SAFO EXTRAÑA SU VIRGINIDAD
Quizá sepa Safo que nadie
le quitó nunca nada
que ella no pudiera reemplazar
nada más que eso:
un estado del cuerpo
al que no se vuelve
la virginidad es como
un acto de habla
un día está y otro ya no
y nada puede hacer
que volvamos a ese estado
no de pureza
de soledad.
a Thoreau y Lafargue
A muy temprana edad
padecí la fiebre de las pérdidas;
era muy necia para poder reconocer
en el tuétano de las alucinaciones
el tono de las grandes profecías,
develadas sólo en la angustiante parálisis del sueño:
“Serás muy joven todavía,
pero ya tendrás la vida embargada,
pondrás el lomo bajo las horas
y atizarás el fogón con la pura mano;
a ti también van a decirte,
qué ingenua serás entonces para creerlo,
que el esfuerzo se cobra alto
(y mira si no lo estoy pagando caro);
dejarás los riñones en el fuete
porque estarás aferrada a la gloria
y a las victorias materiales;
te dirán que eso es la felicidad,
y tú confiarás que es ahí donde reposa.
En una de mis escenas favoritas de la literatura mexicana, dos mujeres —la falsa y la traicionada— se encierran en un cuarto impropio para inventar un lenguaje que termina por aterrorizar a un narrador poco fiable —el dueño de la casa— quien busca sentirse acompañado en la posible complicidad de un lector desprevenido y, así, juntos, irrumpir en la habitación y despertar de la pesadilla.