Tierra Adentro
El nacimiento de Huitzilopochtli y la derrota de Coyolxauqui. Códice Florentino, 1569. Bernadino de Sahagún. Imagen de dominio público.
El nacimiento de Huitzilopochtli y la derrota de Coyolxauqui. Códice Florentino, 1569. Bernadino de Sahagún. Imagen de dominio público.

Barriendo las escaleras exteriores del templo, Coatlicue, la piadosa, ve unas plumas caer lentamente del cielo azul. Se mecen con la brisa tibia, con el paisaje al Valle del Mezquital que se expande desde el cerro de la serpiente, donde las plumas aterrizan con tanta calma que Coatlicue las toma en el aire antes de que alcancen el piso. Suaves, huelen a fogata. Segura de que nunca ha visto un ave de ese blanco tornasol, Coatlicue la piadosa esconde las plumas entre los senos. Los senos: dos tubos flácidos hasta el ombligo, pedazos de piel inflados y desinflados cuatrocientas veces de leche. Porque cuatrocientas veces Coatlicue ha dado a luz. Y de los centenares de hijos, una sola salió mujer.

Cálidas, las plumas se deslizan hasta los pezones. Coatlicue sigue barriendo, mientras el roce de las plumas le va despertando los poros, la carne, el deseo amodorrado desde la muerte de su marido. En realidad, deseo adormecido desde cuándo. La confección de los hijos fue automática, por no saber decirle que no a las ganas del señor, o por no importarle a él si ella quería abrir las piernas cansadas.

Las manos de Coatlicue aprietan fuerte el mango de la escoba. Barre. El movimiento la va llevando a un vaivén de exhalaciones contenidas, sensaciones irreconocibles, multiplicación de serpientes deslizándose dentro de la piel. Un dios escondido en las plumas la está elevando a un placer desconocido para los mortales. El Viejo Sol está penetrando a Coatlicue por los senos y la preña así de una nueva deidad.

El chisme patina veloz por el pueblo. Coatlicue otra vez panzona. ¿Con quién se metió? ¿Con el esposo de quién? ¿Con el permiso de quién? ¿No que muy piadosa? Viuda sinvergüenza. La vergüenza sí se la andan tragando los hijos, los cuatrocientos, y la única hija, Coyolxauhqui, la que alborota a los demás para vengar a la madre insolente. Vengar su descaro en manchar el nombre de la familia, el recuerdo bendito del padre. Es que cómo se atrevió, si es la cuidadora oficial del templo erigido en la cumbre del cerro. Los hermanos concluyen que no necesitan armas, entre las manos le darán el castigo que merece.

Los hijos esperan los nueve meses para cumplir el plan. Para qué matar al bastardo. El día del parto están todos listos y suben, en una caravana, al cerro del templo. Coatlicue no los escucha acercarse a ella. Las palpitaciones la ensordecen. En cuclillas, las manos en el piso, brazos estirados, posición de gata, Coatlicue grita al sentir, antes del desgarre vaginal, una fuerza divina invadirla desde el vientre hasta los dedos de los pies y de las manos que mutan en garras.

En vez de un bebé llorando sale Huitzilopochtli, el dios del Nuevo Sol y de la guerra.

Nace adulto, empuñado de Xiuhcóatl, una espada que es un rayo de sol. Atónita, Coatlicue observa sus nuevas garras, su nuevo hijo. Va recuperando el aliento del parto cuando la tormenta de odio llega a la cumbre del cerro, el escuadrón de sus cientos de hijos liderado por Coyolxauhqui. Redonda, plana, bella, la cabeza femenina que Coatlicue amamantó, nutrió, peinó por tantos años, se despega repentinamente del cuello tras un espadazo de Huitzilopochtli.

Bajo la nube de angustia materna, Coatlicue observa aterrada el rayo de sol en movimientos de izquierda a derecha que van desprendiendo cabezas de cuerpos. El dolor es tal, que Coatlicue no soporta más la suya, y se arranca su propio cráneo con la fuerza de sus garras. Los dos chorros de sangre de su cuello brotan densos, muy densos, y se solidifican poco a poco en músculos, colmillos, lenguas, escamas, toman aliento de vida en dos serpientes, cuatro ojos. En el flujo divino no hay separación de vida y muerte. El renacimiento de Coatlicue la transforma de su cuerpo débil de humana a una diosa con dos serpientes como cabeza.

Desde sus pupilas de reptil, Coatlicue es testigo de cómo Huitzilopochtli la defiende de sus otros hijos. El recién parido despega cien, doscientas, trescientas, cuatrocientas cabezas de cuellos que escupen sangre, solo sangre, culebras rojas líquidas sin vida, hasta matarlos a todos, hasta que quedan solo las respiraciones alteradas de su madre y de él en el crepúsculo.

Huitzilopochtli, sin pausa, sin descanso, toma con una mano la cabeza de su media hermana Coyolxauhqui y la lanza al cielo, negro de luto, para dejarla colgada como luna. Las demás cabezas las reparte una a una en el firmamento como estrellas. Y luego Huitzilopochtli duerme, duerme por muchas horas en la nueva noche, mientras Coatlicue sopla sobre los ríos de sangre para transformarlos en víboras que se van deslizando por sus piernas y, entrelazadas, forman la falda que ella portará en la eternidad.

Huitzilopochtli despierta en Sol, potente, amarillo, estira brazos y piernas lanzando una luz que apaga la de sus cuatrocientos hermanos y que ilumina el cerro, el Valle del Mezquital, los pájaros y las alas verdes de los árboles. Ilumina también las mismas bocas que criticaron a Coatlicue embarazada y las sella en un respeto, en una veneración hacia ella como diosa de la Tierra, de la fertilidad, del ciclo de vida y muerte.

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