Solo los tontos sueñan con un gol
Solo besas la cruz cuando anotan gol o te vienes en mí.
Y la besas ahora porque México anotó contra Estados Unidos, y tus amigos lo celebran como si la dignidad nacional cupiera en una hielera de Tecate.
—¡Goooool de México, señores!
El comentarista lo grita casi gimiendo.
Goool.
Resuena en la unidad, aquí en Los Reyes La Paz, en las paredes donde está la fotografía del día de tu boda y un cuadro de la Última Cena.
Tú besabas la cruz cada vez que me tenías bien adentro, en el motel El Silencio, allá por la salida a Cuernavaca, me agarrabas el pecho, a puño, sin soltar, y me besabas como si quisieras desaparecer conmigo.
Luego salíamos a la carretera sin decir mucho.
En el coche me prendía oírte cantar norteñas con una mano en el volante, la otra sobre mi pierna; la deslizabas despacio mientras los cerros se oscurecían a lo lejos. Yo me quedaba quieto nomás para seguir sintiéndote. Entraba aire por la ventana y el sonido del acordeón se perdía con el viento.
Cuántas veces acabé en tu mano.
—La mano de dios, cabrón —decías.
—Cabrón, ya ves, puro pinche gol de México, anímate. Ahorita con otra ronda de mezcal te aflojas tantito y se te quita esa jeta.
Me importaría si un día dejaras de jugar para los dos lados y dijeras dónde chingados estoy yo. Eso pensé y, en vez de contestarte, le di otro trago a la cerveza que sabía a meados. En algún momento me gustaste, con tu playera de la selección y el tatuaje en el brazo de un sagrado corazón abierto, sangrando, con una llama arriba.
—Así se mete, cabrón, sin pensarlo.
Lo dijiste casi riéndote, sin bajar mucho la voz, frente a tus amigos que usaban la playera de la selección y tenían una Tecate en la mano. Desde el otro lado de la sala uno gritó:
—Ése güey ya anda bien pedo.
Se rieron fuerte. En ese momento entró tu esposa con una bandeja de guacamole. Al dejarla sobre la mesa, me guiñó el ojo.
—Órale, mi Chiquitibum, vente pa’ acá conmigo.
Tu esposa se sentó a tu lado mientras en la tele entrevistaban a uno de la selección.
—¿Cómo te sientes?
—Contento, la verdad. Se dio el resultado, gracias a Dios. Estamos dándolo todo en la cancha, con el trabajo de nuestro director técnico. Creo que hacemos lo que veníamos haciendo, o sea, jugar y, pues eso, jugar.
Preciso.
Así hablabas tú, eso me prendía, puro instinto.
—Me siento así. Bien sabe cómo.
Me dijiste meses atrás, en el metro, antes de que fuera el Mundial.
—Ve nomás cómo dejaron esta chingadera.
La estación Bellas Artes desmantelada; también Allende, Tenochtitlan. Todas las que los turistas puedan visitar durante su estancia para el Mundial, bien arregladas nomás para la foto.
—Tiempos de austeridad, de transformación.
Tu risa, siempre franca, de frente. Me echaste el brazo al cuello y recorrimos esos pasillos entre varillas y polvo. Salimos hacia uno de esos bares de República de Cuba: Un Buen Tiempo. Qué buen nombre, cabrón, me dijiste, porque eso quiero pasar contigo.
Y aunque preferías las norteñas, bailamos Atomic y nos embriagamos de cerveza, de nosotros.
Me acercabas contra tu pecho cuando entrada la noche los sintetizadores sonaban más ácidos. Sentí tu verga contra la mía. Conjuramos la noche como dos escorpiones en la oscuridad hasta volvernos constelación. Afuera de Un Buen Tiempo me acomodaste el cuello de la chamarra y por un momento dejaste la mano ahí.
Acabamos en un hotel de la Guerrero, el Ambos Mundos. Desnudos, primero te besé la boca y después la cruz.
—Chúpame lo que quieras, cabrón, pero la cruz no. No me veas así. Está bendecida por Juan Pablo II, ¿eh? Me costó una lana. Hasta le dejé mis llaves para fundir su pinche estatua.
—¿Y de qué te protege?
Te pregunté con mi verga en tu culo, y de un golpe yo era el cometa que se perdía en la noche.
Tú y tus amigos no dejaban de ver la tele; para ustedes el país dependía del juego de once monos obedientes detrás de una pelota.
—¿En qué lugar quedó México en el 68?
Me sostuviste la mirada.
—No mames, si ni había nacido. A mí háblame de este partido.
Te levantaste estirando los brazos, la playera se te subió y te vi los pelos de la panza.
—Además, ¿pa’ qué sirve acordarse? Con que caigan goles, ya.
Te fuiste al baño.
La Chiquitibum se sentó a mi lado, acostumbraba vestir como teibolera y siempre era amable.
—Bruno no sabe guardarse nada, menos cuando se trata de ti.
Lo dijo la vez que nos vimos, en un Chili’s. Tú te reíste: “No empieces, mi Chiqui”. Le diste un último trago a la cerveza y al levantarte para ir al baño, la playera negra con el logo de Ferrari te marcó la panza. Cuando desapareciste entre las mesas, ella se acercó para preguntarme si a mí también me gustaba manejar de noche escuchando norteñas. Me desconcertó, más la tranquilidad con la que lo dijo. Yo me quedé callado y recordé la última vez que nos perdimos en carretera: tu mano golpeaba el volante al ritmo de los acordeones, el camino estaba vacío, el motel El Silencio se había perdido por el retrovisor. Tatuajes de tus besos llevo en todo mi cuerpo. Cerrabas los ojos como si la letra de esa canción te estuviera llevando a otro lado. Deslizaste la mano sobre mi verga, despacio; con tu dedo pulgar dibujaste un círculo en mi aguijón. Se me vició ver tus ojos, respirar tu aliento. Las luces de la carretera se deshacían entre anuncios viejos, tu mano llevaba el ritmo de la noche, los cerros eran un paisaje de sombras y la luna menguante apenas nos iluminaba.
—A Bruno, desde que lo conozco le gusta manejar de noche, dice que ahí nadie lo ve.
Sentí náuseas.
¿Yo qué hacía ahí con la esposa del cabrón que me cogía? Su trato era casi maternal, como si yo fuera el mejor amigo de su hijo. No soporté estar ahí, inventé no recuerdo qué y me fui antes de que regresaras.
Otra noche tú querías bailar cumbia, y fuimos al Salón Los Ángeles. Estábamos a gusto en la pista iluminada por luces rojas, frente a frente, desabrochaste tu camisa, la cruz estaba entre los pelos de tu pecho, chocabas tus piernas contra las mías, los dos, bien en ácido, nos mirábamos desde otra parte.
—Te quiero un chingo.
Me lo dijiste en mi oído, y la cumbia nos traía pegados. Yo quería tenerte así, sudado, perdido, con la cruz golpeándote el pecho mientras las luces se derretían alrededor de nosotros. Así quería perderme, pero apareció tu esposa, con un peinado de leonesa ochentera, un vestido tornasol y unas zapatillas de acrílico transparente.
—Ay, ustedes dos siempre se ponen intensitos con las cumbias.
“Permanece Rebajada”, de DJ Chihuahua, dejó de sonar en las bocinas cuando aún te tenía arrimado. Después caminé hacia la salida. Tu esposa, entre más amable era conmigo, menos la soportaba. Eso te escribí en el taxi y tú contestaste: “Cabrón, ni ella me arma pedo como tú, ¿qué te traes?”. “Me vale verga todo, pero el que te conoce soy yo; al que buscas es a mí”.
La Chiquitibum olía a crema de manos barata y a limón.
—Quedó en el lugar 15.
—¿Quién?
—El lugar que ocupó México en el 68.
Tomó un totopo y lo embarró de guacamole.
—¿Quieres?
Tenía sombras tornasol debajo de sus enormes ojos negros.
En la televisión, por un instante, apareció la jefa de gobierno, con un huipil morado muy pro, viendo el partido desde el Zócalo: del pueblo para el pueblo, mientras el pueblo tenía hambre de un gol.
No sé por qué me quedé ahí, entre el ruido de la televisión, tus amigos y tu esposa, siempre lista y radiante.
—Desde que Bruno me habló de ti sonaba como niño que acaba de conocer a su mejor amigo. Y cuando te vi entendí por qué.
Pareja pro, amigos pro, mundial de fondo. Todo abierto, pero ya sabes.
—Tú nos gustas mucho.
Sonrió y puso su mano en mi pierna.
—Me vale verga el fútbol.
—¿Cómo?
Quitó la mano.
—¿Y por qué en la televisión nadie recuerda a los muertos del 68?
La Chiquitibum me miró directo a los ojos.
—Ay, mi amor, ya estás mezclando todo. Quizá estás confundiendo el Mundial con las Olimpiadas.
Me miró como si acabara de decir algo importante, como si para llegar a esa verdad hubiéramos tenido que atravesar la noche.
—¿Te sirvo mezcal?
Me lo acabé de un trago y le di mi caballito para que me sirviera más, en ese instante tus amigos voltearon hacia acá un segundo, con sus playeras sudadas de la selección, las piernas abiertas porque eran de los que se creen de huevos anchos, la Tecate en mano. Aquí estamos, celebrando un puto mundial mientras la guerra se volvió ruido de fondo. Nos vamos a emborrachar igual mientras en la pantalla Trump mueve sus cerdas manitas bailando al ritmo de Y.M.C.A, luciéndose ante el mundo.
De un trago me acabé el caballito.
—Mi amor, a él le gusta confundirse, pero alguien tiene que poner orden a este desmadre.
No entendí lo que dijo tu esposa, entonces me acerqué a sus labios.
—¿Qué dijiste?
—Siempre se enamoran, pero Bruno siempre regresa aquí.
Sonrió.
Quise preguntarle si alguna vez te habías ido de verdad, si alguna vez alguien te había sacado de ahí, pero regresaste del baño y te sentaste junto a mí.
—Tranquilo, cabrón, ya te vi —dijiste, mirando el caballito que me acababa de chingar—. Tú no sabes parar.
Tu mano encontró la mía y la llevó hacia mi entrepierna. Tus amigos seguían metidos en el juego, gritándole al delantero. La Chiquitibum embarró otro totopo en el guacamole. Tus dedos me apretaron despacio por debajo del pantalón, y qué importaba, si en la televisión el delantero se perfiló, el balón salió de su pie arrastrando todo. En la pared, la foto de tu boda. Tú sonriendo como si el futuro fuera algo que ya se te echó a perder. Al lado, Cristo en la Última Cena, a punto de ser traicionado.
—¡Gooool de México!
El estadio gritó lo mismo que tú en mi oído. Por un segundo vi tu cara cuando te venías dentro de mí. Pensé en el motel El Silencio, en la carretera de noche, en la música norteña, en tu mano escurriendo de mis mecos: tu mano, la de un dios que le tiene miedo a la noche. Los cometas también terminan hechos polvo.
México dos, Estados Unidos cero.
—A huevo, cabrón, somos la reata.
Brindaron.
El guacamole oxidándose en la mesa. El portero repitiéndose en la pantalla. La Chiquitibum mirando a todos como una Venus de piedra, orgullosa por la reunión. El caballito de mezcal vacío. El Sagrado Corazón tatuado en tu brazo, latiendo sin fe.
Otro gol que no era aquí.
Tus dedos cerca de tu pecho.
Me fui en el instante exacto en que besaste la cruz.




