Tierra Adentro

Vio por la ventana que el coche azul se estacionaba de nuevo en la puerta de enfrente. Era muy temprano, todavía ni daban las 7 de la mañana. Esto, por supuesto, le parecía muy sospechoso. No es que conociera mucho a su vecino, pero sabía que no era lo que llaman una morning person. Al contrario, sabía que su mamá se quejaba de que al terminar la universidad no se levantara temprano y buscara un trabajo formal. Gloria entendía a la señora, a ella también le desesperaba cuando las personas utilizaban términos como freelance, porque lo que realmente significaba era que el chico no quería comprometerse con un trabajo, simplemente no se estaba tomando la vida en serio. Después de todo lo que habían invertido en sus estudios, Gloria y su vecina habían negado con la cabeza al mismo tiempo como en una coreografía.

Pero realmente a Gloria no le preocupaba mucho esta situación, los jóvenes así, de pronto agarran la onda. Había algo mucho más extraño que no es que le preocupara, sino que más bien le inquietaba. Y es que no entendía lo que sucedía con el coche azul, concretamente, con el dueño del coche azul, un muchacho más o menos de la misma edad que Juan Carlos, su joven vecino, pero mucho más formal. Por lo que alcanzó a ver, esa mañana traía puesto un saco (no alcanzó a distinguir si usaba corbata) y estaba muy bien peinado, no como Juan Carlos, que bajó del coche despeinado y con lo que parecía la ropa del día anterior.

El muchacho se dio cuenta de que Gloria los observaba por la ventana y la saludó brevemente con la mano. Ella sintió que le había dado vergüenza, porque se metió rápidamente a la casa, mientras el coche azul se alejaba. Sus padres no tardarían en salir, puntualmente a las 7:30. Ambos tenían trabajo de oficina, y por más de veinte años, los había visto salir a la misma hora. Antes se encontraban todas las mañanas, se saludaban con cordialidad y Gloria también se iba a su trabajo; pero desde que se había jubilado, los veía desde la ventana, mientras se preparaba su desayuno. Un café con leche y avena con fruta.

Le gustaba que la ventana de la cocina diera a la calle, no sólo porque entraba mucha luz, sino porque disfrutaba el movimiento y le agradaba ver a los pajaritos que se habían instalado en el limón, plantado en su jardín de enfrente. Además, se sentía más segura de poder ver quién pasaba por ahí y últimamente, necesitaba observar lo que pasaba entre Juan Carlos y el muchacho del coche azul, algo definitivamente sospechoso estaba ocurriendo.

Había visto crecer a ese niño porque había llegado chiquitito a vivir a la casa de enfrente, cuando sus papás, muy jóvenes aunque extremadamente serios y disciplinados, se mudaron para hacer una nueva vida en esa ciudad que se expandía con la industria y las promesas del progreso. Fue un niño muy dulce. No es que convivieran mucho, pero Gloria se daba cuenta. No era un niño berrinchudo ni grosero, como sí había sido Roberto, su hermanito, que nació cuando ya llevaban un año instalados. Sus gritos se escuchaban hasta su casa y la mamá consternada se quejaba cada vez que se encontraban en la calle. Que si lo habían suspendido, que si había roto algo, que si la mamá de otro niño se quejaba de que Robertito se había peleado con su hijo. Puras cosas así. Ahora que era adolescente había hecho muchos desfiguros. Seguido llegaba en la madrugada y con la música a punto de reventar las bocinas del coche, se había vomitado en el limón un par de veces y un día, hasta le había pegado al poste con su coche. Por supuesto, el poste no sufrió ningún daño, pero el coche había quedado permanentemente abollado.

Juan Carlos nunca había sido así. Al contrario, siempre había sido modosito, amable, discreto. Hasta ahora. Que se traía un asunto extraño con el muchacho del carro azul. Y no es que pasara algo en sí. Pero eso de que lo llevara tan noche a su casa, o tan temprano, como si hubieran pasado la noche juntos, estaba muy raro.

No es que antes no fuera a fiestas o no llegara tarde. Alguna vez, claro, como todos. Pero en general Juan Carlos había sido un chico tranquilo, estudioso. Bueno, eso decía su mamá, que estaba radiante cuando le platicó, hacía ya unos cinco años, que su hijo había elegido por fin ser contador. Tuvo algunas dudas, esto le aterraba a la buena señora, y por poco se mete a diseño. Por suerte, había recapacitado. La misma Gloria, quien había sido gerente de un supermercado por más de veinte años, confirmaba que Juan Carlos había hecho una excelente elección, nunca le faltaría trabajo. Aunque parecía que, por ahora, no lo estaba buscando.

¿Qué habría hecho que el chico se desbalagara de esa manera? Quizá la universidad había sido demasiado exigente y de verdad necesitaba un descanso. Gloria no podía saberlo, ella no pudo inscribirse a la universidad.

“¿Para qué quieres ir?, ¿para encontrar esposo?”, le preguntó una vez su mamá después de una encarnizada discusión con su papá. Su mamá sinceramente no lo entendía, ¿por qué querría estudiar su hija si podía casarse para vivir tranquilamente y criar a sus hijos como ella? A menos que quiera encontrar a un marido médico o abogado, lo cual no estaba nada mal. Pero el empeño de su hija no parecía ser ese. A Gloria no le interesaban los muchachos, decía que quería aprender a ganarse la vida y no depender de nadie. “¡Qué necesidad, Mijita!, aprovecha que tienes la oportunidad de asegurar tu futuro con facilidad”.

Qué coraje le había dado a Gloria ese comentario. ¡Con facilidad! Como si fuera tan fácil tener que soportar a un marido quejumbroso y tacaño como era su papá, e infiel, como se enterarían algunos años después. De dientes para afuera, todo era felicidad. “Es un encanto”, decían sus amigas cuando lo conocían. Claro, un encanto con cualquier mujer joven y bonita. A Gloria le daba asco.

Y bueno, quería a su papá, eso no lo dudaba. Y comprendía que su mamá hubiera querido quedarse con él aun después de la aventura con su secretaria (el cliché era lo que más le enfadaba). Pero, de ahí a que ella misma quisiera probar suerte con una aventura como el matrimonio, había un abismo de por medio.

No entendía cómo sus hermanas sí se habían atrevido, las dos. ¿Y cómo les había resultado eso? Mal, cómo podía ser de otro modo. Por lo menos María, la menor, se había divorciado inmediatamente, a la primera aventura del desgraciado ese. Pero, la otra, Fernanda, esa parecía que no tenía remedio. Sabían que el pendejo le pegaba. Ni modo que alguien chocara con una puerta y se le quedara el ojo morado, como ella les había contado. Fernanda no era tonta, pero no la podían convencer de separarse. Su hermana había heredado el alma romántica de su madre, creía que con el cariño y cuidado suficiente podría cambiarlo.

A Gloria le daban ganas de entrar a su casa y sacarla de las greñas, como hacía cuando eran chiquillas y Fernanda siempre se metía en problemas. Gloria siempre tenía que salvarla, pero ahora no podía. El que tenía la obligación de hacerlo era su marido. Qué ridiculez más grande.

Pero Gloria no, Gloria jamás se había dejado caer en esas artimañas. A ella los hombres simplemente no le hacían la menor gracia. Aunque su mamá, perpetuamente preocupada, cada vez que la visitaba le rogaba que dejara de ser tan dura, que buscara el amor; aunque sus hermanas le hicieran burla de que se iba a quedar cotorra, que tendría que aprender a coser para vestir santos; aunque sus amigas comentaran entre ellas que se preocupaban de que estuviera tan sola, de que eso fuera a amargarla. Nada le importaba a Gloria. A pesar de no haber ido a la universidad, ella había conseguido un trabajo, había tomado cursos, había ascendido hasta gerente, se había comprado su propia casa y había viajado a los lugares que había querido sin pedirle permiso a nadie. Gloria había hecho su propia vida sin un hombre y no necesitaba más.

Cada mañana, cuando despertaba e iba a su cocina a desayunar frente a la ventana, Gloria se sentía satisfecha consigo misma. Había tenido una buena vida, y ahora le quedaba disfrutar. Nunca antes había tenido tiempo de deleitarse en el ocio, de ser perezosa, de tirarse en el sillón a leer novelones de quinientas páginas, o de sentarse una tarde a ver una película. Cuando era niña, fue eficazmente adiestrada para levantarse temprano, hacer las tareas del hogar y ser una alumna ejemplar. No existían los momentos de esparcimiento en esa casa, a no ser que fuera la siesta de su papá, religiosamente respetada con un estricto silencio. Nadie debía hablar fuerte o caminar rápido durante esas horas de la tarde. Lo necesitaba, llegaba muy cansado de trabajar, les explicaba su madre cuando Gloria y sus hermanas tenían que parar cualquier conversación que estuvieran teniendo en ese momento. Porque eso sí, si algo las unía, era que podían platicar por horas, se sabía todos los chismes de la colonia. Platicando, las tareas se iban volando, era fácil ser disciplinada así. Lo que no fue fácil fue cuando sus hermanas se casaron y ella se quedó sola con sus papás, amenazando con la vejez y todos los cuidados que esta conllevaba.

No podía creer el escándalo que le hicieron sus papás cuando anunció que se iba de la casa. Su mamá lloró, su papá golpeó la mesa con un puño y le gritó que de esa casa sólo podía salir de blanco o en una caja. Ella no se imaginaba esta reacción. Si bien eran reacios a que trabajara, a que llegara tarde a veces, cuando tomaba sus cursos para subir de puesto, a que se hubiera ido de vacaciones con una amiga; nunca pensó que anunciar su independencia se convirtiera en una tragedia griega.

Sus hermanas, que aunque menores, eran casadas, y eso les otorgaba cierta sabiduría incuestionable, tuvieron que intervenir para suavizar la discusión, para mencionar que los tiempos habían cambiado, que Gloria necesitaba su espacio, que estaba bien que ellos pudieran disfrutar su vida de pareja. Palabras y más palabras, hasta que los sollozos se volvieron suspiros y su mamá le dio la bendición y hasta le regaló un juego de sábanas con la advertencia de que, ojalá, algún día entrara en razón, se casara y pudieran regalarle un juego mucho más elegante que fungiera como ajuar matrimonial.

Quizá por esto no había nadie que apreciara más su libertad que Gloria. Ni siquiera las divorciadas, como su hermana María, lograban comprender cómo se sentía. Siempre estaban tristes por haberse quedado solas o anhelantes de encontrar a alguien más. No lograba entenderlo, porque sus amigas casadas, que siempre decían estar rebosantes de felicidad y agradecidas con la vida, sufrían tragedias cotidianas cada vez que las veía. Se quejaban amargamente de que sus esposos no les ayudaban en nada, de que sus hijos se enfermaban y se metían en problemas, de que las colegiaturas eran carísimas, de que los doctores eran carísimos, de que se la pasaban cocinando y limpiando, de que nadie les agradecía todo lo que habían hecho. De hecho, las veía poco, poquísimo, casi siempre le cancelaban de última hora porque había salido una emergencia o quien iba a cuidar a los niños se había echado para atrás, porque sus esposos siempre no iban a poder pasar por ellos a la escuela porque tenían una junta o estaban muy cansados. Obstáculos insalvables e incomprensibles para ella.

De cualquier manera, Gloria estaba acostumbrada a la soledad. Platicaba por horas con sus hermanas, eso sí. De ahí en fuera, se la pasaba bien con todos los días de libertad que tenía por delante. Por eso no tuvo ningún impedimento en decidir que no estaría mal investigar un poco esta situación tan extraña que sucedía entre Juan Carlos y el joven del coche azul, era necesario que llegara al fondo del asunto.

¿Pero cómo empezar? No sabía nada del joven misterioso más allá de su coche y, aunque podría anotar la matrícula la próxima vez que se estacionara enfrente, no sabría para qué le serviría un dato así. Le dio algunas vueltas mientras le daba sorbitos a su café, cuando, de pronto, tuvo una revelación iluminadora, recordó a un tiempo las series policiacas y las conversaciones con sus hermanas que se habían profesionalizado en la investigación a través de redes sociales. Claro, en el internet se podía encontrar todo.

Fue por su computadora que usaba, a lo mucho, una vez a la semana para revisar su correo. No le interesaba nada más. Algunas amigas habían conservado esa costumbre, no se veían mucho, pero escribían largos correos contándole los detalles de sus vidas. Sus hermanas le habían hecho una cuenta de Facebook y otra de Instagram, pero había entrado un par de veces nada más. Le exasperaba que subieran fotos de todo, sobre todo que la subieran a ella y que la etiquetaran. Le incomodaba la idea de que personas que no la conocían tanto pudieran verla en la pantalla, extraños metidos en la intimidad de su vida cotidiana, ¿para qué? No lograba entenderlo.

Pero, por primera vez, le alegraba el afán de las personas de subir sus cosas al internet para que todo el mundo las viera. Seguramente ahí podría encontrar la información que estaba buscando, aunque ¿qué era realmente lo que estaba buscando?

Lo primero que hizo fue buscar su contraseña de Facebook en la agenda. Tenía, fácil, unos tres meses sin entrar. La de Instagram era la misma: Rulos123, el nombre de su gatito.

Tenía muchísimas notificaciones, lo cual era muy extraño, porque sus únicos amigos eran sus dos hermanas y sus sobris. Tardó unos momentos en darse cuenta de que casi todo era spam. No entendía nada de eso, pero en vez de enojarse como otras veces, lo dejó pasar. Tenía una misión. Primero, encontrar a Juan Carlos, ¿cómo? Buscó Juan Carlos y aparecieron más de diez opciones, revisó con cuidado, no era ninguno. Tal vez no usaba su nombre real. En ese caso, ¿cómo podría encontrarlo? Bueno, tenía que afinar la búsqueda. Había demasiados Juan Carlos, pero tal vez no habría demasiados Juan Carlos Miraflores Chávez. Si no estaba muy oxidada su memoria, ese debía ser su nombre completo. Sus papás y ella habían tenido que firmar varias peticiones vecinales al municipio, debía tener por ahí anotadas, incluso, sus fechas de nacimiento, aunque eso ahora no era necesario. Buscó Juan Carlos Miraflores Chávez y le apareció Juan Carlos Miraflores Olmedo, un señor con saco y corbata en una selfie poco favorecedora. No estaba mal, tal vez desde el perfil de su papá podría encontrarlo. Entró.

Como sus hermanas, ese señor subía todo a Facebook. Había compartido una serie de fotos de la comida del domingo pasado que había sido el Super Bowl y, al parecer, habían pedido mucha pizza y habían invitado a unos amigos. También, había fotos de una de sus recientes vacaciones con su esposa. Habían ido a Italia. La pareja aparecía frente a muchas iglesias diferentes y con muchos platos atiborrados de pasta. El señor también había compartido una oración por los enfermos; una noticia sobre algo que había dicho el papa y una foto grupal de lo que parecía ser su equipo en la oficina, debido a los hashtag #dreamteam #alquemadrugadiosloayuda.

No sabía que fueran tan religiosos. Digo, sólo una vez había entrado a su casa y sí recordaba que había alguna virgen por ahí, entre las fotos familiares. Pero le sorprendió tanta propaganda religiosa de primera impresión. Para este momento, Gloria había abandonado toda práctica religiosa. Todavía iba a veces a misa, con su mamá, cuando la visitaba cada quince días. Pero luego comenzó a dejar que su mamá se fuera sólo con María, con el pretexto de hacer la comida. Nunca había tenido mucha fe, pero la insistencia de que le rezara a la virgen y a San Antonito para que se consiguiera un marido terminó por fastidiarla.

La verdad es que le mentía a su mamá; sus hermanas también lo hacían, todas le decían que iban a misa en otras iglesias de la ciudad. No era completamente falso, Gloria había empezado a ir a otra iglesia cuando se mudó de casa. Pero luego se dio cuenta de que los domingos estaba muy cansada y le apetecía más dormir hasta tarde y desayunar con calma mientras veía una película. Empezó a saltarse algunos domingos, hasta que un día dejó de ir. La verdad es que hubo un día en particular, que fue temprano para después irse a una excursión con una amiga. En la iglesia solamente estaban el grupo de señoras devotas del párroco y ella. La saludaron con gusto, como si se fuera a unir a su coro de voces desafinadas y entusiastas. Y recordó la burla, la amenaza de quedarse a vestir santos, de ir a comprar un montón de canarios e instalarlos en una jaula enorme en su patio. Nunca volvió.

Así que ahora, como ya no se consideraba religiosa, le sorprendía encontrarse a gente tan joven y tan ferviente en sus redes. Porque realmente los papás de Juan Carlos no estaban tan grandes, no como para ese entusiasmo tan declarado.

Pero no le interesaban los papás, le interesaba Juan Carlos. Así que fue a las fotos familiares. Ahí estaba el muchacho, tan formal como siempre, bien peinado y con camisa, junto a su hermano Roberto, que traía el cabello largo (como si no se lo hubiera cepillado en una semana) y una playera rota de algún grupo musical que parecía satánico. Sólo de verlo sentía que olía raro. No entendía cómo podían ser tan diferentes.

Buscó, como le habían enseñado alguna vez sus hermanas, si estaban etiquetados en las fotos. Y sí, estaban. Entró al perfil de Juan Carlos y, decepción, estaba totalmente restringido. Apenas alcanzaba a ver una pequeña foto de perfil que parecía de certificado de la primaria. ¿Por qué era así de privado? ¿Qué tenía que esconder? Pero le picó a Roberto y, oh sorpresa, podía ver todo, fotos, publicaciones de conciertos, imágenes absurdas que tal vez eran un chiste o algo así y, por supuesto, fotos, muchas fotos. No tenía muchas en donde saliera su hermano, como que no convivían mucho. Pero de repente le picó a una y no supo cómo pero se abrió otra pestaña: Instagram. Claro, sus sobris le habían dicho que los jóvenes usaban mucho más esta página. Le aparecieron casi las mismas fotos de Roberto que había en Facebook, esa necedad de publicar lo mismo en todos lados, de que todo el mundo vea tu vida.

Estuvo bajando y se dio cuenta de que cambiaba rápidamente. Había unas de años muy anteriores. Hasta que por fin se dio cuenta de que había una donde salían los dos hermanos juntos. En esa foto no se veían tan diferentes, los dos tenían cabello corto y pantalones de mezclilla. Los dos hacían el signo de amor y paz con la mano enfrente de un parque. Tendrían unos quince, dieciséis años. Se fijó de nuevo en las etiquetas. No aparecía el nombre de Juan Carlos, sino @jiribilla433. Dio clic.

El perfil no era privado, pero casi no tenía fotos. Apenas algunas de paisajes y dibujos geométricos. Parecía que tenía mucho tiempo sin subir ninguna foto, pero era él, definitivamente era él.

Se quedó un rato pensando en qué hacer con eso, cómo seguir buscando. Hasta que recordó un comentario de su hermana Fernanda, cuando estaba obsesionada por descubrir con quién le ponía el cuerno su marido. Recordó que María se burló de ella por ver señales en todos lados, por buscar si había cosas ocultas o quién lo seguía. Eso, tenía que ver quién seguía a Juan Carlos. Tenía trescientos ochenta y dos seguidores, le picó, sí se podía ver quiénes eran. ¿Pero cómo iba a reconocer al joven del coche azul?

Estuvo viendo con detenimiento cada imagen diminuta que aparecía en la lista. Entró a algunos perfiles, no notaba nada raro. Pero después de un rato bastante largo, se dio cuenta de que, en general, eran varones casi todos. Entonces puso más atención. Eran hombres que se arreglaban mucho, algunos subían fotos sin playera y estaban muy musculosos. No todos, claro, algunos sólo subían una selfie muy normal. Chicos con camisas medio abiertas y playeras de cuello redondo. Ninguno zarrapastroso como su hermano Roberto. También algunas chicas, chicas de su edad, también muy arregladas, casi todas maquilladas, algunas con ropa deportiva, incluso en el espejo del gimnasio. ¡Qué manía con el ejercicio en esta generación!

Pero ¿cómo iba a encontrar al muchacho del coche azul? Estaba difícil revisar todos los perfiles. Además, muchos eran privados. Se sintió en un bache y hasta comenzó a perder el entusiasmo por la investigación. De pronto, vio que a lado de donde decía Publicaciones decía Etiquetadas y le picó ahí. Salieron otros cuadritos con imágenes distintas, ahora sí fotos, sobre todo fotos grupales. Comenzó a verlas una por una.

En la primera salía un grupo de jóvenes en un jardín, parecía una carne asada o algo así. Se veía el asador al fondo y parecía que estuvieran parados frente a una mesa. Había hombres y mujeres. No había nada fuera de lo común. Juan Carlos estaba en una orilla, usaba una playera polo y lentes oscuros; como otros, traía un vaso rojo en la mano. En la descripción había hashtags: #carnitaasada #conta #cuentahasta3.

En la segunda salía Juan Carlos abrazado de una chica. Iban los dos muy arreglados. Ella de vestido largo y él de traje. Pensó que quizá era su novia, pero después leyó que en la descripción decía: “Mi bff, el que siempre ha estado conmigo en las buenas y en las malas. Amigo, hoy terminamos un largo camino. Siempre te agradeceré por todos los momentos felices y también por las lágrimas que derramamos juntos. Te amo.”.

Claramente esa chica era su amiga y no había mucho más que ver. Entró a su perfil, pero no encontró mucho. Ella se sacaba muchas fotos, sola y con sus amigas. En todas ponía un texto emotivo. Regresó a las fotos etiquetadas.

En la tercera estaban en un lugar que parecía un club nocturno, era un grupo de chicos, la luz del flash hacía que sus caras se vieran brillosas, muy claras, con los rasgos tan definidos que les daba un aire vampiresco. Juan Carlos salía muy sonriente, abrazado del cuello de un muchacho alto, peinado de lado, con una camisa oscura. Era él, estaba segura, el chico del auto azul, se llamaba Alex. Su perfil no era privado, pero sí era tan críptico como el de Juan Carlos. Tenía fotos en donde salía él, algunos paisajes, fotos de comida y de su perro. Pero dando clics, se dio cuenta de que en una de esas publicaciones salía Juan Carlos, no al principio, sino después de varias fotos que, según la descripción, se habían tomado en el mes de octubre. Había cafés sobre una mesa, una explanada con un edificio modernista, una selfie en el espejo de un baño completamente verde, su perro con la lengua de fuera entre árboles y una foto de Juan Carlos sonriendo sentado en una banca del parque. La foto se había tomado de lado, es decir, la había tomado la persona sentada al lado de Juan Carlos, o sea, Alex la había tomado. Observó con detenimiento la foto. No tenía nada de especial. Aun así, era hermosa. Tenía algo, una belleza inexplicable. Quizá era la luz, un haz atravesaba el cabello y les daba cierto brillo a los ojos. Quizá era la alegría que se contagiaba en la foto. Gloria sonrió, Juan Carlos se veía feliz, tranquilo, como si por ese momento no tuviera preocupación alguna.

A Gloria no le dieron ganas de seguir buscando. ¿Qué estaba buscando? Pensó en compartir el descubrimiento con sus hermanas, pero lo descartó en seguida. ¿Qué les diría en sí? No era una noticia escandalosa ni mórbida. Juan Carlos era feliz con Alex y eso la conmovía.

Quizá sus padres deberían preocuparse menos. Era muy joven, ya iría viendo qué hacer con su vida. Cada quien encontraba el camino a su manera.

De pronto la felicidad se volvió espesa y Gloria, por primera vez en su vida, se sintió sola.

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