In media res, como me gusta que comiencen las historias de amor: en octubre de 1972, Manuel Puig asistió a una fiesta en la embajada mexicana en Buenos Aires invitado por Carlos Monsiváis, quien le presentó a Miguel Vélez, otro intelectual contemporáneo, y se enamoró de él, aunque fuera heterosexual o diverso y, además, extranjero.
Nuestra jugada
Éramos los últimos
quisimos participar pero nos escogían al final
cuánto miedo nos dio un simple balón
cuando nuestras cabezas eran su portería
estúpida pelota se salía de la cancha y llegaba a nuestros pies
como pensando por sí misma invitaba enloquecer
divina justicia para anotar como los demás
pero no la pateamos
ni el odio ni la bolita regresamos
porque todo el mundo sabía antes que el espejo
resplandecimos mientras ustedes se reprimieron
extraterrestres heridos devolviendo flores
ilógicos creemos poder abrirnos cancha
soñamos crecer deprisa para retumbar en festivales
nos engañamos tanto que no pasaba nada
ese marcador jamás contó nuestras patadas
nos quieren en la banca el resto de sus vidas
ya no van a tenernos de rodillas
sabemos que el árbitro miró hacia otro lado
cuando nos estaban matando
no tenía que ser así pero sigue pasando
llegó el momento de cancelar el partido
las movidas snob ya no cuentan
ni en la vida hay tiempo extra
al final son ustedes quienes consumen nuestros materiales
repiten las frases que ya dejamos de usar
qué más da si son malos perdedores
no esperamos ganar su juego
celebramos el orgullo a diario
no cada cuatro años
escondernos hoy ya está fuera de lugar
el viento cambiará de bando
se llevará cada palabra de su porra
pueden seguir retando
mi equipo son mis hermanes protestando
hasta el pasto de ustedes se defiende
como nuestras alas al ser cortado
cuántas marchas caben en un estadio
hoy somos los entrenadores
paguen su entrada espectadores
la goliza de sus vidas está por comenzar.
PRIMERA MASTURBACIÓN
Husmea no sin temor un joven
entre aquella ropa que arrinconó su primo
y al hallar la evidencia oscura
los textiles de una prenda usada
estruja en su pecho la hebra endurecida
de algodón con elástico
En la privacidad de esta alcoba
que ha quedado a merced del polvo
de atronadores murmullos en una casa vacía
los destellos del sol azuzan
estos minutos de pureza y crimen
la urgencia por irse aproximando la trusa
No ahonda él en razones sino
en la agitación amasando su cuerpo
vecindad de una carne desvanecida
cierta calidez en el aire
y esa erección floreciendo con premura
bajo la mano que entumece
No apura el ritmo de la sangre en expansión
la bestia que no para de crecer en su pecho
sino el deseo escurriéndose
con lentitud como herida
para cubrir su nombre bajo el silencio
acumulado entre la estera
Puede pensar después en excusas
justificaciones que resanen
las grietas de su coartada
ahora se engancha sin más en sí mismo
el placer una ventana al recuerdo
los días que el otro le enseñó a jugar fútbol
Y en un par de minutos
luego de recrear en la memoria
los brazos el pecho los muslos más grandes
descubrirá en los ojos
mudos de su primo
que éste olvidó al salir
su trabajo de biología
en la mesa de enfrente.
Ojo de agua
II
Fuimos al ojo de agua
con la mano probamos un poco
qué dulce era en la boca
había rumor de piedras
en su húmeda orilla
nos penetramos
fue dulce igualmente
en tiempo cálido
plumaje había no viento
la boca se me resbalaba
en tus labios se reunieron sus pedazos
fue ligera luz sobre mis párpados
parecías
hoja de ocote
tendida en los guijarros
bebiendo directo del afluente
sobre el día
con la corriente de plumas
piedras cálidas
tiempo de tierra
rumor de luz
qué claro fue para mí
que a eso le llamáramos el amor.
Fútbol
Siempre me gustó quedarme atrás
ser el corredor de fondo
cuando el balón
se deshacía
pasando
en el asfalto
de la rodilla al pie
quedarme a la orilla del mundo
de la cancha
mientras los demás gritaban gol
y se alzaban las playeras
dejando descubiertas sus espaldas
mirar la lluvia resbalar
y las rodillas empapadas
los charcos
como reflejos del cielo
y las nubes
un pase perfecto que hace llegar de nuevo al gol
su redondez de pecho
de bola
que salta bardas
y toca puertas
de reloj y medio tiempo
y el tú no puedes jugar
cruel de los equipos
que dividen en dos
y el yo juego en mi casa todo el
tiempo
pero tu casa no es el parque ni la calle
ni el patio ni la escuela
a veces ni la casa
solo el cuarto secreto o el ropero
a veces una llave
pintada de amarillo
un tragaluz de los deseos
no sigues las reglas ni entiendes tampoco posiciones
el centro de todo para ti
es otro centro aún sin nombre
y futuro
dicen que para saber de fútbol
primero hay que entender el fuera de lugar
y yo y mi cuerpo sabíamos de eso mirando a los chicos
pasarse la pelota
Municiones
Todas las tardes salimos por el patio
cruzando el alambrado de púas
un pie el otro
por el terreno baldío descalzos
y el rifle de postas al hombro
y la soga
con la que intentamos una vez más
lazar la yegua
aunque.
Mientras el escalofriante sonido de la fresa tallaba los dientes de su padre, Ara, una niña de ocho años, permanecía pegada al ventanal del consultorio de la calle Indiana en la colonia Nápoles, de la Ciudad de México.
“El futbol es otra homosexualidad tapada”
(Pedro Lemebel, “Hablo por mi diferencia”, 1986)
Un balón arcoíris rueda en la cancha a toda velocidad, el cañonazo lo impulsa directo hacia la portería.