Treinta y uno
Treinta y uno
Voy a empezar por el cuerpo,
por los ovarios reventados
entre las palabras y las letras
y lo que poco a poco
he interpretado como hambre.
¿Somos aquello que rechina
en los dientes
cuando una palabra remite a otra
que nos ha lastimado?
Como mujeres nos enseñan
a odiarnos a nosotras mismas,
con la mandíbula apretada,
con el sistema nervioso
comprometido.
A contar historias de sacrificios.
En mi año número treinta y uno
voy a deshacer las palabras
y luego el espacio entre las letras
y luego las caderas abiertas
y luego el espejo
dismórfico
entre ríos de leche y proteína.
Para perder la memoria
de quién inventó este dolor
voy a empezar por mi cuerpo,
caliente como el cielo,
deseoso, moreno,
agotado de buscar
las coordenadas
de algo de lo que he sido testigo.
¿Seré también aquello que rechina
como el odio?
A los treinta y uno voy a empezar
por deshacer la sangre.
La herencia.
Las ruinas de mi antiguo testamento.
Un departamento iluminado
How to love and never land
Sarah Kinsley
Mi trabajo es comprar las cortinas,
para cubrir las ventanas completas.
Mi trabajo es medir los centímetros
del colchón
para que no se extienda más allá del clóset,
que la estufa y el refrigerador
quepan en la cocina.
Que el departamento amueblado
sea más que sólo un cubículo
en un nuevo edificio.
Que sea una casa.
Mi trabajo es dejar en la mesa de la cocina
pequeños post-its
de lo que un día será un poema.
Mi trabajo es mirar la infancia que no recuerdo
y repetirme que sí era yo su protagonista.
Convencerme de que algo me dijo la lluvia,
y aún sin ella,
puedo sonreír todavía
en este departamento iluminado.
El aire empuja este hilo de redención,
una caligrafía,
al interior de mi casa.
Yo termino de escribir este poema
en un post-it.
Sí era yo la protagonista,
algo me dijo la lluvia:
¿pero qué era?




