Leer la piel Reseña de “El cuerpo enunciado”, de Pablo Cerezo
Hay libros que no solamente se leen: nos enseñan a leer. El cuerpo enunciado, de Pablo Cerezo (Siglo XXI), pertenece a esa clase de textos que afinan la mirada hasta convertirla en forma de escucha. Y quizá por eso, mientras avanzaba en sus páginas, regresó una antigua duda personal: qué tatuaje elegiría yo si el día llegara, y si valdría la pena atravesar el umbral del dolor y la duda para inscribir algo en la piel. Esa pregunta: ¿qué memoria merece grabarse? abre un camino hacia la propuesta del autor: la piel como territorio donde identidad, historia y poder se entrelazan.
Cerezo reconstruye una genealogía vasta del tatuaje en Occidente: los pueblos del Danubio que inscribían pertenencia; Egipto y sus marcas de fertilidad; Grecia inventando el estigma; Roma tatuando culpas; las ferias decimonónicas que exhibían cuerpos tatuados entre prodigios y anomalías; las cárceles del siglo XX que hicieron de la tinta refugio y resistencia. Cada marca es un archivo; cada cuerpo, un mapa de su tiempo.
Pero es al pensar el presente donde el libro adquiere filo. ¿Por qué esta expansión del tatuaje en un tiempo en que las certezas se desmoronan? Cerezo propone que la tinta es un ancla: un gesto mínimo para afirmarse cuando el mundo se vuelve inhóspito. Un modo de decir “aquí estoy” en medio de la intemperie.
Leído desde México, el ensayo resuena de otro modo. Aquí, donde la violencia deja cuerpos sin nombre, los tatuajes son también herramientas para el duelo y la justicia: claves que permiten identificar a quienes nos arrancaron, señales que oponen memoria al borramiento. La tinta, convertida en sobrevivencia, se vuelve acto político antes que estético. Marca la piel, sí, pero también marca una posición frente a un país donde recordar es a veces la única forma posible de resistir.
En un momento el libro me devolvió una escena que sintetiza este cruce entre lo íntimo y lo colectivo: despertar junto a un cuerpo con varios tatuajes, un cuerpo que despliega constelaciones de signos que invitan, o exigen, ser leídos. Incluso quien nunca se ha atrevido a tatuarse descubre, ante esa piel, que leer es también tocar: ¿qué herida nombra este trazo?, ¿qué país resuena en este símbolo?, ¿qué memoria insiste en esta línea? Esa revelación confirma lo que Cerezo plantea: los tatuajes no se miran; se leen. Y al leerlos, algo del mundo se revela.
De esa idea nace mi pregunta mayor del libro: ¿sabemos realmente leer? No solo palabras, sino cuerpos; no solo cuerpos, sino las historias que cargan; no solo historias, sino las estructuras que las hacen posibles. El cuerpo enunciado nos enseña a mirar la piel como una biblioteca en movimiento, como un territorio donde se escribe no solo el yo, sino las fuerzas que lo atraviesan.
Y es aquí donde el libro deja de ser un ensayo para volverse una interpelación. Porque, sugiere Cerezo, antes de decidir qué inscribir en la piel, habría que aprender a leerse en serio: leerse en la historia del propio país, leerse en las cicatrices que heredamos, leerse en el lugar que ocupamos dentro de un mundo que pide nuevas formas de decir y de habitar.
Por eso, al final, la pregunta no es si uno se tatuará algún día. La pregunta es si, llegado el momento, se tendrá el valor de inscribir en su cuerpo la memoria que verdaderamente importa: la que no se borra con los años, la que se pronuncia contra el silencio, la que se convierte en acto político en un país que necesita recordarlo todo.
Y tal vez, solo tal vez, cuando aprendamos a leer así, con la piel y con la historia, podamos por fin tatuarnos lo que no hemos podido nombrar.





