Tierra Adentro
"La Cruz del Trabajo". Dibujo de Vicente Cutanda, 1897. Obra de dominio público.
“La Cruz del Trabajo”. Dibujo de Vicente Cutanda, 1897. Obra de dominio público.

La experiencia cotidiana de millones de trabajadores alrededor del mundo revela agotamiento, precariedad, escaso tiempo libre y una sensación, tristemente para la mayoría inexplicable, de que la vida en realidad sólo comienza cuando termina la jornada laboral. El marxismo –ignorado en el mejor de los casos, denostado en el peor– ofrece la explicación trazando una diferencia histórica entre el trabajo como actividad vital humana y el trabajo inserto en el entramado de relaciones sociales capitalistas: trabajo enajenado.

Para Marx, el trabajo no es una categoría económica más, sino la actividad fundamental del ser humano. En los Manuscritos económico-filosóficos de 1844, el trabajo aparece como metabolismo consciente entre el ser humano y la naturaleza: un proceso en el que el individuo transforma la materia externa y, al hacerlo, se transforma a sí mismo y se reconoce en el producto de su acción. Se dice mucho que el hombre crea herramientas y que luego las herramientas transforman al hombre, pero esa es sólo una visión reduccionista de la dialéctica entre el sujeto y su actividad.

La dimensión de la praxis como creación convierte al trabajo en la quintaesencia de la libertad humana (o de su ausencia), en la actividad mediante la cual el ser genérico se realiza, se convierte en sujeto consciente, en individuo. Engels afirmaría que fue el trabajo quien nos convirtió en seres humanos. Marx también marcaría esa diferencia, dando en El Capital el famoso ejemplo de la abeja que construye un panal por instinto, mientras que el ser humano proyecta en su mente aquello que va a construir. El trabajo es, por ende, un fenómeno exclusivamente humano y, por supuesto, un fenómeno social, una actividad para la cual nos trazamos un fin, sea como individuos o como parte de un colectivo, es decir, una actividad teleológica, intencional y, en las prístinas condiciones de la socialización preclasista, una fuente de satisfacción y desarrollo.

Y es importante precisar el entorno sociopolítico en el que se trabaja. El trabajo sólo posee carácter emancipador si las relaciones sociales lo permiten. En el capitalismo, como parte de las relaciones sociales capitalistas de explotación, asume la forma social de trabajo asalariado, proceso mediante el cual se genera la plusvalía. El tiempo de vida del trabajador se subordina a la valorización del capital: su tiempo es el oro de sus explotadores, del capitalista. Esa doble condición del trabajo, en tanto potencial emancipatorio y como eslabón del ciclo mercantil, es una de las tensiones fundamentales que define a la lucha social por un mundo distinto, mejor; un mundo en el que los hombres y las mujeres no se definan como máquinas productoras de bienes o que prestan servicios.

En 1880, el yerno de Marx, Paul Lafargue, publicó El derecho a la pereza, un artículo mordaz y todavía vigente. Lafargue no reivindicaba la holgazanería como vicio individual, sino que desmontaba la ideología del “derecho al trabajo” que, bajo una apariencia progresista, consagraba la obligación universal de someterse a la explotación. La verdadera libertad de la clase trabajadora no consistía en conquistar un empleo digno dentro del capitalismo, sino en reducir drásticamente la jornada laboral, liberar tiempo para el ocio, la ciencia, el arte y la vida comunitaria, y desterrar el dogma de que el trabajo asalariado es un fin moral en sí mismo. El trabajo ennoblece, diría Martí, pero nos atreveríamos a apostillar que sólo si ese trabajo no redunda en la depauperación irreversible de las condiciones de vida de la masa trabajadora.

Es la paradoja más cruel del capitalismo: los obreros, en su acepción lata, producen socialmente una riqueza que luego es propiedad de unos pocos “elegidos”, sean aristócratas, terratenientes o tecnofascistas del big data. Y son esos obreros los que sufren tratando de llegar a fin de mes, los que tienen ocho horas para dormir, ocho horas para trabajar y otras ocho horas para comer, desplazarse entre la casa y la oficina o la fábrica, y hacer todo lo que nos da dicha como individuos, más allá de la responsabilidad y el deber moral de “contribuir”.

La crítica de Lafargue enfiló cañones contra la “extraña pasión por el trabajo” que llevaba al proletariado a reivindicar su propio agotamiento como un derecho, cuando en realidad reclamar más trabajo equivalía a reclamar más miseria, más sometimiento y más desgaste físico y espiritual. La pereza debía ser su reclamo, arrebatarle el monopolio del ocio a los pudientes, a los afortunados. Y, de paso, salvar a la burguesía del “exceso de tiempo libre” que, como casi todos los excesos, la corrompía y hacía que incluso esos pudientes y afortunados se sintieran miserables.

Si el capital logró que el trabajador asumiera como necesidad el hecho de trabajar hasta el límite de sus fuerzas, el primer paso en la senda de la emancipación debía ser que el obrero entendiera, reconociera su derecho al ocio como una condición material de la libertad. La automatización de procesos fabriles y, con la inteligencia artificial, de casi cualquier arista de las interacciones humanas “profesionales”, implica que con unas pocas horas de trabajo social pudiera bastar para satisfacer las necesidades colectivas, con lo cual las personas tendríamos más tiempo para las cosas que disfrutemos, tengan o no valor de cambio. Pero la solución del capital es otra: ponernos a maldecir a la tecnología, con afán ludita; y a competir entre nosotros, como animales rabiosos, por los puestos vacantes en la seudojerarquía laboral.

El capitalismo (o sea, los capitalistas) ha convencido a amplias mayorías de que la mercantilización es útil para la satisfacción de necesidades humanas, ocultando que esas necesidades, en la lógica mercantil, son un mero pretexto para mantener en movimiento la rueda de la valorización. No se atiende una demanda, sino que se producen demandas artificiales, estilos de vida impostados… Se produce un sujeto para el objeto, y no al revés. Y el sujeto trabajador se somete, muchas veces voluntaria y casi que gozosamente, a transformar el trabajo de actividad expresiva de su subjetividad, de su única y trascendente condición humana, en sacrificio ritual, cotidiano, para acceder a medios de vida. En términos gramscianos, es uno de los grandes logros hegemónicos que sustenta el statu quo global, el estado actual de cosas.

Sólo en una sociedad comunista, en una “sociedad de productores libremente asociados”, el trabajo necesario para la reproducción material (ese sacrificio) se reduciría al mínimo gracias al desarrollo tecnológico, y se distribuiría de manera racional y colectiva. Nadie monopolizaría el ocio ni el negocio. El “tiempo libre” –diametralmente opuesto al “tiempo muerto”– podría dedicarse a la creación artística, a la investigación científica… y al sexo, el vino y la contemplación de la naturaleza.

Una pequeña digresión etimológica, a propósito de la premeditada cacofonía del dúo ocio/negocio: la primera palabra proviene del latín otium, que los romanos utilizaban para nombrar los meses en los que no se lanzaban a la guerra, generalmente el tiempo invernal que no era propicio para menesteres bélicos. Por oposición, nec otium era el tiempo contrario, el tiempo que se ocupaba con la guerra, y la guerra era la principal ocupación laboral de muchos ciudadanos romanos. Por ende, lo que hoy entendemos como negocio no sólo es la negación del ocio, sino que tiene su raíz en la guerra… de ahí que no extrañe que hoy la guerra sea una fuente de ingreso tan rentable y una muy sostenible industria que ofrece trabajo bien remunerado.

Pero volvamos al tema que nos atañe: sólo si se corta el nudo gordiano que ata el trabajo a su forma mercantilizada se podrá superar la lógica del capital y arribar a ese “reino de la libertad” en el que la verdadera democracia impere, una democracia de todos y para el bien de todos (parafraseando a Martí), sin privilegios ni castas; donde se ejerza un control consciente del proceso económico y no seamos víctimas de las estocásticas apetencias del mercado y de los fetichismos capitalistas.

La solución jurídica, las leyes contra los vagos, no hacen más que traducir en norma esa construcción social hegemonizada que impone al ser humano una dinámica de desgaste, de esclavitud. Un millonario puede dedicarse a viajar el mundo en jet o en yate, sin que le remuerda la conciencia, pero el trabajador es culpable de su pobreza, es pobre porque quiere, porque no le “echa ganas”. Y el castigo puede ser una sanción expresa pero es mucho más cruento cuando se naturaliza como exclusión, como una sutil pena capital: si no trabajas para el mercado –si no vendes tu fuerza de trabajo, tu tiempo de vida– te mueres de hambre.

La “uberización” y otros fenómenos “modernos” no son más que reajustes contingentes de esa hegemonía capitalista, que ya no tiene que presentar a los ganadores del juego como “jefes”. En teoría, eres tu propio jefe pero no haces más que convertirte en un engranaje autómata del sistema, ajeno a cualquier mínima garantía o derecho laboral. Tú mismo te niegas tu ocio, tú mismo te encargas de triunfar o de fracasar, tú eres el responsable de tu éxito, aunque toda estadística indique que tienes pocas oportunidades reales.

La reivindicación de la pereza en Lafargue, como lo podría ser hoy, no es una simple y patética apología del parasitismo, sino un acto de rebeldía: urge devolverle el tiempo al hombre, librarlo de su ataúd de oropel. Mientras el capital continúe robando nuestras horas y días con el discurso demagógico del sacrificio o con las promesas del “emprendimiento”, la libertad será apenas un cartel de neón, otra etiqueta para las redes digitales. Exorcizarnos implica dejar de medir la vida en productividad, reconquistar y resignificar el otium.

Como diría Marx: “El reino de la libertad sólo empieza allí donde termina el trabajo determinado por la necesidad […] La libertad en este terreno solo puede consistir en que el hombre socializado, los productores asociados, regulen racionalmente su metabolismo con la naturaleza, lo pongan bajo su control común, en vez de ser dominados por él como por un poder ciego”. Sólo si superamos el trabajo como fenómeno que nutre al intercambio mercantil, le devolveremos a este su cualidad ennoblecedora, y nos haremos los trabajadores soberanos de nuestras propias vidas; sólo si el trabajo deja de ser solamente un medio de vida, para ser la primera necesidad vital, es decir, una actividad que ejerzamos a conciencia y con gusto, por la dicha de ser útiles, podremos decir que vivimos en una sociedad superior.

Y en esa sociedad seremos un poco más vagos y mucho más felices.

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