escuelas, universidades, museos, iglesias, mezquitas, cementerios; el infantilismo del mal encarnado por los soldados israelíes bailando vestidos con la ropa interior de las mujeres palestinas desplazadas; la persecución sistemática de periodistas en Gaza documentando la destrucción de su propio pueblo”.
Gabriel se interrumpió a sí mismo para anunciar:
“Ya casi acabo, gracias, queridos compañeros de viaje, por escuchar”.
Detrás de él, sintió la energía de apoyo de los meseros, además ya habían llegado los cocineros, y en ese momento entró Pascual jalando al capitán del brazo. Los gringos observaban la escena, y Boaz pedía traducción simultánea de forma nada amable a su mujer, ella lo ignoró con un gesto en la mano y escuchó atenta:
“Después de Gaza, la idea de que los seres humanos poseen una naturaleza moral es falsa; ahora todo es posible y la memoria de atrocidades del pasado no puede servir ya de garantía en contra de su repetición en el presente. Nada se compara con Gaza, y vivimos el comienzo de un periodo de destrucción de las normas”.
Los meseros habían llamado al administrador y a las señoras de limpieza, e hicieron un círculo detrás de Gabriel.
“Estamos viviendo el comienzo de la destrucción de las normas, de los valores, de los principios de todo un planeta, y nos dirigimos hacia tiempos muy oscuros”.
Nadie se atrevió a aplaudir. Se miraron entre las familias y los empleados, se levantaron y subieron lentamente a cubierta para jugar charadas con el capitán. Menos Rosario y Gabriel, claro está. A la mañana siguiente, nunca aparecieron para su último desayuno. Cuando dio la hora de desembarcar en tierra, Juan el guía fue a su camarote a buscarlos. No encontró rastro de ellos, ni siquiera de sus maletas. El cuarto estaba impecable, con las trufas espolvoreadas de hibiscus, las rebanadas de maracuyá frescas, y las botellas de agua mineral intactas. Juan murmuró para sí: “¡Chullachaquis! ¿O será que el Nampa nos habrá dado a todos tohé en el jugo de camucamu?”




