Crueldad del macá
Al principio no había nada. Apenas una espuma de material genético. Arcilla, polvo o quizás gases. Todo nuevo, crudo, en permanente caos molecular. Hasta que en algún momento hay una luz, un rayo diminuto. Ácido ribonucleico se fusiona con proteínas y redacta un mensaje —una partitura— que se escribe y después desaparece. Hay algo que se mueve en una fosa oscura; un poco de electricidad en el fondo oceánico. Algo se secuencia y su información persiste. No había nada y ahora hay una bacteria. Un punto azul claro que sabe cómo crear otros puntos azul claro. Todo el resto sucede después.
DÍA 1: EL FOTÓGRAFO
La provincia de Santa Cruz es un lugar inmenso lleno de cosas chiquitas. Hay planicies, estepa, montañas. Guanacos que recorren distancias elásticas. Y una meseta. Lo más importante es que hay una meseta.
En ese paisaje hay un edificio: la estación biológica, donde varias personas trabajan para evitar la extinción del macá tobiano, un ave que parece estar en paz con su destino de escasez. Si alguien intentara describirlo diría que es un pájaro pequeño; cuerpo blanco, lomo negro, cuello estirado y cabeza parda. Los ojos rojísimos, destacaría un observador. Actitud monacal interrumpida por movimientos eléctricos. Un ave que flota. Que no solo vive flotando sino que no puede no vivir flotando.
Un bicho que apenas se reproduce. Ostenta una belleza hipnótica y parece ser inmune al viento. Es un ave amable, curiosa, divertida. No le molesta interactuar, ni mover las plumas, ni mostrar su canto. Tiene un hábito raro: baila. Se eleva en dos patas y ensaya una danza compleja, demasiado larga para su memoria animal. El macá elige una única pareja para toda la vida y con ella empolla dos huevos para luego, sin motivo aparente, abandonar uno a su suerte.
Tampoco puede defenderse: es incapaz de causar daño a un potencial agresor. Por eso, los guardianes cuidan que especies invasoras no ingresen a las lagunas. Si entraran sería un desastre: el macá no escapa, se deja morir. Su decisión de paz es deliberada. El macá existe de manera especial. Un buda con aires de protesta suicida. Como si solo después de su desaparición alguien fuera a darse cuenta de que era indispensable.
Nacen pocos. Muy pocos. En una helada pueden morir todos los pichones. En los últimos cuatro años solo cuatro macás lograron sobrevivir la infancia. Un ave por cada primavera.
El fotógrafo está preparando las mochilas. Es un escandinavo enorme, escondido en su campera de invierno. Transpira, pero el sudor se seca rápido (el clima no permite la proliferación de la humedad). Debe dejar todo listo para el día siguiente: la caminata va a ser larga y necesitan sobrevivir en la meseta.
Entra a la estación. La bióloga está limpiando las conservadoras donde hasta hace poco tiempo estaban los huevos que lograron rescatar de las lagunas. Este año encontraron dieciséis, pero ninguno sobrevivió al frío.
—¿Vamos?
La pregunta queda suspendida, vaporizada. Hablan poco, bióloga y fotógrafo, porque se conocen mucho. La bióloga termina de fregar en movimientos circulares, constantes, sin apurarse en lo más mínimo. Siente una ligera molestia desde hace algunos días. Una intensidad detrás de los ojos parecidas a las que sufre cuando duerme demasiadas horas.
—Sí.
Escurre el trapo y piensa en las múltiples personalidades posibles del voluntario, ese muchacho que van a conocer en las próximas horas. Quizás sea simpático, quizás más analítico. Amable, inútil, o todas las anteriores. Resignada, sabe que tratar con otros es parte de su ciclo íntimo con la ciencia. La energía del inicio de la temporada: procesos que deben repetirse, datos que deben recopilarse para poder tomar las decisiones correctas. No es difícil, piensa. Pero no sucede solo.
Al fotógrafo, en cambio, no le preocupa el rendimiento del voluntario. Se pregunta, en cambio, si el chico estará preparado para comprender la travesía, para de verdad concebir la realidad espiritual de la meseta. Será difícil explicar que el macá es cruel; la piedra lo volvió basáltico. Un ave que flota a la espera de la gentileza ajena. No muerde, no ataca, no se va. Espera y se muere. Piensa el fotógrafo que el macá es cruel más que nada cuando se muere.
La camioneta roja avanza a buen ritmo por la tierra. El fotógrafo maneja atento; esquiva pozos de barro, decide cuándo salir de la huella y cuándo no. Al lado, la bióloga ceba mate a medida que el camino se lo permite. En el asiento de atrás está el voluntario; muchacho urbano, cara nueva.
Lo buscaron en Bajo Caracoles, un pueblo de no más de treinta habitantes a unas horas de la base. Para aprovechar el viaje compraron provisiones para las siguientes dos semanas: yerba, arroz, carne, harina. También algunas cosas necesarias para la caminata. Tres días por la meseta para censar una colonia de macás.
La ruta atraviesa formaciones rocosas. En cada curva, la camioneta recorre el filo del abismo, y por la ventana se ven unas manchas azules a lo lejos. La radio escupe una canción entrecortada que hace de cortina a los Mensajes al Poblador Rural.
Mientras maneja, el fotógrafo hace preguntas para romper el hielo con el muchacho. ¿De dónde eres? ¿De Buenos Aires? Ah… Muy bien, muy bien. A mí me gustó mucho Buenos Aires. Estuve unos días antes de venir para aquí.
El voluntario se pregunta de dónde será ese acento, esa i un poco cerrada y esos dejos de un español neutro, escolar. Pero no le pregunta. Le parece demasiado pronto. Quizás el fotógrafo prefiera no decirlo. Quizás interrogarlo resulte descortés.
Pasa un tiempo en el que el ruido de la camioneta les impide conversar de manera orgánica. El voluntario observa la meseta a través de la ventana polvorienta. A lo lejos, una fila de olmos indica forestación humana. Seguramente, piensa el voluntario, detrás de los árboles esté la estación biológica.
El fotógrafo estaba sentado en un banco de cemento mirando el puente que conectaba la isla con el resto del país. Era joven. Todavía no sabía —no podía saber— que era fotógrafo. Solo que estaba llegando la hora de la cena y que debería dejar de pensar en Ane.
La conoció en los pasillos demasiado calefaccionados de la sede de Biología Marítima. Ella venía de intercambio; era groenlandesa. Le pareció raro. Groenlandesa. Se imaginó un pueblo pequeño, más pequeño incluso que el suyo. Más frío. Más triste, quizás.
Pero ella era alegre. Tenía una sonrisa encantadora, con rasgos que a él se le hacían más asiáticos que nórdicos. La cara redonda con pómulos marcados, piel blanca, pelo negro. Por ese entonces él estaba cursando el primer año de su doctorado e investigaba el comportamiento de determinadas algas ante el calentamiento de las corrientes árticas.
La primera vez que durmieron juntos lo hicieron parecer un accidente. Se juntaron, en realidad, a cerrar una presentación para un seminario que cursaban. Él inventó una excusa razonable para no reunirse en la universidad, en un café, o en la biblioteca. Algún motivo por el que resultaba elemental estar cerca de sus libros o su computadora de escritorio.
Ane aceptó ir a la casa del fotógrafo. Siguió el juego de llegar a media tarde, la media tarde de ese invierno boreal en el que el sol apenas asoma, tiñe el cielo de gris durante unas horas, y después se va como si nunca hubiera llegado.
Trabajaron. A ella le resultaba fácil conversar con él. No sentía esa incomodidad subyacente a las interacciones con el otro género. Cuando Ane estaba por irse, la tormenta de nieve se intensificó. Desde la ventana escuchaban la nieve caer cada vez con más violencia; las luces de la calle no llegaban a iluminar el piso. Oscuridad hostil. El fotógrafo hizo el ofrecimiento con incomodidad. Que podía dormir en el sillón, si quería, si le servía, si no le molestaba. Que tenía sábanas limpias, que no era molestia. Ella aceptó. Dijo que vivía en las afueras, que seguramente el bus iba a demorarse por la nieve.
Al principio durmieron separados. Ane acostada boca arriba en el sillón, la mirada en el cielorraso blanco. Del otro lado de la pared, la habitación del fotógrafo sumida en un silencio frágil. Si se esforzaba, podía escuchar el crujido del sillón cada vez que Ane giraba para acomodarse.
Ya cenaron, conversaron un poco, lavaron los platos y dejaron todo listo para mañana. La bióloga le cae bien: pudo conversar de a ratos con ella durante el día. Es una mujer amable, quizás de menos de treinta años, de pelo negro muy lacio. El fotógrafo es una incógnita: simpático, pero breve. Mantiene conversaciones cortas sin profundizar en ningún tema. Es noruego. Quizás allá sea común hablar de esa manera.
La estación biológica está mejor surtida de lo que el voluntario esperaba: atrás de la cocina hay una habitación entera con estanterías repletas de latas, paquetes y bolsas de verduras. Hay camas (ya es más de lo que el voluntario esperaba), pero la ausencia de sábanas hace que sea más práctico que cada uno duerma sobre el colchón en su propia bolsa de dormir.
Al encerrarse en su bolsa, el voluntario nota un pequeño tajo: la tela desgarrada se deshace con cada movimiento. Puta madre, piensa, y la gira para que de afuera no se vea la ruptura.
Con el amanecer comenzará la caminata. Hasta entonces, al voluntario le cuesta conciliar el sueño. No tanto por los nervios —que siente, sin embargo, al pensar en lo riesgoso de la expedición, la distancia inabarcable hasta el hospital o siquiera pueblo más cercano—, sino por el silencio. Lo que desvela al voluntario es más que nada el silencio absoluto, el pitido de ruido blanco en sus oídos desacostumbrados a la ausencia.
6250 a. C.
El grupo sigue de lejos a los guanacos. Es necesario encerrarlos, sacarlos de la meseta abierta y guiarlos hasta el cañadón. Allí donde hace tiempo glaciares del tamaño del cosmos rompieron la tierra. Morrenas ovaladas, escalones. Ahí los guanacos no podrán correr.
Es también necesario respetar el orden implícito de las cosas. Seguir los caminos. Ascender a la meseta donde nace el agua cristalina, donde nacen los guanacos, los pumas y los matuastos, donde nace el sol y nacen el frío y las nubes. Ahí donde anidan las Aves Santas debe ser un lugar bueno para iniciar, para comenzar de nuevo.
Y hay que dejar registro. Ver crecer hijos, verlos tener nietos y marcar sus manos en los muros. Guardar la huella de los que estuvieron antes para que no estén tan solos los que vendrán después.
El fotógrafo se despierta con el sol. Dice buen día, charla unas pocas palabras. Se viste y agarra las cosas que dejó preparadas la noche anterior. La salamandra calienta el agua de la pava y la estación se inunda de aroma a pan tostado contra el hierro al fuego.
Desayuna. La bióloga le recuerda al voluntario que se cubra en protector solar. Que no se olvide de los labios: el protector labial es fundamental. Piensa en hacer un comentario respecto a la piel citadina del voluntario, sin dudas desacostumbrada a la meseta, pero se abstiene. La piel del noruego, en cambio, muestra parches de un rojo curtido. Caucásico pero resistente.
El cielo empieza a estar apenas celeste. Los tres caminantes salen de la base a buen ritmo para aprovechar al máximo el tiempo sin sol fuerte. Un viento fresco mueve los olmos. El voluntario siente el frío en la cara mientras recuerda haber leído algo sobre un agujero en la capa de ozono que hace que el sol sea mucho más intenso en esta zona de la tierra. Algo sobre la radiación UV.
Van caminando los tres en fila por los pastizales. No hay árboles, ni piedras, ni nada que ofrezca sombra. En pocas horas el sol ganará un calor de cocción.
Alrededor, las cosas están lejos: la montaña, el arroyo, el descanso. Al voluntario le resulta difícil medir las distancias. No podría decir cuántas horas o minutos de caminata hay hasta la siguiente loma.
Los arbustos que crecen son pequeños y huesudos. El fotógrafo le cuenta al voluntario que cada una de esas plantitas tiene metros y metros de raíces bajo la tierra para absorber humedad y resistir el viento.
Caminan un tiempo. No importa cuánto.
Ane siente la calefacción en el punto justo: sin frío, pero tampoco ese calor sofocante de las calderas centralizadas. Del otro lado de la ventana, en cambio, la tormenta sacude los árboles. Boca arriba, Ane reflexiona sobre el aislamiento térmico mientras mira en detalle las molduras del techo. Un diseño preciso, cuidado. Materiales diseñados para el clima escandinavo; edificios pensados para la gente que los habita.
Estaba a punto de dormirse. Unos minutos más de reflexiones arquitectónicas hubieran sido fatales, empujándola a un sueño liviano que la transportaría sin escalas a un desayuno agradable, cordial, con el fotógrafo.
Sin embargo, Ane toma la decisión de ponerse de pie y, envuelta en la manta, avanzar hacia la puerta de la habitación.
Del otro lado, el fotógrafo escucha la escena. Al baño, piensa, debe querer ir al baño. Pero los pasos se detienen y por un instante hay total silencio. Ane duda si avanzar. Él contiene la respiración para escuchar mejor.
Tres golpes mínimos, discretos. Como si alguien más que ellos pudiera escucharlos. Después, el sonido de la puerta; la silueta de ella en ligero contraluz.
Ane no dice nada. Permanece con los hombros levantados, descalza, envuelta en la manta. Pero no dice nada. Se miran un segundo o quizás menos hasta que él hace un gesto: el brazo levantado elevando la sábana, ala de un cóndor, ofrecimiento de calor corporal, señal inequívoca de que en la cama entran los dos.
Meseta
Del dim. de mesa.
1. f. Planicie extensa situada a considerable altura sobre el nivel del mar. Sin.: planicie, llanura, llano, altiplano, altiplanicie.
Comentarios:
Meseta no es lo mismo que desierto.

Disponible aquí




