Llueve y sonríes al sentir la lluvia que, muchos años después, sigue cayendo
Antonio Deltoro
Nunca he pensado que alguien me odie por tener un cuerpo con parálisis cerebral, quiero decir, que esa sea la razón por la que alguien, sin conocerme, me mire con malos ojos.
Llegarán las urracas,
escucharán aullidos,
no de fantasmas
ni de criaturas templadas en las sombras
sino de mujeres: llorarán mi muerte:
esta tarde han puesto un aviso en el pueblo:
Nadie sabe dónde mi cuerpo ha quedado.
SAFO EXTRAÑA SU VIRGINIDAD
Quizá sepa Safo que nadie
le quitó nunca nada
que ella no pudiera reemplazar
nada más que eso:
un estado del cuerpo
al que no se vuelve
la virginidad es como
un acto de habla
un día está y otro ya no
y nada puede hacer
que volvamos a ese estado
no de pureza
de soledad.
a Thoreau y Lafargue
A muy temprana edad
padecí la fiebre de las pérdidas;
era muy necia para poder reconocer
en el tuétano de las alucinaciones
el tono de las grandes profecías,
develadas sólo en la angustiante parálisis del sueño:
“Serás muy joven todavía,
pero ya tendrás la vida embargada,
pondrás el lomo bajo las horas
y atizarás el fogón con la pura mano;
a ti también van a decirte,
qué ingenua serás entonces para creerlo,
que el esfuerzo se cobra alto
(y mira si no lo estoy pagando caro);
dejarás los riñones en el fuete
porque estarás aferrada a la gloria
y a las victorias materiales;
te dirán que eso es la felicidad,
y tú confiarás que es ahí donde reposa.
En una de mis escenas favoritas de la literatura mexicana, dos mujeres —la falsa y la traicionada— se encierran en un cuarto impropio para inventar un lenguaje que termina por aterrorizar a un narrador poco fiable —el dueño de la casa— quien busca sentirse acompañado en la posible complicidad de un lector desprevenido y, así, juntos, irrumpir en la habitación y despertar de la pesadilla.