Tierra Adentro
Portada de "Sobre el sonido de un derrumbe", Patricia Martínez Pedreguera. Colección Tierra Adentro, FCE, 2024.
Portada de “Sobre el sonido de un derrumbe”, Patricia Martínez Pedreguera. Colección Tierra Adentro, FCE, 2024.

En cuanto terminé de leer el libro, anoté lo que sigue: si mi familia se derrumba, espero que lo haga con el mismo encanto, con el mismo afán poético, con el mismo estruendo insólitamente bello que se reproduce en esta obra. Luego recordé que mi familia ya se había derrumbado desde hacía muchos años y mejor seguí con la reseña. 

Sobre el sonido de un derrumbe, de Patricia Martínez Pedreguera, es una obra de teatro que muestra sin tapujos ni miramientos los contrastes de una familia; corrijo, de todas las familias. La obra de teatro nos deja ver su lado bestial y amoroso, su lado impredecible y cotidiano, pero también su aspecto místico e impúdico. De hecho, la gran virtud del libro es que podría representar a cualquier grupo de parientes que haya existido en este mundo. La hazaña de la autora fue convertir las entrañas familiares en literatura, en alta poesía, en acotaciones excepcionales, en diálogos, monólogos y soliloquios de una precisión sin límites. ¿Cómo habrá sonado mi familia cuando se derrumbó? El ruido de la familia que devasta Pedreguera en su libro, nos dice la escritora, comienza sonando así: “trrr trrr trrr”. 

Los personajes parecen existir, la autora logra manifestar sus virtudes o trastornos, con realismo, a lo largo de la escenificación; logra reconstruir en episodios breves sus pensamientos y voces, con todas las contradicciones o vericuetos que los conforman. Es de esas escritoras que insufla de alma a sus personajes debido a la profundidad con que los desarrolla. A la mitad de la obra pensé: si yo llevo décadas sin ver a mi familia, si no quiero ver a la mayoría, ¿todavía existen?

Algo que me descolocó en principio y terminó fascinándome es que la anécdota no es lo fundamental aquí. El hilo dramático no resulta esencial, lo que termina siendo memorable son los juegos literarios, los actos de ruptura del género, la desbordante retórica que permea el texto. En realidad, la historia es muy sencilla, habla de cómo un secreto familiar pesa y hace que las dinámicas alrededor de un abuso terminen por hacer pedazos a los involucrados. Pero repito, la anécdota vale madres. Lo inquietante es que, nunca, los trayectos de los personajes ni sus palabras van de un punto A a un punto B de la manera más lógica o predecible, siempre atraviesan laberintos, bosques encantados, callejones peligrosos, abismos o zonas minadas antes de llegar a su destino. 

Los personajes de la obra no solo hablan entre ellos, también se dirigen con toda seguridad al destino, les hablan también a las partes más desquiciadas de sí mismos, le hablan a su pasado y su probable futuro, se comunican con el vacío, uno habla incluso ni más ni menos que con Dios. El elemento central de la historia de mi familia no es el abuso, sino el abandono; en la de otros, ¿cuál será el epicentro?

Martínez Pedreguera demuestra que el teatro es uno de esos géneros que, desde hace mucho tiempo, se pasa por los huevos el canon, lo tradicional, lo esperado, y ofrece piezas tan alternativas, tan disruptivas, que hacen que algunas novelas o cuentos mueran de envidia y salgan de la habitación pidiendo perdón por su naturaleza conservadora. 

Quiero resaltar cómo funcionan en el libro las acotaciones. Esas pautas que supuestamente nunca serán un elemento público. Esas indicaciones que solo están diseñadas para ser leídas por los actores, el director o quizás el iluminador. Pues resulta que esos secretos que el espectador jamás conocería, aquí, son una pieza esencial del texto, están diseñados para exhibirse con impudicia en escena. Son, quizás, lo que más me gusta. La primera ya marca la pauta de lo que viene, nos indica la autora: “Los personajes que aparecen en esta obra son parte de una familia. Si en los actores hay un aire de familia, muy bueno; si no parecen parte de la misma familia, bueno también, pero no tan bueno”. Gran arranque.

Pienso que, si un autor se toma el tiempo de hacer arte con las acotaciones, a mí no me queda otra que aplaudirle de pie por su empeño, por quebrantar las normas, por volcar su talento en algo que parecería tangente al producto final. Hasta antes de este libro, un guion de teatro leído como una obra literaria me daba una sensación de estar frente a algo en extremo incompleto, algo que necesitaría ser dotado de un montaje para juzgarse con certidumbre, para tener relevancia plena. Sin embargo, en este caso, me maravilló que no me hiciera falta ninguna otra cosa. Es más, me resultó emocionante, especular, hasta dónde podría llegar la obra ya montada, estoy seguro de que tiene el potencial de convertirse en un producto destacado. Ojalá tenga yo la suerte de ver también la puesta algún día. Pero, en fin, algunas de las acotaciones no solo son insólitas, también serán muy difíciles de lograr, baste un ejemplo sencillo pero revelador, la autora escribe tras un diálogo: “Brinca un grillo”, ¿cómo chingados logrará un director seguir esta marca, no lo sé, pero no puedo esperar a ver las propuestas. Si yo pudiera ponerles una acotación a mis propias palabras dichas en voz alta, escribiría: una deidad con un caballo verde en la coronilla relincha cada vez que grito.

Otra de las acotaciones asegura: “pedazo a pedazo comienzan a caerse las escenas”. Una dramaturga que se atreve a destruir su obra, a mencionar la devastación de lo que ha planteado, ya se ha deshecho por competo de cualquier limitación. La libertad de este libro me insufló de un deseo ejemplar por llevar lo más lejos posible mi propia escritura. Y ello es algo que por siempre le agradeceré.

Como les mencioné antes, uno de los personajes es un interlocutor, un intermediario entre Dios y el reino de lo mundano. Heidegger decía que los poetas son traductores de lo divino, los únicos capaces de hablar la lengua de los dioses, de compartirla. Martínez Pedreguera es, sin duda, una poeta, e igual que los autores antiguos, utiliza la poesía para crear su drama, para lograr que una divinidad sea parte de su catálogo de personajes.

A lo largo de la obra aparecen sentencias, aforismos, adagios, no sé bien cómo llamarles, fragmentos reveladores que me hicieron estremecer. Nada sostiene mejor la verdad que la certidumbre literaria. Es justo la certeza estética uno de los pilares de la obra. Valgan estas oraciones como ejemplo de lo que afirmo: “Hay padres que no exigen atención, que no hacen de sus hijos un público cautivo. A esos padres fácilmente se les puede dejar de escuchar, incluso se les puede olvidar”. “Pero si se lo preguntan, no es difícil de encontrar una urna así, la pedí por Amazon. Increíble, ¿no? Pero sí, en Amazon venden urnas”. “Quizá parezca abrupto, pero así es mamá. Y ahora es temprano: a mamá le gusta gritar por la mañana y callar por la noche”.

Toda familia es un derrumbe y una construcción que se erige de nuevo, solo para ser derribada por un nuevo desplome y luego ser reconstruida de inmediato. Pero cada arreglo la va desgastando, la vuelve más frágil, nunca queda del todo como en su origen, por ello, las familias se vuelven con el tiempo un amasijo de monstruosidad, una abominación medianamente habitable que apenas logra mantenerse de pie. La obra muestra perfectamente ese estado de vulnerabilidad interminable que es el centro de nuestro orden social. Mi familia también es una bestia a la que se le caen los pellejos y va arrastrando los miembros por el suelo. 

La obra está anegada de la magia de lo cotidiano, de elementos que parecen fantásticos o paranormales, pero ocurren en contextos demasiado realistas, incluso burdos. Una muestra de ello es la historia que cuenta uno de los personajes, quien fue capaz de teletransportarse de la línea azul del metro a la verde. 

Solo Martínez Pedreguera es capaz de incorporar con calidad estética figuras tan decadentes de la cultura popular como Maná y Juanes a su texto. Me sorprende, pero la aparición de estos grupos en una de las escenas potencializa el poderío del conflicto. Cuando se murió mi abuela, alguien lloró escuchando la de “Oye cucú papá se fue…”, me pareció ridículo no solo porque el bodrio habla acerca de una figura paterna, sino por la música y la letra que no soporto.

Sobre el sonido de un derrumbe es un libro que me gustaría volver a leer varias veces, lo cual no es común que me ocurra. Es una obra, reitero, que me encantaría ver en escena. En fin, me parece justo terminar la reseña con la misma acotación que cierra el libro y que representa lo que yo sentí tras el final: “Oscuro. No, mejor luz. Mucha luz”.