¿Está usted segura de que es la verdad lo que deseamos? A 50 años de la muerte de Agatha Christie
A María García,
que también supo jugar el juego.
“¿Está usted segura de que es la verdad lo que deseamos?” pregunta el doctor Sheppard en el clásico de Agatha Christie, El asesinato de Rogelio Ackroyd; “quiero saber la verdad”, insiste Flora, la sobrina del finado; “¿toda la verdad?”, pregunta Poirot; “toda la verdad”, confirma Flora. Detengo mi lectura un momento, las preguntas se quedan en mi cabeza y me convocan: en el 2023, con la muerte de mi abuela, heredé su colección de libros de Agatha Christie y me vi envuelta en un thriller de misterio al encontrar, o imaginar acaso, pistas que dejó sobre la misteriosa muerte de una de sus hijas; historia que nunca quiso abordar en vida, a pesar de mis insistentes preguntas.
Juego al detective y me coloco con lupa en mano frente al inventario heredado: los libros de Christie, de editorial Molino; un montón de vinilos rotulados con los nombres de sus antes propietarias, entre ellas mi tía, la que nunca conocí; una miscelánea colección de pines entre los que destacan símbolos soviéticos, y una agenda de 1985, reutilizada en el 2002 con el registro de los días de mi abuela, divididos y superpuestos en dos años distintos, en los que vivió dos duelos cruciales de su vida: la muerte de su cuarta hija y la de su único marido.
Comienzo la búsqueda de la verdad, quiero entender a mi abuela, cómo miraba el mundo, cómo construía sus propias narrativas; decido leer El asesinato de Rogelio Ackroyd, me llama la atención que entre sus páginas se asome la envoltura de un chocolate obsesivamente doblado, con rastros de chocolate por el lado exterior y el brillo del papel dorado por dentro. Imagino a mi abuela saboreando el chocolate y doblando con calma la envoltura mientras acompaña al doctor Sheppard, la voz narrativa que sigue de cerca los pasos del famoso detective belga, Poirot.
En 1926, cuando mi abuela apenas cumplía cuatro años, sin saber aún el destino que le aguardaba como mujer de inicios del siglo XX, en una isla lejana, Agatha Christie toma su Morris Cowley y lo conduce, alejándose lo suficiente de la casa donde su marido le ha notificado ya sus intenciones de divorcio, abandona el carro con un maletín y desaparece por un lapso de once días; la prensa advierte al público ávido de chisme que la escritora, experta en misterios, posiblemente alteraría su apariencia para dificultar su encuentro. Como si de una cuidadosa y estudiada estrategia de ventas se tratara, el escape de Christie provoca intriga y sensacionalismo, lo que potencia la difusión de sus libros, que ya contaban con creciente popularidad. Ese mismo año se había publicado una de sus novelas clave en torno al juego narrativo, El asesinato de Rogelio Ackroyd, donde, spoiler alert, el narrador en el que hemos confiado a lo largo de la lectura se termina por descubrir como el verdadero asesino. ¿A qué certezas aferrarnos cuando la historia nos la narra el mismo asesino?
Me llama la atención la edición de las Selecciones de Biblioteca de Oro de la editorial Molino, mi abuela juntó una buena colección de estos ejemplares. Cada vez que tomo una pausa de la lectura del asesinato de Ackroyd, miro la contraportada que anuncia una colección de tarjetas de cocina para el ama de casa, se trata de ochenta breves recetarios de sopas, entradas, platos fuertes y postres tanto fríos como calientes. El anuncio invita a la lectora: “Las tarjetas de cocina del ama de casa […] representan una ayuda en dos sentidos: Proveen a la mujer de un amplio repertorio de deliciosas recetas cuidadosamente seleccionadas y —cosa muy importante— simplifican la difícil tarea de confeccionar un menú perfecto”.
La vida del ama de casa posiblemente se repartía entre dar seguimiento al misterio detrás de un violento asesinato, por las tardes o las noches, con suerte antes de la hora de la telenovela y después de haber lavado los trastes de la cocina, a la que le dedicó toda la mañana para conseguir un menú perfecto que deleitara a hijos y marido.
Mi abuela se distinguió en vida por sus recetas. Enmarcada en las opresiones propias del mandato del género, contó con el privilegio necesario para formarse en las artes culinarias, participar en concursos gastronómicos y hasta impartir clases de gastronomía entre amigas, vecinas e hijas de vecinas. En el 2009 escribió un recetario que decidió titular Sólo para hombres, como un gesto comprensivo hacia las nuevas generaciones de hombres que se enfrentaban a, cito a mi abuela, “cumplir su misión de supervivencia (en estos tiempos de liberación femenina)”, entre estos hombres desamparados, mi padre, quien víctima de un divorcio tendría que enfrentarse a la engorrosa tarea de alimentarse a sí mismo, procurando emular los platillos, que su misma madre le enseñó a disfrutar.
Mi abuela planteaba una manera de verlo, hombres y mujeres sobreviviendo a sus tiempos, procurando sus propias estrategias. Pero no seamos ilusas, la verdadera opresión es visible en la vida misma de mi abuela quien, como me compartió una de sus hermanas, “fue una vieja inteligentísima” hasta el final de sus días, puesto que supo apropiarse de las reglas patriarcales para jugar el juego de ellos con la sutileza de ellas. Como Agatha a su vez, escribiendo historias donde destacan los protagonistas masculinos, quienes dejan claro su lugar y rol respecto a las mujeres, sin abstenerse a definirlas como “unos seres maravillosos. Inventan, se dejan llevar de su fantasía y milagrosamente aciertan la verdad. Las mujeres observan de un modo inconsciente mil detalles íntimos, sin saber qué hacen”, en palabras de Poirot, que finalmente son palabras de Christie. Sin dejar de lado historias donde los hombres le recuerdan a las mujeres su lugar, como observadoras inconscientes y fantasiosas de una realidad que las deja fuera del juego y dentro de la cocina; también hace un espacio para atender a protagonistas femeninas que pueden salirse con la suya, como Miss Marple que al ser una mujer de cabello cano, postmenopáusica, que juega el rol de una distraída viejecita, se sale con la suya y logra pensar en un mundo donde no se espera eso de una mujer.
De una mujer se espera la fantasía, la falta de agudeza y lucidez, que se encierre en un mundo de ilusiones y promesas, que no mire la crudeza de su encierro; como el personaje de uno de los cuentos de Parker Pyne, otro de los detectives que inventa Christe, quien en cambio se encuentra más interesado por los casos de estadística y psicología que en los de asesinatos. Parker Pyne recibe en su consultorio a María, una mujer de mediana edad, que encuentra su anuncio en el aviso oportuno bajo la pregunta: “¿Es usted feliz? Si no lo es, consulte al Señor Parker Pyne”. Asistimos al relato de una mujer casada con un marido infiel, que encuentra su alivio gracias a un supuesto detective que la lleva al modista, al peluquero y que pone a su servicio a un gigoló que le hace creer que se siente ilusionado por ella, pero que se trata de un amor imposible. Finalmente, Pyne determina que la solución a la depresión de María es vivir un ensueño: “Una mujer rompe una pasión a pedazos y no saca nada bueno de ella, pero un ensueño puede ser guardado en un armario […] contemplado durante muchos años. Yo conozco la naturaleza humana, hijo mío, y puedo decirle que una mujer puede vivir mucho tiempo de un incidente de este género”, concluye Pyne.
En mi familia, el gran misterio se esconde detrás de la muerte de la cuarta hija de mi abuela, una mujer de mediana edad, quien tras perder una bebé se sumió en una depresión que la condujo a una muerte que por años se ha callado y se ha nombrado “confusión y despiste” de la suicida. Nadie habla de suicidio, ni de tristeza, ni de abandono, ni de violencia.
¿Es esta la verdad que buscábamos? La propia estructura familiar, el mandato del género, la violencia patriarcal disfrazada como temas de carácter y transtornos de ansiedad, la narrativa que justifica la violencia y la sostiene, todas culpables de la cuchillada en la espalda, del veneno que seleccionó el asesino.
La desatención a los temas de salud mental del siglo XX, hijos de la violencia misma, expuesta y desnuda: la violencia que se aprende de padres a hijos, de madres a hijas; las lecciones de control y obediencia, y el cómo ejecutarlas sobre el cuerpo del otro, de la otra. Ellas, las narrativas, las historias que nos contamos, las verdaderas asesinas. Es esta la verdad, y claro, no nos agrada. Debimos escuchar con atención las advertencias del asesino, que, ojo, fue quien nos contó la historia.
Bibliografía:
Christie, Agatha, El asesinato de Rogelio Ackroyd. Barcelona, Molino, 1959.
Christie, Agatha, Parker Pyne investiga, Barcelona, Molino, 1975.
Conter, Rosemary, Why did Agatha Christie go missing? Here are 4 theories, from amnesia to publicity stunt, National Geographic, 2024.




