Tierra Adentro
Pulse, Orlando, Florida, 2017. Fotografía de Michael Rivera. Recuperada de Wikimedia Commons. CC BY-SA 4.0
Pulse, Orlando, Florida, 2017. Fotografía de Michael Rivera. Recuperada de Wikimedia Commons. CC BY-SA 4.0

Un sábado de junio, el mes del orgullo nada menos, sales de antro en el caluroso Orlando. Esperas pasarla bien, beber algo, bailar con tus amigos, ligar incluso. Es la noche latina, así que se sabe que habrá más baile que de costumbre. Está programada Kenya Michaels, una de las drags participantes de la cuarta temporada de RuPaul’s Drag Race. El Pulse ha existido por más de una década, uno de los clubs para personas de la diversidad sexo-genérica más grandes de la ciudad.

Llegas al antro con tus amigos alrededor de las once de la noche, cuando ya hay ambiente encendido. Pudieron llegar antes, pero eso hubiera significado ser de los primeros, cuando apenas si hay gente, llegar a barrer como se dice. En cambio, después de las once ya la pista está llena y hay más para ver, y dejarse ver.

Los shows drags divierten. La estrella es Kenya Michaels y aparece avanzada la noche; mientras se da en el escenario, se hace el llamado para que la gente pida sus últimas bebidas, como todas las noches. Todo transcurre como cualquier noche, hasta pasadas las dos de la mañana.

Al sonido de las bocinas se sobrepone el estruendo de los disparos. Los aplausos, las risas, se detienen. La gente empieza a gritar y trata de huir. El atacante dispara contra todos; entra al baño donde algunas personas tratan de ocultarse; corta el paso a quienes buscan alcanzar la salida de emergencia. Sobrevivir.

Stanley Almodovar III, 23 años

Amanda Alvear, 25 años

Oscar A. Aracena-Montero, 26 años

Rodolfo Ayala-Ayala, 33 años

Alejandro Barrios Martinez, 21 años

Martin Benitez Torres, 33 años

Antonio D. Brown, 30 años

Darryl R. Burt II, 29 años

Jonathan A. Camuy Vega, 24 años

Angel L. Candelario-Padro, 28 años

Simon A. Carrillo Fernandez, 31 años

Juan Chavez-Martinez, 25 años

El 12 de junio de 2016 en el Pulse de Orlando, Florida, murieron cuarenta y nueve personas, sin contar al perpetrador, y al menos cincuenta y tres resultaron heridas, se trató del tiroteo con el mayor número de muertes en los Estados Unidos —sólo superado por el Tiroteo de Las Vegas el 1 de octubre de 2017 en el que perecieron cincuenta y ocho personas, y el perpetrador, y hubo ochocientas cincuenta y un personas heridas—. Hasta el día de hoy sigue siendo el mayor ataque contra población de la diversidad sexo-genérica en ese país.   

Estados Unidos es el país con mayor número de armas de fuego per capita del planeta. De acuerdo a un estudio en The American Journal of Medicine (2016)—“Violent Death Rates: The US Compared with Other High-income OECD Constries”, por Erin Grinshteyn y David Hemenway1— este país tiene los índices más altos de muertes por armas de fuego de los veintitrés países con los ingresos más altos.

La posesión y portación de armas de fuego por los ciudadanos está reconocida en la Segunda Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos aprobada en 1791. Esto se ha traducido en que es uno de los países con menos limitaciones para la adquisición y portación de armas de fuego. La Asociación Nacional del Rifle —National Rifle Association of America, NRA— fundada en 1871 es la organización que se ha dedicado a defender esa enmienda y confrontar cualquier intento de limitar sus alcances. Resulta irónico que el podcaster Charlie Kirk muriera víctima de un tirador mientras defendía la libre portación de armas.

Las masacres perpetradas con armas de fuego han sido un fenómeno netamente estadounidense, aunque en las últimas décadas ha llegado a replicarse en otros países. La Ley de Asistencia Investigadora para Crímenes Violentos, aprobada por el congreso de Estados Unidos en 2013, definió como tiroteo masivo aquel en el que hay al menos tres víctimas mortales, sin incluir al perpetrador. La enorme mayoría de estos tiroteos han sido realizadas por hombres, independientemente de su raza o de otros factores como sus motivaciones ideológicas o políticas2.

Luis D. Conde, 39 años

Cory J. Connell, 21 años

Tevin E. Crosby, 25 años

Franky J. Dejesus Velazquez, 50 años

Deonka D. Drayton, 32 años

Mercedez M. Flores, 26 años

Peter O. Gonzalez-Cruz, 22 años

Juan R. Guerrero, 22 años

Paul T. Henry, 41 años

Frank Hernandez, 27 años

Miguel A. Honorato, 30 años

Javier Jorge-Reyes, 40 años

Jason B. Josaphat, 19 años

Eddie J. Justice, 30 años

Omar Mateen viajó más de cien kilómetros desde su residencia, en Fort Pierce, Florida, hasta Orlando. Días antes compró, de forma legal, una pistola Glock 9mm y un rifle semiautomático AR15. Ese día publicó en su cuenta de Facebook que “las maneras de Occidente” no pueden ser aceptadas por un musulmán.

Entre las 2:22 y las 5:00 am, cuando la policía logró abatirlo, hizo tres llamadas al 911 en las cuales declaró ser militante del Estado Islámico (ISIS), tener un vínculo con Moner Mohammad Abu Salha, un conocido que murió en un ataque suicida en Siria, además de hablar del Atentado del Maratón de Boston.

La investigación del FBI señaló que se trató de un ataque terrorista, vinculado a la radicalización religiosa, y que Mateen no estuvo motivado por LGBTIfobia; aunque hubo declaraciones de algunas personas conocidas que podrían apuntar hacia lo contrario.

Anthony L. Laureano Disla, 25 años

Christopher A. Leinonen, 32 años

Brenda L. Marquez McCool, 49 años

Jean C. Mendez Perez, 35 años

Akyra Monet Murray, 18 años

Kimberly Morris, 37 años

Jean C. Nieves Rodriguez, 27 años

Luis O. Ocasio-Capo, 20 años

Geraldo A. Ortiz-Jimenez, 25 años

Eric Ivan Ortiz-Rivera, 36 años

Joel Rayon Paniagua, 32 años

Enrique L. Rios Jr., 25 años

Juan P. Rivera Velazquez, 37 años

De acuerdo con el Departamento de Justicia de los Estados Unidos, un crimen de odio se entiende como aquel delito grave, agresión, asesinato, amenazas, vandalismo, incendio provocado realizado por prejuicio contra personas o grupos con características específicas definidas por la Ley3. En otras partes la definición puede cambiar, parto de la definición legal en los Estados Unidos —con el entendido de que puede cambiar, máxime ante el avance antiderechos en ese país— porque fue allá donde ocurrió el ataque al Pulse, porque incluso concediendo que los grupos minorizados que por su condición son víctimas de los crímenes de odio sí son reconocidos por la Ley, el ataque del 12 de junio de 2016 puede ser entendido como un crimen de odio.

El 2016 era el último año de la era Obama, el periodo en el que el wokismo había triunfado y las preocupaciones sociales eran secundarias, incluso la posibilidad del triunfo de Trump no era tomada en serio —y con él de movimientos antiderechos—. El atentado en Orlando rompió esa ilusión. No era el primer atentado terrorista realizado por extremistas islámicos, sin embargo, sí fue el que se dirigió a una minoría específica, la población de la diversidad sexo-genérica.

Si concedemos que Mateen atacó el Pulse por oportunismo —era un sitio con poca seguridad—, ese oportunismo también forma parte de los crímenes de odio. Para quien los perpetra percibe a sus víctimas como merecedoras de la violencia que ejerce, pero también son grupos que en términos generales son más vulnerables u ofrecen la percepción de mayor vulnerabilidad. Que Mateen declarara su afiliación a ISIS no aminora el hecho de que la mayoría de las personas que murieron en su ataque eran parte de la población LGBTI+, y que entró a un lugar para esa población e inició su ataque.

Así, por ejemplo, el secuestro y asesinato de trece jóvenes en el Bar Heaven, en la Zona Rosa en la Ciudad de México, el 26 de mayo de 2013, no puede descartarse como mero producto de la violencia del narcotráfico —de la cual la capital del país se había mantenido más o menos libre, a pesar del conflicto iniciado en el calderonato—, sino que se ha de considerar en el contexto de que el espacio era para la población LGBTI+ y que los jóvenes asesinados también lo eran. Muchos crímenes de odio pasan inadvertidos en contextos de violencia, como la vinculada al crimen organizado en México los últimos veinte años o, en el caso del Pulse, en el de la violencia de armas de fuego.

Yilmary Rodriguez Solivan, 24 años

Christopher J. Sanfeliz, 24 años

Xavier Emmanuel Serrano Rosado, 35 años

Gilberto Ramon Silva Menendez, 25 años

Edward Sotomayor Jr., 34 años

Shane E. Tomlinson, 33 años

Leroy Valentin Fernandez, 25 años

Luis S. Vielma, 22 años

Luis Daniel Wilson-Leon, 37 años

Jerald A. Wright, 31 años

El atentado en el Pulse, según las autoridades estadounidenses, no estuvo motivado en primera instancia por la LGBTIfobia, pero las víctimas pertenecían a la diversidad sexo-genérica, fueron un objetivo fácil justamente por pertenecer a una comunidad minorizada. Y esa es la cuestión, en la actualidad, como en 2016, las personas LGBTI+, aunque gocen de reconocimiento ante la ley, siguen siendo vistas como víctimas fáciles, sobre todo con el avance de los grupos antiderechos que a la menor oportunidad nos atacan y buscan limitar el reconocimiento jurídico —por ejemplo los ataques discursivos contra las personas trans en Estados Unidos que se ha traducido en legislaciones antiderechos y que no sólo han afectado a las personas trans sino a el resto de las poblaciones de la diversidad sexo-genérica y a las mujeres cis—. Podemos conceder que el atacante no fue motivado por el odio hacia las personas LGBTI+ en el Pulse, pero que haya elegido atacarlo, en una sociedad donde se exacerbaba —y se sigue exacerbando— ese odio, sí tiene que ver con una sociedad que ve a unos grupos prescindibles, o peor, que merecen ser exterminados.

  1. https://www.amjmed.com/article/S0002-9343(15)01030-X/fulltext
  2. Daniel Victor, febrero 2018, New York Times. https://www.nytimes.com/2018/02/17/us/mass-murderers.html
  3. https://www.justice.gov/es/hatecrimes/learn-about-hate-crimes
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