Ojo de agua
Ojo de agua
II
Fuimos al ojo de agua
con la mano probamos un poco
qué dulce era en la boca
había rumor de piedras
en su húmeda orilla
nos penetramos
fue dulce igualmente
en tiempo cálido
plumaje había no viento
la boca se me resbalaba
en tus labios se reunieron sus pedazos
fue ligera luz sobre mis párpados
parecías
hoja de ocote
tendida en los guijarros
bebiendo directo del afluente
sobre el día
con la corriente de plumas
piedras cálidas
tiempo de tierra
rumor de luz
qué claro fue para mí
que a eso le llamáramos el amor.
I
Fui a meterme al ojo de agua
adentro
me acordé de ti
y pensé
si con pensarte pudiera hacerte de carne
fuera aquí tu lengua
y no el agua entre mi sexo.
Y mejor haber salido de tu sofá,
también enferma si tú quieres,
pero ir en el vagón nomás pensando
en cómo tus dedos me hicieron mal
con tanto bien.
Haberme visto igual de descompuesta
en el espejo de tu baño
y sintiera que es tu voz la que me pide
que no me ponga la ropa hasta saberte dormida.
Que te llevara conmigo
como un hueso dislocado
o un escozor en la lengua;
que el desgarro me viniera de ti,
para no tener este deseo
de querer que fueras tú
la que saliera de mis piernas
como si te hubiera parido,
con dolor, sí,
pero, amiga, con tanto placer.
Y al fútbol
Al mejor 10 de toda la historia,
Roberto Carlos,
mi hermano
Con mi hermano me enseñé
en el amor al fútbol;
a ser paciente para mirar completo un partido,
a estar atenta en el cambio de juego,
porque un rebote bendito
puede cambiar el rumbo;
a confiar siempre siempre
hasta que se acabe el tiempo de compensación,
incluso después porque a veces
el aliento depende sólo de la fe,
a saber estar en las buenas y más en las peores,
y no tener vergüenza de lucir en la calle los colores del equipo
luego de un clásico desafortunado;
una no nació
sólo para las victorias,
las derrotas nos pueden doler años,
pero nos preparan el corazón
para la gloria.
Mi hermano, varios años mayor que yo,
me enseñó a patear recio y con dirección
cuando estuviera de delantera,
a tomar carrera para dar barridas secas
porque se defiende hasta con lo que nos hace falta,
y en la portería,
nada de achicarse,
hay que arrojarse
con los brazos extendidos
y todo el cuerpo hacia adelante:
ninguna caída es en vano,
ninguna,
incluso si te anotan.
A él le hubiera gustado traer
unos buenos tacos,
¿a quién no?,
usar una playera firmada
o el balón oficial de Francia 98,
pero todo eso sobra
cuando se prende bien una volea;
como un milagro
ante todos se presenta
un movimiento hermoso
del cuerpo de mi hermano:
su pierna izquierda alzada
rajando con el balón el viento,
un gol así de infinito dura sólo un instante,
y como quien entiende que nada perdura
así se entrega al gozo y a su celebración.
Para dominar la pelota hay que entrenar mucho:
por eso semanas trató el tiro de chilena,
y ni siquiera se detuvo
después de haberse roto los dientes,
¿ves?,
no es sencillo alcanzar la belleza.
Por ahí del dos mil cuatro
me llevó al Azteca para que viera
un gol del Cuau en vivo;
a mí me había bajado
y me dolía un poco la cabeza,
pero él insistió:
“Dentro de poco
ese güey no va a correr
tienes que aprovechar hoy”.
Aquello fue como al comienzo:
su instrucción,
la paciencia,
la maldita fe en un equipo
y en un jugador que una admira
nada más porque su hermano mayor lo adora
y apuesta su esperanza en ese tiro de esquina
y en ese remate de cabeza;
el estadio reventó,
las gradas se cimbraron, me acuerdo,
gritos y chelas y mentadas de madre;
tenía la euforia tan arriba
que ni me di cuenta que me había manchado.
Para cubrirme
mi hermano se quitó su playera
y sin dejar de saltar me la amarró a la cintura
con la misma seguridad
que tenía en ese encuentro.
A la salida le dije:
“Valió la pena haber venido”,
“¿haber vivido?”, me preguntó.
“No, haber venido”.
“Ah, sí, claro”, me dijo, “eso también”.
Yo tenía trece años,
no podía darme cuenta todavía que Carlos,
mi hermano,
en realidad me estaba enseñando cosas de la vida,
esos asuntos que les gustan a la poesía
y al fútbol.




