Tierra Adentro
Portada de "Los relingos", Ana de Anda. Colección Tierra Adentro, FCE, 2024.
Portada de “Los relingos”, Ana de Anda. Colección Tierra Adentro, FCE, 2024.

Lo que me embelesa de leer un libro de ensayos es que, al terminarlo, conozco muchas de las barbaridades, indiscreciones y hasta culpas de los autores. Luego de leer Los Relingos de Ana de Anda, mi necesidad de chisme fue saciada con esplendor. Ahora sé que la autora ha estado varias veces a punto de convertirse en uno de esos acumuladores que aparecen en los programas para insomnes. Que nunca ha sido una persona religiosa, pero cuando una desgracia le ocurre (desde una filtración por goteras hasta la hospitalización de un ser querido), reconsidera su postura y se postra ante cualquier deidad. Que su madre siente nostalgia y frustración porque jamás tendrá nietos. Que su papá atesoraba sus dientes de leche y los guardaba junto con los de la mascota familiar. Que de Anda usa la sudadera que su madre llevaba en su juventud. Ello la hace pensar que adquiere un tanto la personalidad de quien usó la prenda antes y que lleva un pedacito de su madre encima.

Por otro lado, siempre que leo una colección de ensayos, no puedo evitar (aunque lo intente) pensar en la consigna de Montaigne que dice: “Yo mismo soy el tema de mi libro”. Y ello sigue pasando con cualquier ensayista, se convierte en la materia principal de su obra. Cioran, por ejemplo, es la desesperanza apocalíptica; Sacks es la indiscreción cerebral, Hazlitt es el desprecio que divierte. De Anda, al menos para mí, es la inteligencia que sosiega. Ella es un tema profundo, vasto, pero tratado con tal certeza y entusiasmo que incluso a mí me tranquilizó, doblegó mi ansiedad aparentemente indómita.

La escritora es una especie de antimística. El misticismo es el contacto directo y profundo con lo divino, con lo sagrado. Pienso que de Anda es una adepta del antimisticismo justo porque tiene un contacto profundo y directo con lo mundano: la basura, los objetos de colección, las ropas viejas (llamadas popularmente relingos), las fotografías ajenas, las piezas ofertadas en los tianguis y en las ventas de garaje. De hecho, creo que el libro entero es un grandioso tratado sobre el alma de lo material, sobre el espíritu de lo palpable. Hasta ese nivel encumbra y enarbola lo concreto la ensayista. 

Bien lo dice Luigi Amara, el ensayo literario ya no está constreñido por una tesis y una serie de argumentos que se someten al escrutinio del lector. La cosa ya no es tan rígida. Sin embargo, en varios de los ensayos de Los Relingos sí se puede identificar una tesis clara, sí hay argumentos poderosos, y ese trabajo retórico resulta destacable, ya que lleva al lector a alejarse (al menos un tanto) de su rigidez, lo hace repensar, replantearse la propia visión y confrontarse con aquello que parecía inamovible.

Cuando en el libro se habla de acumular objetos inútiles o de nuestra incapacidad de deshacernos de la basura querida, la autora argumenta: “En este momento hay toneladas de chatarra flotando en el espacio, basura en la zona abisal del mar, generaciones enteras que aún no nacen, pero ya cuentan con plásticos microscópicos integrados en la cadena de adn. Dan ganas de no tener cosas nunca más y limitarse a una existencia por ósmosis”. Yo soy coleccionista de juguetes. Mis closets, la cocina y hasta el baño están llenos de figuras coleccionables, todos me sugieren que empiece a purgar mi tilichero, jamás tomo en cuenta esas observaciones. Pero, tras leer este fragmento, fue la primera vez que lo consideré, que me visualicé deshaciéndome de parte de mi colección. Ello tiene que ver, por supuesto, con el talento de la autora para hacerme reflexionar, está ligado a su capacidad de agotar los temas tratados y modificar, a través de la escritura, el comportamiento de quienes la leemos. 

Les comparto otro ejemplo de un argumento construido con precisión y fiereza: 

Platón formuló el mito del auriga que conduce al caballo sensato de la razón y al potro indomable de las pasiones. En un ejercicio de introspección, mis jamelgos personales son el orden maniático y la acumulación patológica. El acto de contención personal que me obliga a no regresar a mi casa con más cosas cuando visito un mercado de pulgas es el pensamiento casi inmediato “¿y qué voy a hacer con esto?”.

La voz de Ana de Anda es poderosa, lo que afirma se cimenta en la hoja, en los ojos, en la mente del lector. Lo que niega derrumba creencias. Pero su tono también sosiega, da cierta paz leerla, cierta esperanza incluso. Este contraste, me parece, es lo que vuelve memorable su estilo. 

Al ensayo siempre se le ha ligado con el raciocinio, con lo cerebral. Suena contradictorio, pero creo que el intelecto de la autora está ligado siempre a la imaginación, a la creatividad desbordante, y ello hace que su obra se disfrute. Dice Hugo Hiriart que la única obligación del ensayo es no aburrir. Y aquí vemos esa sentencia puesta en acción sin parar. Cada ensayo es un páramo de gozo y revelación por igual. En uno de los textos se expone el tema de las colecciones. La ensayista decide hablarnos, en primer lugar, de colecciones de lo insólito, de aquellas que sorprenden y desconciertan, esas que tienen más valor e interés que un conjunto de autos antiguos o de relojes de diseñador. Nos dice: 

Hay quien colecciona viajes, amores o experiencias paranormales; y quienes coleccionan encuentros sexuales como si fueran trofeos. Las paredes de muchos restaurantes coleccionan fotografías de los famosos que visitan el establecimiento. Sin duda habrá colecciones que lindan con el fetiche y atesoran uñas, pelo o ropa interior usada. Del otro lado de la historia, existen niños que coleccionan costras, pelusas o piedras. 

La forma de ver el mundo de la autora me hizo recordar que yo hasta guardo un control seboso y roto de Nintendo porque con él terminé el Zelda Ocarina of Time, que guardo un cuadrito de LSD de mi adolescencia, e incluso conservo un pelo de la oreja de mi esposa que me regaló cuando éramos novios (el amor es una serie de cochinadas). Es justo el conjunto de autorreferencias que se disparan al leer Los Relingos uno de sus grandes obsequios para los lectores.

En uno de los ensayos se afirma: 

Además de la venta habitual de muebles y ropa vieja, he visto genealogías enteras en tonos sepia, a color o en blanco y negro, en álbum, enmarcadas o apiladas en cajas de cartón, a la espera de un comprador, voyerista silencioso de los recuerdos ajenos. Aunque su prolijidad sugiera que no fueron tomadas por error, cada fin de semana aparecen en mercados y puestos ambulantes. Si se busca un entretenimiento novedoso, pueden hacerse hipótesis sobre a quién pertenecen, a saber, si son los vestigios de algún pariente lejano, un tío incómodo o un abuelo muerto.

Luego de leer lo anterior, pensé que a mí sí me gustaría que, tras mi muerte, alguien compre mi foto y se imagine una vida mejor de la que tengo, de la que tuve. Las ideas de los textos del libro generan otras ideas en la mente de quien las lee y ello reafirma la noción de que los ensayos son un diálogo. Disfruté platicar con la autora, verdaderamente.

Este conjunto de ensayos refina las posibilidades de todo aquello que ves y juzgas de tu propia existencia, de la realidad del mundo. De forma contundente, de Anda reconfigura y revoluciona tus ideas y tus aseveraciones. Un libro de ensayos exitoso es justo aquel que amplía la noción que cité de Montaigne al inicio de la reseña; entonces, ya no sólo el autor es el tema de su libro, también el lector se incluye en esa temática. Lo cual genera un ciclo que enriquece a los participantes. Es obvio, pues, que termino recomendando la lectura de Los relingos. Es obvio que la autora me pareció una exponente destacada de su género. Si van a coleccionar algo y no serán capaces de soltarlo nunca, que sean precisamente las reflexiones de Ana de Anda.

Portada de "Los relingos", Ana de Anda. Colección Tierra Adentro, FCE, 2024.
Portada de “Los relingos”, Ana de Anda. Colección Tierra Adentro, FCE, 2024. Disponible aquí