Tierra Adentro
"Todo el cielo se ve oscuro" de Mateo Díaz Choza. Colección Tierra Adentro. Fondo de Cultura Económica del Perú.
“Todo el cielo se ve oscuro” de Mateo Díaz Choza. Colección Tierra Adentro. Fondo de Cultura Económica del Perú.

I. Tinta negra

Un día de los primeros meses de la pandemia mi amigo Z terminó de dar sus clases virtuales, mandó un correo de renuncia a sus jefes y se quitó la vida de una manera que nunca, al menos según supe, se hizo pública. Era alrededor de la una de la tarde, estaba en la casa donde siempre vivió, con su familia. Alguien debió descubrirlo. Por la tarde recibí una solicitud de mensaje en redes sociales que no abrí hasta después de enterarme de lo que había pasado, por la noche escuché el audio de un amigo [A] que me comunicaba la noticia. Hasta ese momento era un día más o menos bueno dentro de la monotonía inicial del primer año de la pandemia: faltaba poco para el lanzamiento virtual de mi poemario y minutos antes me habían confirmado que Gloria Gervitz, la poeta mexicana de origen judío, me iba a enviar a casa un ejemplar firmado de su libro Migraciones. Yo nunca he sido aficionado a los autógrafos de ningún tipo, pero en ese entonces, como ahora, los textos sobre errancias y desarraigos me interesaban y quería leerlo hacía tiempo. Todo se desvaneció con la voz de mi amigo, el mensajero [A]. El resto de la noche llamé, una a una, a distintas personas para darles la noticia. Las llamaba, les preguntaba cómo estaban, les advertía que algo terrible acababa de suceder, se los decía y esperaba que invariablemente rompieran en llanto. Yo no lloré esa noche, pero sí al día siguiente, cuando desperté mucho antes de lo que suelo hacerlo, a eso de las seis de la mañana. Era otoño en Providence, y ese día, acaso adelantándose a la estación, estaba nevando.

Estoy en el bosque de Chapultepec. Sentado sobre un columpio hay un chico con síndrome de Down. Una mujer, que podría ser su madre, lo balancea por varios minutos. No me resisto, saco mi celular y empiezo a filmar. Registro dos clips de menos de diez segundos. Amplifico la imagen para ver el rostro del chico, quien se ve tenso y al mismo tiempo parece disfrutar del juego. Es domingo y hay muchísima gente alrededor. A mi lado, S juega con Circe, una cachorra que no paró de ladrarme la primera vez que me vio. Cuando S recibe una llamada, me entrega la correa de Circe, pero ella ya ha salido disparada en dirección a unas personas que hacen un picnic. Hay que verla correr, sus extremidades estirándose con plasticidad en el aire, mitad cachorro mitad caballo. Belleza atlética del movimiento. Cuando era niño les tenía pavor a los perros, ahora trato de hacerme cargo. La llamo varias veces hasta que me hace caso. Yo voy a intentar engancharle la correa; ella va a saltarme, apoyar sus patas delanteras llenas de lodo sobre mi cuerpo y, si puede, seguir moviéndose a toda velocidad.

Cada vez que intento escribir relatos llego a una misma conclusión: me es muy difícil, por no decir imposible, inventar historias. Puedo hacerlo, pero las siento falsas. Ni yo mismo las creo. El pacto de verosimilitud, que con alegría suscribo cada vez que leo una novela o un cuento, me es imposible otorgármelo. Con el tiempo esta actitud también ha afectado mis poemas. En la poesía, aunque no se trate de historias o hechos, uno puede también mentir. Últimamente el tipo de poema que me gusta es el que no miente; mis mentiras en verso, aunque sean indistinguibles para los lectores, ahora me avergüenzan. Para Z, prolífico y talentoso narrador, la cosa es al revés. Lo imposible es no inventar, y la falta de verosimilitud no es nunca motivo de autocensura sino de celebración. Como no hay nada que contar de mi vida, me dice Z, elijo ir a la contra.

Por un tiempo se convence de que este libro debe empezar con el relato de un viaje. Es enero de 2019, acaba de pasar su segundo invierno en los Estados Unidos cuando toma un avión para Lima. Casi siempre que vuela al Perú en esos primeros años, su regreso tiene un carácter de huida. Después de un año y medio de iniciar sus estudios, no ha escrito un solo verso y se empieza a deprimir. Tiene además el corazón roto y el sueño destruido. En las semanas anteriores a volar piensa en irse a la selva para tomar ayahuasca, pero se desanima pronto por detalles logísticos y porque en el fondo la experiencia le atemoriza. No sabe cómo va a reaccionar su cuerpo, tiene miedo de que los efectos físicos provocados por la ingesta sean demasiado violentos. Curiosamente, no le asusta lo que a muchos otros más les preocupa: ver lo que van a ver y, aun peor, quedarse en el otro lado, que todo quede interrumpido en el viaje de ida. Desiste, pero entonces se reafirma en la necesidad de viajar a algún lugar, y casi sin pensarlo elige Ayacucho como destino. Después de una semana de estar en el Perú compra los boletos. Una tarde de enero se sube al avión. Sin embargo, casi una hora después, cuando ya habían anunciado el aterrizaje, el avión se da media vuelta y regresa a Lima.

Kleist se pregunta cuándo y de qué manera ha

entrado el color oscuro en su vida y se ha extendido

como tinta negra en una botella de agua clara.

Tenía veintisiete años la primera vez que me enteré del suicidio de un conocido. Era un profesor de la universidad con quien mi grupo de amigos y yo habíamos tenido cierta cercanía. En el velorio encontré a varios antiguos compañeros y recuerdo que al final terminamos cenando sopa ramen en un puesto de comida asiática. Al entierro no fui. Seguro porque ese día tenía que trabajar, aunque, en general jamás me ha gustado asistir a esos eventos: siempre voy a los velorios, a algo hay que ir, pero intento escabullirme de los entierros. Quien sí fue es Z. Hubo un bus que los llevó y los recogió del cementerio, que quedaba en algún lugar de las afueras de Lima, quizás Lurín o Huachipa. En el viaje de regreso, a Z le toca sentarse al lado de la hermana del profesor fallecido. Ella no para de hablarle y contarle cosas acerca de su hermano, intercalando relatos, apreciaciones y juicios morales que a la larga terminan por mezclarse. Su aspecto es taciturno y apagado, pero aun así sigue hablando hasta que el bus llega a la ciudad y Z se baja. Lo que Z siente en ese monólogo disfrazado de conversación no es ni pudor ni incomodidad, sino la felicidad banal de quien escucha historias y se deja llevar por ellas. Una sensación algo parasitaria, me dice, porque esas mismas historias las podrá convertir luego en su propio relato. La esencia, en buena cuenta, de toda escritura.

Antes de nuestra primera cita S escribió a la Red de Sororidad, un grupo de WhatsApp de más de doscientas mujeres de la Ciudad y el Estado de México, indicándoles el lugar y la hora donde nos íbamos a encontrar. También me buscó en internet para verificar si mi foto y mi nombre coincidían, para saber si era quien decía ser. Nos vimos en un café de la Roma a las cuatro de la tarde. A pocos metros de nuestra mesa estaba un argentino que seguro entendió lo que estaba pasando, el primer encuentro de dos personas que jamás se han visto y que se han puesto en contacto por un aplicativo de citas, y no tuvo problemas en inmiscuirse repetidas veces en nuestra conversación. Se presentaba como un jugador de fútbol retirado que se había mudado a la Ciudad de México para trabajar como instructor en un gimnasio. Después de un momento, al darse cuenta de que no le hacíamos mucho caso, se fue no sin antes decirle a S que se casara conmigo. Unas horas después S se despidió diciéndome que había quedado en ir a un espectáculo de lucha libre, el primero al que iba a pesar de llevar casi ocho años viviendo en la ciudad (lo que no me dijo es que ahí, en las gradas del coliseo, tendría su segunda cita del día). Esa noche no le dio tiempo de pasar por su departamento y ver si Circe estaba bien, si no había destruido algo, se había orinado o cagado. Como lo sabría poco después, Circe no estaba acostumbrada a quedarse sola y a los pocos segundos de que S la dejaba empezaba a llorar y morderse la cola.

Poco después de la muerte de Z me acuerdo del poema que W. H. Auden escribió tras la de W. B. Yeats. Allí el poeta irlandés aparece en sus últimos momentos, en un día frío y oscuro de invierno. Las dos primeras secciones son sobrias, llenas de versos muy poderosos dichos en palabras sencillas y entre frases casuales. En la tercera y última empieza a sonar un redoble fúnebre de cuartetos rimados que llevan a una conclusión magistral e intraducible:

En los desiertos del corazón

Deja a la fuente sanadora brotar

En la prisión de sus días

Dile al hombre libre cómo adorar

Auden escribió el poema poco antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial. El mundo que el poeta describe es de crispación, de la tensa calma que antecede al estallido. Por eso dice: “En la pesadilla de lo oscuro / todos los perros de Europa ladran”. Lo leo en voz alta muchas veces. Desde la misma noche del suicidio de Z, me doy cuenta, leo varios poemas en voz alta.

Llega a Ayacucho (o Huamanga, el nombre antiguo y aún usado en la ciudad, rebautizada en 1825 en honor a la batalla de Ayacucho) al día siguiente, alrededor de las ocho de la mañana. Toma un taxi en el aeropuerto y le dice al chofer que venía en el avión que no pudo aterrizar ayer. La justificación de la aerolínea era que la pista de aterrizaje no estaba acondicionada en ese momento, pero el taxista dice de inmediato que eso es mentira. En todo caso, el suyo era el último viaje de aquel día y por eso los pasaron al primero del día siguiente. Después de recorrer el cercado de Huamanga, el auto atraviesa un arco llamado Puka Cruz y empieza a subir el cerro para detenerse en una casa en una calle empinada. El taxista le dice que esa es la dirección y luego le pregunta por qué escogió quedarse en un lugar tan alejado del centro. Es un hospedaje manejado por un holandés de unos cincuenta años que vive allí, con su hermana, hace varias décadas. El holandés cuenta que antes lo confundían con el pishtaco, ese ser maligno del imaginario popular andino que le chupa la grasa a las personas a las que encuentra en caminos desolados hasta dejarlas como un esqueleto: hay muchas versiones del mito, pero en todas el pishtaco es blanco y forastero. Luego de dejar su equipaje, camina unos veinte minutos hacia la plaza de Armas y busca un lugar para desayunar y donde pueda conectar su celular al wifi. Encuentra una juguería frente a la plaza, en un segundo piso, y apenas se sienta en una mesa empieza a advertir los síntomas del mal de altura. Huamanga está a poco menos de tres mil metros de altitud. Casi sin moverse toma un jugo de fruta y deja que su cuerpo se aclimate. Los días siguientes pasea por el mercado central, va a la casa-museo del retablista Joaquín López Antay y a Anfasep, la asociación de familiares de desaparecidos durante el periodo de violencia política. También visita un descuidado museo militar dedicado a Andrés Avelino Cáceres, héroe de la guerra del Pacífico, donde descubre cuadros coloniales de la escuela cusqueña, rotos o apolillados, mientras un cadete bastante joven y algo extrañado por su presencia le hace pasar a las distintas habitaciones. Lo que más le impresiona de ambos lugares son las fotos antiguas: una de Zoila Aurora Cáceres, hija del héroe, escritora casada con el cronista guatemalteco Enrique Gómez Carrillo (“se casó con un francés”, decía el cadete); otra, de las hermanas Alicia y Celia Bustamante, casi adolescentes, sentadas en la vereda de algún pueblo junto a una joven de rasgos andinos. Las dos tienen sombrero: el de Alicia, que está sentada a la izquierda, reposa a su costado, mientras Celia, que está en el otro extremo, lo sostiene sobre sus piernas. Lo más curioso de esa foto, que estaba en la casa-museo de López Antay, es que ni Alicia ni Celia, quien luego sería esposa de José María Arguedas, miran a la cámara ni a la mujer que está sentada entre las dos. Sus miradas parten del centro de la foto para separarse en diagonales opuestas (Alicia hacia la izquierda, Celia hacia la derecha) de un modo tan simétrico que parece compuesto adrede. En cambio, la mujer del centro solo está ahí, sin sombrero y con sus manos cruzadas sobre las piernas (las tres mujeres de la foto tienen las manos cruzadas sobre las piernas). Aunque está sentada de frente al fotógrafo, tampoco ve directamente a la cámara, sino que mira hacia la izquierda por el rabillo del ojo. No intenta sonreír como las hermanas. Su vestimenta es oscura al igual que su cabello y desde la fotografía es imposible distinguir los detalles de su atuendo. No se sabe si viste un conjunto de una o dos piezas, ni se puede identificar alguna prenda individual como los sombreros, el vestido de Alicia, el overol de Celia o las modernas zapatillas de ambas. De hecho, es imposible ver si la joven anónima lleva zapatillas, sandalias o está descalza. Aunque es evidente que en la foto hay tres personas, la leyenda de la museografía tan solo dice: “Alicia y Celia Bustamante”.

El lamento por el muerto-suicida se vuelve un conjuro: un ruego para que el muerto no regrese, un ruego para que esa persona osada no descanse entre los vivos o los muertos; la negación para alejar el daño; la negación de esa existencia, de su imagen y semejanza.

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