Brillos en la oscuridad de la muerte Reseña de La Travestiada de Yobaín Vázquez Bailón
He usado peluca muchas veces en mi vida. Lo disfruto enormemente. Siento que, cuando la traigo puesta, florece algo de mí que me agrada, un aspecto más alegre, más celebratorio. Mientras escribo la reseña de La Travestiada,de Yobaín Vázquez Bailón, puedo recrear a la perfección el calor en la coronilla y la picazón en el cuero cabelludo que provocan los postizos de baja calidad. Pienso en todo esto porque en la novela se utiliza la peluca como un símbolo de poder, como un objeto místico que, al ser colocado, te convierte de inmediato en lo que realmente eres, que potencia tu esencia, que facilita tu entelequia; es decir, el objetivo hacia el que algo tiende sin influencias externas, eso a lo que estamos encaminados a ser. La peluca es como la aureola, la corona, el penacho, la kipá, el casco, el nimbo de los travestis, y me encanta que en esta novela se le reconoce siempre esa relevancia y esa multitud de destinos que puede imponerte.
La Travestiada cuenta el pasaje del famosísimo baile de los 41. Esa fiesta ocurrida durante el porfiriato, en la Ciudad de México, que terminó en una redada donde arrestaron a esa cantidad exacta de hombres homosexuales. Dice el novelista: “Los policías dieron fe de un evento que calificaron de desviado y orgiástico. Les pareció asqueroso porque en ellos no cabía la posibilidad de que un hombre se pusiera medias o se pintara los párpados o que bailaran apretaditos de la cintura. Ya no pudieron antojárseles los bocadillos elegantes ni las copas de champagne. El colmo fue que vieron no a dos hombres, sino a tres, besarse simultáneamente ante un público que los animaba por tan atrevido gesto. No pudieron soportar mayor depravación, y uno de los policías salió de la casa sonando su silbato para dar aviso a los demás gendarmes a la redonda, mientras el otro alteraba la fiesta con disparos al aire. Advertidos estaban los jotos de que no había tolerancia a sus desmanes”. El evento fue un escándalo debido a los prejuicios de la época y al desdén que se tenía (es justo decir que aún se tiene en muchas esferas del país) hacia la diversidad. A quienes asistieron a la celebración se les acusó de pervertidos, lo más terrible es que a veces pareciera que el general don Porfirio sigue siendo la brújula moral de la nación y el líder ideológico de muchos idiotas (uso la palabra idiota con una acepción filosófica, ya que, originalmente, idiotas eran aquellos que no se preocupaban por el bien de la comunidad y solo veían por sí mismos).
La obra de Bailón es una novela de ficción histórica, el escritor recrea, con maestría literaria, lo que pudo haber ocurrido con algunos de los arrestados antes y después del legendario baile. Debido a los pocos registros específicos que se tiene del suceso, el autor decide llenar las lagunas mediante su imaginación narrativa y su talento. El resultado es memorable y no dudo que, en un afán de misticismo o de revelación, su visión se acerque, de verdad, a lo que vivió cada uno de los involucrados. Pero este también es un libro de aventuras, una epopeya humorística, una serie de cuentos interconectados que nos narra las hazañas de los personajes. Y no solo eso, también podría ser una especie de hagiografía laica, de hombres cuya libertad inagotable, a pesar de la persecución y el castigo, los volvió santos de su propio sendero.
La novela cuenta el destino tragicómico de doce de aquellos cuarenta y un arrestados, aquellos que no tuvieron el dinero o los contactos para ser exonerados, aquellos que fueron puestos en un barco para obligarlos a participar en una batalla, demostrando así que la guerra, por más que la propaganda nos quiera vender algo distinto, es el peor de los castigos que un ser humano puede recibir. Dice el autor: “Del cuartel Batallón 24 salieron todos. En el cuartel de la Montada quedaron 12. Los 12 mismos que navegaban rumbo a Yucatán en la corbeta Zaragoza. Fue su castigo por ser maricones y pobres, y era la única manera de tener conforme a la gente que pidió consecuencias a esa falta de hombría que laceraba profundamente a la nación”. La estructura de la novela está determinada por la muerte de los protagonistas. Cuenta el autor que, durante la confección de su obra, tuvo presente esa canción que termina diciendo: “De los dos que me quedaban, ya nomás me queda uno, uno, uno”.
Los personajes están construidos de una forma muy sólida, todos son entrañables, por momentos, parecen personas de carne y hueso que en cuanto intervienen, te hacen reír, apretar los dientes o asentir con la cabeza. Son tan reales que llegué a pensar que, si me acercaba las hojas lo suficiente, escucharía sus latidos. Son personajes que uno comienza a extrañar en cuanto mueren. Cada uno está determinado a partir de un arquetipo clásico, de esos que uno podría encontrar en cualquier grupo de condenados o de personas dichosas, en cualquier colección de individuos con un destino común. Por ejemplo: Chinaca, la narradora, es una mujer aguerrida, que toma el mando; Wilde es imprudente, incomoda con sus comentarios; Juana la Conjuro es la mística, la del poder de invocación, la que parece comunicarse con entidades y seres intangibles; Rosa de Sarón es la religiosa, la devota, la que recorre el camino de la santidad; Ángeles Peralta, la artista, la cantante extraordinaria que dominó la voz de tenor y soprano. Esta manera de dotar de personalidad a quienes protagonizan la anécdota evidencia que la diversidad es sempiterna, que también hay diversidad dentro de la diversidad, que hay variedad y giros incluso en cada mente, que hasta nuestras células y átomos son variantes.
Decido ponerme una de mis pelucas para continuar escribiendo la reseña, elijo la que uso para disfrazarme de Rigo Tovar, la que me otorga el don de la cumbia, del baile, del disfrute. En cuando la acomodo bien, sonrío. Sonrío tanto como lo hice leyendo este libro. Y no solo por lo divertido de las andanzas narradas, también por el gran goce estético que me brinda el estilo retórico. Incluso nombres de personajes como los antes mencionados o como Zazá y Panzamarrana evidencian la calidad del trabajo, el novelista es un maestro a la hora de bautizar y caracterizar. Me parece que saber nombrar o apodar de forma adecuada a los seres que habitan nuestros libros es uno de los dones más grandes. Dicen los filósofos que poner nombre es algo que está asignado a los dioses o a los poetas. Y en efecto, Bailón está reproduciendo en su novela el oficio de Homero, de Esquilo, él también canta y cuenta aventuras épicas, y también lo hace con grandiosidad. El hecho de que el lector termine adorando a sus personajes lo prueba.
A pesar de que el humor es un elemento central del estilo de la novela, el título no se trata de un chiste o una referencia superflua. Igual que muchos héroes de la Ilíada y la Orestíada, los personajes de La travestiada se van volviendo míticos. Bailón demuestra que, en realidad, todas las vidas son una epopeya, todas las circunstancias son una tragedia, todas las muertes son mitología, toda vida es un canto si se cuenta bien.
Me miro al espejo con mi peluca puesta, me gusta cómo me veo. Mi sonrisa se extiende. Entonces recuerdo que hay un pasaje en el libro que subrayé. Se los comparto:
“—Mira mi ropa, Rosa —dice Zazá tirando el trapo al suelo—. Mira la ropa de Clemencia —y la señala—. No necesitamos contrición, ni rosarios ni novenas. Necesitamos esos vestidos o pelucas, o lo que sea que traiga este barco, para sentirnos bonitas, aunque sea una vez más”.
El deseo de verse bien en medio de la desgracia me parece un acto en verdad subversivo, poderoso. La estética, para mí, es la reina de los valores, la estética merece que nos hinquemos ante ella. Yo también quiero sufrir y morir viéndome lo mejor posible, igual que los personajes de la novela. Me identifico con esa necesidad de verse bien, de que la belleza equilibre el dolor, de que la forma merme un poco la desdicha. La vida es trágica, a veces insoportable, pero ello no significa que deba ser fea. Por mejorar mi aspecto hasta soy capaz de rezar, de implorar. Y es que, al potenciar la forma, se potencia también el contenido. La travestiada es bella en ambos sentidos, tanto en lo superficial como en lo profundo. Otro ejemplo de lo anterior en la novela:
Quería que le pusieran el vestido para morir elegante y, de ser posible, que la peinaran. Ansiaba morir con un montón de joyas puestas, aunque luego se las quitaran, quería brillos en la oscuridad de su muerte. Que hicieran todo lo posible por esparcirle gotitas de perfume, ya demasiado mal olor le había legado a esa casa.
Me agrada que el libro muestra en varias ocasiones el lado tierno, feliz y amoroso de los personajes y no solo sus tribulaciones o padecimientos. Ello vuelve a cada individuo complejo. Nos cuenta el novelista: “Panzamarrana descansa su cabeza sobre mi pierna y aprovecho para hacerle cariñitos en el poco cabello que nos han dejado. Me gusta verla respirar, cómo ensancha su pecho musculoso y saca el aire por la nariz”.
Toda la novela es una celebración, el autor conmemora cada triunfo y fracaso narrado. Uno de los personajes dice un diálogo que me parece esclarecedor porque usa la palabra depravado con ironía y potencia: “Me divierto —contestó Clemencia, esa noche ya no iba a soportar callarse—. Me divierto con los depravados porque no me queda de otra, y porque son divertidos. Me junto con depravados porque no puedo estar en medio de santurrones ni de gente común. ¿Me entiendes, chamaco pendejo? Diviértete conmigo y llévame a mi alcoba, porque tú mismo eres un depravado”. Así que termino invitándolos a divertirse y gozar con esta excelente novela, ganadora del Premio Nacional de Novela Joven José Revueltas. Aprendan, como este grupo de condenados, a resolver conflictos con la música y el baile, usen la alegría como uniforme de guerra y el disfrute como fusil. Lleguen hasta su muerte usando la ropa y los accesorios que les dé la gana. Lleguen a su destino implacable sonriendo.





