La historia de Claudia y la erradicación de la violencia contra la mujer
“Viví violencia sexual por parte de un amigo de la familia mis padres. Tenía siete años”, Claudia, ahora una mujer de 47 años, se detiene, abre un poco los ojos al percatarse de un hecho aún peor. Luego de unos segundos, habla con rostro inexpresivo: “No sabía qué era abuso sexual porque nunca me enseñaron”.
Pronto comenzó a responderse preguntas a sí misma durante la entrevista. El diálogo era consigo misma. Se explicaba por qué estuvo expuesta a ese abuso durante tanto tiempo. “No había charlas al respecto con mi familia. Mis papás solían culparme, me decían: ‘Es tu culpa por estar ahí’. Desde ese momento en adelante fue así. A los 13 años, los maestros de la escuela y la regularización me tocaban”.
El silencio fue la única respuesta que obtuvo cuando sufrió esas vejaciones. Ella misma lo usó para bloquear los traumas que dejaron las transgresiones a su inocencia, de la cual poco queda en sus facciones afiladas y el entrecejo marcado. Su apariencia, aunque cortés, impone respeto. Aquel perfil se acentúa cuando admite que tomó “en sus propias manos” el plantar cara a los agresores.
Se volvió una persona defensiva, producto de las constantes agresiones de la educación machista que recibió en casa, bajo el mandato de su padre. Su madre poco pudo hacer, salvo adoptar una postura pasiva. La actitud confrontativa la ayudó cuando un hombre la persiguió a lo largo de dos alcaldías con funestas intenciones. Pudo confrontarlo con ayuda de otra persona y acudió al ministerio público para realizar una denuncia que terminó en la nada.
Después, lograría mantenerse a salvo ante los constantes acosos sexuales de un primo, que la acechó en el momento más vulnerable que Claudia atravesó: su primer embarazo. El costo de sus victorias desgarró su autoestima y su salud mental. “Me costó mucho trabajó entender que no merecía ese trato y que no era mi culpa”.
La violencia psicológica contra la mujer es más prevalente
La violencia de carácter sexual ha sido la más común en México, de acuerdo con la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (ENDIREH), de 2021. El 56.6% de las mujeres de 15 años y más a nivel nacional han experimentado este tipo de agresiones, sin embargo, los registros de 2016 vaticinaban ya el problema. En aquel año, el porcentaje fue de 41.3%.
Claudia reconoció que sus padres la expusieron a críticas sobre su sobrepeso que afectaron su confianza. “Me humillaron por ser gorda. Bromeaban con mi color de piel morena, eran chistes racistas”. Este tipo de micromachismos afectan la personalidad de una mujer y puede hacerlas proclives a vivir en relaciones dañinas para ellas en cualquier tipo de vínculo.
Detrás de los abusos hay un proceso previo aplicado a las víctimas. El objetivo es intentar normalizar las vejaciones de los victimarios, lo hacen a través de discursos y conductas en las que someten a las mujeres a un constante acoso, y en las que los tocamientos inadecuados son parte de una dinámica aceptable, explicó en entrevista la doctora Alejandra Buggs, psicoterapeuta y especialista en estudios de género.
La violencia psicológica es la principal estrategia para afectar la confianza y la autoestima de las mujeres. De esa forma suelen pensar que merecen el daño y denunciarlo es inadmisible. A su vez, siguiendo a la especialista, esta violencia sirve de entrada a otras formas de abuso. Las cifras respaldan su valoración. En México, 51.6% de las mujeres del rango de edades antes mencionado ha sufrido el tipo de agresión al que se refiere la doctora Buggs, además de que es la de mayor prevalencia, conforme a la ENDIREH.
Existen estrategias comunes que los agresores utilizan para minar la autoestima y la salud mental de las víctimas. El gaslight es la manipulación más sutil. El objetivo es hacer dudar a la mujer de su percepción de la realidad, para que sea imposible identificar si un hombre ha sido violento o no, explica también la psicoterapeuta.
Aunado al gaslight, la desvalorización y la humillación suelen ser tácticas para mantener sumisa a la víctima. “Suelen ser bromas hirientes, críticas constantes hacia su personalidad, cuerpo y metas personales, descalificadas por el agresor”. A este abuso lo acompañan los chantajes para hacer sentir a la mujer culpable y que acepte el maltrato.
En casos más graves, hay amenazas para acrecentar el sentimiento de culpa. Los agresores aseguran que se harán daño o se quitarán la vida si los dejan. De esta forma, se conforma la dinámica. “Hay ciclos de abuso con intervalos de ‘lunas de miel’. Se alternan maltratos con gestos de cariño para confundir a una mujer respecto a qué sucede en la relación”, sentencia Buggs.
Con un ciclo de abuso así, es común que las mujeres pierdan su identidad y los límites propios que las mantenían seguras sean transgredidos. La tensión es constante y la ansiedad crece cuando también son aisladas de sus redes de apoyo, un paso fundamental que intentará el agresor para ejercer un dominio completo sobre su víctima.
Si se habla de las principales agresiones de género que prevalecen en la actualidad, es necesario mencionar las tendencias en redes sociales que viralizan narrativas machistas y, en algunos casos, promueven estereotipos negativos, sumisión y dependencia económica hacia un hombre.
Los viejos roles de género vuelven con fuerza en nuevas tendencias
En años recientes han surgido algunas tendencias en plataformas de redes sociales, Tiktok e Instagram en específico, que ganaron popularidad por su estética inofensiva en apariencia. Sin embargo, han recibido críticas por ser solo una extensión de valores ultraconservadores que buscan mantener a las mujeres en un papel de sumisión.
La figura de las tradwives (esposas tradicionales) abraza los roles de género, según los cuales la ama de casa debe cumplir con las tareas del hogar sin recibir ayuda, y está obligada a satisfacer cualquier tipo de necesidad y petición de su marido, de quien depende económicamente. Su estilo de vida ha sido descrito como una forma de las dinámicas de poder machista de la década de 1950.
Algunas influencers de esta tendencia aparecen con atuendos sencillos en contraste con sus hogares opulentos. Ballerina Farm es una de las exponentes de la tradwive. Llamó la atención porque elabora de forma casera casi cualquier producto comestible, pese a que su esposo es millonario y tiene 40 empleados en su granja. Entre sus extenuantes actividades también está la crianza de sus ocho hijos pequeños.
Aunque la tendencia sea inofensiva, es peligrosa. “Refuerza la limitación de la autonomía de la mujer”, opina Buggs. Para la especialista, las tradwives son una muestra de la violencia estructural que enfrentan las mujeres. El sistema patriarcal busca su sumisión y una dependencia extrema hacia el hombre para acrecentar la inequidad. Claudia reconoce que las redes sociales y sus tendencias conservadoras son un retroceso en la equidad de género.
A través de los años, Buggs ha observado cómo se han abierto puestos de trabajo con mayor jerarquía para las mujeres, sin embargo, admite que la violencia económica y laboral aún son una realidad. “Hay mujeres que también son machistas. Desafortunadamente, son quienes defienden a otro jefe acosador”, declaró en referencia a una situación de acoso que experimentó años atrás. “El tipo, incapaz de mirarme a los ojos, siempre me veía los senos hasta que lo denuncié”. Apenas habían pasado horas, ella recibió comentarios revictimizantes. “Me culparon a mí por la forma en que me vestía. Otras chicas le dieron la razón a él”.
Como es típico en estos casos, hubo represalias laborales. Comenzó a recibir maltrato y una cantidad exorbitante de tareas con el mismo salario. “Al final, tuvieron que cambiarme al área de sistemas, donde pude tener un salario justo y actividades de acuerdo a mi puesto”. En ese momento, entendió que ni en las autoridades ni en los empleos había perspectiva de género. “Fui juzgada como una persona conflictiva por defenderme”.
Una ideología que respalda los mandatos de género de los que hablaba Buggs y fomenta la sumisión ante las injusticias es la llamada energía femenina y masculina. Es un discurso que atribuye la pasividad a lo femenino, mientras que la personalidad dominante y la agresividad se relacionan con lo masculino. Buggs menciona que la desigualdad podría ser el resultado. Ninguna mujer aspiraría a empoderarse de seguir estas ideas, ni buscaría otro tipo de aspiraciones.
Otra tendencia relacionada a la pasividad femenina es that girl, un estilo de vida con expectativas inalcanzables de perfección y ceñidas en un rol sumiso. Una de las máximas aspiraciones es transmitir paz a las personas a costa de la abnegación y la invalidación del desagrado que podrían llegar a sentir.
El daño que puede causar, de acuerdo con Buggs, es una distorsión de la realidad en la que predomina una negación de la identidad al intentar alcanzar estándares que promueven estar al servicio de otros. También puede derivar en una profunda depresión debido al físico hegemónico que se establece como requisito en esta tendencia. El común denominador es un cuerpo atlético, alto y blanco. “Las chicas pueden sentir culpa al fallar y podrían sentir que no son femeninas”, concluye.
La salud también se ve comprometida, pues los consejos de las influencers that girl solo dependen de una estética que deben mantener, sin considerar información veraz respecto a los estilos de vida saludables. “Son tendencias que dejan ver la ultraderecha que comienza a figurar en América Latina. Se alejan de lo que alcanzó el feminismo”.
La mercantilización de la violencia de género en medios de comunicación
En medios de comunicación y redes sociales existen discursos que en apariencia son positivos, pero esconden micromachismos. También hay otros que, sin filtros, son agresivos en su totalidad. La maestra Lourdes Barbosa, especialista en género y fundadora del Observatorio Ciudadano de Violencia Contra las Mujeres, ha estudiado la forma en que impactan los mensajes de los medios de comunicación.
En entrevista, explicó que ha identificado cuatro categorías. “El primero se refiere a la discriminación contra las mujeres; el siguiente, tiene que ver con grados de violencia. El tercero se relaciona a la violencia implícita; y el cuarto, a la explícita”, mencionó la especialista en género y comunicación.
En medios de comunicación y redes sociales existen discursos que en apariencia son positivos, pero esconden micromachismos. También hay otros que, sin filtros, son agresivos en su totalidad. La maestra Lourdes Barbosa, especialista en género y fundadora del Observatorio Ciudadano de Violencia Contra las Mujeres, ha estudiado la forma en que impactan los mensajes de los medios de comunicación.
En entrevista, explicó que ha identificado cuatro categorías. “El primero se refiere a la discriminación contra las mujeres; el siguiente, tiene que ver con grados de violencia. El tercero se relaciona a la violencia implícita; y el cuarto, a la explícita”, mencionó la especialista en género y comunicación.
Para ilustrar mejor los niveles y tipos de agresiones, Barbosa se plantea una pregunta respecto a qué diario es más violento, La Prensa o La Jornada. En principio se pensaría en La Prensa, sin embargo, la invisibilización de las mujeres también es una forma de violencia. Varios medios de comunicación considerados serios incurren en esto. “No presentan mujeres desnudas, no presentan mujeres golpeadas, pero no presentan mujeres”, denuncia Barbosa.
En este caso, la especialista aclaró que corresponde a la categoría uno por ser un acto discriminatorio, así como a la categoría dos, pues también hay violencia implícita y explícita. En sus palabras, el hecho de que las mujeres sean aisladas de un discurso en medios de comunicación, responde a un patrón de violencia.
Las noticias y el lenguaje en medios están formulados en masculino, de acuerdo con las observaciones de Barbosa. Al respecto, recuerda una evaluación que hizo de un número de la revista Proceso en el que solo 20% de las notas fueron protagonizadas o escritas por una mujer. Si la invisibilización era un problema, el panorama empeoró con los discursos discriminatorios en los medios a los que las personas acuden para comprender la realidad.
La mayoría de diarios y entornos digitales reproducen estereotipos de la mujer sumisa frente a lo masculino. A menudo, es relegada a las actividades de crianza, cocina o servicio al varón. Son papeles pasivos que tienen repercusiones en quienes reciben estos mensajes, pues niegan sus derechos como ser humano, explicó Barbosa.
Respecto a la violencia implícita, aparece en forma de chistes en la vida cotidiana. En los anuncios o redes, llega con la exposición del cuerpo de una mujer como un objeto de placer. “Nunca vemos la cara de la mujer, no habla y aparece con el trasero expuesto, ahí está lo implícito, y se coloca un post it”, ejemplifica la especialista con un anuncio de una marca reconocida que observó en redes.
Por otra parte, está la forma tradicional de entretenimiento que se vale de violentar de forma explícita a las mujeres y que fomenta un círculo vicioso en el cual las personas aprenden prácticas de estos medios. Así, se forman conductas e ideas que producen y reproducen una cultura agresora.
Hablar de la violencia contra la mujer en los medios amerita un diálogo profundo; en contraste, ha sucedido un fenómeno contrario. “En la última década se ha visto una mercantilización sobre el tema de la violencia. Se expresa con más fuerza en el 25 de noviembre y el 8 de marzo”, esclarece Barbosa.
Se ha tomado el problema de género como un producto. “Ahora se trata de ver quién saca los golpes más fuertes, quién saca las cifras más impactantes, o quién saca una historia absolutamente morbosa”, analiza la especialista.
Este tipo de comunicación sensacionalista nunca ayudó a que las agresiones disminuyeran. “Se ha convertido en una pantalla de morbo”, y se evita concientizar respecto a la situación. En síntesis, el sentido de protesta y denuncia dejaron de ser el objetivo en los medios.
Como alternativa, Barbosa, junto a su equipo de trabajo, propone un cambio de narrativa que evite enfatizar el azul violeta de los ojos golpeados de una mujer, cuando se habla del drama de la chica violentada. Para la especialista es necesario hablar del acceso de las mujeres a la justicia. Se tiene que visibilizar en medios el papel de los ministerios, policías y jueces.
Barbosa enfatiza en lo anterior con urgencia, porque la forma de exponer las agresiones contra las mujeres ha conservado un tono revictimizante y amarillista, de acuerdo con las conclusiones a las que su grupo de especialistas llegó. “No ha cambiado nada en un siglo y medio”. Por otro lado, las redes sociales experimentan narrativas en las cuales se refuerzan estereotipos y roles de género.
“A las más jóvenes se les enseña que deben buscar a un varón que las mantenga, y se promueve la cultura de los cuidados”. Otro de los efectos negativos de estos discursos es el peso bajo e imagen de extrema delgadez que las mujeres conservan. Las influencers y las tendencias se encargaron de viralizar estas ideas. En contraste, Barbosa reconoce que se ha ganado respeto a la diversidad de cuerpos.
Hacen falta herramientas psicológicas contra la violencia
Es posible prevenir la violencia contra la mujer desde un trabajo psicológico personal. Buggs menciona que, en una situación de violencia, se deben reconocer las dinámicas que la permiten y alejarse de ellas. La terapia psicológica es de ayuda para identificar las estrategias de gaslight de los agresores.
Con un trabajo en terapia, también será posible establecer límites firmes. Para Buggs, este paso es primordial hacia un cambio positivo, pues en la mayoría de los casos de abuso el agresor intenta desdibujar las líneas de respeto y autocuidado de sus víctimas. “Se debe aprender a decir no, a tener el respeto mutuo como base”.
El apoyo de la familia o amigos es uno de los pilares en una vida libre de violencia. Contar con redes de apoyo a quienes acudir en caso de emergencia es una de las prácticas saludables que recomienda Buggs. “Tener un grupo de pertenencia para hablar es fundamental”, explica la especialista en género.
La educación emocional para prevenir la violencia contra la mujer se ha vuelto una necesidad. Buggs sugiere que siempre se debe cuestionar qué es el amor y qué es la dependencia. Así, podrían reconocerse estrategias de manipulación. Sin embargo, en caso de encontrarse en una situación adversa, será imprescindible acudir con un terapeuta con perspectiva de género.
En cuanto a las medidas que la sociedad podría adoptar para reducir el riesgo de vivir este tipo de violencia, la especialista recomienda una educación que enseñe la equidad de género. “También necesitamos legislaciones más efectivas, que garanticen el acceso a la justicia”. Un buen complemento, en palabras de Buggs, serían campañas de sensibilización al respecto y espacios seguros para las mujeres.
Claudia considera que la familia podría jugar un papel definitivo en cuanto a la erradicación de este problema. Desde su experiencia, identifica con claridad que la educación machista se hereda y por ello hay un nulo respeto a la vida. “En todos lados hay violencia”. Combatirla sería posible si hay consecuencias claras para los agresores, en su opinión. Sin embargo, la respuesta que ofrece para cambiar el presente es lapidaria: “Falta concientizar sobre la violencia machista”.




