Parar la oreja
“El amor es un final tercamente escondido en los inicios”, dijo Silvana Estrada en un pódcast, citando, o más bien versionando, el final de un poema de Roberto Juarroz. Me gusta su versión más que la del poeta argentino porque establece muy bien la temporalidad paradójica de una historia de amor, dicha en singular: aunque puede haber muchos preñados de potencialidad y de senderos que se bifurcan, hay un solo final. El verso que corta Silvana Estrada, sin embargo, sólo es posible desde el punto de vista de un “después” que, en retrospectiva, intenta ordenar los sucesos siempre desordenados y desacomodados de cómo se vive una historia de amor cuando se es un personaje tramado y sujetado por las redes del tejido amoroso.
Como esta misma historia, que fabulo en retrospectiva. Este mismo verso no se me iluminó como significativo sino hasta que lo escuché por tercera vez. Paseaba a mi perro mientras pensaba en cómo introducir un buen gancho para hablar en clase sobre cómo un escritor encuentra ¿o fabrica? una buena historia. En inglés hay dos palabras para lo que en español es una sola: story e history. En algún momento del siglo XV, el inglés escindió la palabra original griega en dos y le quitó el his a story (siglos después las feministas se quejarán de la falsa etimología para decir: her-story). History se quedó con el peso del registro de los hechos, la investigación, lo testimonial que verifica lo que se dice. Story se tiñó de literatura y pasó a la narrativa, la fabulación, lo que se cuenta, aunque no se pueda comprobar.
El amor, pensé, nunca es history. Es siempre story: no un registro de lo que ocurrió, sino una fabulación que, al contarse, constituye el amor mismo. La historia de amor no documenta el amor, lo crea. Y Silvana Estrada lo sabía cuando versionó el verso de Juarroz, su versión es más verdadera que el original precisamente porque es menos fiel.
El problema de la historia de amor es que solo se puede contar desde afuera, después, en retrospectiva. Después de la caída. Cuando estás adentro, no hay narrativa, no todavía: hay caos, hay deseo, hay un acontecimiento que no sabes que es el inicio de algo hasta que ya aconteció. Por eso vuelvo a dos pensadores que me obsesionan precisamente porque no cesan de no definir el amor y buscan su lógica ilógica. Y, de paso, resisten la idea contemporánea de que hay que estar “bien trabajado” o haber encontrado el amor propio antes de poder amar a otro. Esa idea presupone que el amor es algo que se conquista desde la completud. Badiou y Lacan dicen lo contrario.
Toda historia necesita un acontecimiento que la detone, un inicio entre los inicios. Pero el acontecimiento solo se vuelve historia si tiene consecuencias. Un encuentro sin consecuencias no genera trama: son solo dos personas que se cruzaron. La trama es la fuerza que ordena el sentido en el tiempo: no el acontecimiento en sí mismo, sino la dirección que le damos, su sintaxis, la intención de sentido que proyectamos sobre la secuencia. Sin trama, hay tiempo, pero no historia. Badiou lo ve así también: en el amor hay un encuentro que acontece entre dos individuos, pero solo si tiene consecuencias pueden convertirse en sujetos de ese acontecimiento y comenzar a relanzar el deseo para sostener y construir la relación amorosa. La trama es el amor, el amor es la trama. “Amar la trama, más que el desenlace”, dice Drexler.
“El amor comienza”, propone Badiou, “donde termina la política”. La política va de la diferencia a lo mismo: su problema eterno es cómo producir unidad dentro de la división, cómo hacer converger lo que siempre se escinde. El amor hace exactamente lo contrario: introduce la diferencia en lo mismo. No resuelve la tensión entre dos, la habita. No es destino, sino encuentro, pensamiento, la invención y fabulación de uno mismo. Este comienzo, sin embargo, no existe sin sus consecuencias: es la capacidad de construir una verdad lo que sostiene el amor. Y la estructura de la verdad es “la escena del dos”. El amor destruye, tiránico, la cómoda unidad narcisista de cada individuo y establece el contradictorio reino del Dos sobre la experiencia del mundo.
De ahí que Badiou recupere la máxima maoísta acerca de la contradicción: “Uno se divide en dos. Dos no se fusiona en uno”. Es el matema del amor: el rechazo de la fusión, de la conjunción astral, de la media naranja, la visión romántica del amor. El amor no es una síntesis, sino una creación basada en la imposibilidad de la síntesis. Una creación rebelde, una conjunción imposible e impensable.
Pero toda esta arquitectura del Dos necesita explicar también por qué nos cuesta tanto habitarla. Por qué seguimos buscando la fusión, aunque sepamos que es imposible. Jacques Lacan lo encuentra en la propia filosofía, en el mito de origen del amor: en El Banquete de Platón, en la intervención de Aristófanes, el cómico, que había tenido hipo toda la velada.
En el mito que Aristófanes propone en El Banquete, hay dos seres que eran antes uno solo, esférico y andrógino, con cuatro brazos y piernas. Por su arrogancia e insolencia, de tan autosuficientes y satisfechos consigo mismos, los dioses los dividieron en dos y los condenaron a buscar a su otra mitad sin poder ya nunca reunirse. Estos seres esféricos, cortados en dos como un huevo duro, buscan a su otra mitad y le piden a Vulcano fundirlos juntos, “reunirlos con el soplo” de su forja, para que de dos pasen a ser uno. Lo que para nosotros aparece bajo una luz romántica, para las mitades rotas es un hecho fatal: se abrazan “con una tenacidad por así decir sin salida”, comenta Lacan, para “morir junto al otro, de impotencia por no poder reunirse”. Lo que el mito más romántico de nuestra cultura describe, en realidad, es el pánico. Y es ese pánico el que me recuerdo a mí misma cuando me pierdo en la marea alta del embriago amoroso: no quiero buscar una media naranja. No quiero buscar lo que me completa. Quiero habitar el Dos.
“El amor es dar lo que no se tiene”, dice Lacan, y añade un corolario muy importante: “a quien no es”. La contra intuición es obvia: para dar algo, habría que tener algo. Esa es la lógica de cualquier intercambio. Pero en el amor no se da algo a cambio de otra cosa, hay algo que resiste al intercambio. Lo que se da en el amor no es un bien, sino una falta. El amado tiene que soltar su propia ilusión de completud para amar desde su carencia, y dar lo más éxtimo posible: su propia falta. “Solo se puede amar si se hace como si no se tuviese, aunque se tenga”, añade Lacan. “El amor implica el dominio del no tener”.
Esto es lo que ningún discurso contemporáneo de amor propio quiere escuchar. La idea de que hay que estar “bien trabajado” antes de amar (y sí, he escuchado esta frase en muchos contextos, sobre todo en negativo como argumento para dejar una relación con alguien que “no está trabajado”), de que primero hay que completarse y estar lleno de amor propio para luego poder dar, presupone exactamente lo que Lacan y Badiou desmantelan: que el amor es un intercambio entre dos unidades completas. Si no te falta nada, ¿por qué querrías estar con alguien más? El deseo no nace de la completud. Nace de la fisura.
Este mes mis pacientes me han dado sus propias definiciones del amor. Quizás las escucho más de cerca por estar pensando en el amor, o quizás hay algo en el aire de primavera que nos regresa al amor que germina en el calor y el reverdecer. Uno describió el amor como “un sentimiento de paz”, “en donde estás desnudo completamente, estás cien por ciento vulnerable y eso da miedo, pero también estás en paz.” Es, de alguna manera, ese momento de dar la falta, la apuesta sin garantías que se juega en las consecuencias. Otro lo describió desde el extremo opuesto: “estoy muy metida”, “es muy intenso”, “no puedo ni dormir”. Y un tercero me habló de su pareja, que ve el amor de forma transaccional cuando él no “gana nada” al estar en la relación, y sin embargo está ahí: durmiendo en el sofá cama, limpiando la casa, llevando a su hijastra a la escuela, en espera de que ella sea capaz de amarlo. Ninguno de los tres puede contarlo todavía. Están adentro, tramados por la red, sin saber aún qué está ordenando el tiempo, sin desenlace visible. El tiempo todavía no se ha vuelto historia.
El amor es una apuesta terca. Sin garantías, sin poder ver el final escondido en los inicios, sin saber aún cómo está ordenado el tiempo. Quizás eso es lo que quería decir Juarroz, con el verso “original”:
Porque el amor es simplemente eso:
la forma del comienzo
tercamente escondida
detrás de los finales.
Entre Juarroz y Estrada, una diferencia mínima redoblada, la posición y dónde ponemos el acento en los plurales, inicios o finales. Pero los dos acentúan la terquedad. Esa única forma terca de entrar en la trama de la historia de amor.




