Tierra Adentro
Portada de "In Cold Blood", Truman Capote. Modern Classics, Penguin Random House, 2000.
Portada de “In Cold Blood”, Truman Capote. Modern Classics, Penguin Random House, 2000.

Todas las historias tienen principio, que no necesariamente final. El relato de un crimen puede comenzar, por ejemplo, así: “El pueblo de Holcomb está en las elevadas llanuras trigueras del oeste de Kansas, una zona solitaria que otros habitantes de Kansas llaman allá”, y no terminar nunca. 

Descendiente de granjeros, Herbert W. Clutter siempre añoró trabajar su propia tierra, sueño que cumplió en la finca de River Valley, cercana a los meandros del río Arkansas, en el condado de Finney. Diseñó personalmente la casa, construida en 1948. Trigo, maíz, semillas de césped seleccionadas… esas eran las cosechas de las que dependía la prosperidad de la granja. Los animales también eran importantes: ovejas y, sobre todo, ganado vacuno. Se casó con una chica tímida, piadosa y delicada llamada Bonnie Fox, tres años menor que él. Tuvieron cuatro hijos: tres mujeres, un varón. Las dos hijas mayores, Eveanna y Beverly, ya no vivían en Holcomb la noche del sábado 14 de noviembre de 1959, cuando dos sujetos entraron en la finca de River Valley y asesinaron a sus padres y a sus hermanitos, Kenyon y Nancy. (El clan Clutter, por cierto, era originario de Alemania; el primer Clutter —o Klotter, como se escribía entonces— llegó a Norteamérica en 1880). 

Olathe, Kansas. En el café Joyita, Perry Smith almorzaba tres aspirinas, una root beer helada y un cigarro Pall Mall tras otro, mientras leía un mapa «Philips 66» de México. Esperaba a Dick Hickock, un antiguo compañero en la Penitenciaría del Estado de Kansas en Lansing, de quien había sido la fantástica idea de dar un “golpe” que los haría ricos o, con suerte, menos miserables. De pronto, escuchó el claxon de un Chevrolet sedán 1949. Perry llevaba, entre muchas otras cosas, una maleta de cartón, una guitarra Gibson y dos enormes cajas de libros, mapas y canciones, poemas y cartas que pesaban casi una tonelada. Dick, en cambio, requería lo esencial: una escopeta de repetición calibre doce, una linterna eléctrica, un cuchillo, un par de guantes y una chaqueta de cazador. En Emporia, un pueblo de Kansas, compraron lo que les faltaba: otro par de guantes, noventa metros de cuerdas de nylon y dos gruesos rollos de cinta adhesiva (no encontraron medias negras, ni en el convento). Cenaron en un restaurante de Great Bend. A las once de la noche, un letrero: «Hola, forastero. Bienvenido a Garden City, la ciudad te abre sus puertas». Habían llegado al condado de Finney. Dejaron la autopista, atravesaron a toda velocidad la desierta Holcomb y cruzaron las vías del ferrocarril de Santa Fe. Entraron en la finca de los Clutter con los faros apagados, mientras ambos murmuraban una y otra vez: “sin testigos, sin testigos”.

La mañana del lunes 16 de noviembre de 1959, en su apartamento de Brooklyn, Truman Capote leyó en el New York Times la noticia de un asesinato múltiple en Holcomb, Kansas: “Un rico agricultor, su esposa y dos hijos fueron encontrados hoy en su casa muertos a tiros. Les dispararon a quemarropa después de haberlos atado y amordazado”. Habló de inmediato con William Shawn, su editor en el New Yorker, y le dijo que quería ir a la lejana Kansas para escribir el relato de la tragedia de Holcomb. Se hospedó en el Wheat Lands Motel, a las afueras de Garden City, y en diciembre, es decir, poco después de que se descubriera el crimen, examinó las habitaciones de la finca de River Valley. No conocía a nadie, y nadie, a excepción del bibliotecario y de algunos maestros de escuela, había escuchado hablar de un tal Truman Capote, aclamado escritor neoyorquino, quien se proponía explorar el reportaje periodístico para producir “Una forma narrativa que empleaba todas las técnicas del arte de la ficción pero que fuera inmaculadamente factual”: la novela de no ficción. Para contar la tragedia de Holcomb, Capote utilizó un mecanismo de contrapunto en su artefacto narrativo, que consiste en un ir y venir entre el archivo, la documentación in situ, el periodismo creativo, más de cuatro mil folios de anotaciones mecanografiadas. Dividió el relato en cuatro grandes apartados cronológicos —“Los últimos que los vieron vivos”, “Personas desconocidas”, “Respuesta” y “El Rincón”—. Contó la historia de la comunidad de Holcomb y alrededores, de los vecinos, amigos y familiares de la familia Clutter y, especialmente, la de sus asesinos. 

Lo llamó A sangre fría

KIUL (estación de radio de Garden City): “Increíble tragedia, indescriptible con palabras, se ha abatido sobre cuatro miembros de la famiia de Herb Clutter a última hora del sábado o en la madrugada de hoy. La muerte, brutal y sin motivo aparente…”. Fotografías de la escena del crimen tomadas por el departamento de policía de Kansas: veinte ampliaciones en papel satinado que muestran el cráneo destrozado del señor Clutter, el rostro fracturado de Kenyon, las manos atadas de Nancy, los ojos muertos de Bonnie, etc. (El médico forense, Dr. Robert Fenton, observó una notable diferencia entre las temperaturas de los cuerpos y, con base en ello, el orden que proponía de los asesinatos era: la señora Clutter, Nancy, Kenyon y el señor Clutter; sucedió exactamente al revés). Pistas: dos tipos de suela de bota, una con un dibujo de rombos, otro con una marca de Cat’s Paw, nada más. 

Dos fichas: 

Hickock, Richard Eugene (WM) 28. KBI 97 093; FBI 859 273 A. Domicilio: Edgerton, Kansas. Fecha de nacimiento: 6-6-31. Lugar de nacimiento KC., Kansas. Altura: 1,75. Peso: 87. Pelo: rubio. Ojos: azules. Complexión: robusta. Color de la piel: blanca. Profesión: pintor de coches. Delito: estafa y fraude y cheques sin fondos. En libertad bajo palabra: 13-8-59. Por So. K.C.K. 

Smith, Perry Edward (WM) 27-59. Lugar de nacimiento: Nevada. Altura: 1,60. Peso: 77. Pelo: negro. Delito: robo. Arrestado: (en blanco). Por: (en blanco). A disposición: enviado a Penitenciría Estado de Kansas 13-3-56 desde Philips Co. 5-10 años. Ingresado: 14-3-56. En libertad bajo palabra: 6-7-59. 

Truman Capote: Tardé cinco años en escribir A sangre fría, y un año en recuperarme…, si es que recuperarse es la palabra; no pasa un día sin que algún aspecto de esa experiencia no proyecte una sombra sobre mi mente. Nadie nunca sabrá lo que A sangre fría se llevó de mí. Me chupó hasta la médula de los huesos. Por poco acaba conmigo. Creo que, en cierto modo, acabó conmigo. Antes de empezar yo era una persona bastante equilibrada. Luego, no sé qué me sucedió. Sencillamente no puedo olvidarlo, especialmente los ahorcamientos al final. ¿Qué me escandaliza, si hay algo que me escandalice?  La crueldad deliberada. La crueldad porque sí, verbal o física. El asesinato. La pena capital. Los que maltratan a los niños. Los que torturan a los animales. ¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Amor. ¿Y la más peligrosa? Amor. 

Floyd Wells, el único nombre falso que utiliza Truman Capote, conoció a Dick Hickock en Lansing, fue su primer compañero de celda, también quien lo delató. Le había contado que trabajó durante un año en un importante centro triguero en el oeste de Kansas, para el señor Clutter. ¿Cuántos eran? ¿Qué edad tendrían los niños ahora? ¿Cómo se llegaba a la casa exactamente? ¿Cómo estaban dispuestas las habitaciones? ¿Tenía el señor Clutter caja fuerte? Floyd respondió que sí, que recordaba una especie de armarito o caja fuerte o algo así en el despacho. Desde entonces, Dick le confesó una y otra vez, en cada charla, su plan para dar el “golpe”: contactaría a Perry, su amigo, e irían allá para robar y matar a todos los testigos, a los Clutter y a quien se les atravesara. Describió cómo iban a hacerlo: atarlos y después pegarles un tiro. Así ocurrió, tal como había dicho Dick: él y Perry entraron en la residencia de los Clutter el sábado 16 de noviembre de 1959 buscando valores en efectivo que la familia no poseía, un estimado de diez mil dólares, y, al no encontrarlos, decidieron asesinarlos uno a uno: a Bonnie, la madre, y a Nancy, la hija, las amordazaron a cada una en su propio cuarto; a Herbert, el padre, y a Kenyon, el hijo, en el sótano. “Sin testigos, sin testigos”. Al único que degollaron fue al señor Clutter, para luego dispararle en la cabeza y así sucesivamente: a Kenyon, en la cara; a Nancy, en la nuca; a Bonnie, en la sien. Huyeron hacia México con un botín que consistió en unos binoculares, una radio portátil y la nada jugosa cantidad de cuarenta o cincuenta dólares. 

La tragedia de Holcomb cimbró para siembre las vidas de todos los habitantes de esa pequeña comunidad en Kansas, también el destino de Truman Capote. Una familia prisionera, mansa y asustada, pero sin sospechar su destino, casi una película negra de terror con asesinos en absoluto carentes de misericordia. Revelación del mudo horror del delito. El crimen, la persecución, el castigo. En marzo de 1965, luego de casi dos mil días confinados en la Hilera de la Muerte, el Tribunal Supremo de Kansas decretó definitivamente que las vidas de Richard Eugene Hickock y Perry Edward Smith terminarían entre la media noche y las dos de la madrugada del miércoles 14 de abril de 1965. Primera página del Star de Kansas: «Ahorcados por sangriento crimen». Escalones, lazo, máscara. El golpe seco que anuncia que la cuerda ha partido el cuello. Dick colgó a la vista de los testigos durante veinte minutos. Una hora después, las botas de Perry oscilaron en el galpón que aguardaba la horca, también respiró durante un buen rato. Solo uno de los dos pidió perdón; el otro aseguró que no guardaba rencor. Hickock, de 33, murió a las 12:41; Smith, de 36, a la 1:19. Truman Capote pagó las lápidas de ambos y, por fin, concluyó la historia y empezó a morir. Cuando le preguntaron si alguna vez había querido matar a alguien, respondió: 

¿Usted no? ¿No? ¿Puede jurarlo? Bueno, sigo sin creerle…