Borges al pastor Cuatro décadas sin Borges
La primera parte es el “Infierno”, ahí no está permitido el nombre de Dios, y entonces lo llaman el Otro.
Borges
I
No sé por qué tengo la ligera sospecha de que Borges odiaba a México, o lo mexicano en general. Que no soportaba a Octavio Paz, me queda claro. En Los diálogos con Osvaldo Ferrari, el joven poeta le pregunta al maestro octogenario hasta en quince ocasiones por Paz, de hecho, así se inaugura la nueva edición de estos diálogos (la de Seix Barral que conjunta los ciento dieciocho que sostuvieron), tratando el tema de la identidad de los argentinos, diciendo que los americanos son más europeos que los europeos porque ven Europa desde el destierro. Ferrari trae a cuenta una y otra vez las ideas identitarias de Paz, y Borges, elegantemente cambia el tema, o dice que es ingenioso y formula con genio (acaso lo contrario del ingenio) una idea mucho mejor. Raro si pensamos que en sus tres visitas a México, Octavio Paz y Salvador Elizondo fueron generosos anfitriones, especialmente en esa charla televisada donde por suerte lo dejaron intercambiar algún silencio, y lo llevaron a palpar (porque perdió la vista a mediados de los cincuenta) los bajorrelieves de las pirámides de Teotihuacan. Pero puede que las complicidades entre su amigo, Bioy Casares, y la exesposa de Paz, Helena Garro (que Bioy escribía con H), le resultaran incómodas, porque cuando Ferrari, en 1985, organiza específicamente un programa para hablar de Alfonso Reyes y Octavio Paz, Borges confiesa que “de Octavio Paz puedo hablar con escasa autoridad; no he leído nada suyo”.
Mentira flagrante si nos remitimos al tabiquito de chismografías macabras que escribió Bioy Casares titulado Borges, donde ambos se burlan de “los títulos absurdos” de Octavio Paz, como Libertad bajo palabra: “A continuación del título vigoroso, poemas deshilachados. Pero no agradables, no vayas a creer: en cuanto asoma la posibilidad del agrado, el poeta reacciona, no se deja ganar por blanduras, y nos asesta una vigorosa, o por lo menos incómoda, fealdad. Así cree salvar su alma” (25 de mayo, 1957). Se ríen después de que Paz envió a la revista Sur un poema de amor con el verso “tus pedos estallan y se desvanecen”. Borges ironiza: “Se verá a sí mismo como un conquistador de nuevas regiones para la poesía… Qué regiones”. “Menos mal que se desvanecen”, agrega Bioy, y Borges remata: “Si no, serían esos pedos sin ruido y sin olor, de que hablan los chicos; la idea abstracta…” (6 de noviembre, 1960). A Paz sólo lo leen favorablemente para criticar a Neruda: “Leemos poemas de Neruda y de Paz. Los de Paz, no libres de fealdades y estupideces, parecen mejores” (5 de junio, 1963).
¿Pero a qué mexicanos admiraba y respetaba verdaderamente Borges? Leía y recitaba de memoria a Manuel José Othón y le emocionaba que Reyes lo hubiera conocido en persona. A Gutiérrez Nájera, al que menciona en su poema México: “la ajada violeta / entre las páginas de Nájera olvidada”, lo alude aunque parece que le interesaba poco: “En los Estados Unidos, cuando llegábamos a cualquier universidad querían presentarme a un señor que había escrito sobre Gutiérrez Nájera, sobre Pellicer o sobre Rodó. Yo preguntaba por germanistas” (11 de agosto, 1962). A Rulfo sabemos que lo canonizó: “Pedro Páramo es una de las mejores novelas de las literaturas de lengua hispánica, y aun de la literatura”, pero en las mil seiscientas sesenta y tres páginas que comprenden los testimonios de Bioy sobre Borges nunca habló de él ni de su narrativa. Tenía cosas buenas que decir de Juan José Arreola, al que editó en la Biblioteca Borges: “es un excelente cuentista mexicano”; e incluso le platica emocionado a Bioy el argumento de El Guardagujas, pese a que no lo considere un cuento tan kafkiano como su autor. De Manuel Maples Arce, en los años veinte, dice que “siente alguna admiración” y celebra su libro Andamios interiores, criticándolo a la par con cierta inquina. En 1983, según Bioy, Borges dirá: “Peor es Maples Arce, el fundador del estridentismo. ¿Qué incómodo, no? Su libro se titula Andamios interiores. Debía de estar muy enfermo. En cualquier momento se daría un porrazo… Los que no dejaron discípulos tienen peor suerte en la fama” (19 de septiembre). No sorprende este ninguneo, si a finales de los años sesenta ya le contaba a Bioy que lo visitó en la biblioteca un señor que, al señalar a un grupo de jóvenes, le dijo a Borges: “Aquí está la juventud mexicana”. Un Borges sumamente zafio (lo que me lleva a dudar del testimonio de su amigo) le pregunta: “¿Y usted también pertenece a esa juventud?”. El hombre, que estará por cumplir los setenta, es el poeta mexicano Arqueles Vela y le contesta a Borges con toda humildad: “No, señor, yo soy su contemporáneo: nací en el 99. Con Maples Arce capitaneamos el Estridentismo, pero ya nadie se acuerda de eso. La juventud, señor, no tiene memoria” (19 de octubre, 1968).
Párrafo aparte merece su apreciación de la obra de Ramón López Velarde, que podía recitar de memoria, como tantos versos. ¡Y cuánta curiosidad le daba el sabor de la chía!, que según Octavio Paz, cuando se lo encontró en Nueva York, lo avasalló con preguntas sobre su sabor y Paz le dijo que sabía a tierra. Hasta ahora que escribo este artículo, me entero de que su estrofa favorita de La suave patria era la misma que dio nombre a mi primera novela, Nuestro mismo idioma. Después de recitarla, Borges afirma maravillado: “López Velarde trabajó con esos mismos elementos —el párvulo, los carretes de hilo, las aves— en todos los otros poemas, y no logró nada. El destino le reservaba la suerte de poder reunirlos una vez mágicamente en “La suave patria”. El poema fue hecho por encargo del gobierno: es un bric-a-brac deliberado que salió bien” (18 de diciembre, 1957). Además, Borges, que consideraba a López Velarde muy superior a Lugones, pero inferior a Rubén Darío, se preocupaba por cómo juzgaríamos la obra del zacatecano en México, a lo que Bioy le responde: “En todo el continente, el único país bastante adulto para desdeñar lo propio es la Argentina. Un inteligente literato brasilero o mexicano sigue sin dificultad tus bromas nada convencionales contra la Argentina, pero cuando le hablás del Brasil o de México reacciona como un socio de Boca Juniors a quien le tocan los colores de la camiseta” (10 de diciembre, 1962).
¿Qué opinaba de Helena Garro (con h helénica)? Más allá de ese apócrifo rumor de que Borges la consideraba “la Tolstoi mexicana” —aceptando sin conceder, recordemos que Borges no era particularmente aficionado a las novelas extensas—, es muy curioso que Borges intuyera la locura fascistoide de la autora de Los recuerdos del porvenir, pese a que firmara gustoso declaraciones en defensa del gobierno de Díaz Ordaz tras la masacre de estudiantes en Tlatelolco a petición de Garro, y que ésta dijera que “El hombre perfecto de hoy es negro, judío, comunista y homosexual”, y Borges sólo indicara que la frase era injusta con los judíos. Cuando Garro les escribe en una carta a Bioy diciendo: “Lo único que me queda son ustedes dos, Borges y tú. Todos los demás son comunistas”, Borges, casi molesto, protesta: ¿Le quedo yo?” (14 de agosto, 1972).
El otro mexicano al que Borges admiraba, imitaba y citaba constantemente es, por supuesto, Alfonso Reyes. Ridícula resulta la afirmación de James Irvy de que: “Todos los elogios de Borges a Reyes (salvo uno) son póstumos”; si los elogios constan en su obra, tanto de manera explícita, con Reyes como quien propone una generación de tlonistas para reconstruir los tomos faltantes de esa enciclopedia apócrifa; como en su estilo narrativo, sus interrogantes ensayísticas y, si me apuran, en su poesía. Me gusta cuando Roberto Bolaño se lo recuerda a Piglia cuando éste se empeña en encontrarle a Borges sólo dos maestros, “el hombre que podía saludar a las estrellas en diecisiete idiomas”, Rafael Cansinos Assens, y el ágrafo Macedonio Fernández:
Borges no lo aprende todo de Macedonio, sino también, una parte importante, de Alfonso Reyes, quien lo cura para siempre de cualquier veleidad vanguardista. Macedonio es el riesgo, la audacia, el vanguardismo y el criollismo juntos, pero Alfonso Reyes es el escritor, la biblioteca, y el peso que tiene sobre Borges es importantísimo, tanto en el desarrollo de su poesía como en su prosa. Digamos que Reyes proporciona el elemento clásico a Borges, la mesura apolínea, y eso de alguna manera lo salva, lo hace más Borges.
Reyes le enseñó a Borges hasta qué cosa era la marihuana: “debe ser una especie de opio”, reflexiona el joven Borges con la lindura más ñoña del mundo. A Reyes lo molestan Bioy y Borges por su glotonería. Hablando de una oda muy mala a los vegetales que le interesó, dicen: “todo lo que es comida interesa a Reyes…”; “Se ha dejado crecer la barba. Como es de estatura tan baja, parece un gnomo” (10 de diciembre, 1956). “Reyes tenía una gran curiosidad, pero la larga temporada en Madrid le hizo mal. Había en él un lado de vulgaridad, un lado patán. ¿Recordás cuando Martín Fierro hablaba de lo que comían en los buenos tiempos los gauchos? Todo es limpio. Reyes hubiera llenado el párrafo de requesones, de olor y de grasa”.
En Los diálogos con Ferrari, donde un Borges octogenario ya se ha vuelto “hospitalario con opiniones ajenas”, sólo le critica a Reyes su afán de publicarlo todo, de siempre estar posibilitando lazos entre comunidades literarias. De hecho, fue Reyes quien se aferró a publicar por primera vez a Macedonio, y Borges se mofaba un poco de él porque, sin ningún inédito, no le daría trabajo alguno a los investigadores que estudiaran su obra en la posteridad: “¿Habría que felicitarlo por la manera en que busca el olvido? ¿O habrá que felicitarlo porque sabe que sólo mostrándose como un ser absurdo se logra la inmortalidad?” (5 de octubre, 1959).
II
Creo que la gente continuamente dice frases memorables y no se da cuenta. Y quizá la función del artista sea recoger esas frases y retenerlas.
Borges
No sé si a Borges le gustaba Visión de Anáhuac, en mi opinión el libro más bello y anticipatoriamente borgiano que jamás escribió Reyes, principalmente porque Borges (justifiquémoslo acotando que nació en 1899) era ligeramente racista en su defensa de la Civilización contra la Barbarie; no por nada insistía en que el libro de los argentinos debía ser el Facundo de Sarmiento y no el Martín Fierro. Pero tengamos en cuenta que Borges escribió un espléndido cuento mesoamericano, La escritura del Dios, basado en sus lecturas del Popol Vuh, donde Tzinacal descifra en la piel de un jaguar esas catorce palabras que podrían devolverle la gloria precolombina, catorce palabras que no pronuncia porque ya se ha convertido en un individuo y ha dejado el anonimato de su comunidad vencida. “El día catorce”, explica León Portilla, “es reiterada aparición del dios jaguar en relación con la tierra y el mundo bajo”; como catorce son las regiones de Uqbar, y catorce (para el minotauro, infinitas) las repeticiones del laberinto de Asterión, y catorce los minutos donde transcurren ochocientos años en Historia de la Eternidad, y las 03:14 la hora en la que un perro visto de perfil era tan distinto a las 03:45 en el infinito mnemotécnico de Funes. Curioso sería que esa obsesión con el número catorce le naciera de sus lecturas de los textos mayas.
Con el tiempo a Borges se le apaciguó un poco el orgullo grecolatino, pero aun en 1985 decía necedades como “yo no sé hasta dónde la cultura mexicana o la cultura azteca, o la cultura incaica en Perú, perduran. Perduran como curiosidades, nada más”. Disculpemos, quizás, que una mente lingüística sólo pueda considerar cultura aquello que proviene de los textos y no el mole verde que me acabo de comer acompañado de un mezcalito sin gusano. Pero es curioso que ese hombre que “aprendió a domesticar sus pesadillas”, en el retrato impiadoso y mala leche que le hizo Bioy Casares, tuviera tal pavor por el indigenismo.
Dije antes que tenía la ligera sospecha de que Borges odiaba a México, pero me estaba haciendo güey porque estoy completamente seguro de que nos detestaba. En todas y cada una de las ocasiones en que Borges habla de México con Bioy, como no sea de su idealizada Biblioteca Nacional sobre la calle Méjico, lo hace para destacar un rasgo negativo relacionado con su indigenismo o su folclor. El crítico Roberto Giusti, comentando un texto, se preocupa por lo que van a pensar de él en México: “Qué importa lo que piensen en México. Hay que hacer lo que es justo hacer” (12 de junio, 1956), replica Borges para, tiempo después, agregar: “…los indios vivían en la indiferente ignorancia de todo, incluso de lo concerniente a ellos mismos. […] Todo ese amor al indio vino del Norte. De México y del Perú” (8 de mayo, 1957).
¿Me pregunto qué opinaría Borges de Nuestra tierra, el magnífico documental de Lucrecia Martel sobre el asesinato del líder comunero chuschagasta Javier Chocobar? Afirma Borges que la desdicha de América proviene de la estupidez del padre Bartolomé de las Casas: “Para salvar a los indios, trajo a los negros. Bien intencionado, pero obtuso. Creo que en México la única estatua a un español que hay es la del padre Las Casas. Qué animales” (3 de enero, 1967). México le sirve siempre de excusa a Borges para criticar a los pueblos indígenas del norte de su país: “Todo el Norte es famoso por su color local, porque el pueblo allí es genuino y siente hondamente… Pero, ¿qué ha producido? Muy poco. Es estéril. También México es famoso por el color local. ¿Cuál es el Martín Fierro mexicano? Sólo tienen algunos novelistas realistas, algún Manuel Calvez (sic)” (16 de abril, 1959). Recordaré, en su defensa, esos versos que tanto le gustaban a Borges del Martín Fierro: “Sepan que olvidar lo malo / también es tener memoria”.
En el tema fronterizo y la historia de las intervenciones, abunda en opiniones desafortunadas: “Los del Sur [de EUA] no quieren a los mexicanos. Bueno, nadie admira demasiado a su sirvienta y a su cocinera…” (20 de diciembre, 1963). Añade también: “González Lanuza piensa tan extrañamente que me preguntó si en Texas la gente desea que todas esas tierras pertenezcan a México. ¿Cómo puede creer que los ciudadanos de un gran país próspero van a querer pasarse a un país pobre, que vive del turismo y del folklore?” (20 de diciembre, 1963). Su documentación mexicana suele basarse en rumorologías: “Groussac no admiraba a México. Habla de una batalla entre cuarenta franceses y tres mil mexicanos. Proporción justa” (26 de diciembre, 1959). En Los Diálogos, repite también el falso cognado del supuesto origen de la palabra México: “Y así Cervantes hablaba de Don “Quishote”, de “reloshes”, de “shaulas”, de “pásharos” y de “Méshico”. Y creo que el nombre de México —Méshico— tiene su origen en “Michigan”, ya que habrían venido del Norte los que poblaron esa región. Entonces tenemos “Michigan”, “Michoacán”, Méshico” —no son tan distintos—, son fácilmente confundibles”.
Además de esto, aborrece la música mexicana: “Oímos discos mexicanos, que no gustan nada. Borges dice que parecen cantados por pelotaris. ‘Qué voz. Es una cosa perfecta, pero fría’, agrega irónicamente. Con aprobación oímos después algunos Mués” (12 de enero, 1954). Y veinte años después sigue sin gustarle: “Cree que la música mexicana es la peor” (21 de enero, 1971). La comida tampoco le agrada: “Fui a una comida que daba una señora que había empezado su vida haciendo strip tease y que ahora es una respetada dueña de casa. Como era una comida horrible mexicana, me explicaron: ‘Los que sirven son real Spaniards’” (1 de enero, 1964). Pero es que en general nada de México le simpatiza: “Hay países con vocación para la fealdad: la India, México. Peor que los demonios (para ellos no serán demonios) de los aztecas, son los personajes de caricatura de los frescos de Rivera” (20 de septiembre, 1960).
El habla mexicana también es motivo de críticas entre Borges y Bioy: “Los mexicanos dicen destaca, sin reflexivo: ‘Entre los cuentistas checos, Kafka destaca como el más avisado’”. Borges: “Yo creía que eso era madrileño”. Bioy: “En cambio, vuelven reflexivo regresar. Yo me regreso”. Borges: “Suprimiendo los reflexivos podrían lograrse buenos efectos de tosquedad” (27 de abril, 1958). Pero en ocasiones sus datos resultan completamente erróneos: “La gente, para mostrar que es culta, pronuncia de modo distinto la b de la v […] Según Reyes, en México es peor. Para afectar cultura, pronuncian la v como f, y dicen: ‘Es un color muy fifo.’” (12 de septiembre, 1957). En Los diálogos, quejándose de una traducción infortunada al inglés de un poema de Mallea, dice que eso suena “a una mejicanada”. Pero también relata Bioy que a Borges le gustaba recordar que un viajero alguna vez le explicó que en la entrada de Puebla había un arco con la siguiente inscripción: “Bienvenidos a Puebla / No somos como dicen”.
Después de tanta inquina y barrabasadas, habrá mexicanos que hasta se alegren de que el inepto del expresidente Vicente Fox, en el Segundo Congreso Internacional de la Lengua Española, homenajeara en su discurso a “José Luis Borgues” y después lo reconociera como uno de los tres latinoamericanos que ganaron el Premio Nobel (obviamente sic). Si lo hizo a propósito, me quito el sombrero; pero sé que no lo hizo a propósito.
Bioy también comparte una verdad sombría y reveladora que suena a choro, pero consta legiblemente en sus páginas: “Un pariente de Borges, por el lado materno, el doctor Carlitos Ruiz, compadre y verde oliva, se jactaba de ser la única persona que podía usar galerita pasando la calle Uriarte. El padre de Ruiz, un mexicano achinado, gordo y color dulce de leche, vivió paralítico durante años, haciendo sus necesidades en la cama y comiendo lo que le ponían en la boca…”.
¡Un momento!
¿Borges es mexicano?
¿Quién es ese tataratío mexicano de Borges? Eso lo explica todo: sólo los mexicanos podemos despreciarnos tanto en la distancia. Borges dice de él: “Uno creería que en tal situación lo mejor era morir de una vez. Quién sabe: a lo mejor hay una fuerza en la vida. En casa lo citaban como una prueba del misterioso deseo de vivir” (22 de septiembre, 1972). En su poema México cierra con dos versos fulminantes que parecen aludirlo: “El hombre que en su lecho último se acomoda / para esperar la muerte. / Quiere tenerla, toda.”.
¿Qué podemos decir sino lo mismo que dijo Borges de Alfonso Reyes después de leerle un libro malo? “Bueno, quizá todo autor, leído con cuidado, revela su imbecilidad” (20 de junio, 1960). Una cosa sí me queda clara, pese a su aversión por lo mexicano, pese a tantas actitudes o juicios reprochables, los ojos maravillados de mis estudiantes cuando terminan de leer La forma de la espada, los cientos de pizarrones que he garabateado tratando de explicar El aleph, la lágrima que cuelga del ojo de mi juventud cuando recito Al triste, me confirman que Jorge Luis Borges es el más grande escritor en lengua española de todos los tiempos, y a los mexicanos nos queda de consuelo ese poniente en Querétaro que Borges vio en su infinito aleph.
Bibliografía
Bioy Casares, Adolfo, Borges, ed. Daniel Martino, Barcelona, Ediciones Destino, 2006.
Bolaño, Roberto, y Ricardo Piglia, “Conversación entre Ricardo Piglia y Roberto Bolaño”, en Babelia, suplemento de El País, sábado 3 de marzo de 2001. https://piglia.pubpub.org/pub/m7h3jfzx/release/2
Borges, Jorge Luis, Ensayos completos, Barcelona, Penguin Random House, 2026.
______, Obra selecta, Madrid, Real Academia Española / Asociación de Academias de la Lengua Española, 2011.
______, Poesía completa, Barcelona, Debolsillo, 2011.
Borges, Jorge Luis, y Osvaldo Ferrari, Los diálogos, Barcelona, Seix Barral, 2025.
Hernández, José, Martín Fierro, Madrid, Cátedra, 2005.
León-Portilla, Miguel, Tiempo y realidad en el pensamiento maya, 2ª ed., México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1986.
Reyes, Alfonso, y Jorge Luis Borges, “¿1928-1929?”, Discreta efusión. Alfonso Reyes y Jorge Luis Borges. 1923-1959. Correspondencia y crónica de una amistad, ed. Carlos García, Frankfurt / Madrid, Iberoamericana Vervuert, 2010.




