Tierra Adentro

Durante demasiado tiempo nos hemos preguntado qué historias merecen ser preservadas. Cuáles guardar, cuáles rescatar del olvido, cuáles inscribir en el mármol de la memoria colectiva. Es una pregunta noble. Pero quizá no sea la más urgente de nuestro siglo.

La pregunta más urgente del siglo XXI es otra: ¿qué historias necesitamos crear para construir el mundo que todavía no existe? Esa es la pregunta que quiero hacer aquí. Y quiero hacerla no como custodia del pasado, sino como arquitecta de lo que viene.

Llevo más de dos décadas observando algo que pocos nombran con claridad: las historias no describen la realidad, la fabrican. Una historia bien construida no es un adorno sobre los hechos; es la infraestructura invisible sobre la que se levantan los hechos. A esa capacidad de usar la narrativa no como ornamento ni como mera herramienta de comunicación, sino como una forma de inteligencia —una manera de leer el presente y modelar el futuro—la he llamado Inteligencia Narrativa.

No llegué a esta idea en una biblioteca silenciosa ni en la torre de marfil de una universidad —aunque confieso que las bibliotecas me emocionan más que cualquier joya, y he construido unas cuantas; ya llegaré a eso—. Llegué a ella por el camino largo: dirigiendo una Cámara de Comercio en Nueva York, subiéndome a más de quinientos escenarios en cinco continentes y sentándome frente a directivos capaces de mover millones con una firma que, sin embargo, se quedaban paralizados ante una hoja en blanco cuando les pedía que resumieran, en una sola frase, por qué existía su empresa. Ahí lo entendí: no les faltaban datos. Les faltaba historia. Y sin historia, ni los datos ni los millones sirven de gran cosa.

No escribo desde un solo lugar. Escribo desde el cruce. Mi mirada se ha formado en tres continentes que no compiten dentro de mí, sino que conversan: África, que me dio la raíz y el sentido del relato como acto colectivo; Europa, que me dio la palabra y la estructura; y los Estados Unidos, donde llevo más de veintiséis años y aprendí que una historia puede convertirse en una empresa, en un movimiento, en un capital. No escribo a pesar de esa convergencia. Escribo desde ella. Y precisamente porque he vivido en ese cruce, puedo ver un patrón que trasciende cualquier frontera: en todas partes, y en todas las épocas, quien controla la historia controla el futuro.

Mis raíces no son mi destino. Son mi punto de partida.

Lo sé porque tuve que reescribir la mía. Hubo un día en que dejé un cargo estable —de esos que se pronuncian con respeto en las cenas— para fundar algo que todavía no existía y que ni yo misma sabía muy bien cómo nombrar. Mi entorno me miró con esa mezcla de cariño y alarma que se reserva para las personas que acaban de renunciar voluntariamente a la seguridad. Y tenían parte de razón: fue aterrador. Pero yo ya había decidido cambiar de historia, y he aprendido que cuando una cambia el relato que se cuenta sobre sí misma, el resto del mundo tarda un poco, refunfuña, y al final termina por creérselo también.

Muchas de las voces que acompañan estas páginas hablarán —con todo el valor y toda la necesidad que eso encierra— de identidad, de memoria, de pertenencia, de las heridas que la historia dejó abiertas. Yo quiero hablar de lo que hacemos con todo eso. Porque la memoria no es un santuario donde nos refugiamos; es la materia prima con la que se construye lo que aún no existe. Honrar el pasado no es repetirlo: es transformarlo en combustible.

Si observamos con atención, descubrimos que las historias lo construyen casi todo. Una cultura no es más que el conjunto de relatos que un pueblo decidió creer sobre sí mismo. Una economía se sostiene sobre la confianza, y la confianza es, en el fondo, una historia compartida sobre el valor. Una empresa nace el día en que alguien logra contar de forma convincente un futuro que todavía no ha llegado. Una nación se mantiene unida por la narración que sus ciudadanos se cuentan sobre quiénes son y hacia dónde van. Incluso nuestra identidad personal —eso que llamamos «yo»— no es un hecho fijo, sino la historia que nos contamos cada mañana sobre quiénes somos y en quién podemos convertirnos. Cambia la historia y cambiarás la vida. Cambia el relato de un pueblo y cambiarás su horizonte.

No estoy pidiendo que dejemos de escribir sobre el dolor; sería absurdo, y además el dolor firma algunos de los mejores párrafos que se han escrito jamás. Estoy pidiendo que no nos quedemos a vivir en él. Que usemos la herida como quien usa una brújula: para saber hacia dónde no queremos volver y, acto seguido, caminar con decisión en la dirección contraria. El escritor del siglo XXI tiene entre las manos una caja de herramientas privilegiada. Puede diagnosticar el presente, por supuesto, pero sobre todo puede recetar el futuro. Y me parece un desperdicio enorme poseer semejante poder y usarlo únicamente para describir la enfermedad.

De ahí nace lo que considero la nueva responsabilidad del escritor del siglo XXI. Durante siglos entendimos al escritor como testigo: alguien que registra, que preserva, que da testimonio. Es un papel honroso y sigue siendo necesario. Pero hoy le pediría algo más. Le pediría que se asuma también como diseñador de futuros. Porque las historias que escribimos hoy son los mundos que habitaremos mañana. Quien escribe no solo interpreta la realidad: introduce en la conversación humana relatos que, si prenden, se vuelven verdad.

Y una historia bien contada no cambia solo a una persona. Puede transformar una empresa, una comunidad, una ciudad, e incluso la percepción internacional de un continente entero. Lo he visto. Lo he vivido.

Lo he vivido de manera muy concreta. Hace unos años me obsesioné con una idea sencilla: un niño que crece rodeado de libros crece convencido de que tiene derecho a imaginar su propio futuro. Así que empecé a construir bibliotecas en varios países de África —en Ghana, en Kenia, en Zimbabue, en Uganda—. No para llenar estanterías, sino para plantar historias. Porque una biblioteca no es un depósito de papel: es una fábrica de futuros posibles. Cada libro que llega a las manos de una niña le susurra la misma frase, peligrosa y luminosa a partes iguales: tú también puedes escribir el mundo. Y he visto lo que ocurre cuando esa frase prende. No cambia a un niño: cambia una expectativa. Y una expectativa, multiplicada por una comunidad entera, cambia la trayectoria de un lugar.

He tenido la fortuna de contar historias en esos escenarios que luego se ven en pantallas pequeñas con muchas reproducciones —los famosos TED— y también en salas donde el público me recibía con los brazos cruzados, decidido a no dejarse convencer por nadie. Con el tiempo aprendí que unos brazos cruzados no son un muro: son una invitación. Es el momento en que alguien, sin saberlo del todo, te está diciendo: demuéstrame que hay otra manera de contar esto. Y casi siempre la hay.

Permítanme confesar algo que en ciertos círculos intelectuales se considera de un optimismo casi sospechoso: soy profundamente optimista. Y no por ingenuidad —a estas alturas del viaje, la ingenuidad sería un lujo difícil de justificar— sino por método.

El pesimismo cuenta siempre la misma historia: la del final. El optimismo, en cambio, obliga a imaginar el capítulo siguiente, y solo se puede construir aquello que antes se ha sido capaz de imaginar. Bailo, sonrío y me río en mitad de conversaciones muy serias, y no es un descuido: es una estrategia. En muchas culturas africanas se baila para celebrar, pero también para recordar y para convocar lo que aún no ha llegado; nunca fue un adorno, siempre fue un lenguaje. La alegría es la forma más elegante y más subversiva de anunciar que todavía creemos en el futuro.

Por eso no creo que la pregunta sea qué historias debemos guardar. La pregunta —la verdadera, la que define nuestro siglo—es qué historias tenemos el coraje de crear.

Y el coraje, para mi tranquilidad y la de cualquiera que ahora mismo esté dudando, no exige ser un héroe. Basta con atreverse a contar una versión mejor de lo posible y sostenerla el tiempo suficiente para que otros se sumen. Todo empieza con una sola persona convencida. Casi todo lo que hoy damos por evidente comenzó siendo la ocurrencia improbable de alguien que se negó, sencillamente, a aceptar el relato disponible.

No escribo desde el pasado. Escribo desde el lugar donde las historias se convierten en futuro.

Y ese lugar, quiero creer, no pertenece a un origen ni a una etiqueta. Pertenece a cualquiera que se atreva a imaginar el mundo que todavía no existe, y tenga la audacia de escribirlo primero.


Autores
Es conferenciante internacional, escritora, empresaria y mentora afincada en Nueva York desde hace más de veintiséis años. Ciudadana del mundo de raíces africanas, europeas y estadounidenses, dirigió durante años la Cámara de Comercio España-Estados Unidos en Nueva York antes de fundar BBES (Bisila Bokoko Embassy Services), consultora de desarrollo de negocio, y el Bisila Bokoko African Literacy Project, que ha construido bibliotecas en Ghana, Kenia, Zimbabue y Uganda. Ha impartido más de quinientas conferencias en cinco continentes, ha protagonizado dos charlas TED y ha sido reconocida como Global Citizen por Naciones Unidas e incluida en la lista Forbes Women 50over50. Es creadora del marco de Inteligencia Narrativa® y autora de varios libros, entre ellos El Miedo y Yo. Sus podcasts Tu Mejor Yo y Your Best Self acompañan a una audiencia global y bilingüe.