Después de Peter
Para Peter Hujar, David Wojnarowicz
y todos a los que no puedo nombrar.
1987
Washington, D. C.
La policía me soltó hace unos días.
Dicen que el mismo presidente Reagan intercedió
por mí.
Me ven como otro activista loco.
Una mujer duerme sobre un charco de cerveza y orina,
su cuerpo es un bulto de tierra que se esparce
con el viento.
Su piel está hecha de la misma sustancia que la noche.
Un hombre vestido con periódicos me muestra su
erección debajo de un abrigo sucio.
Le pongo la cámara de Peter en la cara y le tomo una
fotografía, el flash bombardea sus ojos, no
reacciona, no habla, piel invisible.
El golpe de luz me recuerda que un día mi
mente desaparecerá.
El hombre me aprieta los hombros.
La vida sólo es la interrupción de la muerte.
Un parpadeo de gravedad que nos hace flotar
por un instante.
Empieza a golpearme, caigo al suelo, un vidrio roto
se entierra en mi espalda.
Mi instinto de supervivencia se paraliza.
Sólo pienso en una cosa.
Proteger la cámara de Peter entre mis brazos.
Una patada en mi pecho.
Mis pulmones se queman.
Se está más tiempo muerto que vivo.
Contando desde su nacimiento hacia atrás, Peter lleva
más tiempo no existiendo que existiendo.
Si contamos la vida de Peter desde el momento en que
nació hasta el momento en que murió, entonces él
ha vivido más de lo que lleva muerto.
En mil años su vida habrá sido una grieta transparente
en el corazón del tiempo, estadísticamente es tan
poco probable llegar a nacer, que estar vivo parece
casi antinatural, como si la vida fuera un defecto
de la existencia.
El hombre intenta arrebatarme la cámara de Peter.
¿El pasado existe si nadie lo recuerda?
Le doy una patada en su barbilla y le rompo
la nariz.
La sangre se seca como el cemento.
El hombre corre dejando un hilo de sangre
en el suelo, me levanto y abrazo la cámara.
Al final la vida es una caída constante.
Peter lo sabía.
Despierto en la habitación de un motel.
Las almohadas apestan a alcohol barato.
Mi cuerpo arde.
No sé de dónde llega el dolor.
El sol corre derretido en mis venas.
Mi cuerpo es una herida abierta.
Las cortinas de plástico me hacen sentir que estoy
dentro de un búnker a miles de kilómetros
debajo del mar.
La luz se ramifica por debajo de la puerta.
Un hombre de unos veinte años duerme
en la alfombra.
Es un extraño joven con parecido a Marlon Brando.
No recuerdo cómo terminé aquí.
Su cuerpo es un nido de hormigas rojas.
Despierta.
Me mira como se mira al hueco que deja el aguijón
de una abeja en la piel.
Está desnudo.
Me mira como se mira a un animal que está
a punto de morder.
Y habla…
¿Quieres desayunar?
Yo: No tengo hambre.
¿Tienes cigarros?
Yo: No fumo.
Yo tampoco.
Yo: ¿Por qué quieres un cigarro si no fumas?
No sé.
Yo: No entiendo.
Eso hacen en las películas después de hacer el amor.
Yo: Nosotros no hicimos el amor, sólo tuvimos sexo.
Es lo mismo.
Yo: Yo no te amo.
No necesitas amar a alguien para hacer el amor.
Yo: Las palabras lo dicen.
Las palabras no dicen nada, las personas sí…
Yo: ¿Qué edad tienes?
¿Eso importa?
Yo: No.
Te hubieras ido antes de que despertara,
me gustaba más el misterio.
Yo: ¿Cuál misterio?
El de despertar y no recordar el rostro
de la persona con la que dormí.
Yo: Suenas como un adolescente.
¿Y eso te molesta?
Yo: ¿Con cuántas personas has hecho esto? Estoy
tratando de cuidarme.
¿Hacer qué cosa? ¿Sólo tener sexo o hacer el amor?
Yo: Como sea que le digas. ¿Con cuántas personas
lo has hecho?
Eres el segundo.
Yo: Y… ¿qué edad tienes?
La suficiente para no vivir con mi familia.
Yo: Ésa no es una buena referencia, yo me fui de mi
casa muy chico.
¿Ya te vas?
Yo: Tengo trabajo.
¿Cómo te puedo encontrar?
Yo: No quiero volver a verte.
¿Por qué?
Yo: ¿Esto es un interrogatorio?
¿Siempre eres así de amargado?
Yo: Sí.
Lo lamento.
Yo: Ajá.
¿Quién es Peter?
Yo: ¿Perdón?
Encontré esta carta en tu bolsillo, no abrí el sobre,
sólo leí el nombre.
Yo: ¿Por qué abriste mi mochila? Te voy a romper
la puta cara si vuelves a tocar mis cosas.
¡Suéltame!
Yo: No me gusta que toquen mis cosas. ¿Qué eres?
¿Un maldito ladrón?
¡Sólo quería saber tu nombre! ¡Me estás lastimando!
¡Suéltame!
Yo: Perdón.
…
Yo: Peter es mi… Peter era mi novio.
¿Terminaron?
Yo: Murió.
Lo lamento.
Yo: …
… ¿Hace cuánto?
Yo: ¿Qué?
¿Hace cuánto murió tu novio?
Yo: Tres días.
Y… ¿pensaste en él?
Yo: ¿Qué?
¿Pensaste en tu novio muerto mientras me cogías?
Yo: …
…
Yo: Sí.
Lo lamento.
Me contó de sus vidas pasadas.
Hablaba de sí mismo como se habla
de desconocidos que sólo existen en nuestra
imaginación.
Cada una de sus versiones eran criaturas separadas
por millones de años luz.
Viejas reencarnaciones que no encontraban
un lugar para descansar.
Terminó siendo un terrible comediante.
Me quería hacer reír.
Sus chistes eran moralistas y un tanto políticos.
Fingí cada una de las sonrisas que le mostré
esa mañana.
Desayunamos en la cafetería del motel.




