Mientras el escalofriante sonido de la fresa tallaba los dientes de su padre, Ara, una niña de ocho años, permanecía pegada al ventanal del consultorio de la calle Indiana en la colonia Nápoles, de la Ciudad de México.
En cuanto terminé de leer el libro, anoté lo que sigue: si mi familia se derrumba, espero que lo haga con el mismo encanto, con el mismo afán poético, con el mismo estruendo insólitamente bello que se reproduce en esta obra.