Tierra Adentro
Carrera de galgos, 1925. Recuperada de KUTXA patrimonio cultural. Imagen de dominio público.
Carrera de galgos, 1925. Recuperada de KUTXA patrimonio cultural. Imagen de dominio público.

Los rayos solares proyectaban sombras en el pavimento.

Antes de subirse al camión encendió un cigarro. Aspiró profundo y se arrellanó en el asiento del copiloto. Por la ventana, los eucaliptus se perdían en perfectas columnas equidistantes. 

En la cabeza del conductor sobresalían unos apósitos amarillentos.

La tormenta nocturna se había disipado por completo. Casi no quedaban rastros de los granizos.

El muchacho cerró los ojos sintiendo el tabaco raspar su garganta. Luego, se limpió el sudor de su nariz y permaneció en silencio mientras la velocidad aceleraba bruscamente.  

A un costado de la carretera yacían los perros atropellados durante la noche.

****

Mi madre intenta alzar las manos, enarcar las cejas, comunicarse. Es inútil. Posee muy pocos instantes de lucidez y sus movimientos son casi imperceptibles. Por las noches escucho su respiración entrecortada y creo que sobrevino el final. 

La enfermedad la ha dejado pesando menos de cuarenta kilos. 

Mamá ya no puede comer, sus dientes se extinguieron y sus encías son dos colgajos descoloridos. 

****

Resguardó su cara con la mano derecha. El viento arreciaba hostil esa fría noche de otoño. Con paso firme recorrió un par de cuadras hasta dar con la dirección memorizada. Una amplia casona de dos pisos se alzaba al final del pasaje. Justo antes de tocar el timbre, miró su reflejo en el charco de agua que dividía el antejardín. No le gustó el aspecto de sus cabellos, desmadejados y grises. 

—Soy Arturo —dijo apenas abrieron la puerta.

—Te estaba esperando —contestó el hombre.

Adentro de la casa el calor era sofocante. Arturo comenzó a transpirar. De su billetera extrajo quince billetes azules y los depositó sobre la mesita del living. El hombre lo miró y asintió con un leve gesto afirmativo.

Subieron la escalera.

La habitación era confortable. Por lo menos esa fue su primera impresión. Ahora poseía una cama doble para él solo. Primera vez en su vida que gozaba de ese privilegio.

—¿Vendrá alguien más a vivir acá?

—Un joven que acaba de salir de cuarto medio. Trabajará en la frutícola igual que tú. Llegará mañana temprano. Arrendará la pieza contigua a la tuya.

Cuando se quedó solo, Arturo abrió la cortina, frotó la ventana con su mano empuñada  y sopló sobre el vidrio.

****

Todo el pueblo asistió al funeral de mi madre, a pesar de la lluvia torrencial. El cura, ataviado con su impecable sotana negra, no escatimó elogios.

Cuando volví a casa me quité el traje y me metí bajo la ducha. Durante largo rato estuve bajo el chorro del agua caliente.

Al salir del baño conté los billetes que mamá guardaba en su cómoda, bajo llave.

Era mucho dinero.

Dejé la ruma de billetes sobre la cama. Luego respiré profundo, me metí en el closet de mi madre y me quedé allí un buen rato, aspirando su olor.

Los perros comenzaron a ladrar apenas oscureció.

****

Cuando terminó de ordenar el bolso bajó a comer. 

Padre e hijo cenaron en estricto silencio, con la mirada perdida en los noticiarios nocturnos.

Terminada la comida y después de lavar los platos, los hombres continuaron mirando televisión un rato más. Nunca cruzaron palabra. Con las voces que emitía el televisor era suficiente.

Una vez dentro de la cama, Riquelme escribió un par de líneas en un cuaderno. A los pocos minutos roncaba exhausto.

Emprendió el viaje apenas amaneció. No se despidió de su padre. Era mejor así.

****

Se saludaron con indiferencia. Un apretón de manos cortante, automático. Arturo pensó así sería su hijo cuando saliera del liceo. Riquelme observó que ese hombre era tan solo un poco más joven que su padre. 

Durante un mes no compartieron turno y en la casa apenas hablaban. Cuando se encontraban afuera del baño o en el antejardín, un ligero movimiento de cabeza era señal de reconocimiento. Luego todo cambió. Se volvieron amigos en tan solo una tarde, mientras podaban los manzanos. Ambos necesitaban compañía y en el sur, el frio aproxima los cuerpos. Por las noches comenzaron a beber cerveza y mirar televisión. Incluso imaginaron planes futuros. La prosperidad estaba en el norte, en la minería, pensaba Riquelme.

****

El pueblo se encontraba atestado de perros vagabundos que, al anochecer, se mostraban los colmillos disputándose negras bolsas de basura.

Durante la madrugada, el humo se impregnaba en la garganta y producía náuseas.

****

Miraban televisión en la pieza de Riquelme mientras bebían unas latas de cerveza. 

—Nunca me has hablado de tu mamá, pendejo.

—No la conocí. La atropellaron cuando yo tenía dos meses.

—Mala cosa.

—¿Y tú cuántos hijos tienes? ¿Dos o tres? 

—Tengo dos hijos, pendejo, el mayor acaba de cumplir trece años.

En la pantalla del televisor una pareja huía de la policía. Arturo se aclaró la garganta y después prosiguió con el diálogo.

—Deberíamos recorrer el pueblo, ir a cantinas, nightclub.

—Es verdad, nos pasamos encerrados viendo televisión.

—Dicen que a la salida del pueblo se hacen carreras de galgos.

—Podríamos ir un día de estos.

La película prosigue un rato más, hasta que finaliza con una escena romántica. Los créditos se deslizan despacio y luego desaparecen de la pantalla oscura.

****

Los hombres abandonaron la cantina abrazados, serpenteando el camino pedregoso. Se dirigían hacia las afueras del pueblo. Su intención era ver las carreras de galgos que se organizaban todas las noches en ese lugar. No tenían dinero para apostar. Los billetes que cargaban se quedaron en el mesón de la cantina.

Familias enteras asistían con sus sillas y se instalaban a mirar cómo los perros corrían enardecidos tras la falsa liebre. Era frecuente que las apuestas terminaran en riñas propiciadas por el alcohol. Entonces las cosas se arreglaban sin intermediarios. Lo que sucede en las carreras de galgos se queda en las carreras de galgos. Ese era el lema del pueblo. Los carabineros no intervenían.

Arturo y Riquelme observaron durante largo rato las carreras de galgos con los ojos enrojecidos por el pisco. Cuando terminaron las apuestas y ya todos los asistentes se fueron a sus hogares, decidieron regresar.

La casa estaba muy calurosa. En la estufa, los leños ardían.

****

Apenas finalice el año me marcho. Para eso tengo los ahorros que me dejó mi madre. Ese dinero alcanza para vivir tranquilamente durante mucho tiempo. Incluso puedo vender la casa y el campo, y con las ganancias comprarme varias propiedades en la ciudad.

Es mucha plata.

No me preocuparé nunca más por el dinero. Eso es lo mejor que a un hombre le puede suceder en la vida.

****

Justo antes de dormir escuchó la voz de su amigo. Era pasado medianoche.

—Pendejo.

—¿Qué? 

—¿Ya le viste el ojo a la papa? 

—Solo con una polola del liceo.

  —Este fin de semana vamos a putas.

Arturo apagó el televisor y caminó hacia su dormitorio. Al desvestirse miró fijamente sus manos. Luego, se masturbó con la luz encendida.

Esa noche Riquelme soñó con su padre. Era un sueño recurrente. 

****

La lluvia se descargaba incesante durante semanas enteras. En las calles, los autos salpicaban el agua depositada en los adoquines. 

Los trabajadores usaban chaquetas y pantalones reflectantes para defenderse de los camiones forestales que transitaban siempre a alta velocidad.          

Al anochecer, las palomas se refugiaban en los entretechos de las casas. 

****

Sábado en la noche.

Los hombres caminaron un buen rato hasta que arribaron a un viejo caserón de dos pisos, en los extramuros del pueblo siguiendo la línea de la carretera. 

La puerta estaba entreabierta. Ingresaron dubitativos. 

Una mujer alta y morena los condujo a una mesa y les preguntó qué iban a consumir. Se decidieron por un destilado. 

Ya había comenzado el show. Los minutos pasaban rápido. Las copas se vaciaban con celeridad.

—No tomes tanto, pendejo, que después no vas a poder funcionar —dijo Arturo.

—Tienes razón, no debo emborracharme —contestó Riquelme.

Finalizado el espectáculo, cuando las bailarinas se retiraron entre tibios aplausos, se escuchó una música acompasada y unos cuantos parroquianos comenzaron a bailar con las mujeres que atendían las mesas. Arturo sacó a bailar a una muchacha muy delgada, mientras que Riquelme permaneció acodado en la barra hasta que vino a acompañarlo una mujer ya mayor.

—Debes pagar primero —dijo ella—. Luego vamos a una pieza —agregó.

Riquelme entregó los billetes a la mujer y la siguió por el estrecho corredor. En la habitación, un amplio espejo colgaba sobre el respaldo de la cama doble. Bajo el ventanal descansaba un espacioso cajón de madera recubierto con un paño azul. El joven se desvistió con apuro. A lo lejos se escuchaba el retumbar de una canción festiva. La mujer lo guio con disciplina y ternura. Riquelme sudaba sintiendo su cuerpo endurecer y experimentó un profundo alivio al eyacular. Todo finalizó como es debido, señaló para sí mismo. A continuación, se vistió muy rápido y salió del dormitorio sin girar la cabeza. Arturo lo esperaba en la entrada del local. 

—¿Cómo te fue, pendejo?

—Bien.

—A mí me fue mejor de lo esperado, no sabes cómo lo necesitaba.

Regresaron a la casa tomados del brazo. Arturo miró a su amigo y un súbito impulso tuvo que ser contenido.

—Creo que no me gustan las carreras de galgos —dijo Riquelme.

—Corresponde apostar algún día —contestó Arturo.

—Quizás perderemos dinero —señaló Riquelme.

—Debemos arriesgarnos —sentenció Arturo.

—Sí. Debemos arriesgarnos —repitió Riquelme.

La noche estaba clara, brillante.

En el sur, el frío aproxima los cuerpos.

****

A finales de año me marcho. No habrá vuelta atrás. Les diré que se busquen otra pensión.

Dejaré este pueblo atestado de perros vagabundos. No respiraré más este humo maloliente. 

****

Los viajes al nightclub se convirtieron en una rutina. Iban por lo menos una vez a la semana.

Arturo y Riquelme han invitado en varias ocasiones al propietario de la casona al nightclub. Pero él se ha negado rotundamente a acompañarlos. En realidad, el hombre apenas les dirige la palabra. Solo les habla cuando es estrictamente necesario.

****

—¿Pendejo?

Riquelme abrió los ojos con dificultad. La luz de la ampolleta lo cegó un instante y después de unos segundos pudo ver a su amigo sentado al borde de la cama. 

Sus mejillas se enrojecieron al formular la pregunta. 

—¿Qué pasa?

Arturo aclaró su garganta y prosiguió con el diálogo.

—En la frutícola me dijeron que este loco está forrado en plata y que no confía en los bancos, así que debe tenerla escondida por aquí, en la casa.

—¿Quién te dijo eso?

—Un colega me contó que a este loco se le murió la mamá y quedó con los ahorros de la vieja.

—¿Y qué? Si tuviera tanta plata no arrendaría piezas.

—Arrienda para tener más plata. Lo que pasa es que la mamá de este loco tenía tierras, animales y un montón de propiedades. Pero la vieja era tacaña, se mantenían con los justo y necesario. Él también es tacaño, enfermo de tacaño, por eso vive apagando las luces de la cocina. Y por eso también debe tener la plata escondida acá, en la casa. 

—¿Y nosotros qué tenemos que ver en eso?

—El último día, antes que nos vayamos del pueblo, revisamos todos los rincones de la casona hasta encontrar la plata y después nos largamos.

—¿Y si nos denuncia?

—No lo hará.

—¿Estás seguro?

Arturo se levanta de la cama y acaricia a su amigo en la cabeza. Luego, apaga la luz y se retira del dormitorio procurando no hacer ruido. Riquelme intenta volver dormir, pero no puede.

****

Seis galgos corren frenéticos tras la falsa liebre. La muchedumbre vigila atenta. Los hombres arrugan la frente y alzan las manos. Se escuchan gritos de los vendedores ambulantes. Los perros estiran sus patas y las recogen con presteza.       

Pelaje quemado, hocico fiero, pupilas narcotizadas.

Acabada la competencia, los galgos comienzan a ladrar con bravura. La multitud aplaude y unos pocos afortunados irán a cobrar su premio. 

****

Los hombres se encontraron en el antejardín. Riquelme habló con determinación.

—¿Vamos a putas?

—No.

—Siempre dices lo mismo.

—Lo sé.

—Algún día te convenceremos.     

Se miraron un instante, severos y cautos. A continuación, enfilaron en dirección contraria.

Pronto despuntará la primavera, pensó Riquelme, mientras soplaba sobre sus manos.

****

Por la mañana, los gusanos perforaban la carne de los perros atropellados durante la noche, en la carretera. 

Los camiones forestales nunca bajaban la velocidad.

Ese día, los amigos caminaron en silencio, procurando no mirar la autopista. Cuando ya estaban instalados en sus puestos de trabajo, Arturo se dirigió a Riquelme.

—El plan es el siguiente: lo convencemos de ir a putas, lo emborrachamos, lo traemos a la casa, le robamos el dinero y nos marchamos. Es muy fácil. No tiene por qué salir mal. Y si se despierta, no te preocupes. 

—Ya te dije que él nunca nos acompañará a putas.

—Lo invitamos a las carreras de galgos, entonces.

—Nos dirá que no. Estoy seguro.

—Tranquilo. No hay por qué impacientarse, pendejo. Está todo pensado.

Riquelme prosiguió armando los cajones de frutas. Las manos le temblaban y una gota de sudor cayó sobre el mesón.

***

Los hombres caminan inquietos. Se dirigen hacia los extramuros del pueblo siguiendo la línea de la carretera. Son solo dos. Arturo y Riquelme no pudieron convencer al arrendador que los acompañara. Se lo propusieron infinidad de veces y el hombre solo les contestaba con una mirada hosca. 

En realidad, siempre supieron que no lo convencerían.

Una vez dentro del nightclub, se sentaron en el rincón más oscuro del salón. El plan era pasar desapercibidos. Riquelme pidió los tragos. Beberían poco. Un par de copas era suficiente para envalentonarse. Durante los días de semana la concurrencia era escasa. Las bailarinas solo se presentaban los sábados. Y solo los sábados atendían las prostitutas.

Abandonaron el local tomados del brazo.     

En el camino de regreso, Arturo recoge una gruesa rama de eucalipto que encuentra tirada a un costado de la carretera.

—Con un solo golpe de esto bastará —señala el hombre—. No te preocupes, lo dejaremos atontado por un rato, eso es todo —agrega mirando la autopista.

Riquelme observa a su amigo y sonríe.

Cuando avanzaron unos cien metros, el llanto de un animal moribundo los sobresaltó.

—Es Chocolate, el perro del cuidador de la frutícola —dijo Arturo.

Los camiones forestales nunca bajaban la velocidad.

****

La cabeza se hunde en la cama. Un hilo de sangre mancha las sábanas. Arturo arroja el madero al piso.

—¿Lo dejamos acá?

—Estará aturdido un rato, no te preocupes.

—Tengo la impresión de que nos mira.

—Las cosas que se te ocurren, pendejo. Llevémoslo al living si quieres.

—Sí, llevémoslo al living.

En la estufa, el fuego se ha extinguido y ahora toda la casa se encuentra recubierta por una fina capa de humedad que brota desde las paredes.

****

Comenzó a granizar. El hielo golpeando el zinc era ensordecedor. Por las cortinas se filtraba el brillo de los postes de luz.   

—¿Dónde estará la plata?

—Busca, pendejo, busca.

—Hemos dado vuelta la pieza.

—Ten paciencia.

—No pillamos nada, solo ropa.

—Anda a la cocina y trae un cuchillo para que abramos el cajón que está detrás del televisor.

Riquelme baja las escaleras, corre hacia la cocina y vuelve al dormitorio con el cuchillo en la mano.

****

Escuchó ruido en el segundo piso, pero no pudo ir enseguida. Se quedó un rato en el sillón intentando recuperarse del todo. Al caminar, tuvo que esforzarse para conservar el equilibrio. Cuando llegó a su dormitorio, vio a dos hombres repartiéndose varios fajos de billetes.

No entendía qué pasaba. Pero pronto comprender fue muy fácil.

****

La tormenta había declinado. Pronto amanecerá. Los granizos se derritieron dejando una gruesa capa de barro.

En el sur, el frio aproxima los cuerpos.

—Nunca más volveré a mirar una carrera de galgos —dijo Arturo.

—Yo tampoco —afirmó Riquelme.

—¿Recuerdas cuando a los perros les metían los dedos en el culo para que corrieran más rápido? —preguntó Arturo.

—Sí, lo recuerdo bien —contestó Riquelme.

—Nosotros nunca nos atrevimos a apostar —sentenció Arturo.

—No. Nunca nos atrevimos —señaló Riquelme.

El ruido de las palomas picoteando el entretecho retumbaba en toda la habitación. 

—Pendejo, haz dedo a un camionero y ándate lejos, llévate mis cigarros. Yo tomaré un bus. Es preferible irse cuanto antes.

Riquelme guardó el dinero en su bolso y luego se marchó sin pronunciar palabra. Arturo se quedó un rato en la casa, observando las descascaradas paredes de su habitación. —No pudo ser de otra manera —señaló. 

Ese día amaneció soleado.

****

A media tarde, un galgo comienza a olfatear la tierra removida. Ágil cava un extremo hasta que aparece una mano. 

Llueve y sale el sol: es primavera. 

Comienzan a florecer los cerezos.

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Fotografía de Andrea D'Angiolo. Recuperada de Flickr. CC BY-NC-ND 2.0
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